Días de cine

(Marzo, 2005-Revisión Mayo 2010)

     En estos tiempos modernos, parece que la política se ha convertido en perdición para muchos, en resurrección para otros, en alta fidelidad para unos pocos y en la sombra de una duda para la mayoría. Sin embargo, los momentos más importantes, los momentos de peligro más representativos de este peculiar arte de la guerra cuasi cinematográfica, se viven durante los días en que el despertar de una nación anda pendiente del fabuloso mundo del circo que montan nuestros representantes en campaña electoral: es, sin duda alguna, la esencia de mujer que posee toda democracia que se precie. Para mí resultan ser auténticos días de cine, en los que un grupo salvaje corre de acá para allá como si se sintiese con la muerte en los talones. Nosotros, los niños del paraíso, tenemos que soportar sus cuentos de la luna pálida. He de reconocer que esta ambigua relación entre políticos y votantes, esa quimera del oro donde todos ofrecen o deciden lo mejor para el pueblo de los malditos, constantemente me recuerda al celuloide. Esos días de humo llenos de acordes y desacuerdos llegan al final de la escalera y continúan perdiéndose por las innumerables plantas de un edificio donde no hay salida, pero sí subidas y bajadas; aunque no todo lo que sube tiene que bajar.

     Desde mi insomnio escribo estos pequeños pensamientos como si se tratasen de una sopa de ganso, todo se abigarra dentro del laberinto de mis neuronas como una maraña de fotogramas imaginarios en forma de tesis fallida.

     Recordando cualquier pistoletazo de salida (o anticipándome a los futuros inicios de próximas campañas electorales), suele suceder que los impostores, los sobornados, los increíbles, los infiltrados y los tramposos andan siempre como ratas a la carrera en busca del arca perdida, o de un panorama para matar políticamente al enemigo público de su vecino de hemiciclo. Aunque el juego democrático les ofrece la posibilidad de simular los poderes de los X-men, los santos inocentes de los electores no somos tan estúpidos como para creerlo, aunque sabemos que idealizan figuras: el castigador, el cazador de sueños, el devorador de pecados, el exorcista, el halcón maltés, el mensajero del miedo... innumerables personajes con los días contados para capitular la envidia ajena, ocultar esa misteriosa obsesión por el poder y la avaricia, intentar el canto de su requiem por un sueño y enredarnos en todo un laberinto de mentiras, apelando en ocasiones a la intolerancia. 15 minutos antes del inicio de cualquier campaña, alrededor de la media noche, la casa de las dagas voladoras, la casa del lago, la casa de arena y niebla, la casa de los 1000 cadáveres, la casa de Bernarda Alba, la casa de los espíritus, la casa de cera... y el resto de casas se conjuran con el objetivo de ofrecer el mejor proyecto para construir una casa en el fin del mundo: la conjura de los necios. Andan impacientes por jugar al juego de la verdad. Sin embargo parecen más bien, en definitiva, el club de la lucha desde que las campanadas a media noche tañen para inicio de un frenesí de orgullo y prejuicio y, como siempre, olvidan que las colinas tienen ojos, que cada elector es un diamante de sangre, que no somos amantes a quien preguntar ‘¿cuánto me amas?’ y tampoco ciudadanos de Dogville. A pesar de ello, sea como fuere, una elección crítica e irrevocable nos dispara una bala en la cabeza: padecer la maldición de la guerra de los mundos, esos mundos que tendremos que soportar sin perdón posible, abocados a mirar de soslayo a esos sospechosos habituales con sus falsas apariencias, pidiendo que hagamos proselitismo como si de una cadena de favores se tratase. Tras ese desembargo de Normandía nos avasallarán con secretos compartidos, recorriendo a todo gas no más de 16 calles como si se inmolaran dando la vuelta al mundo en 80 días o caminaran la milla verde.

     Afortunadamente, nosotros los electores  tenemos una oportunidad en el cielo de decidir entre copas, o tal vez en la playa, o quizá paseando bajo las luces de la ciudad... Sea donde fuere hacemos uso del sexto sentido para tratar de eludir ese laberinto de mentiras: en el laberinto del fauno, donde nadie conoce a nadie, decidiremos de qué lado caerá el match point. Aunque nadie sabe quién será el vencedor y quién el vencido... Jo, qué noche tan extraña esa en la que el resultado final siempre es el mismo: el bueno, el feo y el malo en un solopersonaje. Y lo peor no es lo que nos espera, es el día después, el efecto mariposa, la vorágine de tanto reducto irreductible, el pacto de los lobos que volverá a situarnos en un camino a la perdición. Conoceremos el precio de la verdad, o lo que es lo mismo: lo que la verdad esconde. Así y todo la horca puede esperar, pero no el final de la cuenta atrás.

     Cuando todo acaba cada domingo de sufragio, para mí siempre resulta ser un domingo cualquiera, donde contemplo desde la ventana indiscreta cómo el club de la lucha se masacró en la gran pelea fratricida por procurar complacer el sueño de mi vida: je, je, je,... misión imposible, obviamente. Aunque el precio del poder no acaba ahí, continúa más allá el jardín, más allá del deber, incluso más allá del miedo. La lucha se alarga por los 39 escalones del edificio, arriba y abajo, sin cesar, durante cuatro años, deteniéndonos a veces en la parada de los monstruos y otras en casa de Emilia... parada y fonda. Pausas significativas para degustar unas tapas o un almuerzo desnudo, aunque siempre es más probable que desemboque en una cena: la cena de los idiotas. Siempre es así: llega el profesional o el buscavidas que apela al sentido y sensibilidad oportunos para vendernos la gran mentira de un lugar en el mundo o una estancia mejor en este edificio democrático que siempre acaba haciendo aguas por doquier, jugando con mentiras arriesgadas.

     Esto es cinema paradiso, una magnolia con el perfume de la rosa púrpura del Cairo que despierta los lunes al sol de una verdad incómoda, mas no un juego sucio donde siempre gana un alien. Dicho todo así, lo único que pido siempre es que no me tengan en cuenta más allá de los sueños que provoca este texto, porque en realidad esto sólo ha sido el sueño de una noche de verano que respira el rocío de la medianoche en París y que no se crea ni se destruye: se transforma atrapado en el tiempo. En fin, nadie es perfecto...

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