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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Un cuento de Navidad

Aquellas fechas corrían la misma suerte que las que ahora están por venir. Las guirnaldas navideñas decoraban cada rincón, luces parpadeando amablemente invitando a la festividad natalicia del llamado hijo de Dios, la gente revelaba en su semblante un pletórico halo de amabilidad y complacencia. Por aquel otro lado veíase un puesto de chocolate caliente y churros de todos los sabores y rellenos posibles, y en aquella parte de allí una caseta que ofrecía unos buñuelos riquísimos. El frío se arremolinaba por cada rincón del parque infantil, entre los árboles de la floresta que flanqueaba la alameda, o cruzando cada esquina de la ciudad. Puede verse el vaho de cada respiración de los transeúntes, caminando en un caos generalizado pero en un orden que sólo cada individuo conoce de su destino. La bocina de algún incauto que apenas puede esperar unos segundos sin avanzar con el vehículo deflagraba impaciente adueñándose de cada recoveco. Y por aquella esquina se escapan unos acordes de un famoso villancico navideño estadounidense. Todo podía verse desde la terraza donde vivía, un edificio peculiar con vecinos no menos peculiares.

En el quinto vivía un individuo circunspecto, a veces risueño, introvertido, siempre cabizbajo al subir las escaleras del portal que se empinaban como el preámbulo de un ensayo apocalíptico hacia el ascensor ascensor. Parecía un tipo sensible, lleno de temores hacia cualquier cosa que pudiera amenazarle: una señora con un paraguas; el perro del vecino del tercero 'a' que tenía aspecto ciertamente asesino, pero que apenas te acercabas se deshacía en lametazos para que le acariciaras el lomo; un simple papel, o incluso la hoja de un abedul, que sorpresivamente asaltaba en el camino;... cualquier cosa que pudiera turbarle el ánimo. Vivía acomodadamente gracias a un cargo ejecutivo en una empresa que nadie pudo saber nunca y que sólo cuatro privilegiados pudimos guardar el secreto para siempre. Solía vestir con elegancia y cuidaba de su aspecto como de sus modales, "es la tarjeta de visita de cada ser humano, especialmente la mía", me dijo en alguna ocasión al confesarle admiración por su impecable planta. Aquella tarde le trajeron a casa un televisor de última generación, 'un SONY de plasma' de cuarenta y tantas pulgadas. Menudo lujazo, me habló días antes de todas las virtudes del aparato como si de un valor añadido a la vida se tratara; con definición ultra y colores increíbles. Aunque pareciera en cierto modo un tipo huraño, y podía entrevérsele un tanto apocado, ciertamente se presentaba cercano con quien pudiera sentirse receptivo a departir cualquier conversación con él. Y aunque pudiera parecer una contradicción, se dejaba ver poco y aún menos conversar con algún vecino. Evidenciaba por los poros de la piel una enfermedad llamada soledad que le gangrenaba el corazón y le aleccionaba en la misma medida para el imparable éxito de su vida profesional.

El del tercero, el del perro amenazante de aspecto fiero pero manso y tierno como pan recién hecho, era un padre de familia numerosa hasta divorciarse hacía unos dos años. Funcionario del Ayuntamiento, las mayores pasiones eran sus hijos y su perro; también la filatelia y el fútbol. Seguidor del C.D. Salamanca (me hubiera gustado saber cómo sufrió la desaparición de su club antes de la reciente resurrección a la vida futbolística) y del Barça, por lo que comenzamos a empatizar por ahí apenas comenzamos a coincidir por el soportal, entrando o saliendo del edificio. Un tipo bonachón, extrovertido, simpático, gustaba bromear con chanzas harto conocidas y manidas por el gran público. Tal como si de una noria se tratase, gustaba dar explicaciones de todo aquello de lo que sabía y no sabía como si tomara la piel de un conferenciante sagaz y experto. Pero se le veía siempre ataviado de un halo triste, hasta con cierta tilde de misantropía. Era un clásico verle sacar su perro los domingos por la mañana, con el As, El País y sus suplementos bajo el brazo, vestido con el chandal Kappa del Barça de color verde azulado y una gorra negra del equipo charro. Y a pesar de que sus hijos siempre le visitaban los fines de semana, por aquello DE continuar con una custodia que aún mantenía sin ninguna obligación legal de por medio, nunca le acompañaban a sacar a 'Bola de Nieve'. Procuraba entretenerme poco con él, ya que apenas si seguías su verborrea, te vapuleaba con una cascada de dimes y diretes, razones y contrariedades de la política, o simplemente los avatares de la cría y el cultivo de la remolacha... Era un gran tipo, a pesar de todo. Se le veía siempre tan alejado de todo y tan sufridor en silencio de su soledad.

Y qué decir de mi vecina con la que compartía puerta en mi misma planta. Me sacaba algo más de una década, la rondaba un amigo con derecho a roce, 'pero nada serio porque soy un alma libre y un bombón como yo sólo se derrite cuándo y con quien quiera', me recordaba. Aquello no era impedimento para tirarme los tejos cada vez que me veía o coincidíamos en el pasillo, pero sí para mí aunque reconozca que era ciertamente encantadora y además de estar de muy buen ver, recordaba mucho a Julia Roberts versión pelirroja natural. Alguna que otra vez me invitaba a cenar o a unas birras en casa, mientras veíamos alguna película que daban por televisión o que tenía alquilada para la velada. Se dejaba ver siempre con atuendos sugerentes, confiadamente indiscretos, o pretendidamente cómodos o de andar por casa; cosas estas que no significaban que fuese ligera de ropa, aunque lo cierto es que daba opción a la morbosidad de la erótica florecida en los recovecos de la sugerencia. Confieso que nunca hubo nada más allá de las confidencias, porque me pareció siempre un ángel con problemas profundos de soledad no voluntaria y de desarraigos familiares similares a los míos. La vida no le trató especialmente bien y con el paso de las semanas acabamos siendo confidentes profundos de secretos pasados y presentes, heridas de guerras que mostrábamos con cierto desprecio pero orgullosos de haber recibido aquellas lecciones de la vida, como dos buenos camaradas que se paran a departir entre batalla y batalla anécdotas de amargo dulzor en los labios. Alguna que otra vez se nos escapó un beso tras el fragor de los efluvios del alcohol... y nada más. Lo que más anhelaba o adoraba ella era el dinero, sin llegar a lo enfermizo, pero lo adoraba porque suponía el cenit de algo de lo que siempre careció y escaseaba más que nunca por aquellos días infaustos. Siempre le decía que se merecía un príncipe con posibles, porque era mi Pretty Woman preferida y algún día él aparecería de la nada para arrastrarla a la felicidad y tratarla como una reina.

En cuanto a mí, llevaba viviendo en la cuerda floja por aquel tiempo hacía ya unos meses, con poca viruta (por ser comedido y no decir ni un puto duro) y más hambre que el tamagochi de un sordo y la garrapata en un perro de peluche juntos. En las últimas semanas conseguí que la Cruz Roja me diera un par de bolsas de alimento no perecedero, gracias a mi vecina la de la puerta de al lado, que me confesó pasar por aquellos páramos en alguna que otra ocasión, y me sugirió que evitara visitar Cáritas porque me iban a pedir que les mostrara hasta las arrugas del pantalón del carnet de identidad. Le hice caso, fuese cierto o no. Pero en ocasiones la vida gira de manera inesperada y te deja en un desamparo obsceno e irreverente. Mi concupiscente amiga tuvo que salir hacia Burgos para visitar a su hermana, que al parecer contrajo una enfermedad derivada de las bajas defensas a causa del síndrome de inmunodeficiencia adquirida. Me quedé solo en aquel edificio con un montón de vecinos que apenas sí se dejaban ver por el barrio, y salían de casa (quizá a media noche para alimentarse y acopiar víveres para las jornadas de reflexión festiva tras los climalits y las gruesas cortinas que no dejaban pasar ni siquiera el calor del sol) sin que nadie los viera prácticamente nunca; unos amigos que huyeron en cuanto vieron acercarse problemas que no eran los suyos; mi vecino el del SONY de plasma, que salió hacia casa de no sé quién por un problema familiar; y el del perro, que por aquellos días andaba también más solo que la una y apenas le vi salir de casa, ni siquiera para sacar al chucho.

Apenas si me quedaban para la víspera de nochebuena unas galletas y unos quesitos de El Caserío. La búsqueda infructuosa de trabajo me dejaba en una situación de extrema gravedad, puesto que mi casera me insistía en que por favor me pusiera al día lo antes posible. Conocía mi situación y fue de lo más indulgente conmigo a pesar de las penurias que ella misma sufría como consecuencia de la mala cabeza del niño que cada vez más se convertía en un cáncer para ella: drogadicto, ladrón, y violento. Todos ellos, me refiero a mis vecinos y mi casera, conocían de manera directa o indirecta mi situación laboral y económica. Me ofrecieron un hombro en el que llorar, me prestaron unos oídos donde poder depositar todos mis lamentos y mis desazones, pusieron a mi disposición la puerta de sus casas para que pudiera dormir en el caso de que me quedase en la calle en las fechas que se avecinaban: más de lo que jamás me ofreció nunca mi propia familia, la de sangre. Sin señales de mi vecina, que ni parecía que pudiese volver por casa hasta pasadas las navidades. Lejos de familia, amigos (para qué llamar amigos a quienes huyen del barco cuando lo sienten naufragar) y rodeados de conocidos y vecinos de postín, mi cena aquella noche consistía en unos sandwiches de galletas María con quesitos El Caserío aderezados con el bálsamo de unos buenos lagrimones de impotencia.

Llegó el día de nochebuena. A mediodía arrancó a nevar ligeramente. No quise ni salir a la calle, tentado no obstante de hacerlo y colocarme en plena calle para pedir alguna moneda de caridad que me permitiera poder llevarme aquella noche algo a la boca y pasarla al menos con el estómago lleno. Viendo en televisión la chabacanería aviesa de las festividades de postín, habituales por los canales que por entonces emitían sus bramidos imposibles acopiados durante el resto del año, llamaron a mi puerta. Era mi vecina que acababa de llegar de Burgos de dar sepultura a su hermana y no quería pasar la noche sola, y aún menos una nochebuena en un páramo desolado de emociones en Burgos. Se me lanzó al cuello y poco a poco iba deshilachando su tejido férreo en jirones de lágrimas que se evaporaban al confundirse con el polvo del suelo. Traté de calmarla en la medida que pude y, por supuesto, pasaría la nochebuena con ella. El vecino del quinto, el del SONY de plasma, se presentó de repente ante mi puerta para ofrecerme compartir la cena de nochebuena con él. Mi vecina no conocía personalmente al propietario del mejor televisor del barrio, a buen seguro, a pesar de convivir en el mismo edificio. Sin dudar acepté con la condición de que Pretty Woman pudiese sumarse a la fiesta... Mi concupiscente virtual se había quedado prendada del personajillo educado, pomposo y siempre cortés vecino del quinto.

Había invitado también a una compañera de trabajo que andaba escasa de compañía como todos los que allí nos congregábamos. En un instante, pensé en el dueño de "Bola de Nieve". Pregunté al anfitrión si habría inconveniente en que nos acompañara nuestro querido vecino del tercero "a". Sin problema, dijo, siempre y cuando no subiera con el perro. De repente nos vimos cinco personas brindando, riendo, comprendiendo incluso términos del estilo "fly to quality", "long-term", "capital de riesgo" o "ADR". Conocimos de primera mano toda la historia privada del papá de "Bola de Nieve". Mi vecina de planta también se arrancó a desahogarse y nos contó la historia de su hermana, y la suya propia. Mi vecino del quinto, el anfitrión, también quiso aportar su aparente vida fácil con los bajos fondos emocionales y físicos que tuvo que padecer en el seno de su familia y más tarde en el colegio (eludiré mencionar aquí sus apellidos, pero he de decir que el juego de palabras bien valdría un psicólogo hasta bien entrada la madurez). Pero cuál no fue mi sorpresa que la compañera de trabajo, voluptuosa y siempre sonriente, conocía a un asistente de producción que trabajaba para una importante productora de televisión, para los que comencé a hacer algunos trabajitos de edición en vídeo pasadas un par de semanas: fue un estupendísimo regalo de Reyes. Y, como era de esperar, entre el anfitrión y mi Pretty Woman surgió la chispa que les condujo desde aquella noche a unir sus vidas hasta el día de hoy (al menos eso tengo entendido)... Ya jubilado de oro anticipadamente él, acompañante y fiel compañera ella: viajantes infatigables: el sueño de mi vecina concupiscente virtual cumplido de cabo a rabo junto aquel príncipe azul, a pesar de ser uno de esos que durante muchos años tenía a golpe de "intro" del teclado el futuro de todo españolito de a pie, el lado oscuro que nunca podía permitirse sacar a la luz. Aquella noche aprendí algo sui generis: la felicidad no se alcanza por mucha persecución que uno practique, tan sólo se ha de estar preparado para poder aprovechar la oportunidad de acogerla en nuestro regazo cuando aparece. Lo que me quedó tatuado en las paredes de la memoria fueron aquellas personas, su impronta, sus debilidades, sus temores, su amistad,... su humanidad.

El vecino del tercero "a" volvió a su rutina porque así es como se sentía feliz, en su mundo, sus hijos, su perro, su filatelia y su fútbol de fines de semana, y así nos lo confesó. Desconozco dónde podrá estar ahora, quizá en el cenit de su felicidad o quizá escondido en alguna residencia. Pretty Woman y SONY plasma fueron felices y comieron perdices... Yo conseguí un trabajo que me permitió salir del agujero pero que me facultó para conocer de primera mano los intrínsecos mundos literarios y cinematográficos, especialmente los segundos, y de los cuales me aparté durante casi una década... pero eso da para otro cuento de navidad. Lo cierto es que a veces, solo a veces, aquello que deseamos como el summum de la felicidad, tal vez sólo sea el principio de algún infierno blanco y profundo de navidad. Quién lo sabe... La única gran verdad es que tras la nevada fría y gris de la tristeza y la soledad se halla siempre una apacible velada de felicidad, y hay que disfrutarla, paladearla, mientras quede un minúsculo sorbo de vino sobre la mesa, porque no es eterna.








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Beber veneno por licor suave








Cristalinos párpados del sentido
práctico y ameno, traviesa mirada
de dulce nostalgia, lenta escalada
por algún pensamiento extrovertido.

Piel nacarada de tránsito ajeno
que recorre su alma, piel lacrada
que sonríe al viento su mascarada,
rostro anguloso de dulce veneno:

en un momento, burbujas y color;
en una sonrisa, carne de cañón;
en una mirada, luz de una flor;

en un gesto, quiebro de cartabón;
sin su presencia decae el buen humor
y en mil vasos tequila, sal y limón.

(La velocidad del olvido, Inédito)




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© La velocidad del olvido, (Inédito).
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Goles fantasmas

Casi se cumplía el minuto treinta de la primera mitad. La pelota oscilaba entre el centro del campo y el extremo derecho del ataque blaugrana con cierta torpeza, sin un objetivo claro estratégico, pero siempre en constante avance. Los silbidos del público de la ribera del Turia azuzaban a los suyos en pos de una persecución hacia el contrario con el objetivo evidente de robar el balón. Se hace un claro en el entramado defensivo del conjunto ché y penetra el defensa portugués del Barça por la banda derecha, rebasando la imaginaria línea divisoria entre la trinchera y la franja ancha del centro del campo. El esférico llega hasta los dominios del interior diestro croata del equipo blaugana, que sin apenas dudar un instante envía el balón hacia el ariete culé, desplazado, en una suerte de movimiento inverosímil, a ese flanco diestro del terreno de juego, intentando quizá arrastrar consigo el persistente e inquisitivo marcaje de los centrales, sabedores que otorgarle un palmo de terreno con comodidad y en posesión del balón podría significar una sentencia condenatoria a recibir algún tanto e ir abajo en el marcador.

De repente, aquél ve llegar al astro rey que más resplandece en el sistema planetario universal del balompié. Tras unos pequeños toques de control de balón, el ariete uruguayo se lo entrega en bandeja al eternísimo diestro argentino, que sin pensarlo dos veces, al primer toque, en el borde del área, con el interior del pie izquierdo, realiza un chut aparentemente inofensivo, pero con el tósigo violento que puede ofrecer una mamba negra al calibrar su mordisco a la presa. El veneno impregnado en el cuero, violentado con un efecto centrífugo favorecido con el toque sutil que arrastra el recorrido del balón sobre el interior del pie, hace errar de muerte al guardameta que escupe el balón sin ser consciente del emponzoñamiento que ha paralizado sus manos, escurriéndosele y rebotando en las paredes del corazón de sus dominios hasta colarse en la meta definitiva. El esfuerzo inútil del guardameta ché permite claramente a todos dar por válido el gol y comienzan las celebraciones.

Sin embargo, mientras los más allegados iban ya a festejar con algarabías ese gol que abría las esperanzas de la victoria, que con justicia iba mereciendo el conjunto blaugrana, el timonel de ese barco, el hombre de amarillo, con su toga ficticia de jurado, juez y ejecutor del predio deportivo, toma conciencia del peso del asunto, cual vendada Dice sosteniendo la balanza de su justicia divina, y olvidó quitarse en los vestuarios la mordaza de sus ojos, impidiéndole ver la evidencia. Un gol claro que acabó vistiendo sábana para volar como un fantasma. Y el espectro recorre el feudo de Mestalla, va dejándose llevar en los pies del lateral ché hacia la portería contraria con marchamo de gol, aunque acabó siendo inquilino al final de innumerables castillos en el aire con el que alimentar los debates de cafeterías, bares, restaurantes, cenas, encíclicas, talleres, oficinas... Curiosamente, estos mismos que sufren la idiosincrasia de la justicia, recibieron el mismo trato de favor en La Rosaleda, con el mismo cariz pero con resultado favorable. Y es que donde las dan, las toman. El karma, dicen.

Ya quisiera yo que fuese así en todos los rincones. Lamentablemente, no. No sé si sabrán (intuyo que sí) que el PP está salpicado por tantos casos de corrupción que haría de esta entrada de blog un serial interminable y angustioso. A mí me sigue sorprendiendo la capacidad de dominio y la paciencia de la ciudadanía de este estado español con respecto a la corrupción de un partido político que, en cualquier otro estado de la Unión Europea, ya habría sido declarado ilegal u obligado al menos a ser refundado. Pero como suelen repetir los incautos ignorantes que aman ser esclavizados, como un mantra profundo de Kundalini Yoga, 'prefieren que les robe un profesional a que les robe un perroflauta'; así queda implícitamente aceptado ser siervos oprimidos y que les roben la cartera y los donuts. No obstante, quería detenerme en un pequeño detalle que casi pasa desapercibido y que apenas ha tenido repercusión, como muchos otros "detalles" que, de haberlos visto esos uniformados de amarillo y que deciden los titulares, habrían puesto un altavoz del tamaño de un 155. Me estoy refiriendo a una de las innumerables jugadas maestras que acaban en golazo en fuera de juego o gol claro que traspasa la línea de meta pero no sube al marcador.

Puesto que las cosas de palacio van (excesivamente) despacio en este país, durante el transcurso del partido hay siempre tiempo a cambiar las reglas de juego... o incluso a colocar elementos que hagan la vista gorda a las evidencias más flagrantes. Todo se inicia el pasado 20 de Mayo, en sesión plenaria del Congreso General del Poder Judicial, donde se nombra a Concepción Espejel como prresidenta de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional: sí, es el tribunal que juzgará EL CASO MÁS GRAVE DE CORRUPCIÓN QUE AFECTA AL PP, el que juzgará la presunta financiación irregular que mantuvo (hasta hace muy poquitas fechas) más de veinte años financiándose ilegalmente. Y ese tribunal ha cambiado a ultimísima hora de composición. Un cambio que depende indirectamente de aquel nombramiento del pasado mayo, quien al parecer iba a presidir los tribunales de Gürtel pero (válgame Dios, que de vez en cuando hay ciertos atisbos de cordura en lo judicial de este país) hubo recusación contra ella por sus propios compañeros debido a un problema de incompatibilidad, por su más que flagrante proximidad al PP.

Ese ascenso de Espejel, y su sustituta, María José Rodríguez Dupla, ha derivado en el cambio a última hora, decidiendo hacer ejercer su 'alargada mano' de presidir todos los juicios de su sección y que aún no se hayan iniciado, con el consecuente y escandaloso cambio de composición de sus tribunales... Rodríguez Dupla, conservadora de pro y afín a las lindes del Partido Popular. Por decenas las protestas que solicitaban algunos magistrados, para que se respetaran éticamente las reglas de juego ya impartidas por la Audiencia Nacional, pero la Sala de Gobierno, lejos de ver el gol legal traspasando la línea de meta, en su sánscrito arbitrio hace oídos sordos y vista cansada y rechaza cualquier recurso contra aquélla decisión. Lo cierto es que se aplica a rajatabla las reglas de juego, que en el argot futbolístico es: en caso de duda, no pitar. En el caso judicial, que se pueda cambiar la composición el tribunal siempre que no haya empezado la vista.

Dicho lo cual, a uno le hace asaltar la pregunta retórica: ¿acaso no es esto uno de los cientos de casos flagrantes de manipulación judicial? ¿No es esto un ejemplo más que evidente que no existe separación de poderes y que siempre tiene ventaja de arbitrio quien cope los sillones del poder? Todo esto me trae a la memoria un pequeño pasaje que explica muy bien cómo han de tratarse las palabras según su significado y para lo que están designadas. Me refiero a una conversación en La Trilogía de Nueva York entre el falso detective Paul Auster (a quien suplanta Daniel Quinn) y su objetivo, el señor Stillman: "Ahora, mi pregunta es la siguiente: ¿qué sucede cuando una cosa ya no cumple su función? ¿Sigue siendo la misma cosa o se ha convertido en otra? Cuando arrancas la tela del paraguas, ¿el paraguas sigue siendo un paraguas? En general, la gente lo hace. Como máximo, dirán que el paraguas está roto. Para mí eso es un serio error, la fuente de todos nuestros problemas. Puede que se parezca a un paraguas, puede que haya sido un paraguas, pero ahora se ha convertido en otra cosa. La palabra, sin embargo, sigue siendo la misma. Por lo tanto, ya no puede expresar la cosa."

En efecto, la Justicia, que debiera ser un ente social independiente de los poderes fácticos, es en realidad, una burda marioneta, una muñeca vendada cuyos hilos manipulan quienes ostentan los sillones que unos incautos les otorgan cada cuatro años, creyendo ensalzar a la humildad y la verdad por encima de todo cuanto exista. Los mismos que les votan, los mismos que van al bar a protestar y a expresarlo por las redes sociales cuando se desengañan, desgañitándose vivos y sacando las zarpas de las palabras para zaherir al vecino del quinto o al hermano que está al otro lado de la ciudad. 'Fue gol', ¡fue fuera de juego', 'debían de haberlo expulsado',... 'son unos manipuladores', 'son unos corruptos', 'hay que sacarles del poder',... y todo mientras mojan unos churros en el chocolate o se beben un gin tonic a la salida del trabajo, quizá junto a una caña y una tapa de ensaladilla rusa, porque los desagravios, las penas y las indignaciones, departidas con el estómago lleno o apaciguando la sed, son menos. Y así, cuando llegue el final del partido, todos a discutir al bar y a opinar para nuestros amigos en las redes sociales, donde crear debates absurdos y faltos de rigor se ha convertido ya en deporte nacional.

Así pues, cuando el gol parece gol pero no lo es, y viceversa, no puede llamarse gol, hay que aplicarle un apelativo o inventar una palabra para ello. Un paraguas deja de ser paraguas cuando no funciona como tal. La justicia deja de ser justicia cuando no funciona como tal o incluso cuando es manipulable por el ejecutivo. Por eso, cuando los más allegados ya iban a festejar con algarabías el juicio al PP con esperanzas de victoria, que con "justicia" iba mereciendo el conjunto de la ciudadanía, el timonel de ese barco, con su toga ficticia de jurado, juez y ejecutor del predio político, toma conciencia del peso del asunto, cual vendada Dice sosteniendo la balanza de su justicia divina. Y olvidamos quitarnos en los vestuarios la mordaza de los ojos, impidiendonos ver la evidencia. Un gol claro que acabó en fantasma: un juicio claro de sentencia más que evidente que acabará en protesta de taberna. Y el espectro recorrerá camino del bar de la esquina, mojando unos churros en chocolate o bebiendo un gin tonic a la salida del trabajo, quizá junto a una caña y una tapa de ensaladilla rusa, porque los desagravios, las penas y las indignaciones, departidas con el estómago lleno o apaciguando la sed, son menos.

"Y si ni siquiera podemos nombrar un objeto corriente que tenemos entre las manos, ¿cómo podemos esperar hablar de las cosas que verdaderamente nos conciernen? A menos que podamos comenzar a incorporar la noción de cambio a las palabras que usamos, continuaremos estando perdidos", concluía Peter Stillman al falso Paul Asuter, Daniel Quinn. Así que cuando llegue el final del partido todos a discutir al bar y a opinar para nuestros amigos en las redes sociales, donde crear debates absurdos y faltos de rigor se ha convertido ya en el auténtico y genuino deporte nacional, donde el insulto y la chabacanería huele a gol fantasma, que nadie sabe si es verdad o no pero que por si las moscas mejor no cambiar de voto: ante la duda, no pitar. Curiosamente, estos mismos que sufren la idiosincrasia de la justicia, recibieron el mismo trato de favor en su 'rosaleda' de similares caracterísicas, con el mismo cariz y con resultados favorables. Y es que donde las dan, las toman. El karma, dicen.







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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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