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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Mamá, quiero ser poeta (5)

(Viene de Capítulo 4)

Como a Gombrowicz, mi, digamos de una modo apaisado, indignación surge de la irritación. Por eso he abrazado una distancia que tomo especialmente ahora para visualizar ojo avizor todo el panorama local, provincial, regional y nacional, y especialmente como (auto)crítica (lo dije en el primer capítulo y lo remarco en negrita ahora para que nadie me señale -por cierto, maleducadamente- con el dedo). Porque este vistazo no lo considero focalizado en una misma ciudad o provincia (a la que pertenezco), dado que en todos los rincones del planeta cuecen habas, y especialmente la reflexión va dirigida hacia mí. Pero es innegable que más de uno y una, se verá identificado e identificada en alguna terminología aplicada. Quizá debiera haber hecho referencia a estos hechos desde otras perspectivas (Filosofía y Poesía. María Zambrano, 1996; Función de la Poesía y Función de la Crítica. T.S. Elliot, 1999... y tantas otras que me reservo para no cansar al personal) sobre el panorama actual. No obstante, casi tiene mucha más vigencia a nivel práctico y premonitorio lo que el novelista y dramaturgo polaco dejó para la posteridad que continuar indagando sobre teórica práctica al azar. Quizá me sirva algún día para elaborar algún ensayo contundente... 

Pues, como decía, para Gombrowicz, refiriéndome a su ensayo 'Contra los poetas', no era la poesía donde radicaba el problema, SINO EN LA ACTITUD DE LOS POETAS. La poesía no está en el verso, en la métrica, en lo contable, en lo bonito, en las estructuras..., puesto que lo poético sólo existe si la escritura es capaz de mezclar elementos diferentes E INTEGRAR al ser humano en su ecuación, más allá de eso que él llamaba 'la versificación'. Y aunque hacer una síntesis de todo el ensayo es harto complicado, quizá valga para tal efecto indagar en algunos mensajes que ahora más que nunca están de actualidad. Apostillaré que se me antoja lectura más que necesaria, imprescindible (además de las susodichas), para aquellos que quieran o pretendan ser poetas o sientan vocación de ello. Y dado que se haría harto pesado repasar todo el ensayo y más de uno es muy probable que se eche a llorar, traigo aquí, como digo, algunos aspectos que definen a la perfección la situación actual, no de la poesía, sino de aquellos que pretenden copar el interés popular de representar la poesía en forma de figuras poéticas impostadas (ojo, que poeta no es el que gana premios o publica muchos libros, ni el que se infla a leer sobre el atril; creo que lo he dejado intrínseca y sintetizadamente claro en los capítulos anteriores, hay otras muchas cosas implícitas en ello y tampoco ha de ser necesariamente pasar por el academicismo). Difiere sustancialmente su significante del significado:

“Los poetas siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder.”  Para localizar este axioma fundamental, vemos dos vertientes claramente identificativas sobre estos grupúsculos que se alimentan de manera similar a los parásitos. Suele sucederle, como primer ejemplo, a ciertos individuos con ínfulas de grandeza y que en algún tiempo tuvieron oportunidad, bien de ejercer la cátedra, bien de recibir premios (por supuesto pactados, es un secreto a voces), bien de trepar hasta conseguir algún reconocimiento, y que en gran medida son conocidos en su casa a la hora de comer y poco más (dado que apenas sale uno fuera de la provincia en la que reside y acaso nadie les conoce, y quien sí pues deprava de su persona y sus delirios de grandeza). Siempre van con pretensiones de copar cargos en aqueste o aquel lugar, (y lo consiguen, ya lo creo) alargando su mano influenciable para otorgar sus favores, premios o influencias a todo aquel que le otorga un mínimo de lealtad, como si el resultado de escribir unos versos dependieran de sopesar la espada sobre los hombros del nuevo caballero medieval para beneplácito de la plebe que ha de rendirse a sus pies (y no se si son peores los vates o sus lacayos). Esa ilusión del poder se transmite de 'padres a hijos', de 'maestros a alumnos', cuya tradición pretende emular el caciquismo y la barbarie oscurantista del medievo. Lo peor es que, además, no conformes con sus prácticas mafioso-emocionales, procuran dispensar una serie de baldones sobre el resto de los mortales, especialmente aquellos que comienzan a plasmar unos versos y tienen el atrevimiento de recitarlos en público con el beneplácito y amparo de los poetas macizos que realmente lo son, y de ese modo aportar muescas en sus bastones de apoyo para acabar estigmatizando sus vidas. Para coronar la guinda del pastel (que va más allá del adorno, pues también es comestible) envidian y despotrican con desdén cualquier éxito que encumbre a compañeros fuera del régimen endogámico del que se retroalimentan. Desde el cetro ilusorio de poder se embriagan tanto de sí mismo que olvidan que la autoridad a la que se aferran febrilmente en algún momento firma su propio declive y decrepitud. Quien a hierro mata, a hierro muere... No obstante, peor aún les sucede a todos esos, y sírvase como segundo ejemplo, que sus delirios de grandeza pasan por subirse a un atril para sentir el poder de convocatoria y expresar unos versos en público para beneplácito momentáneo de su ego, con el culmen de unos aplausos que en gran medida salen de las manos de quienes nunca han leído un solo verso o, peor aún, de quienes aspiran a estar en su lugar. Esa retroalimentación colectiva les delata, y esos autodenominados poetas o rapsodas acaban siendo víctimas de su propio psique, creyéndose una autoridad en la materia, y les ciegan los aplausos cada vez más, como al drogadicto que necesita su dosis para continuar su vida de indigencia temeraria, con la muerte a la vuelta de la esquina, lanzando improperios contra todos porque les han abandonado a su suerte... es decir, porque cada vez menos les tienen en cuenta para subir a un atril que merecen más que nadie en este mundo. Es la sensación de poder que ejerce el púlpito, el verse por encima del populacho, la ilusión del poder de ejercer influencia con sus declamaciones imposibles, donde se agarran a una autoridad ficticia que no tienen pero suponen les pertenecen gracias a los aplausos incondicionales a diestro y siniestro de quienes quieren emularles porque, a su vez, merecen una oportunidad para sus versos.

“Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico”
Llegados aquí, más vale hablar de los autodenominados 'gestores culturales'. Esos que por elucubrar una motivación para agrupar a ocho, diez o catorce individuos con capacidad de lectura, y no quedar mal, y lo ponen en práctica en cualquier lugar que se preste (se aseguran así un 'éxito de público'(?), por el hecho de contar con la presencia de tantos participantes, más amistades cercanas, familiares y parejas, obviando así que en realidad de lo que se trata es de acercar la poesía al resto de los mortales), simplemente para mostrar esos versos universales que necesitan un lugar en la historia de la literatura. Al final todo acaba en esa carrera bien conocida por muchas regiones de 'a ver quien coordina y gestiona más lecturas poéticas' (lo que viene a significar ¿'gestionar cultura'?), provocando una hinchazón en la deformación conceptual de 'poesía' y excesos de lecturas sin sentido, o como referí en el capítulo tres que decía el maestro Sarria, que crezcan como champiñones en la sombra "el ratio de poetas (o autodenominados poetas) por metro cuadrado en la última década. La eclosión, en los últimos años, de un tsunami lírico ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente". Y es que la sombra del atril es alargada, y la capacidad de propagar frescor de tanto pseudogestor cultural es infinito.Toda esa condensación que va mordiéndose la cola cual pescadilla enharinada a punto de entrar en contacto con el aceite hirviendo, acaba por repeler el agua del aceite: o lo que es igual, tirones de los pelos figurativos (y casi literales) entre unos y otros viendo quien puede copar los mayores galardones de calidad(?) entre sus compañeros congéneres. Todo ese exceso, sumado al hecho innegable y comparable que existe entre bambalinas, sobre todo en los tropecientos talleres de poesía que lo fomentan, esa creencia de que los poemas, cuanto más metáforas y rimbombantes ringorrangos de giros cuasi ecuménicos, o cuanto más perfecta y cuadrada la métrica y más depurado sea el estilo, mayor será la consideración de las altas esferas que copan los sillones de la ilusión del poder (véase el punto anterior). Da igual lo que se diga, se entienda bien o no. Lo que importa es lo ecuménico del asunto, la rimbombancia, lo henchido del orgullo versal. Y así, unos por un lado, otros por el otro, vamos inflando el globo del gas de la nada, hasta que revienta en el rostro de todos y cada uno de sus componentes, confundiendo perpetuamente lo básico: el símil con la metáfora. Como resultado, acaba uno bombardeado a diario con poemas fabricados como churros desde todas las perspectivas de francotirador que otorgan las redes sociales. Los excesos y sus consecuencias...

“En el mundo poético todo se hincha, y aún los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. (...) Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal.” 
Parafraseando lo que ya comenté al final del capítulo tres, es precisamente la soberbia, sumado al henchido orgullo, los que hacen poner vendas en los ojos a tantos y tantos incautos. Ese material 'excepcional', esos textos súper 'originales', esos modos únicos e inigualables de plantearnos los versos... Todo el mundo denunciando plagios por aquí y por acullá. El mundo está lleno de copistas de aqueste poema o aquel otro verso suyo, maestros de lo inimitable creyéndose o sugiriendo siquiera con eso la dimensión apocalíptica que poseen. No es baladí la cosa: no existen mejores poetas ni siquiera de calidad equitativa a quien copiar. Sólo son ellos los merecedores de tal honor. Pero ahí no queda la cosa. Existe una inefable caterva detrás aplaudiendo públicamente la denuncia y rogando por Dios que haga público el nombre del incauto o incauta para hacer escarnio de su persona. Como ya dije, airearlo desairadamente (y permítame de nuevo la redundancia cacofónica) lleva implícito el reconocimiento de uno mismo sobre su genialidad, sobre su absoluta e implacable creatividad, inigualable allende los mares; el reconocimiento subjetivo de ser diferente a todos los demás, digno de ser pisoteado y copiado por la escasa profusión de creatividad del resto de los mortales que lamentablemente se encuentran en inferioridad intelectual... Estando así la cosa, estos problemas y otros de similar enjundia parecen cobrar dimensiones estratosféricas, universales. Y, sin depurar siquiera responsabilidades sobre sí mismos, animan a otros a que realicen el mismo ejercicio. Y de un plumazo viene el maestro Borges y dilapida ese castillo de naipes construido en el aire sobre la supuesta la originalidad en los escritos de estos tiempos contemporáneos: "es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso". Todo aquel que crea en el plagio, debiera ser honesto consigo mismo e ir a denunciar los hechos al juzgado correspondiente. Sí, amigos. En el mundo poético todo tiene tendencia siempre a hincharse, a ocupar un lugar en el vacío incuestionable que al final acaba reventando, del mismo modo que aparecen se diluyen como el azucarillo y la inflamación gaseosa acaba reventando su recipiente puesto que la tendencia que tiene el gas es ocupar un espacio que la compresión de un recipiente tan blando y fino como la mediocridad no puede retener demasiado tiempo. La pomposidad, el absurdo de creer, como hablamos en el tramo anterior, de que los poemas, cuanto más metáforas y rimbombantes ringorrangos de giros cuasi ecuménicos, cuanto más perfecta y cuadrada la métrica y más depurado sea el estilo, mayor será la consideración de las altas esferas que copan los sillones de la ilusión del poder. Ni más lejos de ello...

“el poeta… considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde arriba, pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo. Cuanto más aumenta el número de personas que ponen en duda el valor de los poemas y faltan el respeto al culto, tanto más delicada y cercana al ridículo se vuelve la actitud del vate”
¿Saben? Desde varias vertientes y desde la complicidad de algunos compañeros que me han ofrecido ciertas confesiones verdaderamente vergonzantes, he llegado a oír cosas que pondrían los pelos de punta al mismísimo Elliot. Ciertos aprendices de no sé realmente qué, henchidos oyentes que 'no reconocen el derecho a la superioridad' del sacerdocio poético de los 'grandes' que despliegan su plumaje cada semana desde el atril, porque apenas han escrito algunos versos desde la ignorancia que le otorga el no haber leído un solo verso (tan sólo lo han oído en esos recitales), se atreven a relativizar, no sólo a los que consideran a su altura o poco menos que gnomos a su lado, sino a los que de verdad tienen un recorrido sólido, serio y de peso dentro de la literatura. Lo han oído bien, sin leer un sólo verso, oyendo recitales de catorce o quince participantes. Sin un trabajo detrás que los respalde, sin estudiar a un sólo autor que los alumbre, sin leer un sólo verso (y si los lee, quizá desde un púlpito que le obliga a mirar de soslayo porque lo hará mucho mejor), sin indagar en los insondables caminos por donde los afluentes líricos desembocan al río de la poesía. Todos ellos se suman a los que aspiran a subirse a un atril porque, por el simple hecho de haber llegado con cuatro poemas gestados en talleres que enseñan métrica y símiles que quieren hacernos creer metáforas, ya son más dignos que aquellos, que son presente a base de esfuerzo y trabajo, a expresar su poesía en público. La inconsciencia determina sus valores y su respeto a la lírica, son fácilmente identificables y muy probablemente son detectables en su siguiente paso, que no es otro que el que refiero en el párrafo anterior.

“Poco me importa que digáis pestes de mí y de mi nota –¿Acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la razón de ser?… mis palabras están destinadas a la nueva generación. El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y responsabilidades, seres, en fin no definidos por lo que ya han hecho, y por lo tanto, libres para elegir.”
Bienvenidas sean las nuevas generaciones que, sabiendo lo sabido y evitando en lo posible lo ya conocido de la historia de ese torrente lírico de la poesía, procura tomar nota desde la humildad y aprender día a día. Y sobre todo evita alzar la voz para despotricar contra quienes muestran el camino del error, quienes se ofrecen a enseñar por donde caminar... Y si alguien ha creído que el que suscribe es uno de ellos, es que todo cuanto ha leído en esta serie no le ha servido para nada.

“Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama “poesía pura” y, sobre todo, cuando aparece versificada”. Esto es, simplemente, en resumen, un extracto de lo que pasa por mi cabeza cuando suelo leer poesía, especialmente de los 'académicos', los 'catedráticos', aquellos que ganaron hace numerosos lustros algunos premios importantes (pactados, por supuesto) y de quienes toman la poesía como alguna especie de materia depauperada de sí misma, que se retroalimenta, que se embravece contra todo aquello que salga por la tangente de lo verdaderamente tangencial, especialmente de todo aquello que esté ausente de la forma, de sus recetas químicas y de las reglas cuadrangulares. Salvo raras y, por supuesto, muy honrosas excepciones, solo veo el formalismo de algo sintético que pretende ser entendido por todos, pero que ese 'todos' solo está programado para ser compartido entre esos miembros endogámicos que entre ellos mismos, y sólo ellos, se entienden y se aceptan, pero para quien ha de ser creado el arte, para todos, para comprensión y aceptación de todos, les está negado su alcance. Les falta, en definitiva, el alma que entraña en la vida de la poesía: la emoción. Y de ahí que ante la pregunta que el mismo Gombrowicz se hacía: “¿Por qué no me gusta la Poesía pura? Sí, ¿por qué?" Él mismo responde por mis labios: "¡Pues por la misma razón por la que no me gusta el azúcar en estado puro! El azúcar sirve para endulzar el café y no conviene comerlo a cucharadas como si de una sopa se tratara. (...) Lo que cansa de la Poesía pura es el exceso de poesía, la ristra de palabras poéticas, de metáforas, de sublimaciones, en suma, ese exceso de condensación que limpia esos textos de cualquier elemento apoético y acaba asemejándose a productos químicos”.

“Dedicados a perfeccionar con ahínco el Arte, dejamos de preguntarnos sobre el vínculo, el contacto, que tiene con nosotros. Cultivamos la Poesía, olvidando que lo Bello no siempre ha de gustarnos. Si no queremos que la cultura pierda toda su relación con el ser humano, deberíamos de vez en cuando interrumpir nuestros laboriosos ejercicios para averiguar si lo que producimos nos expresa o no”.
¿Recuerdan lo que hablé en el capítulo sobre la deshumanización del arte? Hago síntesis para no prolongar esto en demasía: "El poeta empieza donde el hombre acaba. El destino de éste es vivir su itinerario humano; la misión de aquél es inventar lo que no existe." Es el culmen de lo que debiera ser el poeta según Ortega y Gasset escribió en 'La deshumanización del arte'. O lo que es igual, no se trata de contar la verdad, de narrarla, de describir, sino de transfigurar todo un cúmulo de sensaciones que pudieran simplificarse con la deshumanización del arte lírico. Uno ha de jugar a ser profeta, uno ha de ser un vidente de todo aquello que existe y nadie ve: El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente...". La relación del arte con el ser humano es directa, implícita y explícitamente. Hay reductos retrógrados que tratan de minimizar el impacto lírico que dejan poetas que carecen del academicismo formal derivado de la universidad pero acopian credibilidad de autor macizo y asentado en las aguas de ese río. Y de lo que no se percata ese academicismo (ay, si pudiera oír lo que diría Miguel Hernández...) es que su propia idiosincrasia les impide poner de manifiesto un elemento poético importantísimo: la emoción. Por eso la creación poética de una gran parte de los defensores del academicismo como materia imprescindible carece absolutamente de emoción, de sensibilidad; más pendientes del formalismo técnico, prefieren que su perorata sea accesible para quienes puedan entenderles que para quien fue ideada desde el principio de los tiempos, y creo que esto se olvida con suma facilidad. Hágase, por tanto, esta pregunta cuando acabe de escribir unos versos (pero sea verdadero y honesto en su respuesta): ¿esto me representa?, ¿lo que he escrito me expresa o no?

Un artista creador y vital no vacilaría en cambiar totalmente de actitud y, por ejemplo, él desde abajo se dirigiría a la gente como el que pide el favor de ser reconocido y aceptado o como el que canta pero al mismo tiempo sabe que aburre.”
En conclusión, ESTO ES lo que debiera tener en cuenta siempre quien se atreve con la poesía, el significante de lo que es ser poeta para Gombrowicz, para mí también: la humildad.

Y, en definitiva, ¿por qué me he detenido especialmente en estas reflexiones en torno al ensayo del novelista y dramaturgo polaco? Pues porque es el que está más en el candelero que ninguno de cuantos haya leído, el más actual, el más crucial y por consiguiente el más certero. Para muestra, varios botones (y me dejo en el tintero algunos aún mucho más cruentos). Y continuará siendo así mientras la poesía siga estando huérfana de capitanes que comanden ese navío. Hace no mucho tiempo me comentaron, en una conversación entre poetas de verdad (permítanme que deje en el anonimato quien participaba de esa reunión y en modo alguno me considero uno de ellos, sino más bien privilegiado espectador) que Antonio Henrique comentó en una sola frase qué era la poesía: '"es introducir una emoción en una estructura". Catacrac! No se puede resumir con tan pocas palabras tanto significado. Y yo me atrevería a decir más: sin bondad (hacia los demás y hacia el respeto que merece el trabajo de uno mismo) no se puede solidificar semejante argamasa. Voy a atreverme a resumir el ensayo de Gobrowicz en una sola oración gramatical. Poeta es, ni más ni menos, que AQUEL QUE HACE DE SU PROPIA VIDA UN VERDADERO ACTO POÉTICO EN SÍ MISMO. El que no esté dispuesto a asumir esa vocación, no exento de trabajo, esfuerzo y estudio, más le vale invertir su tiempo en cualquier otra ocupación antes de que la vida le escupa de cuajo de ese camino. La experiencia es un grado...

(Continúa...)





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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra. Son tantas cosas las que incluir, que poco a poco voy actualizando en la medida de lo posible: fotos, cine, poesía, literatura...

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