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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

La insoportable levedad del ser

Ha sucedido por enésima vez, y no será la última. Lo cierto es que todavía quedan muchos más escándalos como el que hemos presenciado a través de los diversos medios de comunicación. De nuevo un responsable de los designios de la ciudadanía de este país cazado y (sorpresa) encarcelado provisionalmente por una sarta de delitos que más parece la lista de la compra (espero haya captado la ironía). No hay palabras para expresar la suprema indignación que produce el saqueo al que nos han sometido los casi 900 imputados (¡¡¡900 imputados, sospechosos, saqueadores!!!... que ahora se les denomina investigados para dulcificar la desfachatez y la poca vergüenza, la ilegitimidad y la deshonra). En efecto, lo que algunos continúan llamando crisis económica, yo me aventuro a continuar llamando saqueo indiscriminado por crisis de valores y falta de respeto a los votantes.

Que el altivo, orgulloso y cara dura de Ignacio González, otrora presidente de la comunidad de Madrid, acabe de ingresar en prisión por el cúmulo de delitos que han ingerido el agua de la charca donde nadaba placenteramente, y que ahora ni tan siquiera las lágrimas de la Espe serán capaces de convertir ese desierto de honradez en un vergel de dignidad. Pero esta punta del iceberg oculta muchas más miserias que también son merecedoras de denuncia. El estado español, con toda su idiosincrasia, no sólo es capaz de tolerar estas barbaridades que se perpetra en nombre de la democracia, sino que también las alientan. Ahí tienen las encuestas del CIS que continúan dando como ganador a la organización política más corrupta de Europa, contribuyendo así a que España esté en la dudosa lista de los paises más corruptos del mundo ocupando el puesto 41 de 167 censados, al nivel de Costa Rica o Geoegia y percibidos como uno de los paises más corruptos en la zona europea. Es tanta la acumulación de basura y estamos sumergidos en tanta hediondez que hasta nos hemos acostumbrado a ella e incluso aceptamos ese hedor como mal menor del precio a pagar; mientras la mayoría escape de la quema, nadie moverá un dedo por ayudar al que se ahoga en detritos.

No voy a entrar en la parte de culpa que precisamente también tiene el dichoso partido que puso en activo un código penal que aprobó de prisa y corriendo (y las consecuencias de sus lagunas ya las vemos a distancia como columnas de humo en el horizonte perdido de la honradez de tanto como arde en las alcantarillas). Tampoco hará falta lanzar la madre de todas las bombas en Afganistán para conseguir elevar la cota de popularidad de la ineptitud y el caciquismo entre la población. Aquí sólo es necesario tener voluntad de hacer mal las cosas para conseguir resultados asombrosos. Porque con tal de evitar que intenten enmendar la plana desde la oposición, preferimos que sigan robando los de siempre, porque más vale malo conocido que bueno por conocer.

Hace unos días el flamante premio Cervantes 2017, Eduardo Mendoza, hacía esta reflexión  a la que me sumo de pleno: “Vivimos tiempos confusos e inciertos. No me refiero a la política y a la economía. Ahí los tiempos siempre son inciertos, porque somos una especie atolondrada y agresiva y quizá mala, si hubiera otra especie con la que nos pudiéramos comparar”. Sí, amigos, quiero confesarles en este punto de la perorata que nosotros somos los culpables, los únicos culpables, de tanta mezquindad, de tanta maldad, de tanta corrupción. Nosotros, especialmente aquellos que son incapaces de hacer autocrítica y que se exculpan con cualquier pretexto de cualquier resposabilidad. Porque si te engañan una vez, cierto es que la culpa no es tuya. Si lo hacen por segunda vez, la culpa es compartida. Pero si te engañan una tercera, entonces la culpa te corresponde por completo.

Que este es un país esperpéntico no es nada nuevo. Si Ramón María levantase la cabeza, probablemente lloraría de la emoción, porque encontraría en esta actualidad nuestra material más que suficiente como para crear otra vida literaria para la posteridad, nos dejaría retratos de nuestro querido y abandonado país probablemente impagables. España, como tilde en esa  ‘e’ de esperpéntico, es hoy el país de 'que lo haga otro', o peor aún, el de ‘mañana lo hago’. Dejarlo todo para otro día, el país de la desgana, del relax y de la fiesta, la terracita y la cañita. Para mañana arreglaré los papeles, para mañana dejaré de fumar, mañana llamo por teléfono, mañana comienzo la dieta, mañana voy a verte, mañana limpio la cocina, mañana compro los billetes, mañana doy explicaciones... y si no que lo haga otro. Mañana, efeméride que sólo existe en nuestra imaginación colectiva de futuro inexistente.

España es ese país que acumula personajillos a los que se les da una gorrilla y se auto proclaman presidentes de la calle o el negociado en cuestión y gobiernan la conducción de cuantos incautos caen en sus redes, o bien te miran de reojo tras el mostrador como si te estuviesen perdonando la vida al concederte el privilegio de poder cursar el trámite de cualquier solicitud, sin mediar siquiera un miserable 'buenos días'.

Es ese país que acumula peregrinos cascarrabias en todos los movimientos artísticos, señalando con el dedo (mal educados) a quienes pretenden salir del cascarón con sus primeros movimientos o bien, si lo consiguen, les señalan por no estar bajo sus dominios. Esos que miran con ojo a visor por doquier y someten en su picadora de carne a los que ellos deciden que no valen, o a quienes cuestionan su corbata, sus actos o su verborrea, o a los que deciden prescindir de su honorable presencia, o a quienes intentan contradecir cualquiera de sus mandamientos bíblicos, cuál Moisés bajando del monte Sinaí enfervorizado ante su pueblo por abandonarse al becerro de oro y no someterse a sus sagrados diez mandamientos.

Es ese país donde los méritos se deciden por consenso. No importa la calidad, sino la cantidad de títulos que seas capaz de acumular, porque son los que proporcionan la vida eterna en el mundo fantástico de las apariencias y las excelencias.

Es ese país donde el teléfono ha dejado de ser teléfono y ‘hablamos’ a base de mensajes por whatsapp, por messenger o por line. Donde lo importante es la foto con los zapatos nuevos o el corte de pelo a la última para que todos puedan darle un ‘me gusta’ aunque en realidad no les guste (es la cortesía para no caer mal y evitar así que te bloqueen o te critiquen por privado con cualesquiera de tus cientos de amigos); y quien dice zapatos o corte de pelo dice una cerveza, entradas para el teatro, el anillo de compromiso o la ensaladilla rusa; o quien dice Facebook, dice Twitter, Tinder, Instsgran, Snapchat.... Todo con tal de huir del compromiso con la vida, de liberarse de responsabilidades, de escapar de la realidad social en la que vive.

Así podría estar largando durante horas y, como parece que estoy divagando, creo que lo mejor es que deje estas disertaciones a un lado y ponga la lupa sólo en lo que llevamos de año en este país idiotizado, que ya es un mundo y nos quedan varias galaxias que presenciar en este vuelo perpetuo del fénix.

España es ese país de señoras que denuncian a un concejal por la execrable decisión de permitir publicitar el carnaval con un cartel de carácter iconoclasta, e incluso se permiten el lujo de sugerir la temática a evitar para futuras ocasiones.

Es ese país que compara y pone al mismo nivel a un senador que bebe Coca-colas, pese a oponerse a su consumo, con el ex ministro más corrupto de la historia de la democracia española y al que se le sigue atribuyendo el milagro económico de principio de siglo.

Es ese país que pretende condenar a un profesor a cuatro años decárcel por ejercer como profesor y manifestarse para defender su profesión y puesto de trabajo.

Es ese país (el único país de Europa) donde se juzga y condena con penas de cárcel a los cómicos, a los humoristas e incluso a cualquier individuo de a pie por hacer chistes de mal gusto, incluso aunque el atenuante tenga mayor relación con poseer menos luces que un barco pirata que con la realidad en la que debemos vivir.

Es ese país donde la justicia condena a un ciudadano ‘ejemplar’ a dos años y medio de prisión y por tener parentesco con la familia real le permiten el pasaporte, libre circulación para viajar por donde quiera y tener residencia fuera de nuestras fronteras, concretamente Suiza.

Es ese país donde los primeros que han de dar ejemplo de solidaridad y empatía lo único que demuestran es promover leyes que permitan muros y fronteras; porque les importa un pimiento y medio rábano los desahuciados, los sin techo, los desfavorecidos, los refugiados, los ciudadanos con escasos recursos... pero a los bancos hay que cuidarlos y rescatarlos. La mayor preocupación de todos estos saqueadores de la palabra y la democracia es, aparte de desajustar lo que casi funcionaba por sí sólo, embolsarse todo lo posible y engrosar el patrimonio personal. Sálvese quien pueda, y aquí paz y en el cielo gloria.

Es ese país donde los niños no saben quién es Marcelino Sanz de Sautuola ni tienen puñetera idea de lo que hay en las cuevas de Altamira, ni qué es o qué significa Atapuerca, ni siquiera quienes son Séneca, Platón o Aristóteles. Y peor aún, en lo sucesivo los futuros gobernantes de este país terminarán sus estudios sin tener pajolera idea de quienes fueron Cervantes, Calderón de la Barca o Lope de Vega y todo el siglo de oro que les acompañan. Porque, insisto, este es un país que se ha idiotizado con tanta farándula y tanto fútbol y tanto circo en general, y lo va a estar aún más; ya conocen indicios como el de la leona de la prensa del corazón que manda a que le escriban sus memorias pseudobiográficas basadas en grandes dosis de imaginación, en cuyas dos primeras de semanas de ventas logra colocar más de 100.000 ejemplares, convirtiéndose a la postre en el libro más vendido del año. Y todavía hay que tirar de orgullo para tratar de celebrar el día del libro y pese a que es una rara avis que los que deben ser ejemplares en todo (para eso son los representantes de la ciudadanía) lean al menos 12 libros al año, cosa que, a juzgar por cómo hablan, escriben y reflexionan, me sumerge en un mar de dudas y me da sensación de ahogo constante.

Lo que sucede de verdad en este país es que estamos convencidos de que todo cuanto nos rodea nos es ajeno. Somos una especie ‘atolondrada y agresiva y quizá mala, si hubiera otra especie con la que nos pudiéramos comparar’. No miren hacia el vecino, la culpabilidad de cuanto sucede es solo suya, nuestra. Mire su propio ombligo y hallará la respuesta. Indígnese por usted, por cuanto de mal está haciendo. Haga autocrítica y pregúntese qué puede hacer para solucionarlo y seguro hallará múltiples respuestas, si de verdad es sincero consigo mismo o al menos empatice con su vecino y reconózcalo. Porque un ladrillo apenas hace bulto, pero miles de ladrillos conforman un muro con capacidad para evitar que permeen todas las veguenzas fecales con las que nos han enlodazado desde hace ya tantos años. Qué más da que se llame Ignacio González, Francisco Correa, Sonia Castedo, Francisco Camps, Luis Bárcenas, Francisco Granados o Luis Roldán, Rafael Vera, Juan Guerra o José Barrionuevo o como demonios resulte ser la lotería que le toque al próximo Carlos Fabra. El nombre es lo de menos. Mientras la justicia dependa de algún modo de esos y sus amiguetes y sus afines empresarios nunca devolverán el dinero de lo robado y aunque den con los huesos en la cárcel antes o después saldrán; suele ser siempre antes de tiempo, y por la puerta de atrás. Y nos importará una mierda. Porque la levedad del ser humano, del españolito de a pie, viene a ser tan complaciente como esa cervecita que alivie las penas y un pincho o unas gambitas que alimenten nuestras sonrisas y acompañen al bálsamo, que podamos fotografiarla y poder compartirla para recabar cuantos más ‘me gustan’ sea posible, y esto, queridos amigos, es insoportable.







© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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