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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Mamá, quiero ser poeta (y 7)

(Viene de Capítulo 6)

PINCELADAS DE CONCLUSIÓN

Comienzo con una cita que me recordó el otro día el poeta y crítico literario, José Sarria, por las redes sociales. Una cita de Manuel Mantero, Premio Nacional de Literatura (1960), Premio Andalucía de la crítica (1995, 2005): "¿Se deben de escribir los poemas con las palabras de todo el mundo? Conforme. Pero nunca escribir los poemas que escribiría todo el mundo." ¿Por qué la mención de este, digamos, epígrafe para el presente (y último) capítulo? Pues podría resumir perfectamente todo cuanto a partir de aquí expongo como conclusión a lo vertido en las semanas precedentes. Cuando comencé en el primero de estos siete tramos de reflexiones lo hice aludiendo al recuerdo de cuando jugábamos a la pelota, por ejemplo (puse distintos paralelismos) cuando jugábamos a la pelota, bien cuando éramos niños, bien cuando maduramos para echar un buen rato con los amigos, dando patadas al balón, imaginando que somos los Miguel Ángel, Iribar, Van Breukelen, Pfaff, o Zubizarreta en la portería; quizá esos Camacho, Migueli, Beckenbauer, Pereira, o Hierro; y como no, los preferidos por la mayoría, meter goles como Maradona, Kempes, Van Basten, Cruiff, Pelé... Cosa que podía extrapolarse a cualquier deporte, a cualquier profesión. Y que, al igual que en cualquiera de las profesiones, hay estrellas, los hay muy buenos, buenos y menos buenos, malos y muy malos: todo depende siempre del empeño y la constancia que se le ponga al asunto. Sucede igual en el apartado poético con esa 'eclosión, en los últimos años, de un tsunami lírico'.

Todos pueden (podemos) mejorar en sus respectivos campos, pero no todo el mundo puede ser, citando aquello que dije ya en su día, Jesús Machi (de los mejores panaderos de este país), ni María Guinot (abogada del estado), ni Messi (de los mejores futbolistas del mundo, por no decir el mejor para no herir sensibilidades). No todos podemos llegar a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado ni a Gil de Biedma (pongamos por caso). A todos ellos, y a otros muchos más, les diferencia el talento creativo del resto, entre otras cosas. Y, a pesar de ello, aun poseyendo un torrente de talento creativo, y trayendo de nuevo las palabras del maestro Borges, procuremos no caer en la jactancia de que nuestra producción literaria es excepcional o buena,  o siquiera aceptable, porque "es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso". Más valdría comenzar a curarnos en salud y dejarnos de excelencias vacuas, porque de no hacerlo caeríamos en la trampa 'de los 'académicos', los 'catedráticos', aquellos que ganaron hace numerosos lustros algunos premios importantes (pactados, por supuesto) y de quienes toman la poesía como alguna especie de materia depauperada de sí misma, que se retroalimenta, que se embravece contra todo aquello que salga por la tangente de lo verdaderamente tangencial, especialmente de todo aquello que esté ausente de la forma, de sus recetas químicas y de las reglas cuadrangulares.'(Capítulo 6) Caeríamos en esa trampa y, a su vez estaríamos automáticamente fuera de ese juego endogámico que se retroalimenta de sí mismo y que rara vez deja pasar a alguien, a menos que vaya con la 'titulitis' pegada en la frente: el primero de los garantes que atestigua que eres o serás un gran poeta. Cuando lo primero y fundamental que debe hacer un 'catedrático', un 'maestro', un 'académico', es tender la mano y enseñar al que necesita aprender, darle agua al sediento. Mal poeta (o quizá ni siquiera poeta) es quien cierra la mano de lo que no es suyo y guardarlo para sí. En fin, siempre nos quedará Gombrovicz y María Zambrano (al menos a mí para no cerrar los ojos).

Repentinamente aparecen personas de buena voluntad que imitan o tratan de soñar con ser alguno de esos grandes de la poesía, pero que les diferencia enormemente de los que en realidad lo son por la carencia o el exceso de todos esos indicios que he comentado por aquí. La sana ensoñación de pertenecer al mundo del lirismo y subirse a un atril a leer algún que otro poema de cosecha propia es tan lícita como querer emular a Messi marcando un gol de vaselina al vecino del cuarto que te ha invitado a jugar una pachanga en un complejo deportivo. Peor aún: que esto se sostenga y continúe desarrollándose gracias a algunos personajes autodenominados "gestores culturales", que apenas sabrían diferenciar la poesía de la diferencia del romanticismo o el gótico del románico, resulta poco menos que grotesco. Sin olvidar, claro está, que incluso ciertos adalides de la cultura acuden a la llamada prestos y dispuestos con tal de otear por el horizonte de un atril a sus subordinados y amigos cómo le aplaudirán para loa de su ego y prestigio. Me resulta difícil decidirme por cual de ellos resulta más grotesco...

Que te compres la indumentaria oficial del equipo de tus sueños con el nombre del ídolo que juega en él no te convierte en él. Al igual que un jugador de fútbol, o un chef con estrella Michelín, o una estrella del rock, requiere dedicación exclusiva, compromiso, mucho trabajo y esfuerzo, estudiar y aprender aún más y de forma continua, y sobre todo talento y creatividad. La indumentaria futbolística de Messi, los cuchillos del chef Muñoz, o la guitarra que toca Angus Young en modo alguno te catapulta como uno de ellos. Por mucho que alguien dotado de tiempo, esfuerzo y trabajo trate de hacer una compleja receta culinaria con la incorporación de nitrógeno líquido, por ejemplo, sin ese componente genético del talento creativo podrá jamás igualar siquiera a aquel que sí lo tiene aún a falta de medios.

Cada cual ha de medir sus fuerzas y ha de reconocer la posición en la que está. Quizá toda la soberbia de creerse un lírico adalid en el cetro de un atril de recital poético radica en la falta de honestidad y humildad, de bondad hacia los demás y hacia uno mismo, hacia el trabajo que realiza y el que pretende compartir con el resto de los mortales. Que uno tenga posesión de todos los libros habidos y por haber (y proclamar a gritos por cada esquina poseerlos) y confiese que los haya leído (que no significa que sea cierto, sólo que los posee), por mucho que uno tenga amistad con algunos denominados grandes (o que le hacen creer que son grandes por el número ingente de palmaditas que reciben en la espalda o quizá por el número de 'me gusta' que reciben sus poemas en Facebook, Twitter, Google+... acompañados de magníficos 'precioso') o con poetas de los de verdad, por más que uno suba al atril para leer sus composiciones 'poéticas' (¡ah!, qué maravilloso estofado me ha salido, igualito que el de Chicote)... uno no debe alegremente verse o considerarse a la altura de Sabines, Benedetti, Gelman o Ángel González. La diferencia es tan obvia que hay que andar sumido en la ceguera para no percatarse de ello, o quizá acostumbre a ver la paja en el ojo ajeno y no percatarse de tener un ego del tamaño de una secuoya atravesada ante las narices. Esa es la realidad. Ni siquiera un premio o dos o cuatro a la creación poética determina que uno lo sea. De no comprenderlo así, quizá merezca una relectura de todos estos escritos que hoy concluyen, desde el principio (me disculpan este exceso de falta de modestia). 

"Si abordé esta cuestión de la poesía fue para tomar una distancia personal frente a este terreno escabroso..." Me dejo en el tintero muchas más ideas, muchos más maestros a los que citar, a los que he estudiado detenidamente y en quien depositar la vanidad de estas palabras. Aún más, omitiré el modo en el que se conceden esos premios que tanto jalonan los currículums de quienes hacen lo indecible por medrar en el mundillo literario. Baste decir que ciertas editoriales y algunos cabezas visibles de la poesía de este país consiguen meter la cabeza en los certámenes que tanto entidades publicas y privadas organizan, admitiendo especialmente a un número de intelectuales o poetas que van en la onda de las susodichas editoriales para meter la cabeza de un conocido o amigo, de manera que obteniendo así los números suficientes de votos, obtengan el galardón, a cambio de algún favor futuro o de prebendas varias. Y, como digo, omitiré los detalles escabrosos de los que tengo conciencia y experiencia más o menos directa.

Como conclusión, sólo apuntar que, a menos que uno sea atrevido y no tenga miedo al ridículo espantoso de garabatear imprudencias que sirven, más que para lustrar el noble arte de la lírica, para dinamitar la propia poesía, mejor es atenerse a lo que ya nos han enseñado los maestros a lo largo y ancho de la historia de las letras y (sin copiarles) poner una entonación y un timbre personales, intransferibles, que hagan sentir como propias cualquier creación literaria; y que procure, además, emocionar a propios y extraños. Y para aspirar a serlo, ya saben: trabajo, trabajo, trabajo... sazonado con la sal del talento creativo y el compromiso, que sin éstos no hay nada que hacer; o tal vez sí, pero todo 'guiso' resultará soso.

Es necesario comprender, antes de poner un solo verso, que somos plagiadores. Mis últimas reflexiones, para terminar, las encabezo con palabras de Luis García Montero, allá por el mes de febrero, en la presentación que hizo de la Antología del poeta y catedrático Antonio Jiménez Millán, 'Ciudades', que tuvo lugar en el Centro Andaluz de las Letras de Málaga. Valdrán para poner punto final a esta modesta y pequeña reflexión en voz alta (y de paso alentar a todo el que sienta esto como una vocación de que hay mucho trabajo por hacer): "ni el que vende más libros es mejor, ni el que vende menos es malo; del mismo modo que ni el que vende menos es de mayor calidad, ni el que vende más atesora menos. Simplemente el poeta, el verdadero poeta, ha de estar en consonancia con todo aquello que escribe, ha de estar comprometido con la poesía y con la vida. Eso es lo que de verdad le hace poeta, el compromiso con la poesía y con la vida". No importa si uno vende más o menos libros (eso depende en gran medida del márquetin que de la calidad), ni si la crítica se rinde mejor o peor ante un poeta o escritor (suelen ser pocos los críticos independientes o están más o menos bien tratados por las editoriales en cuestión o son amigos de los criticados), ni tan siquiera es necesario haber publicado numerosos poemarios o haber ganado premios importantes (podríamos enumerar aquí cientos de poetas que nunca llegaron a publicar o, si lo hicieron, nunca lograron ganar un solo premio literario). De hecho, los jóvenes de moda que se hinchan a vender libros de (dicen sus editores) poesía y cobran entrada por cada lectura o intervención pseudopoética en la que participan como si de un grupo de rock se tratase, llegan a categoría de libros de autoayuda, pero todo el mundo, especialmente los jóvenes, confunde con poesía porque, como insistí en el capítulo 4 la poesía nada en un mar de incertidumbre y desamparo que, a mi modesto modo de ver, necesita tomar de la mano una serie de referencias y referentes que guíe este desaguisado por el que transita la lírica. La tierra del todo vale; todo es poesía, si se escribe en verso: "¿Se deben de escribir los poemas con las palabras de todo el mundo? Conforme. Pero nunca escribir los poemas que escribiría todo el mundo."

Ética y estética, eso es lo que nos ha ensañado la historia para este tiempo que nos toca vivir, y para eso está, para que aprendamos de los errores del pasado y no cometerlos en el futuro. Que no se olviden de la bondad en la que ha de sustentarse todo, tanto hacia uno mismo como hacia el desempeño de nuestro trabajo, así como el compromiso que uno le debe a la poesía, SI LA SIENTE COMO UNA VOCACIÓN y no como un pasatiempo que te permite pasear las plumas por los atriles del mundo: "Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura", diría Antonio Machado. Por lo que a mí respecta, en lo personal, me hago acreedor de las palabras de Borges: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído". Rilke a un joven poeta, que podría ser usted: "Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribirSobre todo, pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo escribir? (...) si le fuera permitido responder a esta seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo»construya su vida en función de tal necesidad...". Y por favor, tanto si ha seguido estos capítulos de reflexión personal, como si no, antes siquiera de escribir un solo verso procure hacer de SU PROPIA VIDA UN VERDADERO ACTO POÉTICO EN SÍ MISMO.




P.D.: Soy consciente de que más de uno (y de diez) estará despotricando (de hecho llegó a mis oídos alguna que otra delicuescencia) en mi contra y está buscando ya más de un báculo para atizarme en la cabeza por todo esta serie de reflexiones, que para mí son sólo pensamientos en voz alta que tengo el gustoso placer de compartir GRATIS. Me bastará responder con una anécdota que surgió en una conferencia que Witold Gombrowicz impartió en Argentina (residió allí varias décadas). Hablaba precisamente sobre la síntesis de lo que consideraba no debería ser un poeta. Leyendo su manifiesto, un asistente interrumpió bruscamente y se puso hecho una furia. Resultó ser un poeta indignado e iracundo, que comenzó a increparle e insultarle desde su asiento, y en el cenit de semejante altercado, comenzó a recitar con pomposidad uno de sus poemas. A lo que Gombrowicz respondió: "Gracias por ilustrarnos esta conferencia". El poeta, tras oír esto, estalló saliendo como un vendaval hecho unos demonios por el vomitorio correspondiente.

Por favor, no me ilustre esta breve reflexión que aquí concluye. Gracias.


Algunas lecturas sugeridas para entender 'Mamá, quiero ser poeta':





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Mamá, quiero ser poeta (6)

(Viene de capítulo 5)

MAMÁ, ¡QUIERO SER POETA!

Tras la parrafada de la semana anterior (algunos al parecer se han visto reflejados y se ratifican a sí mismos como ignorantes afectados de titulitis, que esputan estupideces científicas comparando una reflexión personal con un ensayo), y las de todas semanas anteriores, seré escueto en esta travesía. Ahora bien, después de cinco semanas y con todo lo que se ha vertido hasta ahora, podrá pensar usted, querido lector, si ha seguido esta capitulación, que resulta realmente complicado aspirar siquiera a ser poeta. Y no le culpo, no es baladí el asunto, aunque se sienta confundido porque ha observado que hasta el vecino del cuarto (que nunca ha leído siquiera a Elliot, Pessoa o Mayakovsky, como quien dice) se echa a la calle a leer sus poemas buscando los aplausos de todo aquel que disfruta con el regalo de sus oídos, y se reconoce a sí mismo ante los demás como POETA. Entonces, después de tantos 'inconvenientes' de por medio, ¿se puede ser poeta de los pies a la cabeza hoy en día? ¿Es que para escribir poesía hay que tomar tantas precauciones, tantas cosas en cuenta, hay que conocer tantas cosas y hay que estudiar tanto? ¿Acaso la poesía, el arte, no debe ser libre, y que cada cual escriba "lo que sale del alma" o "de las entrañas"? Estas cuestiones será mejor que la responda Rilke (otro de esos que el vecino del cuarto ni siquiera ha oído hablar de él). En la primera de una serie de cartas dirigidas a un cadete de la escuela militar astrohúngara, que decía ser un joven poeta (y al que al parecer le quedaban aún muchas batallas por librar para alcanzar ese estatus), Rainer María le aclaraba con simpleza, y al mismo tiempo contundencia, qué era lo que se necesitaba fundamentalmente para ser poeta: 

"Pregunta si sus versos son buenos. (...) Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un medio. Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir. Sobre todo, pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo escribir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta que venga de lo profundo. Y si de allí recibiera una respuesta afirmativa, si le fuera permitido responder a esta seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo», construya su vida en función de tal necesidad; su vida, incluso en las horas más indiferentes e insignificantes, ha de ser un signo y un testimonio de ese impulso. Después, aproxímese a la naturaleza e intente decir como el primer hombre qué ve y experimenta, qué ama y pierde.

"No escriba poemas de amor. Al principio, eluda aquellas formas que son las más corrientes y comunes; son las más difíciles, puesto que se requiere una fuerza grande y madura para expresar una personalidad propia allí donde existen en gran medida tradiciones buenas y, en parte, hermosas. Por eso, póngase a salvo de todos los motivos generales y preste atención a lo que su propia vida cotidiana le ofrece; describa sus tristezas y anhelos, los pensamientos fugaces y la fe en algo bello; descríbalo todo con sinceridad íntima, callada y humilde y, para expresarse, sírvase de las cosas que le rodean, de las imágenes de sus sueños y de los objetos de sus recuerdos."

En una palabra: espectacular, casi diría 'Messiánico' (sí, con dos eses). Podría decirse incluso que todo esto que explica con tanta nitidez Rilke carece siquiera de reflexión. Lo vuelvo a reseñar de nuevo para recalcarlo: "Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir. Sobre todo, pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo escribir? (...) si le fuera permitido responder a esta seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo», construya su vida en función de tal necesidad..." Sobre todo uno ha de ser sincero consigo mismo e intentar tener visión de futuro. Y lo más importante: si lo que uno va a escribir va a servirle de apoyo, de aliento, de alimento (no me refiero al pan, sino al alimento intelectual y espiritual) a lo largo de la vida.

Siendo así, como apuntó Rilke, entonces viva su vida en función de esa necesidad. Rimbaud va a apuntalar esto precisamente en una síntesis sin igual: "Quiero ser poeta y me estoy esforzando en ser vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas sé si yo sabré expresarlo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos." Al decir vidente Rimbaud quería referirse a ir más allá de lo que en realidad se ve literalmente, en traer al más acá lo que ve más allá de lo que ve cualquier otro ser humano que no tiene esa capacidad de entregar la vida a la poesía, a escribir, pero quizá sí de apreciarlo. Uno ha de ver más allá de lo que tiene en las narices, ha de procurar ver en lo cotidiano el significado de lo que no ve habitualmente el resto de los mortales que sí podrán apreciarlo cuando uno lo descubra. Esto no va a ser posible sin 'construir su vida en función de su necesidad' de escribir. Si usted puede prescindir de la escritura para poder continuar su vida como un ser humano más, quizá este acto de poner una palabra tras otra para construir ideas, historias, sentires y emociones le reste un tiempo valioso de vida que nunca volverá a disponer de él. Si lo que persigue son unos pocos momentos de gloria frente al atril para disfrutar de unos pocos aplausos y halagos de amigos y conocidos, descubrirá que el helio que infla el ego desaparece como el que contiene un globo abandonado en una habitación, cuya fuerza se apaga poco a poco hasta desaparecer.

"A lo largo de mis años he profesado la pasión del lenguaje", confesó en alguna ocasión Borges. Y es que, a fuer de repetirme, estaría hablando y recordando cosas, circunstancias y detalles de grandes maestros que me dejo en el tintero y me ayudarían a reflexionar y ahondar aún más: Elliot, Auden, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Mayakovsky... se me haría interminable. Si usted quiere ser poeta, tendrá que hacer de su propia vida un verdadero acto poético en sí mismo. Lo repito: usted tendrá que hacer de su propia vida un verdadero acto poético en sí mismo. El cómo uno puede llegar a ser poeta o escritor, aunque pueda parecer algo banal en muchos de los casos, tiene la raíz, por último, en tres palabras que ya le resultará familiar: trabajo, trabajo y trabajo. Cada uno lo vive y lo siente en sus carnes de diferentes formas, pero cuando llega, cuando uno siente que eso está ahí, ya tiene la referencia de todo lo que uno ha de calibrar para llegar a serlo.

Recuerdo ahora la anécdota que contó una vez el poeta Ángel Mendoza, enternecedora, que resumo: Andaba jugando con sus amigos allá en el Puerto de Santamaría y vio pasar a Alberti, que se dirigía al bar. A él le parecía un personaje súper importante y tenía oportunidad de conocerle de cerca. Ya sabía de su presencia y existencia y conocía de oídas que resultaba ser un poeta importante. Se acercó al bar para conocerle; dice el niño Ángel Mendoza: “hola, ¿qué hay? Yo lo admiro mucho a usted” 'y él se reía mucho y me preguntó:' “¿Tú qué quieres ser de mayor” y le dije “yo quiero ser poeta”  'y entonces él me dibujó en una servilleta una paloma, una paloma que, por cierto, he perdido. Y me dice: “Mira, si tu quieres ser poeta  tienes que hacer dos cosas: primero tienes que estudiar mucho y luego tienes que hacer mucho caso a tus padres”

Un último apunte al respecto sería el que aporta Luis García Montero (por aquello de que para él también fue Alberti un referente) sobre cómo llegó a esto de la poesía. Cuando se le preguntó acerca de ello (¿Hubo un momento en el que dijo “quiero ser poeta”?) "Lo viví como un sentimiento que se fue tejiendo poco a poco. Las primeras emociones me llegaron no solo de mano de los poetas, sino de algunos cantautores como Serrat, que musicó a Machado. Cuando entré en la universidad en 1976, ya tenía consolidada una vocación en la que el compromiso cívico y la rebeldía eran inseparables de la escritura”. Cada cual llega como quiere y como puede, pero tras ello hay que "estudiar mucho" y consolidar "una vocación". Y estos son los pequeños grandes secretos que uno ha de tener en cuenta si desea verdaderamente ser poeta antes de fijar referencias adicionales que ya se han dejado atrás en los capítulos anteriores. Recuerde, no obstante: "descríbalo todo con sinceridad íntima, callada y HUMILDE". Y sobre todo camine sobre esas dos piernas que sostienen el alma del poeta: vocación y trabajo. Y camine sobre esas dos patas haciendo de su propia vida un verdadero acto poético en sí mismo.

(Continúa...)





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Mamá, quiero ser poeta (5)

(Viene de Capítulo 4)

Como a Gombrowicz, mi, digamos de una modo apaisado, indignación surge de la irritación. Por eso he abrazado una distancia que tomo especialmente ahora para visualizar ojo avizor todo el panorama local, provincial, regional y nacional, y especialmente como (auto)crítica (lo dije en el primer capítulo y lo remarco en negrita ahora para que nadie me señale -por cierto, maleducadamente- con el dedo). Porque este vistazo no lo considero focalizado en una misma ciudad o provincia (a la que pertenezco), dado que en todos los rincones del planeta cuecen habas, y especialmente la reflexión va dirigida hacia mí. Pero es innegable que más de uno y una, se verá identificado e identificada en alguna terminología aplicada. Quizá debiera haber hecho referencia a estos hechos desde otras perspectivas (Filosofía y Poesía. María Zambrano, 1996; Función de la Poesía y Función de la Crítica. T.S. Elliot, 1999... y tantas otras que me reservo para no cansar al personal) sobre el panorama actual. No obstante, casi tiene mucha más vigencia a nivel práctico y premonitorio lo que el novelista y dramaturgo polaco dejó para la posteridad que continuar indagando sobre teórica práctica al azar. 

Pues, como decía, para Gombrowicz, refiriéndome a su ensayo 'Contra los poetas', no era la poesía donde radicaba el problema, SINO EN LA ACTITUD DE LOS POETAS. La poesía no está en el verso, en la métrica, en lo contable, en lo bonito, en las estructuras..., puesto que lo poético sólo existe si la escritura es capaz de mezclar elementos diferentes E INTEGRAR al ser humano en su ecuación, más allá de eso que él llamaba 'la versificación'. Y aunque hacer una síntesis de todo el ensayo es harto complicado, quizá valga para tal efecto indagar en algunos mensajes que ahora más que nunca están de actualidad. Apostillaré que se me antoja lectura más que necesaria, imprescindible (además de las susodichasy de otras muchas que al final facilitaré y de donde he sacado todas estas conclusiones y muchas más que me dejo en el tintero para no cansarles en demasía), para aquellos que quieran o pretendan ser poetas o sientan vocación de ello, también para los que ávidamente leen poesía y sepan calibrar de algún modo si lo que tienen frente a sus narices lo es o no lo es. Y dado que se haría harto pesado repasar todo el ensayo y más de uno es muy probable que se eche a llorar, traigo aquí, como digo, algunos aspectos que definen a la perfección la situación actual, no de la poesía, sino de aquellos que pretenden copar el interés popular de representar la poesía en forma de figuras poéticas impostadas (ojo, que poeta no es el que gana premios o publica muchos libros, ni el que se infla a leer sobre el atril; creo que lo he dejado intrínseca y sintetizadamente claro en los capítulos anteriores, hay otras muchas cosas implícitas en ello y tampoco ha de ser necesariamente pasar por el academicismo). Difiere sustancialmente su significante del significado:

“Los poetas siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder.”  Vemos dos vertientes claramente identificativas sobre estos grupúsculos que se alimentan de manera similar a los parásitos. Suele sucederle, como primer ejemplo, a ciertos individuos con ínfulas de grandeza y que en algún tiempo tuvieron oportunidad, bien de ejercer la cátedra, bien de recibir premios (por supuesto pactados, es un secreto a voces), bien de trepar hasta conseguir algún reconocimiento, y que en gran medida son conocidos en su casa a la hora de comer y poco más (dado que apenas sale uno fuera de la provincia en la que reside y acaso nadie les conoce, y quien sí pues deprava de su persona y sus delirios de grandeza). Siempre van con pretensiones de copar cargos en aqueste o aquel lugar, (y lo consiguen, ya lo creo) alargando su mano influenciable para otorgar sus favores, premios o influencias a todo aquel que le otorga un mínimo de lealtad, como si el resultado de escribir unos versos dependieran de sopesar la espada sobre los hombros del nuevo caballero medieval para beneplácito de la plebe que ha de rendirse a sus pies (y no se si son peores los vates o sus lacayos). Y así, claro está, aquéllos consiguen jalonarse un currículum a base de servilismo y de escribir a gusto de su mentor.

Esa ilusión del poder se transmite de 'padres a hijos', de 'maestros a alumnos', cuya tradición pretende emular el caciquismo y la barbarie oscurantista del medievo. Lo peor es que, además, no conformes con sus prácticas mafioso-emocionales, procuran dispensar una serie de baldones sobre el resto de los mortales, especialmente aquellos que comienzan a plasmar unos versos y tienen el atrevimiento de recitarlos en público con el beneplácito y amparo de los poetas macizos que realmente lo son, y de ese modo aportar muescas en sus bastones de apoyo para acabar estigmatizando sus vidas. Para coronar la guinda del pastel (que va más allá del adorno, pues también es comestible) envidian y despotrican con desdén cualquier éxito que encumbre a compañeros fuera del régimen endogámico del que se retroalimentan.

Desde el cetro ilusorio de poder se embriagan tanto de sí mismo que olvidan que la autoridad a la que se aferran febrilmente en algún momento firma su propio declive y decrepitud. Quien a hierro mata, a hierro muere... No obstante, peor aún les sucede a todos esos, y sírvase como segundo ejemplo, que sus delirios de grandeza pasan por subirse a un atril para sentir el poder de convocatoria y expresar unos versos en público para beneplácito momentáneo de su ego, con el culmen de unos aplausos que en gran medida salen de las manos de quienes nunca han leído un solo verso o, peor aún, de quienes aspiran a estar en su lugar. Esa retroalimentación colectiva les delata, y esos autodenominados poetas o rapsodas acaban siendo víctimas de su propio psique, creyéndose una autoridad en la materia, y les ciegan los aplausos cada vez más, como al drogadicto que necesita su dosis para continuar su vida de indigencia temeraria, con la muerte a la vuelta de la esquina, lanzando improperios contra todos porque les han abandonado a su suerte... es decir, porque cada vez menos les tienen en cuenta para subir a un atril que merecen más que nadie en este mundo. Es la sensación de poder que ejerce el púlpito, el verse por encima del populacho, la ilusión del poder de ejercer influencia con sus declamaciones imposibles, donde se agarran a una autoridad ficticia que no tienen pero suponen les pertenecen gracias a los aplausos incondicionales a diestro y siniestro de quienes quieren emularles porque, a su vez, merecen una oportunidad para sus versos.

“Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico”
Llegados aquí, más vale hablar de los autodenominados 'gestores culturales'. Esos que por elucubrar una motivación para agrupar a ocho, diez o catorce individuos con capacidad de lectura, y no quedar mal, y lo ponen en práctica en cualquier lugar que se preste (se aseguran así un 'éxito de público'(?), por el hecho de contar con la presencia de tantos participantes, más amistades cercanas, familiares y parejas, obviando así que en realidad de lo que se trata es de acercar la poesía al resto de los mortales), simplemente para mostrar esos versos universales que necesitan un lugar en la historia de la literatura. Gestionan cultura quienes no sabrían siquiera diferenciar entre el romanticismo y el simbolismo, ni siquiera saben qué es eso de la nueva sentimentalidad; no digamos ya intentar encontrar las diferencias entre Gótico y Románico o saber qué es impresionismo y qué dadaísmo. Pero peor aún son los que se dejan arrastrar por estos pseudos gestores culturales (buena parte son respetados académicos, poetas encumbrados con un extenso currículum). Ante la llamada de la selva se procuran un espacio y un atril para proclamar a los cuatro vientos el poderío de sus versos, sin tener en cuenta a quienes los convoca ni para qué los convoca.

Al final todo acaba en esa carrera bien conocida por muchas regiones de 'a ver quien coordina y gestiona más lecturas poéticas' (lo que viene a significar 'gestionar cultura' ¿?), provocando una hinchazón en la deformación conceptual de 'poesía' y excesos de lecturas sin sentido, o como referí en el capítulo tres que decía el maestro Sarria, que crezcan como champiñones en la sombra "el ratio de poetas (o autodenominados poetas) por metro cuadrado en la última década. La eclosión, en los últimos años, de un tsunami lírico ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente". Y es que la sombra del atril es alargada, y la capacidad de propagar frescor de tanto pseudogestor cultural es infinito. Toda esa condensación que va mordiéndose la cola cual pescadilla enharinada a punto de entrar en contacto con el aceite hirviendo, acaba por repeler el agua del aceite: o lo que es igual, tirones de los pelos figurativos (y casi literales) entre unos y otros viendo quien puede copar los mayores galardones de calidad(¿?) entre sus compañeros congéneres.

Todo ese exceso, sumado al hecho innegable y comparable que existe entre bambalinas, sobre todo en los tropecientos talleres de poesía que lo fomentan, esa creencia de que los poemas, cuanto más metáforas y rimbombantes ringorrangos de giros cuasi ecuménicos, o cuanto más perfecta y cuadrada la métrica y más depurado sea el estilo, mayor será la consideración de las altas esferas que copan los sillones de la ilusión del poder (véase el punto anterior). Da igual lo que se diga, se entienda bien o no. Lo que importa es lo ecuménico del asunto, la rimbombancia, lo henchido del orgullo versal. Y así, unos por un lado, otros por el otro, vamos inflando el globo del gas del ego, hasta que revienta en el rostro de todos y cada uno de sus componentes, confundiendo perpetuamente lo básico: el símil con la metáfora. Como resultado, acaba uno bombardeado a diario con poemas fabricados como churros desde todas las perspectivas de francotirador que otorgan las redes sociales. Los excesos y sus consecuencias...

“En el mundo poético todo se hincha, y aún los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. (...) Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal.” 
Parafraseando lo que ya comenté al final del capítulo tres, es precisamente la soberbia, sumado al henchido orgullo, los que hacen poner vendas en los ojos a tantos y tantos incautos. Ese material 'excepcional', esos textos súper 'originales', esos modos únicos e inigualables de plantearnos los versos... Todo el mundo denunciando plagios por aquí y por acullá. El mundo está lleno de copistas de aqueste poema o aquel otro verso suyo, maestros de lo inimitable creyéndose o sugiriendo siquiera con eso la dimensión apocalíptica que poseen. No es baladí la cosa: no existen mejores poetas ni siquiera de calidad equitativa a quien copiar. Sólo son ellos los merecedores de tal honor. Pero ahí no queda la cosa. Existe una inefable caterva detrás aplaudiendo públicamente la denuncia y rogando por Dios que haga público el nombre del incauto o incauta para hacer escarnio de su persona. Como ya dije, airearlo desairadamente (y permítame de nuevo la redundancia cacofónica) lleva implícito el reconocimiento de uno mismo sobre su genialidad, sobre su absoluta e implacable creatividad, inigualable allende los mares; el reconocimiento subjetivo de ser diferente a todos los demás, digno de ser pisoteado y copiado por la escasa profusión de creatividad del resto de los mortales que lamentablemente se encuentran en inferioridad intelectual...

Estando así la cosa, estos problemas y otros de similar enjundia parecen cobrar dimensiones estratosféricas, universales. Y, sin depurar siquiera responsabilidades sobre sí mismos, animan a otros a que realicen el mismo ejercicio. Y de un plumazo viene el maestro Borges y dilapida ese castillo de naipes construido en el aire sobre la supuesta la originalidad en los escritos de estos tiempos contemporáneos: "es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso". Todo aquel que crea en el plagio, debiera ser honesto consigo mismo e ir a denunciar los hechos al juzgado correspondiente.

Sí, amigos. En el mundo poético todo tiene tendencia siempre a hincharse, a ocupar un lugar en el vacío incuestionable que al final acaba reventando, del mismo modo que aparecen se diluyen como el azucarillo y la inflamación gaseosa acaba reventando su recipiente puesto que la tendencia que tiene el gas es ocupar un espacio que la compresión de un recipiente tan blando y fino como la mediocridad no puede retener demasiado tiempo. La pomposidad, el absurdo de creer, como hablamos en el tramo anterior, de que los poemas, cuanto más metáforas y rimbombantes ringorrangos de giros cuasi ecuménicos, cuanto más perfecta y cuadrada la métrica y más depurado sea el estilo, mayor será la consideración de las altas esferas que copan los sillones de la ilusión del poder. Ni más lejos de ello...

“el poeta… considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde arriba, pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo. Cuanto más aumenta el número de personas que ponen en duda el valor de los poemas y faltan el respeto al culto, tanto más delicada y cercana al ridículo se vuelve la actitud del vate”
¿Saben? Desde varias vertientes y desde la complicidad de algunos compañeros que me han ofrecido ciertas confesiones verdaderamente vergonzantes, he llegado a oír cosas que pondrían los pelos de punta al mismísimo Elliot. Ciertos aprendices de no sé realmente qué, henchidos oyentes que 'no reconocen el derecho a la superioridad' del sacerdocio poético de los 'grandes' que despliegan su plumaje cada semana desde el atril, porque apenas han escrito algunos versos desde la ignorancia que le otorga el no haber leído un solo verso (tan sólo lo han oído en esos recitales), se atreven a relativizar, no sólo a los que consideran a su altura o poco menos que gnomos a su lado, sino a los que de verdad tienen un recorrido sólido, serio y de peso dentro de la poesía. Lo han oído bien, sin leer un sólo verso, oyendo recitales de ocho, diez o catorce o quince participantes. Sin un trabajo detrás que los respalde, sin estudiar a un sólo autor que los alumbre, sin leer un sólo verso (y si los lee, quizá desde un púlpito que le obliga a mirar de soslayo porque lo hará mucho mejor), sin indagar en los insondables caminos por donde los afluentes líricos desembocan al río de la poesía. Todos ellos se suman a los que aspiran a subirse a un atril porque, por el simple hecho de haber llegado con cuatro poemas gestados en talleres que enseñan métrica y símiles que quieren hacernos creer metáforas, ya son más dignos que aquellos, que son presente a base de esfuerzo y trabajo, a expresar su poesía en público. La inconsciencia determina sus valores y su respeto a la lírica, son fácilmente identificables y muy probablemente son detectables en su siguiente paso, que no es otro que el que refiero en el párrafo anterior.

“Poco me importa que digáis pestes de mí y de mi nota –¿Acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la razón de ser?… mis palabras están destinadas a la nueva generación. El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y responsabilidades, seres, en fin no definidos por lo que ya han hecho, y por lo tanto, libres para elegir.”
Bienvenidas sean las nuevas generaciones que, sabiendo lo sabido y evitando en lo posible lo ya conocido de la historia de ese torrente lírico de la poesía, procura tomar nota desde la humildad y aprender día a día. Y sobre todo evita alzar la voz para despotricar contra quienes muestran el camino del error, quienes se ofrecen a enseñar por donde caminar... Y si alguien ha creído que el que suscribe es uno de ellos, es que todo cuanto ha leído hasta ahora no le ha servido para nada.

“Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama “poesía pura” y, sobre todo, cuando aparece versificada”. Esto es, simplemente, en resumen, un extracto de lo que pasa por mi cabeza cuando suelo leer poesía, especialmente de los 'académicos', los 'catedráticos', aquellos que ganaron hace numerosos lustros algunos premios importantes (pactados, por supuesto: algún día reproduciré cómo se conceden premios y galardones) y de quienes toman la poesía como alguna especie de materia depauperada de sí misma, que se retroalimenta, que se embravece contra todo aquello que salga por la tangente de lo verdaderamente tangencial, especialmente de todo aquello que esté ausente de la forma, de sus recetas químicas y de las reglas cuadrangulares. Salvo raras y, por supuesto, muy honrosas excepciones, solo veo el formalismo de algo sintético que pretende ser entendido por todos, pero que ese 'todos' solo está programado para ser compartido entre esos miembros endogámicos que entre ellos mismos, y sólo ellos, se entienden y se aceptan, pero para quien ha de ser creado el arte, para todos, para comprensión y aceptación de todos, les está negado su alcance. Les falta, en definitiva, el alma que entraña en la vida de la poesía: la emoción. Y de ahí que ante la pregunta que el mismo Gombrowicz se hacía: “¿Por qué no me gusta la Poesía pura? Sí, ¿por qué?" Él mismo responde por mis labios: "¡Pues por la misma razón por la que no me gusta el azúcar en estado puro! El azúcar sirve para endulzar el café y no conviene comerlo a cucharadas como si de una sopa se tratara. (...) Lo que cansa de la Poesía pura es el exceso de poesía, la ristra de palabras poéticas, de metáforas, de sublimaciones, en suma, ese exceso de condensación que limpia esos textos de cualquier elemento apoético y acaba asemejándose a productos químicos”.

“Dedicados a perfeccionar con ahínco el Arte, dejamos de preguntarnos sobre el vínculo, el contacto, que tiene con nosotros. Cultivamos la Poesía, olvidando que lo Bello no siempre ha de gustarnos. Si no queremos que la cultura pierda toda su relación con el ser humano, deberíamos de vez en cuando interrumpir nuestros laboriosos ejercicios para averiguar si lo que producimos nos expresa o no”.
¿Recuerdan lo que hablé sobre la deshumanización del arte? Hago síntesis para no prolongar esto en demasía: "El poeta empieza donde el hombre acaba. El destino de éste es vivir su itinerario humano; la misión de aquél es inventar lo que no existe." Es el culmen de lo que debiera ser el poeta según Ortega y Gasset escribió. O lo que es igual, no se trata de contar la verdad, de narrarla, de describir, sino de transfigurar todo un cúmulo de sensaciones que pudieran simplificarse con la deshumanización del arte lírico. Uno ha de jugar a ser profeta, uno ha de ser un vidente de todo aquello que existe y nadie ve: El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente...". La relación del arte con el ser humano es directa, implícita y explícitamente. Hay reductos retrógrados que tratan de minimizar el impacto lírico que dejan poetas que carecen del academicismo formal derivado de la universidad pero acopian credibilidad de autor macizo y asentado en las aguas de ese río. Y de lo que no se percata ese academicismo (ay, si pudiera oír lo que diría Miguel Hernández...) es que su propia idiosincrasia les impide poner de manifiesto un elemento poético importantísimo: la emoción. Por eso la creación poética de una gran parte de los defensores del academicismo como materia imprescindible carece absolutamente de emoción, de sensibilidad; más pendientes del formalismo técnico, prefieren que su perorata sea accesible para quienes puedan entenderles que para quien fue ideada desde el principio de los tiempos, y creo que esto se olvida con suma facilidad. Hágase, por tanto, estas preguntas cuando acabe de escribir unos versos (pero sea verdadero y honesto en su respuesta): ¿esto me representa?, ¿lo que he escrito me expresa?, ¿la persona que tengo frente a mí puede percibir aquello que quiero expresar en el poema?

Un artista creador y vital no vacilaría en cambiar totalmente de actitud y, por ejemplo, él desde abajo se dirigiría a la gente como el que pide el favor de ser reconocido y aceptado o como el que canta pero al mismo tiempo sabe que aburre.”
En conclusión, ESTO ES lo que debiera tener en cuenta siempre quien se atreve con la poesía, el significante de lo que es ser poeta para Gombrowicz, para mí también: la humildad.

Y, en definitiva, ¿por qué me he detenido especialmente en estas reflexiones en torno al ensayo del novelista y dramaturgo polaco? Pues porque es el que está más en el candelero que ninguno de cuantos haya leído, el más actual, el más crucial y por consiguiente el más certero. Para muestra, varios botones (y me dejo en el tintero algunos aún mucho más cruentos porque no se trata ya de hacer sangre, sino de ayudar a abrir los ojos a la realidad). Y continuará siendo así mientras la poesía siga estando huérfana de capitanes que comanden ese navío. Hace no mucho tiempo me comentaron, en una conversación entre poetas de verdad (permítanme que deje en el anonimato quien participaba de esa reunión y en modo alguno me considero uno de ellos, sino más bien privilegiado espectador) que Antonio Enrique comentó en una sola frase qué era la poesía: '"es introducir una emoción en una estructura". Catacrac! No se puede resumir con tan pocas palabras tanto significado. Y yo me atrevería a decir más: sin bondad (hacia los demás y hacia el respeto que merece el trabajo de uno mismo) no se puede solidificar semejante argamasa. Voy a atreverme a resumir el ensayo de Gobrowicz en una sola oración gramatical. Poeta es, ni más ni menos, que AQUEL QUE HACE DE SU PROPIA VIDA UN VERDADERO ACTO POÉTICO EN SÍ MISMO. El que no esté dispuesto a asumir esa vocación, no exento de trabajo, esfuerzo y estudio, más le vale invertir su tiempo en cualquier otra ocupación antes de que la vida le escupa de cuajo de ese camino. La experiencia es un grado...

(Continúa...)





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Mamá, quiero ser poeta (4)


Tras el inciso en última instancia de la semana pasada (a mi juicio necesario, muy característico y peculiar de las hordas poéticas que siguen creciendo como el moho), la reflexión desemboca en la catarsis en la que se haya la poesía en estos momentos (que de un modo ficticio parecía resurgir de un período de aparente ostracismo en el que sólo estaba al alcance de minorías elitistas -y sigue estándolo, por aquello de que todavía hay retrógrados que andan convencidos de que, no sólo es necesaria una formación academico-universitaria para poder poner siquiera un verso decente, sino además es imprescindible y cualquiera que carezca de ella es indigno-, y que además ha sido alentada por ciertos medios de comunicación sumados al interés editorial que se percató en su momento de cómo hacer caja con ello), como dije en un capítulo anterior, por la orfandad de iniciativas, por la disparidad de criterios, por la carencia de referentes que se aúnen en un mismo objetivo y apuesten por la diversidad creativa, en especial por los que he comentado entre los paréntesis precedentes. Todo pasa indefectiblemente por la unificación de criterios, acorde con los tiempos que nos ha tocado vivir. Es verdad que el academicismo universitario debiera ser un báculo importante que aporta formalismo técnico y el conocimiento que ahonda en el universo poético, pero la poesía se nutre en esencia de las emociones, del tiempo en el que se ubica..., de la vida.

El propio Luis García Montero, respondiendo a la pregunta de cómo empieza a formarse un poema en su cabeza, confiesa abiertamente: "A veces veo algo que me parece significativo y escribo el poema para darle sentido iluminador de la realidad de nuestro tiempo. La ciudad está llena de imágenes que esperan al poeta que quiere mirar el tiempo, su tiempo". Y tal vez fue aquella idea de mirar el tiempo en el que reside el poeta lo que le impulsó, junto a otros dos compañeros poetas granadinos, en hacer público un manifiesto que a la postre pasó a ser todo un fenómeno que pareció en primera instancia efímero, pero que aún hoy muchos poetas continúan en la brecha de hacer suya aquella corriente de "la nueva sentimentalidad". Tanto Luis García Montero, a la cabeza, como Álvaro Salvador y Javier Egea defendían que para llegar a una nueva poesía de acuerdo con los tiempos que les tocaron vivir, era necesaria una 'nueva sentimentalidad', lo que vino a llamarse como poesía de la experiencia que ya, sin saberlo, había puesto en marcha Gil de Biedma y que a la postre fue referencia de aquella corriente poética que marcaría una época en la historia de la literatura reciente. Una concepción poética que supo integrar esa referencia de la 'experiencia' y aunar el magisterio de Rafael Alberti como bandera. Un ejemplo necesario que debiéramos tener muy en cuenta hoy.

Desde aquellos años ochenta hasta nuestros días ha llovido tela y ahora tan sólo un movimiento parece abrirse paso, a mi juicio, con el objetivo de aunar conciencia, reflexión y responsabilidad de vivir acorde con los tiempos que corren: el humanismo solidario. Un manifiesto, también apoyado por Luis García Montero y por otros no menos grandes poetas e intelectuales de acreditado prestigio, aboga por aunar un criterio de responsabilidad y solidaridad ante el tiempo que nos ha tocado vivir. Resulta esperanzador que continúe escalando posiciones a pesar de que sus inicios fueron poco menos que tibios y con escasa repercusión. Hoy ya es una realidad que corroboran personalidades como Antonio Gala, Antonio Hernández, Luis Landero, Mohamed Doggui o Federico Mayor Zaragoza, copando portadas en los diarios nacionales, y que poco a poco van sumándose adalides de la poesía contemporánea como la jerezana Raquel Lanseros o el jienense José Cabrera Martos. Ante la necesidad de un tiempo convulso, Humanismo Solidario aporta un escenario integrador tanto multidisciplinar como intelectual de diversidad creativa en la que los autores ponen al servicio de la defensa del ser humano y sus derechos. Defiende esta causa desde la reflexión, la creación, el eclecticismo y la libertad; además de otros muchos matices que pueden leerse desde aquí. Quizá sea ésta la base para una unificación de criterios y que responda a la orfandad en la que se ha ubicado y estancado la poesía. Quizá sea el origen de una nueva corriente que dignifique al ser humano y, sobre todo, un báculo donde puedan apoyarse los que sí sientan vocación creativa. Y quizá sea todo agua de borrajas.

¿Y qué hay de la educación en relación a lo expuesto hasta ahora, como apunté en el capítulo anterior? ¿Qué tiene que ver la educación de la Grecia Clásica con todo esto (para refrescar la menoria, lea desde aquí)?. Toda vicisitud tiene como origen un olvido de las costumbres o una degeneración de la educación. Como ya vimos, las primeras academias impartían experimentación y debate. Eran espacios para la reflexión, la conversación. Era fundamental debatir sobre la realidad del tiempo que les tocaba vivir y su relación tanto con el medio como con el ser humano, tanto en su presente como la vislumbre prevista para un futuro. La pregunta clave con la que desarrollaban temáticas de cualquier índole era 'por qué', 'el porqué' de las cosas. La carencia que pervive entre los 'versos mediáticos' de tantísimos 'poetas' es la del espacio de reflexión  (que no significa subirse a un atril para la lectura de unos versos), de la experimentación, del debate.

El hecho es que se incurre habitualmente en el error educacional que deriva de esa estirpe prusiana que copa todas las facetas educacionales habidas y por haber: la obtención de un séquito obediente, dócil y preparado para la guerra. '¿Para la guerra?, menuda estupidez', podrá pensar. Es lo que parece. Pero, como apostillé al principio, la educación que recibimos hoy desde TODOS los ámbitos nos enseña a competir, la competencia es el inicio de cualquier conflicto, y los conflictos suelen derivar en cualquier clase de guerra. "La 'proliferación juglar', "el tsunami lírico, ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente", cosa que ha provocado no menos desencuentros y guerras cuasi mediáticas en redes sociales y disputas entre (¿)poetas(?), algunos de dudoso prestigio con otros de notable intelecto y que han caído en esta falla educacional, impropia de intelectuales de cierta talla; impropio que éstos caigan en esa bajeza del improperio bárbaro y continuado a través de las redes sociales, cual patio de porteras (¿se imagina a Messi o a Fernando Alonso riéndose y despotricando de los jugadores de 2ª División B, en el caso del futbolista, o de los corredores de la Fórmula 3000, en el caso del piloto?). Cualquiera que se preste a tales menesteres, deja de ser poeta en el acto por pura aplicación ética, deja de tener la más mínima credibilidad lírica.

Es de un grado supino de hipocresía escribir unos versos que hablen sobre la fraternidad, la indigencia o sobre la sensibilidad del amor e incurrir con frecuencia en escarnios públicos a través de las redes sociales o incluso en el trato personal, profiriendo amenazas e insultos de tipo variado, cuyos esputos parecen caer del cielo como un sirimiri que aparentemente no moja a nadie pero acaba calando hasta los huesos de todo bicho viviente que se asoma a mirar lo que ocurre. Y es que la crítica destructiva, los improperios y las descalificaciones, dicen mucho más de quien las vierte que de quien las recibe. La realidad del tiempo que nos ha tocado vivir dictamina que un pequeño y minúsculo ser sólo levanta polvareda al verse retratado ante la realidad. Y de eso sabe un poco más que yo el novelista y dramaturgo polaco que aludí antes, Witold Gombrowicz. Lo veremos la próxima semana.

Es necesario, para que la poesía ejerza como 'arte total', como punto de encuentro entre la patrulla perdida del ser humano, que se imparta en academias y tertulias que apuesten por la reflexión, la conversación, la experimentación. Que fomente debates y conmiseración entre 'los usuarios', los futuros poetas. Evitar los talleres que fomentan los motivos de conflictos entre unos y otros, y la parafernalia academicista universitaria, porque la educación está diseñada para competir, los talleres están diseñados para competir, la universidad está diseñada para competir. Toda competencia genera conflictos, y todo conflicto genera guerras... Que lo cortés no quita lo valiente y adquirir conocimiento nunca está de más, pero es un método erróneo y palpablemente fallido por activa y por pasiva en la estructura del sistema económico mundial al que estamos sometidos prácticamente desde que nacemos. Es costoso, ya lo sugerí antes, reconocer dónde se ha quedado el pasado porque sólo lo vemos o asentimos que fue así sobre el papel y es imposible recordar lo que no se ha vivido. Por eso el ser humano tiene tendencia a creer que aquello que no es actual, lo que no es contemporáneo sólo existe como dogma de fe y así nos lo enseñan a creerlo a pies juntillas. Quizá por ello parece, más que necesario, imprescindible, volver al modelo de las academias de Sócrates, Platón o Aristóteles. Quizá ese modelo sea el que genere una mayor confraternización entre los que creemos de verdad en que la poesía tiene el poder de cambiarlo todo como grupo homogéneo y como fuerza heterogénea, porque librar batallas por cuenta de cada cual tiene asegurado el fracaso.

La simplicidad está en lo esencial. Ya hemos visto, en síntesis, que ética y estética han de ir unidas de la mano indefectiblemente, con ese detonante con el que es impensable no matrimoniarles: la bondad. Además, observamos la semana pasada que la poesía no debe sostenerse sobre valoraciones íntegras autobiográficas; que no quiere decirse con ello que esté prohibido que 'aparezcan' argumentos, símbolos, que convoquen una síntesis, además de volcar reflexión, y todo ello transfigurado a través del elemento primordial que radica en el individuo: la creatividad, imbricada sobre ética y estética junto a su detonante imprescindible. 

En realidad, en estos tiempos modernos, tras el conocimiento de una historia con muchísimas lecciones aprendidas, es imposible, como añadido ya todo lo vertido hasta ahora, ser mala persona, tener mala sangre, como quien dice, y además tener vocación de poeta; fíjese que no dije ser poeta, porque uno puede serlo o querer serlo pero la vocación es el matiz que define con escrúpulo el que verdaderamente lo es y el que quiere serlo. "El poeta empieza donde el hombre acaba. El destino de éste es vivir su itinerario humano; la misión de aquél es inventar lo que no existe." Y es así cómo funciona todo en realidad, el culmen de lo que debiera ser el poeta según Ortega y Gasset escribió en 'La deshumanización del arte'. O lo que es igual, recuerden los versos de Pessoa, que aunque pudiera parecer una contradicción respecto de todo lo que se está viendo en este párrafo, en modo alguno lo es. No se trata de contar la verdad, de narrarla, de describir, sino de transfigurar todo un cúmulo de sensaciones que pudieran simplificarse con la deshumanización del arte lírico. Uno ha de jugar a ser profeta, uno ha de ser un vidente de todo aquello que existe y nadie ve: El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente...". Pero todavía existen reductos irreductibles que, más que opinar, vomitan ferozmente contra todo aquello que puede ser legible con facilidad. Hay reductos retrógrados que tratan de minimizar el impacto lírico que dejan poetas que carecen del academicismo formal derivado de la universidad pero acopian credibilidad de autor macizo y asentado en las aguas de ese río. Y de lo que no se percata ese academicismo (ay, si pudiera oír lo que diría Miguel Hernández...) es que su propia idiosincrasia les impide poner de manifiesto un elemento poético importantísimo: la emoción. Por eso la creación poética de una gran parte de los defensores del academicismo como materia imprescindible carece absolutamente de emoción, de sensibilidad; más pendientes del formalismo técnico, prefieren que su perorata sea accesible para quienes puedan entenderles que para quien fue ideada desde el principio de los tiempos, y creo que esto se olvida con suma facilidad.

Aún quisiera hacer varios incisos respecto a esto último. Hay quienes piensan que el destino del arte está o debería estar únicamente para los que lo entienden, para cuatro privilegiados intelectuales (?) con capacidad de entender intrínsecamente la maraña enrevesada que probablemente sólo conoce el creador y a quien le confiesa el porqué de su creación. Es el problema de tomar 'demasiado' al pie de la letra aquello de "el poeta empieza donde el hombre acaba", como si esa expresión diera a entender que se debe ser poeta antes que ser humano y que el arte debe ser entendido sólo por los artistas. Y es que la poesía "pura" pasó ya hace unos cuantos años a un estado de estudio permanente y de referencia, que no de contemporaneidad. Atrás quedaron (por poner un ejemplo de muchos otros) los adalides del simbolismo (Juan Ramón Jiménez, Mallarmé, Valèry, Baudelaire...). Es importante segregar el arte de la existencia misma, pero en modo alguno el arte debe estar por encima de la propia vida, porque aquél se alimenta de ésta y NUNCA inversamente.

Sucede, pues, que si lo único que busca el poeta es un escenario meramente estético, puesto que se ausenta lo primordial, que es el contenido, la razón de inventar lo que no existe no va más allá de su exhibición esteticista y se diluye simplemente como un gesto bonito, pero vacío de contenido. Igualmente ocurriría de un modo contrario. Si la razón de todo es volcar el leit motiv creativo en el contenido sin apuntalarlo con esteticismo (lírica, ritmo, cadencia...) quedaría a merced de una sensación de orfandad y se ubicaría más bien en la descripción, en la prosa. Luego ética y estética han de ir cogiditas de la mano indefectiblemente. No digamos ya si no van ahondadas en esa plétora luz de humanidad que es la bondad que la acompaña, tanto hacia el propio ejercicio de escribir como hacia los demás (implícitamente queda incluido uno mismo, porque quien no se quiere a uno mismo difícilmente podrá querer a los demás). Y si se ausenta, pues, la emoción, quedaría desamparada de alas para volar.

Me va ayudar, en esta tarea de identificación y focalización de especímenes y grupúsculos endogámicos, el dramaturgo y novelista Witold Gobrowicz. Su belicoso ensayo "contra los poetas", como él mismo aclara, "surgió de la irritación, porque durante los largos años que pasé en Varsovia y luego fuera de Varsovia, me enervaban esos poetas con su poeticidad insistente y convencional;  estaba ya de esto hasta la coronilla. En primer lugar fue una reacción contra el ambiente y su desgraciado género. Pero esa rabia me obligó a ventilar todo el problema de escribir versos. Si abordé esta cuestión de la poesía fue para tomar una distancia personal frente a este terreno escabroso, del que nos llega un desagradable tufo a mistificación. Además, la revisión de la poesía en verso sólo podrá producirse en el marco de una revisión incomparablemente más amplia, que abarque nuestra actitud ante toda forma del arte y ante la forma en general en su sentido más amplio (...)". Una distancia personal que suscribo por mi parte cada palabra, cada coma y cada punto...





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Mamá, quiero ser poeta (3)

(Viene de capítulo 2)

REFLEXIÓNES SOBRE POESÍA CONTEMPORÁNEA

Ni que decir tiene, a colación de lo que es poesía y de qué ha de ocuparse, que no podríamos seguir hablando de ella si no la entendemos como lo que es: lírica. El axioma es meridiano: si no hay RITMO, no hay poesía, ese es el postulado que podría sintetizar todas las diatribas que pudieran esgrimirse al respecto. No, no estoy diciendo que sea música. La música depende de tres aspectos fundamentales: el ritmo, la melodía y la armonía. Otro concepto erróneo que se ha dado a propagar por doquier y que sin embargo ese concepto se derrumba nada más conocerlo.

A veces aparece que una concatenación de palabras escogidas al azar, cuya rimbombancia sonora truena sobre los tímpanos de todo el que la oye declamar, o explosiona en la retina de quien lee, resuena cual címbalo aporreado sin ton ni son como pompas de jabón resopladas por los labios de un crío; dan impresión falsa de 'musicalidad' por su rimbombancia florida, aunque en la mayoría de ocasiones ni siquiera comprenden sus propios autores qué demonios han escrito o qué quieren decir con ello: no hay RITMO, cadencia, en la grandilocuencia hueca de la susodicha rimbombancia. Incluso hay ocasiones en que una redondilla cuadrada a la perfección, por ejemplo, llevaba marchamo de gol, pero se quedó en fuera de juego a pesar de esa rima cadenciosa, tan sólo porque carece de ritmo el desarrollo entorpecido de los versos: musicalidad, o ritmo, no es sinónimo de 'rima' (asonante o consonante); y con eso y un bizcocho desayunamos todos los días.

Sin embargo he oído poemas de boca de sus propios autores que, amparados en un verso libre, dan la impresión de transmitir de fondo un sonido similar al del laúd, el violín, o el clarinete apoyando la sinfonía de las cuerdas, como si las notas musicales se desplazaran por la sala cual dientes de león empujados por el soplo de cada verso. Eso es poesía: musicalidad de fondo (no sólo de forma), ritmo, cadencia; pero que no quiere decir que eso sea de por sí música, eso es otra cosa. Habría que aclarar que en los inicios de lo que se dio a llamarse 'literatura cantada', su destino no estribaba en una lectura sin más, ya que era necesaria la 'representación' musical en un auditorio ante espectadores; esto, en síntesis, grosso modo, era el objeto principal de lo que representaba en la antigua Grecia una especie de literatura "interpretada" y que a posteriori se le dio a conocer como "ποιέω / ποίησις": 'hacer' o 'fabricar' una 'composición', 'creación' o 'poema': poesía(*). Sobre ello cabría todo un ensayo, como ven, y yo, la verdad, no ando por aquí para peroratas. Dejemos que los que indagan, investigan y sientan cátedra sobre el tema sigan iluminándonos, que yo iré transmitiendo en pequeñas paráfrasis. Aunque quizá vendría bien descontextualizar todo el entramado sobre el que se construye la poesía en la actualidad leyendo "Prosa reunida", de Wislawa Szymborska. Como agente anticonceptivo no está nada mal y aprenderá el lector a salir del trance poético y a reírse fuera de contexto de la subjetividad lírica.

Y ya que hemos sacado a relucir de puntillas la Grecia clásica, traigo a colación un punto de inflexión sobre el que meditar. Durante ese período heleno, la enseñanza se impartía en especies de academias. Las primeras fueron las de Platón. Eran espacios para la reflexión, la conversación, la experimentación. El debate era fundamental y para debatir era necesario argumentar. La educación que tenemos hoy deriva de la Prusia del XVIII, cuyo objetivo era obtener un pueblo obediente, dócil y preparado para la guerra. Como decía aquel ministro prusiano, Friedrich von Schrötter, "no somos un país con un ejército, sino un ejército con un país". La educación hoy día difiere poco de aquella implantación prusiana a todos los ámbitos y a nivel mundial.  Dicho en pocas palabras: se nos enseña a competir, la competencia es el inicio de cualquier conflicto, y los conflictos suelen derivar en cualquier clase de guerra. Pero, ¿qué demonios tiene que ver la educación con la poesía? ¿No acabas de decir que la poesía es ritmo, cadencia, musicalidad? ¿Acaso está hecha para generar guerras? Tal vez no tenga demasiado que ver en todo esto a vuelapluma, y sin embargo mucho más de lo que parece. A veces tenemos la creencia de que vivir en una época donde cuesta imaginar siquiera el horizonte del futuro, aún es más costoso reconocer dónde se ha quedado el pasado, porque sólo lo vemos o asentimos que fue así sobre el papel y es imposible recordar lo que no se ha vivido. Por lo que el ser humano tiene tendencia a creer que aquello que no es actual, lo que no es contemporáneo, sólo existe como dogma de fe. A partir de aquí llegan los conflictos.

En Febrero de 2017 tuve la oportunidad, el privilegio, de coordinar y presentar una conferencia que se desarrolló en dos partes y creí más que necesario, dado el impacto y la explosión de poetas y rapsodas por doquier. La ponencia llevaba como título "Tendencias y estéticas en la poesía española contemporánea" y la impartieron el poeta, ensayista, crítico literario, conferenciante... José Sarria,  quien se encargó de la "Creación  poética y recorrido histórico desde inicios del s. XX hasta hoy"; y el también poeta, escritor, ensayista, crítico literario, conferenciante... Francisco Morales Lomas., que nos habló de la "Situación actual de la poesía contemporánea. El Humanismo Solidario como propuesta estética". Podría decirse que fueron los detonantes que me impulsaron por entonces a pensar en soltar esta parrafada que ya corre por este tercer capitulo. Sarria apuntó con valentía y no menos acierto sobre el sorprendente crecimiento del "ratio de poetas (o autodenominados poetas) por metro cuadrado en la última década. La eclosión, en los últimos años, de un tsunami lírico ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente". No podría estar más de acuerdo, atendiendo simplemente a lo ya desarrollado por aquí y que ahora está uno por soltar varios platos fuertes para comprender el porqué; aunque ya dejé caer una de las razones por las cuales sucede esto: la dislocación de la contemporaneidad y los numerosos adeptos que brotan por doquier ante la ausencia de referencias grupales que aúnen criterios tanto de conducta como de dedicación.

Y recuerden aquello que soslayé en un principio (Ben Lerner "El odio a la poesía") desde pequeños se nos inculca que todos somos poetas por el simple hecho de que estamos hechos de sentimientos; ¿y qué es la poesía sino sentimientos? Bajo esa premisa, sólo necesita unas horas de consulta y otras más de práctica, y se convertirá en todo un genio de las letras. Y cuando cada soldado hace la guerra por su cuenta, al final acaba perdiéndose la batalla y el caos acaba imperando en el reino del desastre. Quizá pudiera traducirse en falta de liderazgo, aunque esto sí parece trascender debido a la existencia de corrientes independientes que funcionan en algunos casos, como mencioné en el capitulo anterior, como un régimen endogámico ('los nuestros son los mejores y el resto es basura', ha llegado a confesar, en síntesis, quien el tiempo va poniendo en el lugar de la mediocridad que le corresponde).

Quizá hiciera falta aclarar algunos conceptos sobre lo que significa la poesía, no lo que es, porque creo que ha quedado meridianamente claro al principio. De hecho, el DRAE define 'poesía' como "manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa". Y ese sentimiento estético tiene su origen de manera y forma ya sugerida. Pero no seré yo el que transmita lo que significa, lo harán algunos de los grandes maestros de ayer y hoy, cual altavoz contemporáneo. Porque parece que todo el mundo tiene conciencia del significado lírico, pero sólo en la teoría. En la práctica se observa que se deja mucho que desear.

Silvia Adela Kohan (filóloga, autora de varios libros sobre técnica de escritura, así como creadora en 1975 de los talleres de escritura Grafein y fundadora de la revista 'Escribir y Publicar', de la que es directora) comenta con un acierto propio de maestra asaetadora del bosque de Sherwood, que "el poema no es un fragmento de la vida del poeta, sino una realidad transfigurada", que traducido viene a ser algo así como 'la vida personal del poeta no le interesa a la propia poesía, así que mucho menos a nadie, porque resulta intrascendente': un dardo en el centro de la manzana. Pero quizá pudiera estar en contradicción con lo expresado por el maestro Benedetti, en una entrevista de las muchas entrevistas concedidas, esta vez para la revista cultural del diario El País, Babelia, en la que respondía a las preguntas de rigor respecto de la salida de su libro de relatos 'Vivir adrede'. "En estos libros, en los poemas, en Vivir adrede, hay como una tachadura de lo que ve...". El bueno de Benedetti confiesa a la sugerencia del entrevistador: "Es como si descubriera el dolor que ha pasado, y el que me ha pasado, y empezara a tachar, sí; hubo cosas en el pasado que dolieron mucho, y que me dolieron mucho. También aparece eso en lo que uno escribe...". He querido resaltar en negrita y cursiva la palabra 'aparece', porque no es baladí que el maestro se haya expresado así. Veamos entonces por qué no es una contradicción.

Uno puede hacer aflorar aquello que le duele, aquello que vive, aquello que siente, a través de las palabras. Pero la diferencia entre la narración y la poesía es la descripción. Lo era en la Grecia Clásica y sigue siendo así hoy. Como añadido, la diferencia está en la actitud del lector. Hacer una descripción embellecida por hermosas palabras sobre una puesta de sol, o quizá una confesión lánguida del dolor sufrido por el abandono de un amor, o el beso apasionado y sensual de una pareja pudiera parecer poesía. Quizá lo describa mejor Pepe Sarria en la continuación de aquella conferencia abisal en la que tuvieron que estar presentes desde lo más granado del panorama poético hasta los principiantes que así creen estar en posesión de su verdad poética (pero, claro, son tantas las corrientes 'únicas' y excepcionales que cohabitan cual cipreses erguidos e imponentes que esos propios árboles les impiden ver el bosque): "La vida, en su conjunto, está llena de percepciones naturales, de ciertos hechos cargados de "sustancia poética". Es lo que llamamos el HECHO POÉTICO. Cualquier persona puede percibir y percibe la carga lírica que contiene un magnífico amanecer, una espléndida sinfonía o la contemplación de “Las tres gracias” de Rubens y estos actos pueden activar el sentido de lo lírico, reproduciendo la calidad de “lo poético” en el receptor. Aunque asequible a todos los seres y, además, sustancia imprescindible, material de trabajo, EL HECHO POÉTICO NO CONSTITUYE, EN SÍ MISMO, POESÍA, a la cual se llega a través del ARTE POÉTICO. No todo “hecho poético” se transforma en poema. Será precisa la concurrencia de una mujer o de un hombre, con la capacidad de interpretar y transformar ese hecho, transfigurarlo con su trabajo...".

El sentimiento estético requiere de ciertos parámetros. El poner de manifiesto un hecho poético NO ES en sí mismo poesía. La transfiguración de la realidad, ese es uno de los báculos donde se sostiene, es un sentimiento estético. La literalidad corresponde a la prosa o la narración. Lo vivido es, a priori, necesario que aparezca en la poesía; que APAREZCA, como decía el propio Benedetti de su cosecha, no que se haga presente. Ciertamente, lo hermoso, lo bello, constituye en sí mismo un hecho poético, qué duda cabe, pero no lo es en sí mismo por el simple hecho de ser bello. En cierta manera uno tiene que aprender a fingir sobre la realidad para expresar lo bello y lo estético, conceptos altamente subjetivos: lo que para usted es bello para mí probablemente sea una banalidad sin sentido. Y es que, amigos, como escribió Pessoa la poesía es el arte del 'fingidor'. Por si alguno no leyó el poema, aquí lo dejo: "El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. / Y, en el dolor que han leído, / a leer sus lectores vienen, / no los dos que él ha tenido, / sino sólo el que no tienen. / Y así en la vida se mete, / distrayendo a la razón, /y gira, el tren de juguete / que se llama corazón". Ahí es nada... creo que se explica por sí solo.

Pero no se vayan todavía, aún hay más. Porque en apariencia he atribuido características de caos a todo lo expresado y en modo alguno: al final todo cobra sentido. He de decir, antes de nada, que en lo personal no me cae excesivamente bien el maestro Borges (apoyó las dictaduras de Videla y de Pinochet; un gran manchurrón en su presencia intelectual universal), además de ser un individuo ciertamente controvertido, que arremetió incluso contra Baudelaire o Lorca. Pero, al margen de mis encontronazos en lo personal con el maestro, lo cierto es que Borges coteja cuál es una de las diferencias sustanciales entre prosa y verso: "Ante una página en prosa, el lector espera noticias, información, razonamientos; en cambio, el que lee una página en verso sabe que tiene que emocionarse. En el texto no hay ninguna diferencia, pero en el lector sí, porque la actitud del lector es distinta".

Escribir frases bonitas
por el simple hecho de enarbolar
la bandera de lo poético,
no significa que uno nade suaevemente
sobre el estanque azul de la poesía.

Si volvemos a retrotraernos a lo que hemos dejado atrás, en apoyo a lo que hablamos sobre la transfiguración de la realidad, precisamente la fase primaria que tiene el poeta de llegar al lector es la emoción, la capacidad de emocionar. Provocar una actitud distinta al lector, no sólo porque el libro en cuestión diga que su contenido son poemas. Aquí radica una (y creo que la más grave) de las confusiones por las que la ciclogénesis bucólica en forma de estallido mediático que está teniendo la poesía es no saber diferenciar entre capacidad de emocionar con escribir paráfrasis emocionantes. Y cito por tercera y última vez al poeta José Sarria: "Las nuevas hornadas (por no decir hordas) de supuestos poetas se limitan a poner sobre un papel en blanco lo que piensan, lo que “sienten” (“es lo que me sale de dentro”, dirán algunos), con la pretensión de dar a ese texto calidad de poema. La poesía no es, no puede ser, un relato personal, un diario sentimental, ni un espejo del poeta. Las realidades del poeta, sus experiencias, deben de servir como excusas, como elementos transformadores de la realidad personal para universalizarse a través de los versos".

Es posible que la soberbia haya hecho mella en algunos de los que hasta aquí hayan leído estas reflexiones en voz alta. Suele ser habitual, nos lo contará Gombrovicz más adelante. Y es precisamente aquélla, sumado al henchido orgullo, los que hacen poner vendas en los ojos a tantos y tantos incautos. Su material 'excepcional', sus textos 'originales', sus modos únicos de plantearnos los versos..., a veces a uno le da la sensación de vivir entre absolutos genios. Todos, algunos con mayor profusión que otros, denuncian plagios y copias de aqueste poema o aquel otro verso, con una inefable caterva detrás aplaudiendo públicamente la denuncia y rogando por Dios que haga público el nombre del incauto o incauta para hacer escarnio de su persona. Pero, continuando con las reflexiones de Borges, la originalidad en los escritos, en estos tiempos contemporáneos, "es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso". Creo innecesario ahondar más porque el maestro es impecable, claro y conciso en el asunto. En la humildad de saber reconocerlo está la grandeza del autor, de los autores que así lo estiman y consideran. Todo aquel que crea en el plagio, debiera ser honesto consigo mismo e ir a denunciar los hechos al juzgado correspondiente. Airearlo desairadamente (permítame la redundancia cacofónica) lleva implícito el reconocimiento de uno mismo sobre su genialidad, sobre su absoluta e implacable creatividad, inigualable allende los mares; el reconocimiento subjetivo de ser diferente a todos los demás, digno de ser pisoteado y copiado por la escasa profusión de creatividad del resto de los mortales que lamentablemente se encuentran en inferioridad intelectual...





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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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