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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Mamá, quiero ser poeta (2)

(Viene de capítulo 1)

BREVÍSIMO APUNTE SOBRE CONTEMPORANEIDAD

Resulta ciertamente difícil hablar de lo contemporáneo y establecer unos límites de lo que es y lo que no es, aunque a simple vista parece algo obvio. El DRAE define 'contemporáneo' como "existente en el mismo tiempo que otra persona o cosa' o 'perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive". Lo cierto es que podríamos incurrir en un error si tomamos al pie de la letra esta definición y catalogar lo que es contemporáneo de lo que no lo es (en el sentido estrictamente etimológico de la palabra me refiero, claro está; y aplicado a cualquiera de las artes, especialmente a la poesía, que es lo que nos toca). Aunque si hemos de ceñirnos rígidamente a la definición de la palabreja, un altísimo porcentaje de la poesía que haya oído y leído por ahí resulta ser de otro tiempo que no es este, a pesar de que la mano que la ha escrito aún vive, come y respira por estos lares temporales del siglo XXI. Me hubiera gustado traer aquí algún que otro ensayo o tal vez alguna tesis doctoral que serían idóneos citarlos respecto a este hecho concreto. Pero se le haría tedioso de leer, créame. Así que trataré de ir al grano para no incurrir en pedanterías, que de esto andamos sobrados una eternidad empapelada de titulitis.

Una disyuntiva simple quizá dinamite un poco todo o al menos pone en diatriba el concepto del lugar en el que reside: si un poeta contemporáneo (usted, por ejemplo, que está leyendo estas líneas), escribe un soneto, ¿es o no es un poema contemporáneo? Ésta cuestión derivaría en otras muchas que volverían loco a más de uno y bien valdría algún que otro estudio en profundidad, porque el concepto en sí es más bien abstracto; y quizá hasta sea esta la razón por la cual las diversas expresiones artísticas van a la deriva hacia la abstracción. Me conformaré tan solo con resumir varios aspectos para plantear la situación a la que deseo llegar como conclusión y no dimanar esta disyuntiva hacia derroteros que en nada tiene que ver con el propósito de esta reflexión. Intentaré simplificar, pues, y limitarme a la lírica.

La poesía contemporánea debiera ocuparse principalmente del tiempo en el que se ubica: rotundamente irrefutable. Esto, aunque parezca una obviedad, parece que pocos lo comprenden y aún menos lo aplican. Pero a lo que vamos. Con aquello quiero decir que ha de vivir, ha de expresarse, con el momento en el que se encuentra y no es más importante la forma que el contenido, y viceversa. Si el poeta en cuestión escribe ese soneto y nos ceñimos exclusivamente a la forma, sin importar el grueso del contenido o la reflexión que se le presupone implícita, tal vez pueda considerarse poesía técnicamente, pero en modo alguno llegaría a la categoría de contemporánea porque lo único que consigue es recordarnos otro tiempo (recuerden el DRAE: perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive), a pesar de que la mano que lo ejecuta pertenece al tiempo que compartimos. Pero, ¿y si a ese soneto le da una importancia vital y procura reflexionar sobre el tiempo en el que se ocupa? Tal vez sí, depende de un detonante vital que veremos al final. Esto no quiere decir que el aspecto formal de un poema ha de cumplimentar siempre unos cánones harto conocidos por todos, pero sí viene como 'consecuencia de'. Hemos de ser conscientes de donde viene la tradición lírica, por donde ha transitado y en qué lugar se encuentra. La forma necesita del contenido y viceversa. Es decir, si descuidamos la forma para centrarnos en el contenido, tan solo exponemos unos hechos que necesitan el armazón que sustenta la vertiente lírica de ese esqueleto formal. Del mismo modo necesitamos la deriva de una sustancia que de peso muscular a ese esqueleto que hemos conseguido armar. No obstante, todo ello es dependiente de un detonante para poder ver un poema completo y se ubica en un lugar que no vemos a simple vista, que depende de nosotros.

Vamos a desarrollar esta pequeña síntesis de un modo más gráfico: el recorrido de un río. En sus inicios apenas es un arroyuelo que va confluyendo con otros recorriendo vericuetos y  serpenteando casi milimétricamente el lugar por donde ha de transitar. Dejando atrás la velocidad inicial en el curso alto y sus saltos agua, recorre un terreno menos virulento, agreste y salvaje y más serpenteante y paciente, donde toma grosor a través de otros afluentes que van a desembocar en su curso para darle forma. Por último, su tramo más manso, la desembocadura, donde casi al llegar a la mar la mineralización de todo su recorrido, convirtiendo el agua de dulce a salada. Un proceso de reconversión que tiene lugar gracias a los distintos tramos por donde ha de transitar hasta llegar a su estuario.

A lo largo de la historia la poesía ha discurrido por una serie de vericuetos, recorrido que ha evolucionado según su contemporaneidad. Cada época, cada poeta, cada momento histórico, influye o ha influido en su curso (y viceversa), e incluso cada generación o manifiesto que le ha precedido ha tomado como referencia un bastión que representó un modo de concebir la poesía en el momento histórico en el que se ubicaban. Ha 'mineralizado' sus aguas y se ha transformado según su curso, pero siempre ha vivido de su contemporaneidad, ha ocupado el tiempo en el que se ubica. Es decir, pongamos por caso, escribir poesía contemporánea no es remitirse al romanticismo y 'copiar' versos como lo haría Becquer o Rosalía de Castro, pero tomar una referencia de esa época y visualizarla desde la que nos ha tocado vivir, desde el respeto a la tradición lírica y confluyendo todo ese conocimiento hacia el matrimonio de la ética, la estética y el detonante que los desposa, así quizá pueda considerarse contemporáneo... siempre que se ocupe del tiempo en el que vive. Todo el resultado del curso del río viene a desarrollar un nuevo inicio: lo contemporáneo hoy viene a ser un arroyuelo para dentro de un par de generaciones. Es un recorrido cíclico, donde las aguas que van a parar a la mar se evaporan y, pasado el tiempo, acaba condensándose y precipitándose en forma de lluvia para volver al inicio del curso del río. Todo tiene su forma, su contenido... y su tiempo.

No obstante, este siglo XXI en el que estamos inmersos ya de manera abrupta y sin sentido, parece que nos está dejando una poesía ubicada en un limbo indescifrable (esto último, como casi todo lo aquí expresado, es el resultado de reflexiones que quizá poco tienen que ver con un punto de vista objetivo. Aunque remitiéndome a las palabras de aliento del gran Machado: "Nadie debe asustarse de lo que piensa: porque todo ha de ser pensado por alguien y el mayor desatino puede ser un punto de vista de lo real"). Todo parece derivar en un exceso de individualidad, donde el criterio de cada cabeza pensante, de cada 'poeta', se convierte en una corriente única; a veces incluso da la impresión de que la poesía se ha vestido con los ropajes de un número ingente de anacoretas que predican con sus creaciones que son 'corrientes únicas e indivisibles', excepcionales. Encuentro más que habitualmente ese punto se soberbia que puede resumirse en: "Que se habrán creído estos, yo siguiendo los designios de fulanos y menganos. Que me sigan a mí" (apunte personal: la soberbia nunca admitirá a nadie, se basta por sí sola para exigir lealtad). Los afluentes del río son tantos, que en su inmensa mayoría no llegan a parar a la corriente y se secan antes de alcanzar el verdadero curso del río lírico. Y ya se sabe que cuando cada cual hace la guerra por su cuenta, el terreno se torna agreste, crece salvajemente por doquier todo tipo de vegetación que acaba por ahogar todos los afluentes, dejando en la más impura de las ciénagas estancadas el cauce del río.

Después de dejar atrás en el siglo XX y primera década del XXI una serie de corrientes que consolidaron épocas memorables (generación del 27, del 50, del 60, la nueva sentimentalidad...), en la actualidad la lírica parece convivir en una especie de babelia que deja a la poesía contemporánea en el limbo del 'todo vale'. Se halla en un desamparo abrupto que cada vez tiene menos sentido y, a poco que crezca un lecho de sombra en forma de atril, allí crece un poeta cual champiñón feliz y contento de sentirse único. Y quizá sea esto precisamente lo que ha encendido la mecha de esa explosión sin precedentes de (pseudo)poesía y poetas y poetisas por cada esquina, cada pueblo, cada ágora, cada templo, cada verbena.

La contemporaneidad también necesita referentes que determinen qué época es la que vivimos y cómo se ha de afrontar. Así ha sucedido en todas esas épocas memorables de la poesía: todas han iniciado un ciclo teniendo como referencia a una gran 'estrella' de la historia y ha tenido un adalid o adalides que encabezó, o encabezaron, su generación, tiempo, forma y estructura. Está claro (al menos para este humilde escritor de pacotilla) que esta contemporaneidad que vivimos a día de hoy carece de referente alguno, al menos los indicios, tan poco halagüeños, dejan en evidencia cierta falta de rigor y un exceso de ese 'todo vale'. Falta uno o varios grandes poetas, grandes referentes, que dinamiten toda esta exacerbación lírica que crece por doquier sin control alguno. Quizá no ha nacido aún ese gran poeta que determine o, si se me permite la expresión, pastoree todo el rebaño y deje por el camino a todos los que no pertenecen a él o han de ser partícipes de otros lares; o mejor aún, que sacrifiquen sus vidas en pos de la poesía y se conviertan en amantes de verdad.

Por lo tanto, y con el ansia de aportar ese detonante para que podamos calificar 'contemporánea' la creación lírica, podríamos tomar como referencia lo que nos cuenta Félix Ovejero en su ensayo sobre cómo comprender y dónde situar el verdadero arte contemporáneo: hay que tomar como punto de partida la seriedad del creador a la hora de afrontar su trabajo, su relación con el medio y su contemporaneidad, su razón de ser. Había algo que Gombrovicz echaba en falta en la lírica. Al dirigir la mirada hacia la ciencia, el dramaturgo y novelista polaco la elogiaba con cierta envidia por el simple hecho de saber y comprender con concreción dónde tomar determinación de avanzar o innovar. En ella encontraba progreso; si había por aquí un cabo para tirar, se toma y se tira de él; si había otro que no cabía lugar a dudas y era más que imposible sacarse nada en claro, pues se deja donde está. Y eso era lo que no sucedía con la lírica, porque veía que se deslizaba hacia un abismo que no tenía fin, por defectos de forma. Y es que, aunque el espejismo de esa floración anormalmente prolija y medrada en un invierno anormalmente cálido, casi desaparecida la tradición y sus reglas, casi en barbecho las reflexiones éticas y estéticas, la lírica necesita con urgencia una brújula porque la obviedad que queda al alcance de cualquiera que tenga dos dedos de raciocinio es flagrante, la vanidad que se respira entre bambalinas parece a todas luces determinante. Incluso en ocasiones parece regirse por un régimen endogámico cuyos preceptos datan del oscurantismo, con premisas como la lealtad y la traición como determinantes fatídicos para cercenar las cabezas de tantos o cuantos.

En "El compromiso del creador. Ética de la estética" (Galaxia Gutemberg, 2014) Ovejero propone "que en vez de insistir una y otra vez en el modelo 'ciencia para el arte', en la ejemplificación con los más escandalosos y disparatados fenómenos o en la atención muy parcial a algunas reflexiones estéticas (y la no menos parcial lectura de algunos románticos), nos centremos en aquellos textos que tratan de explicar el significado de las obras en el curso de la historia y no al margen de ella", explica el autor en una entrevista a el diario El País a colación de la presentación de su trabajo en sociedad. Y aunque todo su ensayo o reflexión al respecto va dirigido específicamente al arte, bien que puede tomarse como un referente para todas las artes en su conjunto (espeialmente para la poesía, que es el arte total). Porque es el contexto histórico donde se ubica el que debiera primordialmente establecer una lectura, y, lo más importante, la seriedad del creador al sentar su 'cathedra' sobre el banquillo creativo. La ética de la estética. Por si no lo han captado aún, se habla, en definitiva, de la libertad de creación, algo que para el arte en general, y la literatura en particular, ha sido y es fundamental. Aunque la libertad creativa tampoco viene dada por hacer lo que a uno le venga a en gana, o en sacar 'lo que le sale a uno de dentro'. Es necesario trabajar, trabajar y trabajar, además de estudiar y aprender de los que antes vivieron su contemporaneidad para poder aplicar la nuestra en esta.

Ahora lo que nos queda es analizar a ojo de halcón las razones de ese desarrollo para vislumbrar cuál podría ser el lugar que ocupa la contemporaneidad, su alcance, las barreras que puede encontrar... Un Félix Ovejero que concluye en la página 424 con una frase lapidaria que resulta ser el detonante de la contemporaneidad en la que nos encontramos en nuestros días: "No podemos esperar nada bueno de quien NO SE EMPLEA CON BONDAD". Sí, amigos: no se puede hacer prédicas de amor si se practica el odio, ni es poesía venerar a la madre naturaleza si la contaminas salvajemente. Pero, sobre todo, la bondad aplicada al trabajo en liza, la manera condescendiente de vernos a nosotros mismos plasmados en el papel. El individuo, como poeta, deja de serlo en el momento en que falta a su palabra escrita y deshonra su trabajo si no es condescendiente hacia sí mismo, hacia lo que conoce y sabe, hacia lo que desconoce e ignora. Ése es el detonante: la mansedumbre, la generosidad... la bondad de ese río que va hacia la mar es su sustancia. Dicho de un modo vulgar: no se puede ser poeta y ser mala persona... para con nadie, aún menos para sí mismo.







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Mamá, quiero ser poeta (1)

A MODO DE PREÁMBULO

Hacía ya algún tiempo que me apetecía escribir 'algo' sobre poesía de un modo teórico, ético y por supuesto (auto)crítico. Aun a riesgo de que me tilden de iluminado, loco, ignorante, imbécil y calificativos de similar enjundia (especialmente vendrán dados por los acomplejados de la titulitis endémica que padece esta sociedad, titulitis que en gran medida parece servir más bien para poco, visto lo visto, la verdad). Y Tal vez es eso mismo lo que ilustrará el porqué de esta larga parrafada que he decidido segmentar en varios episodios para no cansar al personal. El caso es que aquí me hallo, dándole a la tecla mientras ordeno las ideas de esta autocrítica, como digo, sin complejo alguno.

Por lo pronto, y para ir un poco al grano, me gustaría prologar todo lo que voy a dejar escrito aquí, y que valdrá también para las próximas semanas, con un pequeño ejercicio mental que quisiera retuviera en la memoria para ilustrar parte de la conclusión de esta reflexión. Rememoremos por un momento cuando éramos niños (aún algunos seguimos rememorando de mayores), cuando soñábamos impetuosamente en lo efímero de emular a las estrellas de la música o del deporte. Pongamos por caso el fútbol: cuando jugábamos a la pelota dábamos (y damos) patadas al balón imaginando que éramos los Miguel Ángel, Iribar, Zubizarreta, Van Breukelen, Pfaff, Ablanedo o Arconada en la portería; quizá esos Camacho, Migueli, Beckenbauer, Pereira, Pichi, Puyol o Hierro; y cómo no, los preferidos por la mayoría, meter goles como Maradona, Kempes, Van Basten, Cruiff, Pelé, Muller... Sueños que podría, y de hecho puede, extrapolarse a cualquier otro deporte, a cualquier otra profesión, a cualquier otro lugar del mundo, porque pareciese que estuviere hablando exclusivamente para el sector masculino, y ni más lejos de ello: sucede y sigue sucediendo tal cual ahora más que nunca, tal como éramos. ¿Acaso nadie ha visto la emisión de un programa de Karlos Arguiñano, ha puesto en práctica alguna de sus recetas y ha tratado, al menos, de emularlas? ¿Quién no ha soñado con aprender a tocar la guitarra y subirse en el escenario a lo Bruce Springsteen? ¿O cantar como cantan las estrellas del tamaño de Madonna o Beyoncé, aunque sea bajo la lluvia de la ducha o en el escenario de un karaoke? Y las pertinentes preguntas retóricas: ¿significa eso que ya somos chef de renombre, ídolos del rock o de la canción ligera, o siquiera que ya nos hemos convertido en cocineros, cantantes o rockeros? Los niños y las niñas, los adultos y las adultas, en mayor o menor medida, sueñan, soñamos, con la emulación efímera de estar en el lugar, en el escenario de todos esos ases y asas, maestros y maestras, números y númeras uno o una en su materia que ejemplifican una forma de vida, y expresar así lo que somos frente a la sociedad. Que practiquemos no nos convierte en aquello que practicamos. El hábito no hace al monje.

Al igual que en lo cotidiano de nuestra vivencia, al igual que en cualquiera de las profesiones, hay estrellas y estrellos; los hay muy buenos, buenos y menos buenos y buenas; malos y muy malos y malas: todo depende siempre del empeño y la constancia que se le ponga al asunto, sumado a un componente importante como catalizador de todo: el talento creativo; o eso que solemos reconocer en este tipo de personas: 'tiene ángel', 'tiene algo'. "Todo emprendimiento requiere de fuerza de voluntad, paciencia, constancia, pasión y vocación, pero sobre todo requiere esfuerzo y trabajo, además de trabajo y de más trabajo, de estudio y de más estudio para poder seguir trabajando. No obstante, sin un ápice de talento creativo o con escaso acopio del mismo, nada de lo anterior sirve para nada, o tan solo para reproducir todo aquello que conoce y ha aprendido. Muy probablemente, el secreto reside en mirar en el fondo de nuestro corazón y reconocer lo que realmente somos (y si es que lo somos), es decir, necesitamos de la franqueza de saber reconocernos a nosotros mismos en la posición que estamos; porque es el único modo de conseguir aquello que se quiere o desea, no basta con querer serlo y practicar, o soñar que alguna vez llegaremos a ser tal o cual cosa. Tal que así, con humildad y honestidad hacia uno mismo, cualquiera puede ser capaz de llegar a aquello de lo que sabe que puede ser capaz. Simplemente, aceptar la realidad:  no todo se consigue con esfuerzo, trabajo, etc., etc., Es necesario, además, el catalizador: el talento

Quizá uno sepa transmitir un cierto nivel de trabajo y esfuerzo, que depende en su mayoría de todo aquello que aprende y aspire a poder encaminar su labor a alcanzar unos objetivos marcados. Pero cierto es que cada ser humano ha de reconocer sus limitaciones, qué es capaz de hacer y qué no, hasta qué niveles es capaz de llegar y a cuales resultará más que imposible. El panadero o la panadera que se empeña en mejorar sus productivas masas de pan, el albañil o la albañila que procura empeñarse en mejorar sus resultados ladrillo a ladrillo, el abogado o la abogada que continua en formación a pesar de ejercer como tal para poder perfeccionar y optimizar sus resultados en defensa de sus clientes, el futbolisto o la futbolista que entrena, corrige sus errores, perfecciona su técnica y resistencia física, además de procurarse una dieta que favorezca sus resultados en el terreno de juego, más allá de su obligado entrenamiento diario con el que cumplen los demás. Todos pueden mejorar en sus respectivos campos, pero no todo el mundo puede ser Jesús Machi (de los mejores panaderos de este país), ni María Guinot (abogada del estado), ni Messi (de los mejores futbolistas del mundo, por no decir el mejor para no herir sensibilidades). No todos podemos llegar a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado ni a Gil de Biedma (pongamos por caso). A todos ellos, y a otros muchos más, les diferencia el talento creativo del resto, entre otras cosas. Y así podríamos estar hasta mañana para ejemplificar que existen maestros y maestras en la panadería, abogados y abogadas de fama notoria que son requeridos o recomendados por todos los que le necesitaron en alguna ocasión, futbolistos y futbolistas que marcan épocas y rompen records... Poetas y poetisas que tildan y encabezan una generación o una corriente, una tendencia o simplemente cierto talento creativo que suma y aporta clarividencia y lustre a la lírica. Todos practican ese sacrificio de dedicación exclusiva, se deben a sus pasiones, viven para y por ello y su formación es continua, llena de esfuerzo y trabajo.

Espero hayan hilado bien la fina ironía al secundar en cierto modo deformado los géneros en algunas de las profesiones mencionadas en todo lo susodicho, puesto que en lo tocante a la poesía el femenino ha sido siempre un género denostado. Bien valdría seguir en la lucha por que ocupe el lugar que le corresponde. Y de camino, además, dejo caer un pequeño escudo contra la estupidez de tanto empeño por maquillar el verdadero abolengo etimológico de nuestro vocabulario, que a veces uno se 'jarta' ya de tanta estulticia y tanto género impuesto que sólo consigue separar aún más en vez de integrar.

Dicho lo cual, y retomando el hilo, con lo sugerido en el párrafo anterior no quiero decir que solo quienes son capaces de llegar a la élite son los únicos que pueden ser considerados como tales. Todos podemos y tenemos derecho a expresarnos artisticamente y con cualesquiera sean las pretensiones que fueren. Pero, en cambio, no basta con querer y soñar con serlo, ni siquiera con tener mucha voluntad o deseo, y es por eso que me hallo aquí tecleando.

Han intuido bien. En la poesía, como en cualquier otra ocupación, ocurre exactamente igual. Me viene a la memoria a estas alturas aquello de García Lorca: "la poesía no quiere adeptos, quiere amantes". No hace falta mucha explicación para aclararlo, basta releer los párrafos iniciales para comprender a qué pretendía referirse Federico. Y ya puedo percibir alguna que otra pataleta. Me encamino pues a dar los primeros pasos para aclarar algunas cosas al respecto y sobre todo las sucesivas semanas. Y no sólo en el plano de la escritura, también en el de la lectura. Bastaría con decir que el verdadero amante de la poesía no sólo se conforma con leer todo aquello que cae en sus manos, también lo estudia, reflexiona y saca conclusiones que ayuden a una mejor comprensión y a su labor creativa, si es que además decide emprender ese camino. Lo más probable es que, como consecuencia, uno se atreve a escribir unos versos para ponerse a prueba y 'emular' a esos astros de los versos. Aun así, uno siempre tiene miedo al ridículo, y el orbe de bochorno que me embarga reprime en sumo grado mis impulsos creativos, por lo que, en consecuencia, gran parte de lo que uno pone en el papel acaba en la papelera.

Esta breve reflexión a modo de (auto)crítica que se inicia en este capítulo, como digo, viene dado para marcar distancia respecto de toda una vorágine indecente y casposa del concepto lírico actual, y como (auto)crítica constructiva. Han vuelto a resucitar ciertos clichés sobre cómo ha de ser la poesía que perturban, y me atrevería a decir que hasta pervierten, el concepto de lo que debiera y de donde debiera respirar la poesía contemporánea. Basta con escribir la palabra 'poesía' en el buscador de su navegador para percatarse de este hecho anómalo. Vuelve con ello la fuerte creencia de la ligazón poesía-romanticismo. Quizá sea lo más popular, lo más fácil, lo más 'bonito', pero ni de lejos es siquiera contractual. Y veremos por qué en los próximos post. Pareciese incluso que la absoluta libertad que tiene una inmensa mayoría para escribir versos es darle a la tecla del intro, creyendo que el verso libre es de por sí una licencia para romper las ligazones o encorsetamiento de la métrica. Baste un par de simples citas de la premio Nobel polaca Wilslawa Szymborskapara derribar tanta estulticia: "Utilizas el verso libre como si su libertad fuera absoluta. Pero la poesía (a pesar de lo que pueda decirse) es, era y será un juego. Y, como todos los niños saben, los juegos tienen reglas. ¿Por qué lo olvidan los adultos?"; sí existen reglas que rigen en el verso libre, pero esas reglas no supone intercalar a capricho la tecla intro en cara oración gramatical para convertirlas en versos: "En la prosa puede haber de todo, hasta poesía. En la poesía tiene que haber sólo poesía". Que un par de frases ingeniosas, embadurnadas de ripios o palabras quejumbrosas o hasta desconocidas, a capricho de  algunos saltos de línea, sólo conseguirán una buena dosis de autoestima que acaso sobrepasará el aplauso de algunos amigos por las redes sociales que carecen sobre todo de criterio objetivo.

Un síntoma claro de inconsciencia lírica es creer perpetuamente que cualquier incauto o incauta ha plagiado unos versos que creemos únicos, cuando lo único que podemos hacer en estos tiempos que corren, después de los trillones de toneladas de escritura que se ha imprimido hasta el día de hoy, únicamente es aprovechar ese margen que tenemos para triturar lo ya conocido e intentar adornar la papilla, ya harto deglutida de manera sólida a lo largo de la historia, con nuestro timbre, nuestra voz, nuestra mano,... nuestra capacidad creativa.

Por otro lado, algunos supuestamente autoproclamados 'Cristianos Ronaldos' de la lírica, en el oscuro declive y decrepitud de su proceder poético, también en otros lo decrépito sucede en lo personal, deciden tirarse al fango de la tercera división y despotricar sobre lo mal que juegan esos desgraciados (¿se imaginan a Cristiano Ronaldo, a Messi o a Neymar hablando mal de los jugadores de categorías inferiores y comentando lo indignos que son de dar patadas a un balón?); mirando por encima del hombro y escupiendo palabras llenas de peces, creyendo que nadie les recordará los insultos proferidos, y todo sea por defender a sus protegidos como los únicos adalides y herederos de la auténtica y única poesía posible. O incluso los que deciden banalizar a cualquiera que se atreve a practicar la poesía en público, amparados en su empapelado currículum de titulitis: uno casi ha de concederles el beneplácito de la razón y el aplauso cuando contempla por cada esquina a los mismos individuos e individuas arrastrándose de lectura en lectura, sin apenas tiempo de dar margen a la creación literaria, al amparo de los mismos '(pesudo)gestores culturales'(sic) que ni siquiera reconocen diferencias entre Whitman y Mayakovsky (no digamos ya entre el gótico y el románico), y bajo el auspicio de veladas insoportablemente largas, tediosas, sin sentido y abusando de la paciencia infinita de un personal repetitivo y cáustico que, a su vez, aspira a subirse a un atril para expresar lo excelso de su lírica excepcional. Pero lo peor de todo es que algunos que se consideran adalides de la cultura acuden como corderitos a la llamada de esos (pseudo)gestores culturales para poder tener el mismo privilegio de engrandecer un poquito el ego y expresarse ante un público agradecido; a posteriori, claro está, pretenden dar lecciones al resto del personal como cetros y baluartes de la cultura: aquiescencia de la hipocresía y el envanecimiento lírico que está matando a marchas forzadas la poesía. No me olvido, claro está, de quienes lo único que ambicionan es medrar a base de acopiar falsa amistad y empatía con los pobres inocentes que han representado o representan algo serio y de peso dentro del mundillo poético, porque su empeño va en relativizar el verdadero sentido de la poética y lo transforma en falsa modestia para disculpar una no menos falsa humildad que transforma en veneno para ratas y escorias varias como síntoma de defensión hacia la poesía contemporánea. La razón, en conclusión, de esta vorágine explosiva que sigue sacudiendo los cimientos de todo rincón que se precie para acoger a cualquiera que es capaz de escribir poesía, como quien hace pompas de jabón para divertimento de toda la familia, está en lo que expone el escritor Ben Lerner "El odio a la poesía", quien expone que desde pequeños se nos inculca que todos somos poetas por el simple hecho de que estamos hechos de sentimientos; ¿y qué es la poesía sino sentimientos? Bajo esa premisa, sólo necesita unas horas de consulta y otras más de práctica, y se convertirá en todo un genio de las letras. En fin, para todos éstos, para otros muchos como éstos y especialmente para el que suscribe, van dirigidas estas reflexiones que continuarán las próximas 4 o 5 semanas.







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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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