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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

El malo de la película

El Monumental, una sala de cine que en la actualidad es un edificio de viviendas de la calle José Tallaví, esquina con Mendoza Tenorio, en la localidad de Málaga, emitía en aquella sesión matinal de domingo un western que me marcaría para toda la vida. Hasta la fecha contaba con apenas once años y balbuceaba a duras penas español, aunque lo entendía con mayor o menor fortuna. Mis apariciones por el cine se contaban escasas para la inclinación que ya tenía por el séptimo arte. Si bien era raro que me dejasen ir acompañado de los amigos del barrio sin algún adulto de por medio, era aún más raro que contase con un puñado de monedas para pagarme la entrada. Así que cuando reunía el dinero necesario a base de ahorrar pesetas por aquí y algún duro por allá que me estipendiaba mi abuela, corría que me las pelaba para ver qué película había en cartelera. Para colmo, las posibilidades de ir solo al cine se contaban por domingos en la sesión matinal, puesto que el resto de la semana la oferta resultaba incompatible con los horarios propios de un niño. Aquel domingo de primavera, en el que se asomaba el sol con atisbos de indumentaria estival, fue un domingo auténticamente festivo para mí: al fin podría ir al cine después de muchas semanas en ascuas o alimentándome del poco que se emitía por televisión y podía o me dejaban ver.

Ya por aquel entonces guardaba un pequeño resquemor (que ahora que lo pienso tenía más de cinéfilo que de infantil) con las películas del oeste, que suponían todo un hito y contaba con una extensísima saga de seguidores en todo el mundo (también las películas de Bruce Lee y de artes marciales en general). Me preguntaba por qué, en los encuentros entre malos y buenos en los westerns, el duelo final entre ambos se saldaba siempre con tanta premura, con una tensión arrastrada por toda la película para finalizar en apenas unos segundos. Sobre todo, el porqué los indios, infatigables sobrevivientes en la naturaleza salvaje, eran tipos tan endebles e 'idiotos' a la hora de enfrentarse ante la barbarie de la 'civilización' (esto último lo abordaré en otro momento). Aquel domingo primaveral tuve suerte en primera instancia porque al parecer la película en cuestión carecía de indios y vaqueros.

Penetré en aquel templo que conservaba un halo de coliseo. A pesar de cierta miasma a lugar escaso de ventilación, el no menos apolillado efluvio a humanidad, y un inconfundible retestinado perfume a tabaco incrustado en las butacas, podía oírse retumbar los ecos de cientos y cientos de explosiones, carcajadas, disparos, palomitas, besos..., aquel lugar tenía concentrado muchos mundos en apenas unos metros cuadrados. Mundos con los que soñábamos vivir todos los que nos procurábamos ya un asiento para ver la película de la sesión dominical: Once upon a time in the west, o lo que se dio a traducir (creo que de las pocas veces que se ha traducido un título de la lengua de los bárbaros al castellano y el acierto fue, para mí personalmente, inaudito, puesto que el título original no hace justicia con lo que nos cuenta el film y en castellano insinúa lo que es en sí misma la propia narración de la película): Hasta que llegó su hora.

Ya el inicio me dejó profundamente estupefacto. Ese opening hipnótico con el sonido de fondo de la veleta en la estación de tren, quebrando un silencio polvoriento donde Jack Elan trata de espantar una mosca pesada que no parece despegarse de la piel de su rostro grasiento y sudoroso; Woody Strode que aprovecha la percusión del goteo del agua para recabar un sorbo que le servirá para refrescar el gaznate; a lo lejos se apercibe el chucuchú del la presión del vapor del tren escapando al viento y alerta a los forajidos de su llegada. Uno deja escapar la mosca que zumbaba en el interior del cañón de su revoler, el segundo succiona el trago de agua que acogía gota a gota en su sombrero, y Al Mulock, el tercero en discordia, que con su rostro hace de cortinilla y da paso a la llegada del tren al girar el rostro y abrirse en el plano para que aparezca el armatoste de hierro sobre los raíles; un tren que resbalaba las ruedas metálicas sobre las vías de acero, succionando todo vestigio hipnótico y congregándoles en el andén. Aguardan en silencio que alguien baje del tren... No aparece nadie. Se dan media vuelta de regreso a Dios sabe dónde. En ese instante en que ya casi alcanzaban los equinos que esperaban en el otro extremo del andén y el tren retoma su camino, oyen al 'Harmónica' (como le bautizaría más adelante el extraordinario Jason Robards, uno de esos pocos actores que nunca decepcionaba hiciera lo que hiciera), que aparece tras el monstruo férreo cuando éste retoma la marcha hacia su destino. El intercambio de disparos, aparentemente en clara desventaja para 'Harmónica', tumba a todos tras un breve intercambio de palabras. Yo me retorcí sobre el asiento, incrédulo. No pude comprender qué estaba pasando. Sin embargo, 'Harmónica' se incorpora, la fortuna se alió con él y el último disparo de Woody Strode de manera afortunada no llegó a su destino... hasta el final de la película no comprendí ni un ápice del porqué de aquella secuencia, pero consiguió que me quedase prendado de la pantalla las casi tres horas de película.

Ni que decir tiene que ese misterioso "harmónica" me tuvo en vilo toda la película; "por qué", me preguntaba todo el tiempo, por qué persigue al forajido. Quizá ha sido el personaje más redondo que ha interpretado Charles Bronson a lo largo de toda su carrera, a pesar de ponerse en la piel de alguien pétreo, insustancial, que sólo mostraba rapidez y sangre al desenfundar la pistola. "Harmónica" llena la pantalla cada vez que aparece en plano, sumado al genio de Jason Robards, que no recuerdo haberle visto una interpretación fallida por pequeña que fuese, como en el metraje de Sergio Leone. Obviamente no podía dejar pasar la extraordinaria candidez de Claudia Cardinale: quizá hasta el día de hoy jamás el sudor en la piel femenina había resultado ser tan erótico como empapando a la bella esposa del malogrado McBain en el film, y aún menos que unos ojos fuesen tan luminosos como los que alumbraban de esperanza cada vez que entraba en plano.

Ahora bien, si hay algo que me ha acompañado en lo más profundo de mis escarnios y temores por causa de esa película es el rostro de Frank, el extraordinario malo malísimo que encarna un magnífico Henry Fonda que jamás en toda su carrera ha podido igualar la interpretación que nos regaló con aquel papel. Nunca antes, ni aún hoy, he visto un personaje que encarne tan sólo con su rostro la esencia más pura de la maldad. Apenas sí necesitó mover un músculo para pasar de una ligera sonrisa con atisbos de ternura a un gesto adusto y serio, agrio de perversidad, con ambición de fustigar la propia maldad para mostrar hasta dónde podía llegar para calibrar quién comandaba el reino del mal allá por donde pisaba con sus secuaces. Tan sólo oír su nombre bastó como excusa para liquidar a un pobre niño indefenso, que acababa de quedarse huérfano. "¿Qué hacemos con este, Frank?", sugiere uno de sus compinches. "Ya que has dicho mi nombre...", sentencia Henry Fonda. Acto seguido el disparo a cámara sugiere al espectador la estridencia más aplastante de la crueldad, fundiéndose con el quejido de las ruedas del tren sobre las vías, de manera que la estridencia que nos embarga en lo más recóndito de nuestro ser se funde con la de la máquina, rechinando contra las vías. Frank resultó ser el paradigma de la maldad, el rostro viviente de la guadaña, el lado más oscuro de la crueldad impreso en la piel del rostro de Fonda, el sombrío demonio enjutado en negro que se confundía con su propia sombra. Hoy día, en el cine, suele representarse al rostro del mal con patologías psicóticas y psicopáticas, estridencias malabaristas que fluctúan sobre la locura... Y no, Frank es un ser frío, calculador, con temple, capaz de helarle la sangre al primero que osase mirarle de soslayo, al que siquiera le susurrase de mala manera, al que le molestase de cualquier modo. Frank encarnó el modelo a seguir de lo que es y debiera ser siempre el malo de la película. Un tipo con carácter, capaz de dejarte frito con una mirada helada, de cuajarte la sangre y hacer que muerdas el polvo fulminado. Cualquier cosa que no se acerque a su planta, a su mirada de acero índigo, siempre será una puesta en escena fallida, porque Frank fue, es y será, sencillamente, el paradigma de la maldad.

Al final del film 'Harmónica' y Frank se enzarzarán en un duelo tan crepuscular como sepulcral. El gran Sergio Leone echa mano de todos los planos habidos y por haber que pueda uno utilizar para narrar una oda entre el mal y la justicia. Todos los espectadores comprenden entonces, al igual que Frank, el porqué de la persecución con esa harmónica del extraño y silencioso individuo que andaba buscándole. El realizador construye durante ocho minutos (sí, algo más de ocho minutos de odas al sol), amparado bajo la batuta de una banda sonora extraordinaria del maestro Ennio Morricone. Un auténtico videoclip con el que se apoya para resumir la razón de aquel desencuentro, donde podemos ver, incluso, las inclinaciones de un joven y desaliñado Frank recreándose y disfrutando con la maldad: extrae una harmónica de su bolsillo y se la coloca en la boca, entre los dientes, a quien tiene frente a él en ese duelo épico. "Toca un poco y alegra a tu hermano", le dice. Y aquél que lo sostiene a duras penas sobre sus hombros, y cuelga desde una campana enmarcada por un arco de piedra que otrora pudo haber sido la entrada hacia el infinito. Un infinito ausente de muros y de vida, tan sólo aquellos forajidos que acompañan a Frank, el sentenciado a muerte y su hermano. Por fin un duelo como Dios manda...

Aquel rostro me acompañó siempre. Creí que sería capaz de diferenciar a alguien malo de alguien bueno teniendo como ejemplo el rostro de Henry Fonda en aquella película. Miraba con atención los músculos del rostro de todo el mundo, en especial los orbiculares alrededor de los ojos. En esas anduve hasta las inmediaciones de mi domicilio, y comprobé que algo no iba bien. Apenas llegué a casa comprendí bien lo equivocado que estaba. Cuando salí del cine, después de casi tres horas incomunicado, corrí huyendo porque me temía lo peor. Eran casi las tres de la tarde y en casa había que sentarse a la mesa sobre las dos de la tarde a más tardar. Cuando entré por las puertas, recibí una soberana paliza, de esas que ahora un progenitor podría ir a la cárcel y por mucho menos. Al parecer me habían estado buscando por doquier y en el barrio nadie sabía nada de mí porque no había aparecido ni había estado ni jugando con nadie (obviamente). Era un crío como para perderme de aquella manera sin decir nada... Mientras recibía y aguantaba estoicamente la manta de palos que me estaba cayendo, pude ver en un instante, en los ojos de mi padre, aquella intensidad siniestra de fondo de la que sólo Frank fue capaz de dispensar en el film. Aquella iridiscencia feroz que brillaba en los ojos de mi padre me hizo temer incluso por mi vida. Cuando el nivel de ensañamiento alcanzaba cotas infernales, pude zafarme de aquella hebilla que me estaba destrozando la espalda y de otros elementos sin importancia (escoba, manos, etc...), y nadie en aquella casa corrió a socorrerme. Me vi indefenso como el crío que recibió el disparo de Frank ante el que nada pudo hacer, aunque yo sí logré zafarme y huir hacia Dios sabe dónde... quizá eso dé para otro episodio de esos que nadie se atreve a contar.

A veces creemos que el mal con el bien se combate. No puede haber mayor error que ese. El bien solo actúa como bien: construye, se solidariza, apoya, ayuda..., pero con el mal sólo se puede actuar con justicia. El bien sólo puede aleccionar para evitar cometer un mal, pero nunca para actuar contra el mal, porque acabaría cometiendo las mismas fallas y transformarse en el propio mal. Esa es una de las grandes verdades que me enseñó la película (esa y otras muchas a posteriori y del mismo género) el bien solo puede hacer el bien, y nunca procura la venganza, ni pagar con la misma moneda de la maldad, ni regocijarse por el mal ajeno infligido sobre el prójimo. Quizá por ello, al mirarme en el espejo, siempre observo en el fondo del iris el reflejo de saber quién no querría ser nunca. Siempre miro que los músculos orbiculares alrededor de mis ojos para comprobar que no acunan un atisbo de maldad, que no aparezca Frank por ningún recoveco. De ese modo siempre suelo dormir tranquilo y profundamente. Y nada pudo impedirme desde entonces continuar viendo cine de todas las formas y maneras posibles que a día de hoy la tecnología nos concede el beneplácito. Echo de menos someramente aquellas viejas salas de cine (Echegaray, Palacio del Cine, Royal, Cayri, Andalucía, Astoria...), su personalidad, su intrahistoria. Templos de escasa ventilación, con su apolillado efluvio a humanidad, el inconfundible retestinado perfume a tabaco incrustado en las butacas, los ecos de cientos y cientos de explosiones, carcajadas, disparos, palomitas, besos..., que retumbaban como fantasmas que respiraban suplicantes más metros de celuloide para morir como murieron. En esos lugares se concentraban mundos inimaginables, guardaban secretos de grandes y pequeños en apenas unos metros cuadrados, el mundo con el que soñábamos vivir todos los que nos procurábamos un asiento, un mundo que, a pesar de su reconversión en 'macro cines', con infinitas salas, agoniza lentamente. Aunque nada impedirá que viva por siempre jamás la mirada de Frank en lo más profundo de mi corazón y evite reflejarme en ese espejo índigo.








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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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