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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Fascinación por los impostores

Existe tal fascinación en torno a la figura del impostor que en ocasiones roza lo canallesco. Disfrutamos con que nos roben la cartera. Pero no las nuestras, la de los demás. En cualquier reunión improvisada de caña y tapa en el que alguien narra que le 'ha hecho el gato' a alguien, todo el corro le ríe la gracia y aplaude la gesta, unas palmaditas en la espalda y chin chin. A nadie se le ocurriría censurar esa actitud, porque le llamarían tonto, que sería el tipo de improperio más recurrente. Es el modo de premiar lo que nos gustaría si fuésemos nosotros los protagonistas: hallar connivencia, condescendencia, prosélitos para la pillería. El hambre agudiza el ingenio, consideraba Quevedo. No obstante, "puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo", dijo Abraham Lincoln, que de impostores sabía un rato.

El ser humano es tan cainita que hasta un concepto tan obtuso y depravado es capaz de degradarlo. Lo eleva a cotas realmente grotescas y definen a la perfección la clase de animal social en el que nos estamos convirtiendo. En otro tiempo el impostor tenía fondo y forma. Pero ahora es difícil saber en qué lado de la frontera se halla la dignidad y dónde el impostor, porque el ser humano es esa clase de animal que no se conforma con lo que tiene, está convencido de que merece más, siempre más. Bajo esa premisa ha acumulado (en nuestro país en particular) una serie de personajes que pasarán a la historia tristemente por la falta de escrúpulos, de ética y de respeto hacia el ser humano. 

Seguro que oyó hablar alguna vez del célebre "pequeño Nicolás", que hasta se coló en la mismísima Casa Real, aún con causas pendientes con la justicia; más reciente es el caso de Paco Sanz, que estafó a catorce mil personas, famosos incluidos, exagerando una enfermedad que no tenía; aún le espera juicio por estafa. Quizá más desconocidos sean Helen Mukoro (se hacía pasar por presidenta de ONU-Mujeres en España), Javier Boo Fernández (se presentaba como director de la Fundación Amancio Ortega), Tania Head (su nombre real, Alicia Esteve: se paseó por todos los platós habidos y por haber impostando que sobrevivió al 11S, llegó incluso a ser presidenta de la Asociación de Supervivientes de los Atentados del World Trade Center)... Y el más célebre, quizá del mundo mundial, fue un tal Enric Marco, maestro de maestros. Su historia dio la vuelta al mundo cuando se supo que, siendo presidente de los sobrevivientes españoles de los campos de concentración nazis, conferenciante, escritor, articulista, narrador y suplantador en definitiva de cuantos horrores inventaba sobre él y sus compañeros republicanos en los campos de exterminio, no era más que un fraude con mucha imaginación y aún mayor poder de convicción. Su audacia y su falta de escrúpulos le valieron ser el autor de la burda construcción de la ficción más extraordinaria jamás ideada. Hasta Javier Cercas publicó un ensayo sobre el personaje.

Uno de los casos que más me sobrecoge, no por la gravedad y sí por el modus operandi, repetitivo hasta la saciedad, es el del ínclito Pablo Motos. Ya arrastraba precedentes escandalosos y demenciales para alguien con escrúpulos o simplemente con dignidad. Pero ha elevado a cotas estratosféricas su impostura durante el confinamiento al esconderse tras la piel de, según comentan, un terapeuta, un psicoanalista, un maestro zen, un biólogo, un astrónomo, un virológo experto en pandemias, y un consumado coach. Llegados a este punto, no le ha faltado escrupulos para convertirse en, por si no fuese suficiente con lo susodicho, neurocientífico de la manera más fraudulenta, demagógica, chabacana, casposa y partidista de todas las posibles.

Es su estado natural, en el que mejor se desenvuelve. Un rape que nada en Wikipedia y descubre que el cerebro tiene dos hemisferios..., da la sensación que ha estudiado en Harvard como mínimo. Al parecer le dieron hasta en el carnet de identidad por parte de toda la comunidad neurocientífica (la de verdad) con cuenta en twitter. Pues, no contento con ello, insistió, en esa parodia de ser humano que presenta y representa, en su papel de neurocientífico para recochinearse aún más, ridiculizándose por ese absurdo y absoluto desprecio a la ciencia, por más que pretenda hacer de ella espectáculo. Cumple con la primera regla del decálogo del buen impostor: la falta de escrúpulos. Pero además es de ese tipo de impostores cobardes y capciosos que se vale de su fama, posicionamiento mediático y cohorte de borregos que alimenta para desprestigiar a quien se atreva a toserle encima o a criticar su impostura: todo un adalid ejemplificador del neoliberalismo banal de la Hispania casposa. Y representa bien ese lastre porque no intenta reivindicar nada, simplemente lo hace para conseguir los aplausos de su corro de "seguirregos" (seguidores borregos) para que le rían las gracias, palmaditas en la espalda y chin chin. Y que el canal que lo sustenta permita esa clase de impostor mediático, capaz de pasar de maestro Shaolín a neurocientífico en lo que dura el chasquido de los dedos, dice mucho de la clase de país en el que estamos.

El relato ha sustituido a la idea. Es la teatralización de la realidad la que tiene calado en una sociedad tan permeable como la nuestra. La realidad es aburrida, da poco juego y aún rinde menos beneficios. Hay una cita lapidaria en el magnífico y bien documentado ensayo de Antonio Calvo Maturana, Impostores. Sombras en la España de las luces, (Ed. Cátedra) que lo explica todo en un axioma: "El impostor es un espejo de la sociedad en la que vive". Es triste pero cierto: el ínclito presentador es un fiel reflejo de esta España burda y sin sentido, donde prima el rédito económico; el pelotazo; el maniqueo burdo y casposo; el abordaje machista de café, Reig y Soberano. Todo ello suele pasar por encima de la franqueza, la honestidad y el trabajo bien hecho. "Es por estos, porque el impostor sólo tiene cabida dentro de la sociedad en la que vive, por lo que cada época tiene sus propios modelos de impostura”, concluye.

Dejo para el final los impostores más mediáticos de la actualidad. Los que buscan silenciar y estigmatizar a quien no ría sus gracietas en cada gesto y en cada frase; estrategia similar al de Motos: son tan similares todos los impostores que apenas hayas conocido a uno, ves venir a los demás. Conforman un pseudogrupo político capaz de enarbolar, gracias a la democracia, la bandera de la dictadura y todo lo que significa su ideario. El colmo de la cara dura llega cuando, hartos de protestar contra las manifestaciones populares feministas, por ser causantes -según dicen y así lo denuncian- de la propagación de la pandemia, alientan y acuden a caceroladas multitudinarias en la calle, saltándose las medidas de distanciamiento social recomendadas hasta por la OMS, desobedeciendo las leyes que quieren que cumplan los demás y culminando con la guinda de empujar a la calle a todo el cortejo de borregos sin fronteras e imprudentes criminales en potencia que sí les ríen las gracietas, dando la espalda a los miles de sanitarios que han luchado para paliar los estragos de la pandemia, evitando el colapso de la sanidad, y obviando en última instancia el riesgo de volver a situaciones límite. Éstos que se autoproclaman patriotas, éstos que con la consigna de LIBERTAD y envueltos en una bandera que con sus actitudes desprecian, alientan a sus acólitos y borregos a que vociferen desde sus coches y fuera de ellos. Y en realidad su único y exclusivo objetivo es dilapidar el débil estado de bienestar, la constitución y la libertad de expresión (la de verdad, no el espejismo que quieren representar y defender (sic) en la calle). Por lo único que suspiran en realidad es por restaurar su tan ansiado y añorado estado totalitario y fascista del otrota generalísimo (y no lo digo yo, lo dice su programa electoral). Es una pena ver en la calle a tanta gente orgullosa de que les hayan robado sus carteras y lo celebren como si de un trofeo se tratase, o como si reclamasen que a ellos no se las han robado, que han sido a los demás, porque ellos son los que dan palmaditas en el hombro y chin chin, caceroladas al canto. Pobres incautos, quieren ser protagonistas de una estafa que principalmente va dirigida a ellos. Les están robando lo más preciado que tienen y ni siquiera se percatan: la dignidad. En fin, ejecutar la ley de partidos ya si eso tal... No obstante, recuerde: "El impostor es un fiel reflejo de la sociedad en la que vive".

Nos queda la esperanza de que se cumpla algo en común que tienen todos los impostores. Igual da igual que pasen tres meses o diez años. Antes o después les llega su San Martín, aunque el fastidio es que nos queda aún que soportarlos hasta que se percaten los afectados de que les faltan las carteras. Porque "puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo". Tanto ruido para que, a la vuelta de la esquina, acabes siendo el hazmerreír del resto de los mortales. Porque eso precisamente tienen los impostores: trabajan para recabar las risas del corro, y acaban siendo pasto de ellas. Quien no tiene dignidad, no tiene escrúpulos. Bien lo supo, tarde, el bueno de Lincoln. 

Que sirva de pos data: ojo, que quien vende pan y seguridad a cambio de tu apoyo acaba saqueando tu casa y robándote el pan y la seguridad, venga del lado que venga. 








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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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