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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

La sangre del tiempo perdido

Regresaba de ese lugar que hoy parece encontrarse en serio peligro. El sol caía de pleno, con el derrame de quien comparte aquello que rebosa del cuenco de las manos. En verano, vacaciones. Casi llegábamos a Julio y con él toda la saña estival en forma de terral. La biblioteca era para mí algo así como un templo y refugio adonde me dirigía habitualmente para rendir pleitesía a todos esos ancestros que eran (y siguen siéndo) algo más que dioses. En aquel espacio diáfano tenía a mi alcance, y gratis, clásicos de la literatura universal y todo el basto conocimiento sobre la vida y sus maravillas. Aquel día me entretuve leyendo alguno de esos innumerables relatos de Allan Poe con los que tanto disfruté (y sigo disfrutando). Evidentemente se me fue el santo al cielo y me dejó en el desamparo más absoluto. El tiempo en ocasiones se escurre de los dedos como el agua que fluye en un riachuelo. Y Aquel día debí haberme marchado bastante antes porque esperaba mi madre en casa para que fuera a comprar los billetes de autobús y ahora llamamos bonobús. Estaba lo suficientmenete lejos como para que cualquier otro en casa pudiese ir; era, digamos, mi responsabilidad. Si no se adquirían en horario de oficina y en los aparcamientos destinados a las cafeteras que hacían las veces de transporte urbano, no había manera de poder conseguirlos en ningún otro lugar ni tiempo.

Iba ensimismado por el camino imaginando aquel goticismo de lobreguez plasmado por esa mente atormentada de Allan, ebrio de palabras y de sueños que sólo despertaba y despejaba con su botella de bourbon a la luz del candil. El camino siempre se hace eterno cuando los minutos corren río abajo, inundados de desaliento y esperanzado en que una sola rama pueda retenerlos hasta conseguir recuperarlos. Pero aquel no fue el día y aunque lo hubiese sido el tiempo que se lleva la corriente al final va a parar a la mar. Llegué tarde y la hora de cierre de las oficinas se acomodó en la misma desembocadura del río. Vi salir justo cuando llegaba a aquella señorita Rottenmeier de corta estatura, talle generoso y sonrisa afilada, bajita y llena de volutas, a quien supliqué me facilitara un talonario y que amablemente se negó. La tormentosa admonición que recibí al regresar a casa fue de órdago. Palabras de desdichas e insinuaciones hacia lo grotesco, desvelando que no podía haber cosa más importante en el mundo que comprar esos billetes de autobús ni cosa más insignificante que mi presencia en aquella casa.

Llegó la tarde y tocaba ir a los entrenamientos (carrerita y estiramientos, además del partidillo habitual) sobre el albero de Segalerva (por aquellos años de mediados de los 80 era todo un símbolo para los que aspirábamos a jugar algún día en el C.D. Málaga). Era otro templo, para mí de esparcimiento, pero un templo al fin y al cabo. Para otros era una religión verdadera, pero para mí sólo un simple medio posible para conseguir otros objetivos, que tampoco pudieron cumplirse cuando al final me reventé las narices contra ese frontispicio bucólico y mordaz que es la realidad.

De regreso, ya casi en la alborada declinatoria del Sol en busca de su descanso, me percaté de que debía comprar sin falta esos billetes de autobús para mi padre. Significaría mi crucifixión si fallaba. Por el camino de regreso me encontré con un compañero de fatigas, en labores futbolísticas, que estaba siendo acosado por ciertos numantinos que se reían de su aspecto. Comenzaron a empujarle y a atacarle. A riesgo de sufrir las mismas consecuencias me metí por medio. Sabía que el tiempo volvía a correr río abajo, con destino a la mar, el mismo destino que sospechaba iba a tener como consecuencia de perder un sólo minuto más. Un tiempo que de un modo u otro nunca es perdido. Entre zarandeos y empujones, conseguimos zafarnos de las garras de aquellos miserables que sólo pretendían divertirse un rato a cuentas de un pequeño incauto e indefenso. Dándome las gracias casi de pasada, salió corriendo y desapareció cual alma huye del demonio. En cuanto a mi, yo debía correr aún más si cabía la posibilidad de hacerlo puesto que la hora límite de las oficinas que dispensaban los billetes de autobús estaba por vencer.

Corrí como si pudiese tomar un atajo a la corriente del río, pretendiendo pescar los minutos que volví a perder en otra alegoría más que la vida me imponía en el camino y en el mismo día. Sin percatarme de nada, en el transcurso de esa carrera, al parecer pisé el agujero de un avispero y casi llegando a casa me picaron varias avispas: en un brazo, en la pierna izquierda, en el muslo derecho, en el cogote. Subí con rapidez a casa. Me esperaban para que fuese a la carrera por los billetes, estaba en el límite del cierre y comencé a vomitar y a sentirme mal. Me subió la fiebre y sentí los primeros síntomas de lo que más adelante supe que era un shock anafiláctico (esto lo experimenté con cierta inquina años después por la picadura de un tabarro que me dejo la cara hinchada, más parecía un alienígena de expediente X que cualquier otra forma de vida humana). Al final no fui a por los billetes de bus (obvio) y me cayó la del pulpo. La visceralidad de un padre que no comprendía nada más allá que aquello que transcurría entre el autobús y su puesto de trabajo, me dejó marcadas las espaldas y me reventó la nariz con la hebilla de su cinturón. Los entremeses los obviaré para no soliviantar a las masas pero al final acabó la cosa en prohibición de pisar la biblioteca y mucho menos seguir entrenando, sin descontar el brote de sangre que no se cortaba ni a la de tres (afortunadamente no tuve que lamentar una rotura nasal, pero me reventé las narices contra ese frontispicio bucólico y mordaz que es la realidad) y las espaldas marcadas como los latigazos de un Cristo cualquiera. 

La vida no es lo difícil que pudiera presentarse o las anacronías que en ella habitan. El ingenio brota de la dificultad y nadie me prohibió pisar el bibliobús, un autobús habilitado como biblioteca ambulante que paseaba un extracto de los sueños imposibles que dormitan en el sagrado templo de las letras a la espera de ser despertados en las conciencias de los que abren sus corazones. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que supuso este invento para mi vida. Me hice socio y allí habilité mis incipientes correrías literarias sacando libros a escondidas y leyendo a la luz de una linterna en mi habitación cuando todos dormían. Lamentablemente nunca más pude volver a entrenar. Pero como solía decir mi madre, teta y sopa no caben en la boca. Más tarde volví al fútbol, pero era eso mismo, tarde, y formó parte de uno de mis hobbys y no de la proyección de una profesión. 

Pocos años más tarde de aquel infausto día, caminaba ensimismado en mi soledad y meditando sobre esa doble vida que debía acabar ya cuando unos individuos que ocupaban los asientos de un destartalado Renault 5 copa turbo hicieron detener el vehículo y bajaron del mismo como creyendo haber encontrado en mi persona al bastardo que había abusado de la inocencia de un jovenzuelo que también iba en aquel coche. Coincidía con la descripción que al parecer había facilitado. Me increpaban como si hubiera sido yo el culpable de algo que parecía haber hecho alguien se me parecía, y esperaba ya una paliza gratuita entre cuatro veinteañeros. Me preparaba para lo peor cuando vi salir de la puerta trasera al pequeño mindundi que años atrás salvé de unos envalentonados mocetones que solo querían algo más que unas risas, tal vez un par de bofetones y algunas refriegas por el suelo. Les convenció de que no era yo el que buscaban para apalizarle, Milagrosamente salí indemne de aquella tunda de palos que me esperaba. A veces el río se bifurca y la corriente hace coincidir en el trayecto para bien o para mal con otras corrientes que creíste perdidas para siempre...

Fue un gran aprendizaje para años posteriores. Algunas de las cosas que aprendí fue a llevar con discreción mi intimidad, creatividad y vida privada para preservarla de todo mal. Aunque este es otro capítulo que algún día verá la luz… uno ha vivido pequeñas muertes que te hacen recapacitar, reflexionar y tomar rumbos de nuevas esperanzas y perspectivas. Esas pequeñas muertes que hacen despertar la conciencia y ponen a dormitar ese matiz de inocencia que ya nunca más volverá. A veces no van a buen puerto, a veces cambian los vientos y te ves obligado a virar hacia otros destinos para no perder comba en la trayectoria real. Pero nunca ha de perderse la perspectiva, aunque se ha de tener claro que a lo largo de la vida siempre se ha de sacrificar algo para poder llegar a cualquier meta. Nunca cabe todo en el mismo coche. Cuando uno viaja en un Renault 5 copa turbo y ve que el tiempo nunca se bifurca en diferentes vías sobre el mismo plano, al final ha de elegir un camino y ese es en el que ha de viajar, aunque tome otras salidas para incorporarse a otras vías, incluso aunque incurra en el error. Sólo cabe ocupar un camino. En otro momento tal vez exista una salida, otra corriente, otra carretera que te lleve a parar al camino que debiste seguir. La sangre del tiempo perdido es la sustancia de la que uno aprende a sobrevivir con el dolor y, sobre todo, a aprender de él. Y el tiempo que se escapa de las manos y se lo lleva el riachuelo, por mucho que uno se apresure a recuperarlo, por mucho que acelere, al final una apasionada lectura, los aguijones de unas avispas o la solidaridad hacia el prójimo te hacen tropezar con la vida, y caes en la cuenta de que todo momento es el momento.








© Daniel Moscugat, 2017.
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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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