Twitter Facebook Delicious Digg Stumbleupon Favorites More
Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Mamá, quiero ser poeta (y 7)

(Viene de Capítulo 6)

PINCELADAS DE CONCLUSIÓN

Comienzo con una cita que me recordó el otro día el poeta y crítico literario, José Sarria, por las redes sociales. Una cita de Manuel Mantero, Premio Nacional de Literatura (1960), Premio Andalucía de la crítica (1995, 2005): "¿Se deben de escribir los poemas con las palabras de todo el mundo? Conforme. Pero nunca escribir los poemas que escribiría todo el mundo." ¿Por qué la mención de este, digamos, epígrafe para el presente (y último) capítulo? Pues podría resumir perfectamente todo cuanto a partir de aquí expongo como conclusión a lo vertido en las semanas precedentes. Cuando comencé en el primero de estos siete tramos de reflexiones lo hice aludiendo al recuerdo de cuando jugábamos a la pelota, por ejemplo (puse distintos paralelismos) cuando jugábamos a la pelota, bien cuando éramos niños, bien cuando maduramos para echar un buen rato con los amigos, dando patadas al balón, imaginando que somos los Miguel Ángel, Iribar, Van Breukelen, Pfaff, o Zubizarreta en la portería; quizá esos Camacho, Migueli, Beckenbauer, Pereira, o Hierro; y como no, los preferidos por la mayoría, meter goles como Maradona, Kempes, Van Basten, Cruiff, Pelé... Cosa que podía extrapolarse a cualquier deporte, a cualquier profesión. Y que, al igual que en cualquiera de las profesiones, hay estrellas, los hay muy buenos, buenos y menos buenos, malos y muy malos: todo depende siempre del empeño y la constancia que se le ponga al asunto. Sucede igual en el apartado poético con esa 'eclosión, en los últimos años, de un tsunami lírico'.

Todos pueden (podemos) mejorar en sus respectivos campos, pero no todo el mundo puede ser, citando aquello que dije ya en su día, Jesús Machi (de los mejores panaderos de este país), ni María Guinot (abogada del estado), ni Messi (de los mejores futbolistas del mundo, por no decir el mejor para no herir sensibilidades). No todos podemos llegar a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado ni a Gil de Biedma (pongamos por caso). A todos ellos, y a otros muchos más, les diferencia el talento creativo del resto, entre otras cosas. Y, a pesar de ello, aun poseyendo un torrente de talento creativo, y trayendo de nuevo las palabras del maestro Borges, procuremos no caer en la jactancia de que nuestra producción literaria es excepcional o buena,  o siquiera aceptable, porque "es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso". Más valdría comenzar a curarnos en salud y dejarnos de excelencias vacuas, porque de no hacerlo caeríamos en la trampa 'de los 'académicos', los 'catedráticos', aquellos que ganaron hace numerosos lustros algunos premios importantes (pactados, por supuesto) y de quienes toman la poesía como alguna especie de materia depauperada de sí misma, que se retroalimenta, que se embravece contra todo aquello que salga por la tangente de lo verdaderamente tangencial, especialmente de todo aquello que esté ausente de la forma, de sus recetas químicas y de las reglas cuadrangulares.'(Capítulo 6) Caeríamos en esa trampa y, a su vez estaríamos automáticamente fuera de ese juego endogámico que se retroalimenta de sí mismo y que rara vez deja pasar a alguien, a menos que vaya con la 'titulitis' pegada en la frente: el primero de los garantes que atestigua que eres o serás un gran poeta. Cuando lo primero y fundamental que debe hacer un 'catedrático', un 'maestro', un 'académico', es tender la mano y enseñar al que necesita aprender, darle agua al sediento. Mal poeta (o quizá ni siquiera poeta) es quien cierra la mano de lo que no es suyo y guardarlo para sí. En fin, siempre nos quedará Gombrovicz y María Zambrano (al menos a mí para no cerrar los ojos).

Repentinamente aparecen personas de buena voluntad que imitan o tratan de soñar con ser alguno de esos grandes de la poesía, pero que les diferencia enormemente de los que en realidad lo son por la carencia o el exceso de todos esos indicios que he comentado por aquí. La sana ensoñación de pertenecer al mundo del lirismo y subirse a un atril a leer algún que otro poema de cosecha propia es tan lícita como querer emular a Messi marcando un gol de vaselina al vecino del cuarto que te ha invitado a jugar una pachanga en el complejo deportivo de Carranque. Y que te compres la indumentaria oficial del equipo de tus sueños con el nombre del ídolo que juega en él no te convierte en él. Al igual que un jugador de futbol, o un chef con estrella Michelin, o una estrella del rock, requiere dedicación exclusiva, compromiso, mucho trabajo y esfuerzo, estudiar y aprender aún más y de forma continua, y sobre todo talento y creatividad. La indumentaria futbolística de Messi, los cuchillos del chef Muñoz, o la guitarra que toca Angus Young en modo alguno te catapulta como uno de ellos. Por mucho que alguien dotado de tiempo, esfuerzo y trabajo trate de hacer una compleja receta culinaria con la incorporación de nitrógeno líquido, por ejemplo, sin ese componente genético del talento creativo podrá jamás igualar siquiera a aquel que sí lo tiene aún a falta de medios.

Cada cual ha de medir sus fuerzas y ha de reconocer la posición en la que está. Quizá toda la soberbia de creerse un lírico adalid en el cetro de un atril de recital poético radica en la falta de honestidad y humildad, de bondad hacia los demás y hacia uno mismo, hacia el trabajo que realiza y el que pretende compartir con el resto de los mortales. Que uno tenga posesión de todos los libros habidos y por haber (y proclamar a gritos por cada esquina poseerlos) y confiese que los haya leído (que no significa que sea cierto, sólo que los posee), por mucho que uno tenga amistad con algunos denominados grandes (o que le hacen creer que son grandes por el número ingente de palmaditas que reciben en la espalda o quizá por el número de 'me gusta' que reciben sus poemas en Facebook, Twitter, Google+... acompañados de magníficos 'precioso') o con poetas de los de verdad, por más que uno suba al atril para leer sus composiciones 'poéticas' (¡ah!, qué maravilloso estofado me ha salido, igualito que el de Chicote)... uno no debe alegremente verse o considerarse a la altura de Sabines, Benedetti, Gelman o Ángel González. La diferencia es tan obvia que hay que andar sumido en la ceguera para no percatarse de ello, o quizá acostumbre a ver la paja en el ojo ajeno y no percatarse de tener un ego del tamaño de una secuoya atravesada ante las narices. Esa es la realidad. Ni siquiera un premio o dos a la creación poética determina que uno lo sea. De no comprenderlo así, quizá merezca una relectura de todos estos escritos que hoy concluyen, desde el principio (me disculpan este exceso de falta de modestia).

"Si abordé esta cuestión de la poesía fue para tomar una distancia personal frente a este terreno escabroso..." Me dejo en el tintero muchas más ideas, muchos más maestros a los que citar, a los que he estudiado detenidamente y en quien depositar la vanidad de estas palabras. Pero como conclusión, solo apuntar que, a menos que uno sea atrevido y no tenga miedo al ridículo espantoso de garabatear imprudencias que sirven, más que para lustrar el noble arte de la lírica, para dinamitar la propia poesía, mejor es atenerse a lo que ya nos han enseñado los maestros a lo largo y ancho de la historia de las letras y (sin copiarles)  poner una entonación y un timbre personales, intransferibles, que hagan sentir como propias cualquier creación literaria; y que procure, además, emocionar a propios y extraños. Y para aspirar a serlo, ya saben: trabajo, trabajo, trabajo... sazonado con la sal del talento creativo y el compromiso, que sin éstos no hay nada que hacer; o tal vez sí, pero todo 'guiso' resultará soso. Es necesario comprender, antes de poner un solo verso, que somos plagiadores. Mis últimas reflexiones, para terminar, las encabezo con palabras de Luis García Montero, allá por el mes de febrero, en la presentación que hizo de la Antología del poeta y catedrático Antonio Jiménez Millán, 'Ciudades', que tuvo lugar en el Centro Andaluz de las Letras de Málaga. Valdrán para poner punto final a esta modesta y pequeña reflexión en voz alta (y de paso alentar a todo el que sienta esto como una vocación de que hay mucho trabajo por hacer): "ni el que vende más libros es mejor, ni el que vende menos es malo; del mismo modo que ni el que vende menos es de mayor calidad, ni el que vende más atesora menos. Simplemente el poeta, el verdadero poeta, ha de estar en consonancia con todo aquello que escribe, ha de estar comprometido con la poesía y con la vida. Eso es lo que de verdad le hace poeta, el compromiso con la poesía y con la vida". No importa si uno vende más o menos libros (eso depende en gran medida del márquetin que de la calidad), ni si la crítica se rinde mejor o peor ante un poeta o escritor (suelen ser pocos los críticos independientes o están más o menos bien tratados por las editoriales en cuestión), ni tan siquiera es necesario haber publicado numerosos poemarios o haber ganado premios importantes (podríamos enumerar aquí cientos de poetas que nunca llegaron a publicar o, si lo hicieron, nunca lograron ganar un solo premio literario). De hecho, los jóvenes de moda que se hinchan a vender libros de (dicen sus editores) poesía y cobran entrada por cada lectura o intervención pseudopoética en la que participan como si de un grupo de rock se tratase, llegan a categoría de libros de autoayuda, pero todo el mundo, especialmente los jóvenes, confunde con poesía porque, como insistí en el capítulo 4 la poesía nada en un mar de incertidumbre y desamparo que, a mi modesto modo de ver, necesita tomar de la mano una serie de referencias y referentes que guíe este desaguisado por el que transita la lírica. La tierra del todo vale; todo es poesía, si se escribe en verso: "¿Se deben de escribir los poemas con las palabras de todo el mundo? Conforme. Pero nunca escribir los poemas que escribiría todo el mundo."

Ética y estética, eso es lo que nos ha ensañado la historia para este tiempo que nos toca vivir, y para eso está, para que aprendamos de los errores del pasado y no cometerlos en el futuro. Que no se olviden de la bondad en la que ha de sustentarse todo, tanto hacia uno mismo como hacia el desempeño de nuestro trabajo, así como el compromiso que uno le debe a la poesía, SI LA SIENTE COMO UNA VOCACIÓN y no como un pasatiempo que te permite pasear las plumas por los atriles del mundo: "Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura", diría Antonio Machado. Por lo que a mí respecta, en lo personal, me hago acreedor de las palabras de Borges: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído". Rilke a un joven poeta, que podría ser usted: "Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribirSobre todo, pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo escribir? (...) si le fuera permitido responder a esta seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo»construya su vida en función de tal necesidad...". Y por favor, tanto si ha seguido estos capítulos de reflexión personal, como si no, antes siquiera de escribir un solo verso procure hacer de SU PROPIA VIDA UN VERDADERO ACTO POÉTICO EN SÍ MISMO.




P.D.: Soy consciente de que más de uno (y de diez) estará despotricando (de hecho llegó a mis oídos alguna que otra delicuescencia) en mi contra y está buscando ya más de un báculo para atizarme en la cabeza por todo esta serie de reflexiones, que para mí son sólo pensamientos en voz alta que tengo el gustoso placer de compartir GRATIS. Me bastará responder con una anécdota que surgió en una conferencia que Witold Gombrowicz impartió en Argentina (residió allí varias décadas). Hablaba precisamente sobre la síntesis de lo que consideraba no debería ser un poeta. Leyendo su manifiesto, un asistente interrumpió bruscamente y se puso hecho una furia. Resultó ser un poeta indignado e iracundo, que comenzó a increparle e insultarle desde su asiento, y en el cenit de semejante altercado, comenzó a recitar con pomposidad uno de sus poemas. A lo que Gombrowicz respondió: "Gracias por ilustrarnos esta conferencia". El poeta, tras oír esto, estalló saliendo como un vendaval hecho unos demonios por el vomitorio correspondiente.

Por favor, no me ilustre esta breve reflexión que aquí concluye. Gracias.


Algunas lecturas sugeridas para entender 'Mamá, quiero ser poeta':





Licencia Creative Commons
© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
Share:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

Popular Posts

¡Qué Peliculón!

Ética y estética

© Daniel Moscugat, todos los derechos reservados.. Con la tecnología de Blogger.

Al alcance de tu mano

Al alcance de tu mano
Puedes recibirlo en tu propia casa, firmado y dedicado. Usa el formulario de contacto que ves junto a esta imagen.

Contacta desde aquí

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

...y mucho más aquí

Páginas vistas en total

Copyright © Daniel Moscugat | Powered by Blogger
Design by SimpleWpThemes | Blogger Theme by NewBloggerThemes.com | Distributed By Blogger Templates20