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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Un cuento de Navidad

Aquellas fechas corrían la misma suerte que las que ahora están por venir. Las guirnaldas navideñas decoraban cada rincón, luces parpadeando amablemente invitando a la festividad natalicia del llamado hijo de Dios, la gente revelaba en su semblante un pletórico halo de amabilidad y complacencia. Por aquel otro lado veíase un puesto de chocolate caliente y porras (churros) de todos los sabores y rellenos posibles, y en aquella parte de allí una caseta que ofrecía unos buñuelos riquísimos. El frío se arremolinaba por cada rincón del parque infantil, entre los árboles de la floresta que flanqueaba la alameda, o cruzando cada esquina de la ciudad. Puede verse el vaho de cada respiración de los transeúntes, caminando en un caos generalizado pero en un orden que sólo cada individuo conoce de su destino. La bocina de algún incauto que apenas puede esperar unos segundos sin avanzar con el vehículo proliferaba impaciente adueñándose de cada recoveco. Y por aquella esquina se escapan unos acordes de un famoso villancico navideño estadounidense. Todo podía verse desde la terraza donde vivía, un edificio peculiar con vecinos no menos peculiares.

En el quinto vivía un individuo circunspecto, a veces risueño, introvertido, siempre cabizbajo al subir las escaleras del portal que preambulaba al ascensor. Parecía un tipo sensible, lleno de temores hacia cualquier cosa que pudiera amenazarle: una señora con un paraguas; el perro del vecino del tercero 'a' que tenía aspecto ciertamente asesino, pero que apenas te acercabas se deshacía en lametazos para que le acariciaras el lomo; un simple papel, o incluso la hoja de un abedul, que sorpresivamente asaltaba en el camino;... cualquier cosa que pudiera turbarle el ánimo. Vivía acomodadamente gracias a un cargo ejecutivo en una empresa que nadie pudo saber nunca y que sólo cuatro privilegiados pudimos guardar el secreto para siempre. Solía vestir con elegancia y cuidaba de su aspecto como de sus modales, "es la tarjeta de visita de cada ser humano, especialmente la mía", me dijo en alguna ocasión al confesarle admiración por su impecable planta. Aquella tarde le trajeron a casa un televisor de última generación, 'un SONY de plasma' de cuarenta y tantas pulgadas. Menudo lujazo, me habló días antes de todas las virtudes del aparato como si de un valor añadido a la vida se tratara; con definición ultra y colores increíbles. Aunque pareciera en cierto modo un tipo huraño, y podía entrevérsele un tanto apocado, ciertamente se presentaba cercano con quien pudiera sentirse receptivo a departir cualquier conversación con él. Y aunque pudiera parecer una contradicción, se dejaba ver poco y aún menos conversar con algún vecino. Evidenciaba por los poros de la piel una enfermedad llamada soledad que le gangrenaba el corazón y le aleccionaba en la misma medida para el imparable éxito de su vida profesional.

El del tercero, el del perro amenazante de aspecto fiero pero manso y tierno como pan recién hecho, era un padre de familia numerosa hasta divorciarse hacía unos dos años. Funcionario del Ayuntamiento, las mayores pasiones eran sus hijos y su perro; también la filatelia y el fútbol. Seguidor del C.D. Salamanca (me hubiera gustado saber cómo sufrió la desaparición de su club antes de la reciente resurrección a la vida futbolística) y del Barça, por lo que comenzamos a empatizar por ahí apenas comenzamos a coincidir por el soportal, entrando o saliendo del edificio. Un tipo bonachón, extrovertido, simpático, gustaba bromear con chanzas harto conocidas y manidas por el gran público, tal como si de una noria se tratase, gustaba dar explicaciones de todo aquello de lo que sabía y no sabía como si tomara la piel de un conferenciante sagaz y experto. Pero se le veía siempre ataviado de un halo triste, hasta con cierta tilde de misantropía. Era un clásico verle sacar su perro los domingos por la mañana, con el As, El País y sus suplementos bajo e l brazo, vestido con el chandal Kappa del Barça de color verde azulado y una gorra negra del equipo charro. Y a pesar de que sus hijos siempre le visitaban los fines de semana, por aquello continuar con una custodia que aún mantenía sin ninguna obligación legal de por medio, nunca le acompañaban a sacar a 'Bola de Nieve'. Procuraba entretenerme poco con él, ya que apenas si seguías su verborrea, te vapuleaba con una cascada de dimes y diretes, razones y contrariedades de la política, o simplemente los avatares de la cría y el cultivo de la remolacha... Era un gran tipo, a pesar de todo. Se le veía siempre tan alejado de todo y tan sufridor en silencio de su soledad.

Y qué decir de mi vecina con la que compartía puerta en mi misma planta. Me sacaba algo más de una década, la rondaba un amigo con derecho a roce, 'pero nada serio porque soy un alma libre y un bombón como yo sólo se derrite cuando y con quien quiera', me recordaba. Aquello no era impedimento para tirarme los tejos cada vez que me veía o coincidíamos en el pasillo, pero sí para mí aunque reconozca que era ciertamente encantadora y además de estar de muy buen ver, recordaba mucho a Julia Roberts versión pelirroja natural. Alguna que otra vez me invitaba a cenar o a unas birras en casa, mientras veíamos alguna película que daban por televisión o que tenía alquilada para la ocasión. Se dejaba ver siempre con atuendos sugerentes, confiadamente indiscretos, o pretendidamente cómodos o de andar por casa; cosas estas que no significaban que fuese ligera de ropa, aunque lo cierto es que daba opción a la morbosidad de la erótica florecida de la sugerencia. Confieso que nunca hubo nada más allá de las confidencias, porque me pareció siempre un ángel con problemas profundos de soledad no voluntaria y de desarraigos familiares similares a los míos. La vida no le trató especialmente bien y con el paso de las semanas acabamos siendo confidentes profundos de secretos pasados y presentes, heridas de guerras que mostrábamos con cierto desprecio pero orgullosos de haber recibido aquellas lecciones de la vida, como dos buenos camaradas que se paran a departir entre batalla y batalla; anécdotas de amargo dulzor en los labios. Alguna que otra vez se nos escapó un beso tras el fragor de los efluvios del alcohol... y nada más. Lo que más anhelaba o adoraba ella era el dinero, sin llegar a lo enfermizo, pero lo adoraba porque suponía el cenit de algo de lo que siempre careció y que escaseaba más que nunca por aquellos días infaustos. Siempre le decía que se merecía un príncipe con posibles, porque era mi Pretty Woman preferida y algún día él aparecería de la nada para arrastrarla a la felicidad y tratarala como una reina.

En cuanto a mí, llevaba viviendo en la cuerda floja por aquel tiempo hacía ya unos meses, con poca viruta (por ser comedido y no decir ni un puto duro) y más hambre que el tamagochi de un sordo y la garrapata en un perro de peluche juntos. En las últimas semanas conseguí que la Cruz Roja me diera un par de bolsas de alimento no perecedero, gracias a mi vecina la de la puerta de al lado, que me confesó pasar por aquellos páramos en alguna que otra ocasión, y me sugirió que evitara visitar Cáritas porque me iban a pedir que les mostrara hasta las arrugas del pantalón del carnet de identidad. Le hice caso, fuese cierto o no. Pero en ocasiones la vida gira de manera inesperada y te deja en un desamparo obsceno e irreverente. Mi concupiscente amiga tuvo que salir hacia Burgos para visitar a su hermana, que al parecer contrajo una enfermedad derivada de las bajas defensas a causa del síndrome de inmunodeficiencia adquirida. Me quedé solo en aquel edificio con un montón de vecinos que apenas sí se dejaban ver por el barrio, y salían de casa (quizá a media noche para alimentarse y acopiar víveres para las jornadas de reflexión festiva tras los climalits y las gruesas cortinas que no dejaban pasar ni siquiera el calor del sol) sin que nadie los viera prácticamente nunca; unos amigos que huyeron en cuanto vieron acercarse problemas que no eran los suyos; mi vecino el del SONY de plasma, que salió hacia casa de no sé quién por un problema familiar; y el del perro, que por aquellos días andaba también más solo que la una y apenas le vi salir de casa, ni siquiera para sacar al chucho.

Apenas si me quedaban para la víspera de nochebuena unas galletas y unos quesitos de El Caserío. La búsqueda infructuosa de trabajo me dejaba en una situación de extrema gravedad, puesto que mi casera me insistía en que por favor me pusiera al día lo antes posible. Conocía mi situación y fue de lo más indulgente conmigo a pesar de las penurias que ella misma sufría como consecuencia de la mala cabeza del niño que cada vez más se convertía en un cáncer para ella: drogadicto, ladrón, y violento. Todos ellos, me refiero a mis vecinos y mi casera, conocían de manera directa o indirecta mi situación laboral y económica. Me ofrecieron un hombro en el que llorar, me prestaron unos oídos donde poder depositar todos mis lamentos y mis desazones, pusieron a mi disposición la puerta de sus casas para que pudiera dormir en el caso de que me quedase en la calle en las fechas que se avecinaban: más de lo que jamás me ofreció nunca mi propia familia, la de sangre. Sin señales de mi vecina, que ni parecía que pudiese volver por casa hasta pasadas las navidades. Lejos de familia, amigos (para qué llamar amigos a quienes huyen del barco cuando lo sienten naufragar) y rodeados de conocidos y vecinos de postín, mi cena aquella noche consistía en unos sandwiches de galletas María con quesitos El Caserío aderezados con el bálsamo de unos buenos lagrimones de impotencia.

Llegó el día de nochebuena. A mediodía arrancó a nevar ligeramente. No quise ni salir a la calle, tentado no obstante de hacerlo y colocarme en plena calle para pedir alguna moneda de caridad que me permitiera poder llevarme aquella noche algo a la boca y pasarla al menos con el estómago lleno. Viendo en televisión la chabacanería aviesa de las festividades de postín, habituales por los canales que por entonces emitían sus bramidos imposibles acopiados durante el resto del año, llamaron a mi puerta. Era mi vecina que acababa de llegar de Burgos de dar sepultura a su hermana y no quería pasar la noche sola, y aún menos una nochebuena en un páramo desolado de emociones en Burgos. Se me lanzó al cuello y poco a poco iba deshilachando su tejido férreo en jirones de lágrimas que se evaporaban al confundirse con el polvo del suelo. Traté de calmarla en la medida que pude y, por supuesto, pasaría la nochebuena con ella. El vecino del quinto, el del SONY de plasma, se presentó de repente ante mi puerta para ofrecerme compartir la cena de nochebuena con él. Mi vecina no conocía personalmente al propietario del mejor televisor del barrio, a buen seguro, a pesar de convivir en el mismo edificio. Sin dudar acepté con la condición de que Pretty Woman pudiese sumarse a la fiesta... Mi concupiscente virtual se había quedado prendada del personajillo educado, pomposo y siempre cortés vecino del quinto.

Había invitado también a una compañera de trabajo que andaba escasa de compañía como todos los que allí nos congregábamos. En un instante, pensé en el dueño de "Bola de Nieve". Pregunté al anfitrión si habría inconveniente en que nos acompañara nuestro querido vecino del tercero "a". Sin problema, dijo, siempre y cuando no subiera con el perro. De repente nos vimos cinco personas brindando, riendo, comprendiendo incluso términos del estilo "fly to quality", "long-term", "capital de riesgo" o "ADR". Conocimos de primera mano toda la historia privada del papá de "Bola de Nieve". Mi vecina de planta también se arrancó a desahogarse y nos contó la historia de su hermana, y la suya propia. Mi vecino del quinto, el anfitrión, también quiso aportar su aparente vida fácil con los bajos fondos emocionales y físicos que tuvo que padecer en el seno de su familia y más tarde en el colegio (eludiré mencionar aquí sus apellidos, pero he de decir que el juego de palabras bien valdría un psicólogo hasta bien entrada la madurez). Pero cuál no fue mi sorpresa que la compañera de trabajo, voluptuosa y siempre sonriente, conocía a un asistente de producción que trabajaba para una importante productora de televisión, para los que comencé a hacer algunos trabajitos de edición en vídeo pasadas un par de semanas: fue un estupendísimo regalo de Reyes. Y, como era de esperar, entre el anfitrión y mi Pretty Woman surgió la chispa que les condujo desde aquella noche a unir sus vidas hasta el día de hoy (al menos eso tengo entendido)... Ya jubilado de oro anticipadamente él, acompañante y fiel compañera ella: viajantes infatigables: el sueño de mi vecina concupiscente virtual cumplido de cabo a rabo junto aquel príncipe azul, a pesar de ser uno de esos que durante muchos años tenía a golpe de "intro" del teclado el futuro de todo españolito de a pie, el lado oscuro que nunca podía permitirse sacar a la luz. Aquella noche aprendí algo sui generis: la felicidad no se alcanza por mucha persecución que uno practique, tan sólo se ha de estar preparado para poder aprovechar la oportunidad de acogerla en nuestro regazo. Lo que me quedó tatuado en las paredes de la memoria fueron aquellas personas, su impronta, sus debilidades, sus temores, su amistad,... su humanidad.

El vecino del tercero "a" volvió a su rutina porque así es como se sentía feliz, en su mundo, sus hijos, su perro, su filatelia y su fútbol de los fines de semana, y así nos lo confesó. Desconozco dónde podrá estar ahora, quizá en el cenit de su felicidad o quizá escondido en alguna residencia. Pretty Woman y SONY plasma fueron felices y comieron perdices... Yo conseguí un trabajo que me permitió salir del agujero pero que me facultó para conocer de primera mano los intrínsecos mundos literarios y cinematográficos, especialmente los segundos, y de los cuales me aparté durante casi una década... pero este es otro cuento de navidad. Lo cierto es que a veces, solo a veces, aquello que deseamos como el summum de la felicidad, tal vez sólo sea el principio de algún infierno blanco y profundo de navidad. Quién lo lo sabe...







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2 comentarios:

  1. Me ha parecido un cuento muy real y precioso. Bien escrito y simbólico de lo que éstos días son para muchos.

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    1. Estoy encantado de que te haya parecido precioso, Alice. La verdad es que, aunque haya entremezclado un par de vivencias distintas, es tan real como la vida misma. Un besazo.

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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra. Son tantas cosas las que incluir, que poco a poco voy actualizando en la medida de lo posible: fotos, cine, poesía, literatura...

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