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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Mamá, quiero ser poeta (4)


Tras el inciso en última instancia de la semana pasada (a mi juicio necesario, muy característico y peculiar de las hordas poéticas que siguen creciendo como el moho), la reflexión desemboca en la catarsis en la que se haya la poesía en estos momentos (que de un modo ficticio parecía resurgir de un período de aparente ostracismo en el que sólo estaba al alcance de minorías elitistas -y sigue estándolo, por aquello de que todavía hay retrógrados que andan convencidos que es necesaria una formación academico-universitaria para poder poner siquiera un verso decente-, y que además ha sido alentada por ciertos medios de comunicación sumados al interés editorial que se percató en su momento de cómo hacer caja con ello), como dije en un capítulo anterior, por la orfandad de iniciativas, por la disparidad de criterios, por la carencia de referentes que se aúnen en un mismo objetivo y apuesten por la diversidad creativa, en especial por los que he comentado entre los paréntesis precedentes. Todo pasa indefectiblemente por la unificación de criterios, acorde con los tiempos que nos ha tocado vivir. Es verdad que el academicismo universitario debiera ser un báculo importante que aporta formalismo técnico y el conocimiento que ahonda en el universo poético, pero la poesía se nutre además de la vida, de las emociones, el tiempo en el que se ubica.

Y a colación de esto último, la poesía ha de ocuparse principalmente del tiempo en el que se ubica. El propio Luis García Montero, respondiendo a la pregunta de cómo empieza a formarse un poema en su cabeza, confiesa abiertamente: "A veces veo algo que me parece significativo y escribo el poema para darle sentido iluminador de la realidad de nuestro tiempo. La ciudad está llena de imágenes que esperan al poeta que quiere mirar el tiempo, su tiempo". Y tal vez fue aquella idea de mirar el tiempo en el que reside el poeta lo que le impulsó, junto a otros dos compañeros poetas granadinos, en hacer público un manifiesto que a la postre pasó a ser todo un fenómeno que pareció en primera instancia efímero, pero que aún hoy muchos poetas continúan en la brecha de hacer suya aquella corriente de "la nueva sentimentalidad". Tanto Luis García Montero, a la cabeza, como Álvaro Salvador y Javier Egea defendían que para llegar a una nueva poesía de acuerdo con los tiempos que les tocaron vivir, era necesaria una 'nueva sentimentalidad', lo que vino a llamarse como poesía de la experiencia que ya, sin saberlo, había puesto en marcha Gil de Biedma y que a la postre fue referencia de aquella corriente poética que marcaría una época en la historia de la literatura reciente. Una concepción poética que supo integrar esa referencia de la 'experiencia' y aunar el magisterio de Rafael Alberti como bandera. Un ejemplo necesario que debiéramos tener muy en cuenta hoy.

Desde aquellos maravillosos años ochenta hasta nuestros días ha llovido tela y ahora tan sólo un movimiento parece abrirse paso, a mi juicio, con el objetivo de aunar conciencia, reflexión y responsabilidad de vivir acorde con los tiempos que corren: el humanismo solidario. Un manifiesto, también apoyado por Luis García Montero y por otros no menos grandes poetas e intelectuales de acreditado prestigio, aboga por aunar un criterio de responsabilidad y solidaridad ante el tiempo que nos ha tocado vivir. Resulta esperanzador que continúe escalando posiciones a pesar de que sus inicios fueron poco menos que tibios y con escasa repercusión. Hoy ya es una realidad que corroboran personalidades como Antonio Gala, Antonio Hernández, Luis Landero, Mohamed Doggui o Federico Mayor Zaragoza, copando portadas en los diarios nacionales, y que poco a poco van sumándose adalides de la poesía contemporánea como la jerezana Raquel Lanseros o el jienense José Cabrera Martos. Ante la necesidad de un tiempo convulso, Humanismo Solidario aporta un escenario integrador tanto multidisciplinar como intelectual de diversidad creativa en la que los autores ponen al servicio de la defensa del ser humano y sus derechos. Defiende esta causa desde la reflexión, la creación, el eclecticismo y la libertad; además de otros muchos matices que pueden leerse desde aquí. Quizá sea ésta la base para una unificación de criterios y que responda a la orfandad en la que se ha ubicado y estancado la poesía. Quizá sea el origen de una nueva corriente que dignifique al ser humano y, sobre todo, un báculo donde puedan apoyarse los que sí sientan vocación creativa. Y quizá sea todo agua de borrajas.

¿Y qué hay de la educación en relación a lo expuesto hasta ahora, como apunté en el capítulo anterior? ¿Qué tiene que ver la educación de la Grecia Clásica con todo esto (para refrescar la menoria, lea desde aquí)?. Toda vicisitud tiene como origen un olvido de las costumbres o una degeneración de la educación. Como ya vimos, las primeras academias impartían experimentación y debate. Eran espacios para la reflexión, la conversación. Era fundamental debatir sobre la realidad del tiempo que les tocaba vivir y su relación tanto con el medio como con el ser humano, tanto en su presente como la vislumbre prevista para un futuro. La pregunta clave con la que desarrollaban temáticas de cualquier índole era 'por qué', 'el porqué' de las cosas. La carencia que pervive entre los 'versos mediáticos' de tantísimos 'poetas' es la del espacio de reflexión  (que no significa subirse a un atril para la lectura de unos versos), de la experimentación, del debate. El hecho es que se incurre habitualmente en el error educacional que deriva de esa estirpe prusiana que copa todas las facetas educacionales habidas y por haber: la obtención de un séquito obediente, dócil y preparado para la guerra. '¿Para la guerra?, menuda estupidez', podrá pensar. Es lo que parece. Pero, como apostillé al principio, la educación que recibimos hoy desde TODOS los ámbitos nos enseña a competir, la competencia es el inicio de cualquier conflicto, y los conflictos suelen derivar en cualquier clase de guerra. "La 'proliferación juglar', "el tsunami lírico, ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente", cosa que ha provocado no menos desencuentros y guerras cuasi mediáticas en redes sociales y disputas entre (¿)poetas(?), algunos de dudoso prestigio con otros de notable intelecto y que han caído en esta falla educacional, impropia de intelectuales de cierta talla; impropio que éstos caigan en esa bajeza del improperio bárbaro y continuado a través de las redes sociales, cual patio de porteras (¿se imagina a Messi o a Fernando Alonso riéndose y despotricando de los jugadores de 2ª División B, en el caso del futbolista, o de los corredores de la Fórmula 3000, en el caso del piloto?). Cualquiera que se preste a tales menesteres, deja de ser poeta en el acto por pura aplicación ética, deja de tener la más mínima credibilidad lírica. Es de un grado supino de hipocresía escribir unos versos que hablen sobre la fraternidad, la indigencia o sobre la sensibilidad del amor e incurrir con frecuencia en escarnios públicos a través de las redes sociales o incluso en el trato personal, profiriendo amenazas e insultos de tipo variado, cuyos esputos parecen caer del cielo como un sirimiri que aparentemente no moja a nadie pero acaba calando hasta los huesos de todo bicho viviente que se asoma a mirar lo que ocurre. Y es que la crítica destructiva, los improperios y las descalificaciones, dicen mucho más de quien las vierte que de quien las recibe. La realidad del tiempo que nos ha tocado vivir dictamina que un pequeño y minúsculo ser sólo levanta polvareda al verse retratado ante la realidad. Y de eso sabe un poco más que yo el novelista y dramaturgo polaco que aludí antes, Witold Gombrowicz. Lo veremos la próxima semana.

Es necesario, para que la poesía ejerza como 'arte total', como punto de encuentro entre la patrulla perdida del ser humano, que se imparta en academias y tertulias que apuesten por la reflexión, la conversación, la experimentación. Que fomente debates y conmiseración entre 'los usuarios', los futuros poetas. Evitar los talleres que fomentan los motivos de conflictos entre unos y otros, y la parafernalia academicista universitaria, porque la educación está diseñada para competir, los talleres están diseñados para competir, la universidad está diseñada para competir. Toda competencia genera conflictos, y todo conflicto genera guerras... Que lo cortés no quita lo valiente y adquirir conocimiento nunca está de más, pero es un método erróneo y palpablemente fallido por activa y por pasiva en este sistema económico mundial. Es costoso, ya lo sugerí antes, reconocer dónde se ha quedado el pasado porque sólo lo vemos o asentimos que fue así sobre el papel y es imposible recordar lo que no se ha vivido. Por eso el ser humano tiene tendencia a creer que aquello que no es actual, lo que no es contemporáneo sólo existe como dogma de fe y así nos lo enseñan a creerlo a pies juntillas. Quizá por ello parece, más que necesario, imprescindible, volver al modelo de las academias de Sócrates, Platón o Aristóteles. Quizá ese modelo sea el que genere una mayor confraternización entre los que creemos de verdad en que la poesía tiene el poder de cambiarlo todo como grupo homogéneo y como fuerza heterogénea, porque librar batallas por cuenta de cada cual tiene asegurado el fracaso.

La simplicidad esta en lo esencial. Ya hemos visto, en síntesis, que ética y estética han de ir unidas de la mano indefectiblemente, con ese detonante con el que es impensable no matrimoniarles: la bondad. Además, observamos la semana pasada que la poesía no debe sostenerse sobre valoraciones íntegras autobiográficas; que no quiere decirse con ello que esté prohibido que 'aparezcan' argumentos, símbolos, que convoquen una síntesis, además de volcar reflexión, y todo ello transfigurado a través del elemento primordial que radica en el individuo: la creatividad, imbricada sobre ética y estética junto a su detonante imprescindible. 

En realidad, en estos tiempos modernos, tras el conocimiento de una historia con muchísimas lecciones aprendidas, es imposible, como añadido ya todo lo vertido hasta ahora, ser mala persona, tener mala sangre, como quien dice, y además tener vocación de poeta; fíjese que no dije ser poeta, porque uno puede serlo o querer serlo pero la vocación es el matiz que define con escrúpulo el que verdaderamente lo es y el que quiere serlo. "El poeta empieza donde el hombre acaba. El destino de éste es vivir su itinerario humano; la misión de aquél es inventar lo que no existe." Y es así cómo funciona todo en realidad, el culmen de lo que debiera ser el poeta según Ortega y Gasset escribió en 'La deshumanización del arte'. O lo que es igual, recuerden los versos de Pessoa, que aunque pudiera parecer una contradicción respecto de todo lo que se está viendo en este párrafo, en modo alguno lo es. No se trata de contar la verdad, de narrarla, de describir, sino de transfigurar todo un cúmulo de sensaciones que pudieran simplificarse con la deshumanización del arte lírico. Uno ha de jugar a ser profeta, uno ha de ser un vidente de todo aquello que existe y nadie ve: El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente...". Pero todavía existen reductos irreductibles que, más que opinar, vomitan ferozmente contra todo aquello que puede ser legible con facilidad. Hay reductos retrógrados que tratan de minimizar el impacto lírico que dejan poetas que carecen del academicismo formal derivado de la universidad pero acopian credibilidad de autor macizo y asentado en las aguas de ese río. Y de lo que no se percata ese academicismo (ay, si pudiera oír lo que diría Miguel Hernández...) es que su propia idiosincrasia les impide poner de manifiesto un elemento poético importantísimo: la emoción. Por eso la creación poética de una gran parte de los defensores del academicismo como materia imprescindible carece absolutamente de emoción, de sensibilidad; más pendientes del formalismo técnico, prefieren que su perorata sea accesible para quienes puedan entenderles que para quien fue ideada desde el principio de los tiempos, y creo que esto se olvida con suma facilidad.

Aún quisiera hacer varios incisos respecto a esto último. Hay quienes piensan que el destino del arte está o debería estar únicamente para los que lo entienden, para cuatro privilegiados intelectuales (?) con capacidad de entender intrínsecamente la maraña enrevesada que probablemente sólo conoce el creador y a quien le confiesa el porqué de su creación. Es el problema de tomar 'demasiado' al pie de la letra aquello de "el poeta empieza donde el hombre acaba", como si esa expresión diera a entender que se debe ser poeta antes que ser humano y que el arte debe ser entendido sólo por los artistas. Y es que la poesía "pura" pasó ya hace unos cuantos años a un estado de estudio permanente y de referencia, que no de contemporaneidad. Atrás quedaron (por poner un ejemplo de muchos otros) los adalides del simbolismo (Juan Ramón Jiménez, Mallarmé, Valèry, Baudelaire...). Es importante segregar el arte de la existencia misma, pero en modo alguno el arte debe estar por encima de la propia vida, porque aquél se alimenta de ésta y NUNCA inversamente. Sucede, pues, que si lo único que busca el poeta es un escenario meramente estético, puesto que se ausenta lo primordial, que es el contenido, la razón de inventar lo que no existe no va más allá de su exhibición esteticista y se diluye simplemente como un gesto bonito, pero vacío de contenido. Igualmente ocurriría de un modo contrario. Si la razón de todo es volcar el leit motiv creativo en el contenido sin apuntalarlo con esteticismo (lírica, ritmo, musicalidad, cadencia...) quedaría a merced de una sensación de orfandad y se ubicaría más bien en la descripción, en la prosa. Luego ética y estética han de ir cogiditas de la mano indefectiblemente. No digamos ya si no van ahondadas en esa plétora luz de humanidad que es la bondad que la acompaña, tanto hacia el propio ejercicio de escribir como hacia los demás (implícitamente queda incluido uno mismo, porque quien no se quiere a uno mismo difícilmente podrá querer a los demás). Y si se ausenta, pues, la emoción, quedaría desamparada de alas para volar.

Me va ayudar, en esta tarea de identificación y focalización de especímenes y grupúsculos endogámicos, el dramaturgo y novelista Witold Gobrowicz. Su belicoso ensayo "contra los poetas", como él mismo aclara, "surgió de la irritación, porque durante los largos años que pasé en Varsovia y luego fuera de Varsovia, me enervaban esos poetas con su poeticidad insistente y convencional;  estaba ya de esto hasta la coronilla. En primer lugar fue una reacción contra el ambiente y su desgraciado género. Pero esa rabia me obligó a ventilar todo el problema de escribir versos. Si abordé esta cuestión de la poesía fue para tomar una distancia personal frente a este terreno escabroso, del que nos llega un desagradable tufo a mistificación. Además, la revisión de la poesía en verso sólo podrá producirse en el marco de una revisión incomparablemente más amplia, que abarque nuestra actitud ante toda forma del arte y ante la forma en general en su sentido más amplio (...)". Una distancia personal que suscribo por mi parte cada palabra, cada coma y cada punto...

(Continúa...)




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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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