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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

La hoguera de las vanidades


Hoy no me extenderé mucho porque el nivel al que está llegando la ciudadanía de este país empieza ya a ser vomitivo y resulta que me provoca cierta pereza redundar sobre lo ya escrito. Y créame que estoy siendo indulgente. Hace muy pocas fechas se desgañitaba todo cristo desde los balcones en aplaudir y cantar a los sanitarios y cuerpos de seguridad del estado. Aplausos y gestos y gritos de apoyo por doquier podían oírse por todos los rincones de esta, cada vez más, triste y deprimida España. Es más, mucha gente lanzaba las campanas al vuelo proclamando que, superada la pandemia, nacería un ser humano nuevo de todo esto, que prestaría más atención a las cosas que importan y abrazaría un sentido de la realidad tan pragmático como emocional. Pues mire usted. Ni lo uno ni lo otro. A la ciudadanía le importa un huevo de pato la sanidad y aún menos nacerá de todo esto (sin haber superado la pandemia todavía) un ser humano nuevo. 

En las sucesivas semanas he reiterado e insistido en la grave falta de memoria de la que adolece la raza humana (aquí, por ejemplo). Pero la amnesia de este país es ya alarmante. Porque la reflexión de hoy me lleva a pensar en algo muy simple. Si hace unas semanas salían a la calle una serie de descerebrados, irresponsables, y criminales en potencia, esgrimiendo cacerolas de diseño y palos de golf, con peticiones absurdas y protestas porque sospechaban ser secuestrados por el gobierno, y reclamando libertad (sic) para salir a la calle (en realidad querían decir club de campo, chalet de la sierra o casita de la playa), sin respetar ninguna consigna sanitaria que valga; ahora son otros descerebrados, irresponsables y criminales en potencia que salen a la calle a protestar contra un estado racista a siete mil kilómetros de aquí, gritando consignas como "policía asesina" (supongo mal que bien que no se referirían a la que hace pocos días se le besaba los pies por la labor que realizaban en la calle), y lo de respetar la distancia social ya si eso tal...

Poco más podría añadir. Bueno, sí. Tienen todo el derecho a manifestarse públicamente, un derecho constitucional y democrático, aunque pervertido en la esencia misma de la democracia, porque toda libertad a la que tiene derecho cualquiera acaba siempre donde comience la de otras personas. Y resulta que la de las otras personas están fundamentadas en una urgencia sanitaria. Porque teniendo en cuenta el grado de amnesia y de esquizofrenia de este país, especialmente provocado desde la continuada crispación política y de quienes utilizan su bancada para deslegitimar las instituciones en un alarde de totalitarismo, lo que me extraña es que no acabe todo esto como el rosario de la Aurora. Todo el mundo parece haber olvidado que han fallecido más de veintisiete mil personas; que el gremio sanitario ha sufrido y padecido calamidades infrahumanas y casi un centenar perdieron la vida; que los cuerpos de seguridad también sufrieron mismas consecuencias; que ha costado casi un diez por ciento del producto interior bruto a las arcas del estado la dichosa pandemia (por el momento); que se ha destruido cargado cientos de miles de puestos de trabajo (y que serán muchos más) etc, etc...

Visto lo visto con las manifestaciones de cacerolas, palos de golf y mercedes descapotables reivindicando idioteces que ni ellos mismos comprendían, y ahora las que claman contra la brutalidad policial endémica de otro país a miles de kilómetros pero que es simétrica a la del nuestro, que se está desarrollando por todo el mundo como un fenómeno de masas, no es mas que una flagrante falta de respeto generalizada hacia las autoridades sanitarias, primero, hacia las normas restrictivas respecto a la distancia social, y sobre todo a la vida; no digamos ya al largo etcétera que podrá imaginar dónde se ubican ya en el tiempo (balcones, "resistiré", aplausos, buenos deseos), por mucho que Gobierno Civil las haya permitido.

En conclusión, nos importa todo una mierda, hay que decirlo así de claro y sobre todo asumirlo. Nos importa poco el respeto a más de veintisiete mil víctimas. Nos importa poco el respeto al prójimo. Nos importa poco, en definitiva, la propia democracia. Una palabra con la que todos, tanto electores como electos, suelen atragantarse, pero por sus actos ni tangencialmente logran acercarse a su esencia. La soberanía popular deposita su confianza en representantes a los que votan para que ejerzan el poder para gobernar un estado, y deben hacerlo con las garantías de defender y tolerar todas las ideas que recaben apoyo popular, especialmente las que se ubiquen en el polo opuesto. No es difícil de entender, pero parece imposible de asimilar.

Las sacudidas por las que se rige la ciudadanía mundial discurre por una finísima frontera, la que confunde deseo con capricho. Y en este país, en todo el mundo también pero especialmente en este país, no conocemos el significado real de la palabra democracia. Ni siquiera sabemos diferenciar capricho y deseo. Porque en cuanto alguien alza la voz esgrimiendo una reflexión contraria a la que se propugna, se le llama facha o rojo, según se tercie, con un tinte de desprecio aborrecible y de ignorancia propio de sectarios totalitarios. Actuamos por el impulso de un capricho y no de un deseo. De primeras quizá no lo entienda, pero si lo piensa bien verá que estoy en lo cierto. Y en ello estamos. Nuestro sentir más próximo está siempre con los borregos que más que pensar, embisten; bien lo supo Machado y toda su generación. Me gustaría saber dónde quedó aquello de "desapruebo lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”. Porque este capricho de alzar una bandera para tapar la del vecino, sin ningún deseo de saciar el apetito de la reflexión, donde poder construir una opinión crítica capaz de llegar a un clima de consenso, va a llevar a este país a la hoguera de las vanidades. Porque ni siquiera nos hemos librado de la pandemia y hemos vuelto a ser los que siempre hemos sido.







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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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