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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Morir es no estar nunca más con los amigos

Pocas cosas me sorprenden hoy día de la sociedad que estamos permitiendo construir a la orilla de nuestros dominios. Es tal el nivel narcótico que impregna todo cuanto llega a nuestras fauces que apenas sí consigue inquietarme algo. Lo cual significa dos cosas: o me he idiotizado en demasía o he vivido mucho más de lo que debiera. A veces incluso pienso si estoy muerto en vida. Parece que todavía no, quizá porque aún quedan amigos. Tampoco he vivido en demasía, porque la vida es en sí misma una droga dura de la cual es dificil desintoxicarse y por ello todos vamos directos a camposanto antes o después, por sobredosis de vida: siempre quedan cosas por vivir. Y que esté escribiendo esta reflexión me excluye en parte de los idiotizados del mundo, aunque de esa mácula nadie escapa del todo.

Vivimos sumergidos en un nivel de indolencia e hipocresía capaz de preñar de plástico todo el mar de agua del que estamos hechos. Apenas pestañeamos y olvidamos lo sucedido hasta que alguien lo recuerda de pasada a la sombra de unas tapas en el bar virtual de Facebook o Instagram, regadas con una refrescante cerveza que nunca paladearemos... y ahí queda todo: la vecina sigue invirtiendo en plástico para su cara y sus curvas y seguimos utilizando plástico hasta para beber agua. Normalizamos, en definitiva, todo cuanto cae en las redes sociales. La muerte, por ejemplo, que cada cual expande como un virus con el tacto de un dedo para predicar sobre el dolor que queda inerte en esa misma orilla de lo virtual que linda con la realidad. Y apenas aparece un nuevo aliciente, la realidad ha caducado.

Sucede con todo lo que ocurre en la vida (cuando digo 'vida' me refiero al primer mundo y también al segundo, el tercero padece ya de por sí un infierno del que resulta imposible salir tal y como está diseñada la dinámica de consumo actual). Alguien tiene éxito y afilamos los colmillos  para ignorar su felicidad como lágrimas en la lluvia que cae sobre la isla Perejil. Si por otro lado cierran las fronteras de todo un país por alerta de epidemia de ébola, ni siquiera prestamos atención a las noticias porque dejamos que suene de fondo mientras acabamos el plato de comida que aquellos que sufren en aquel país remoto jamas podrán catar. Un afamado músico que nunca hemos escuchado fallece y nos apresuramos a compartir la noticia con fervor con tal de dejarnos llevar por la corriente de todas las redes sociales a las que estamos suscritos, sin dejar de lamentar la pérdida al compás de tal o cual canción...  que olvidaremos antes de que salga el sol o un gallo cante tres veces. Todo cuanto se toca está sujeto al exhibicionismo del que más sabe, del que mas bonito lo dice, del que más impresiona... eso que todos conocemos como postureo, y que todo cristo practica sin pestañear antes de decir "yo no lo hago, yo sólo comparto".

Y compartimos todo cuanto sucede a nuestro alrededor, idealizando hasta la extenuación cuanto pueda captar nuestra cámara, preñando de filtros cada pixel para enmascarar así la realidad de tristeza y desamparo que nos abruma a diario. Y qué decir de las ideas políticas, que han entrado en una guerra inaudita sobre la paleta de color amalgamada de la idiotez, tan abigarradas que la imagen de una anciana rebuscando en la basura sirve de arrojo venenoso a la izquierda y a la derecha para reivindicarse, y sin embargo ambos extremos se abrazan en el mismo espacio de inacción, porque ninguna de las partes consigue remediar que continúe sucediendo cualquier tragedia humanitaria; les interesa tener armas arrojadizas que alimente la voracidad de sus fieles; el odio y el rencor hacia algo tan intangible y superfluo como una idea contraria: se odia el continente, no el contenido. ¿No es del todo absurdo? Tiene explicación. Amamos cuanto vemos, no lo que habita en el interior. Las ansias de parecer prevalecen sobre lo real y por eso somos capaces de comprar un objeto con tal de que nos lo presente en esa caja tan bonita donde va guardado.

Y en la cúspide de todo lo que nos va ahogando y nos impide luchar para emerger a la superficie tenemos a ciertos animalillos que van mostrando día a día sus inauditas e incalificables habilidades, lo ostentoso de sus vidas ficticias o lo más magro de su complexión con el simple objeto de exhibirse en esa carnicería que sólo existe en la ensoñación de cuántos les imitan, que aspiran a tener una vida que nunca tendrán y acaban copiando esos modus operandi de la fauna intrépida de las redes sociales; ya desde pequeñitos permitimos incluso que admiren en sus tabletas cómo juegan otros de su edad en un duelo en el que sólo en sus deseos ganarán, con lo que sus padres conseguirán que suspiren de mayores ser todo un bufón medieval moderno, al que se le ha dado por denominar influencer, anulando así el bastión artístico universal de un niño, que es como decir del ser humano: la imaginación. Es, en definitiva, una sociedad que no crea, sólo copia patrones.

Sentimos la urgente necesidad de identificarnos con etiquetas o que somos o pertenecemos a algo o a alguien, curiosamente en una era marcada por ofrecernos de manera ominosa la apuesta personal por la libertad y la independencia. Compra el producto, conduce el coche, adquiere la casa..., y siéntete libre como un pájaro, como si la libertad tuviera alas. Esa libertad, cualquiera de las libertades, tiene siempre un precio, el precio que nadie te revela hasta que te toca pagar... y luego llegan los lamentos. Bob Dylan lo estampó entre signos de interrogación: ¿Acaso los pájaros no son prisioneros del cielo? Sumamos etiquetas para identificarnos en cualquier lugar del mundo. Nos han inculcado que globalizar todo cuando sucede en cualquier rincón nos haría más libre y en realidad nos ha hecho caer en una esclavitud cuasi perfecta,  sin necesidad de cadenas ni verdugos con látigos. ¿Acaso la inmensa mayoría de mortales (del primer y segundo mundo) no trabajan desde el móvil o la tableta en su período de vacaciones? Desconéctate y perderás el empleo...

Siempre tuve presente que la poesía era el único instrumento capaz de cambiar las cosas, todas estas cosas. En mi inmensa ignorancia, ya sólo soy capaz de creerlo de manera utópica y que sólo cambiará cosas en mí, dado que la poesía de hoy, la que alientan tanto críticos como intelectuales y sobre todo editoriales, se está ahogando en la misma orilla en la que se ahoga todo lo que nos incumbe como seres vivos. Basta una simple ocurrencia apoyada por cientos, si no miles, de borregos amaestrados en esas lides del deseo de las vidas ajenas para que, como una plaga, se expanda ese mensaje erróneo por doquier, hasta llegar a las plataformas editoriales más mediáticas para hacer caja con ello.

En la poesía se concentra el universo en breves palabras. Una amalgama de reflexión que alberga tanta importancia, que tanto el mensaje como lo escrito confluyen en un mismo plano, dando a luz una realidad universal. “El poeta no tiene por finalidad comunicar un pensamiento, sino despertar en los demás un estado emocional en el que nazca un pensamiento análogo (pero no idéntico) al suyo. La ‘idea’ desempeña (en él como en los demás) tan sólo un papel parcial”.  Así reflexionaba Paul Valéry y es totalmente lo opuesto a lo que nos han inculcado en este último lustro: la idea es el papel primordial y el estado emocional que surge como consecuencia es tan sólo algo secundario; tanto, que se premia la técnica y la estética, y no así la consecuencia universal de la poesía: el estado emocional que da como resultado una reflexión. Recuerden, amamos el continente, no el contenido. He llegado a oír incluso cómo se han decidido a comprar un libro por lo bonito que es.

Tal es así, que hasta a ciertos elementos cuasi analfabetos de la sociedad se les considera adalides del abismo y, por extraño que parezca, hasta prestigiosos poetas y catedráticos de postín se apresuran a auparlos a la categoría de gestores de una cultura de la que carecen... todo sea por salir en una foto y que se viralice su presencia por doquier a cambio de prostituir la verdadera esencia de la poesía: despertar estados emocionales con capacidad de hacer brotar vida en ese estado de reflexión permanente al que obliga, o lo que es igual, concentrar el universo en unas pocas palabras. "Nos seguirán porque salimos en la foto con fulano y mengano, ¡qué privilegio!" Quizá sea ése el quid de la cuestión por el cual todo el mundo parece haber tomado un interés en hacerse poeta: propagar su popularidad con aquestos adalides del postureo y viralizar esa aureola y no lo que de verdad importa, como predicó Valéry. Es la realidad: la poesía se ha transformado en un mero adorno que decora los muros infinitos de las redes sociales. "Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quienes somos, / la poesía no puede ser sin pecado un adorno", escribió Gabriel Celaya en 'La poesía es un arma cargada de futuro'... de un futuro que parece morir en la misma orilla que todo. Porque 'morir es no estar nunca mas con los amigos', como apuntó Gabo. Y la poesía, más que ser un elemento vinculante, se ha convertido en excluyente, y por tanto elitista e impoluto, que no toma partido por nada ni por nadie y ni tan siquiera es capaz de mancharse las manos. Ya no es un alarde de valentía, sino todo lo contrario.

En la orilla de mis dominios yo sólo quiero que habite la amistad, al recaudo de cervezas, vinos, tapas, cenas, buenas charlas mejores reflexiones y, cómo no, abrazos y cariño. Esa orilla es un lugar donde escuchar es un instante eterno y desoír el ruido que perece donde desfallece todo a día de hoy. A modo de profecía decían los versos del poema de Celaya que mencioné antes: "Estamos tocando fondo. / Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse". Hay que tomar partido hasta desfallecer en la orilla, donde siempre estarán los amigos esperando para ayudarnos a tomar aliento y ponernos en pie. Y si alguna vez no los hallamos cuando nos desplomemos desfallecidos sobre la arena y casi sin aliento, entonces habremos muerto. Porque tan cierto como escribo estas ultimas líneas, ser honesto y enfrentarse don dignidad y verdad a todo cuanto ha quedado atrás en esta reflexión te pone en entredicho ante toda la comunidad y acaba repudiándote y empujándote a un mar de despecho y desprecio con el único fin de que mueras sobre la orilla. 








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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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