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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Un problema educacional

Que España es un país marcado por el carácter picaresco y que bien retrata 'El Lazarillo de Tormes' creo que a nadie le cabe la menor duda. Esta idiosincrasia ha servido casi de excusa (y por algunas declaraciones políticas ha servido también de refugio) para que una manada de sinvergüenzas, chorizos y mangantes varios hayan dilapidado el bienestar de este país y lo hayan sumido en una crisis económica mucho más profunda de lo que debiera haber padecido; y peor aún ha sido la crisis moral y de valores que ha sobrepasado a toda una sociedad, a todo un país. Esto es, en síntesis, un problema educacional. Un problema que nace en el fondo de cada hogar, en el modo de afrontar la vida desde la perspectiva de cada individuo.

El vórtice cíclico en el que trasegamos por la vida me ha otorgado el beneplácito de observar con detenimiento el comportamiento humano y sus consecuencias, viendo cómo se repite incesantemente como un bucle hasta que se quiebra para dar paso a otro regenerado o nuevo, distinto, porque ya logramos aprender del anterior. Un par de ejemplos espaciados en el tiempo, pero que sostienen en el pedestal de la realidad este prólogo, dan buena cuenta de la vileza y crueldad del carácter, picaresco, chabacano, rastrero, propio de catervas con reducida materia gris, que ha caracterizado la desventura de la sociedad que ha manejado los hilos de este país.

Nunca me canso de apostillar que, cuando se tuercen las cosas y la conversación toma derivas de alta enjundia, las respuestas siempre las hallaremos en los pequeños detalles...

Hace ya unos meses esperaba con la paciencia de un santo mi turno. Una cola que aumentaba a medida que transcurrían los minutos. Sólo quedaba por delante la señora que atendían en la ventanilla uno (la única que suele estar activa y que hace inútil el resto de ventanillas con las que podrían haber ahorrado espacio, cristal blindado, mobiliario...). Ante mí, una señora mayor, bastón en ristre, pelo enmarañado de ceniza, calzando zapatillas de andar por casa, y algún lamparón que otro en el blusón ajado que sopesaba el devenir de una falda de colores indescifrables del que resaltaban flores elefantiásticas. Por sus gestos y el modo de desenvolverse se adueñaba de ella un desconocimiento del alfabeto y cierta torpeza en explicarse. La operadora soplaba y resoplaba, impaciente, cual infante tratando de apagar las llamas de las velas de un eterno cumpleaños. Cada poco miraba por encima de las gafas al resto del público, intentando encontrar algún gesto de complicidad para sentirse amparada y comprendida. Por momentos perdía la paciencia. Un gesto con el cuerpo de la adorable señora mayor, acomodando el cuerpo para sustentarse sobre el mostrador, me permitió ver en su totalidad el resto de la operación.

Aquella señora mantenía en gran medida cierto lustre de encanto del que, a buen seguro, hizo gala en su juventud. Era rica en humildad y se disculpaba constantemente sabedora de que su desconocimiento e insistencia hacía perder el precioso tiempo de la agente, quien, aún así, no cejaba en sus continuos desmanes y verborrea técnica que siquiera yo entendía. En última instancia, aquella señora mayor facilitaba a la señorita Rottenmeier la cantidad a ingresar. Y, tras contar y recontar manualmente el dinero, hizo un gesto que me pareció un tanto extraño, dada la costumbre del siglo XXI de ingresar sin recuento posible en el buzón que devuelve el cambio probable por su rendija hermana. No cabe error posible y se elimina así el factor humano de error probable. El gesto: guardar en una esquina bajo el mostrador el dinero otorgado por la señora, fuera del alcance de miradas indiscretas y en las antípodas de los cajones donde habitualmente guardan otros muchos fajos. Nadie pareció percatarse del detalle y en modo alguno nadie podría desconfiar de la 'honradez' de una operadora de caja de una entidad bancaria que presume de no cobrar comisiones a sus clientes y de facilitarles la vida. El reintegro se hizo efectivo, quedó reflejado en la libreta de ahorros y santas pascuas. La señora se despidió con toda la educación del mundo, agradecida por todo cuanto se hizo por ella. Allá que salió por la puerta con dificultad al caminar y apoyándose en su bastón.

Mi turno. Hice el ingreso como mandan los cánones, sin ningún problema... y como venía siendo habitual mi dinero fue a parar al buzón, al monstruo que deglute el efectivo, capaz de dar devoluciones en papel con la exactitud de un escalpelo. Me pareció extraño y al mismo tiempo algo usual debido a que pudiera ser que la distinción de tratamiento se debiera a distintos tipos de operaciones. Así que salí a la calle tal y como salí el otro día, salvo por una diferencia. Actos semejantes son de una crueldad repugnante y dan buena cuenta de todos aquellos actos vandálicos de los que jugaban con el poder como si fuesen intocables, seres divinos e inalcanzables, con derecho a hacer y deshacer a su antojo sobre las vidas del resto de seres humanos, sin importarles el cómo afectarían tal o cual decisión (en realidad debería decir vilipendio o vandalismo moral) a sus vidas.

Tras un tejemaneje de tiras y aflojas en torno a unos ingresos y reintegros, además de unas comisiones (¿?) que resultaban incomprensibles, la misma operadora Rottenmeier guarda el dinero de un caballero anciano, bastón en ristre, boina negra e impecable vestimenta de traje azul. Con la atropellada lentitud de la que irremediablemente la vida y los avatares confieren a estos desvalidos y solitarios seres que los años les atenazan hasta las articulaciones de las neuronas El pobre hombre se da por vencido y da el resultado por bueno. Ya pude intuir el porqué de la triquiñuela. La verdad, poco podía hacer yo ante la tesitura de una sospecha más que razonable, puesto que no podía acusar de nada ni podía prestarme para llamar la atención, en un momento en el que no había nadie, en apariencia, por la sucursal. 

Cuando salí de allí, en el primer caso, me encontré, en las inmediaciones de Atarazanas, a aquella señora mayor de pelo enmarañado de ceniza, calzando zapatillas de andar por casa, y algún lamparón que otro en el blusón ajado que sopesaba el devenir de una falda de colores indescifrables del que resaltaban flores elefantiásticas. Visiblemente sofocada hasta el borde del desmayo, sentada en una silla. Se le había "perdido" 50 euracos del monedero, un dinero que solo había sacado para ingresar en el banco y del que ahora ya no disponía para comprar en el mercado. No hacía más que repetir que suponía el 50% de sus únicas esperanzas para sobrellevar el mes. Evidentemente lo comprendí todo. Cuando salí por la puerta de la sucursal aquella segunda vez salí con toda la celeridad que pude con el fin de encontrar al señor que tuvo problemas con la Rottenmeier. Se hallaba al final de la calle Atarazanas, hablando animadamente con un conocido o familiar . Ni corto ni perezoso, cometiendo un acto de heroicidad por mi parte debido a la sempiterna timidez que llevo en la mochila de mi carácter allá por donde voy, les abordé y expliqué un poco el asunto grosso modo. Con sorpresa abrió los ojos, le cayeron unos goterones de sudor por la frente y comenzó a tomar un preocupante color rojo que tiñó su tez. Le insté a su yerno, con quien hablaba, que fuesen en busca del director o de algún responsable y le narraran lo sucedido. Deshaciéndose en miles de agradecimientos, se fueron diligentes hacia la sucursal, con el objetivo de recuperar esos 40 euracos que habían desaparecido de su cartera... del mismo modo que desaparecieron 50 a la señora del pelo enmarañado de ceniza.

Y es que la muy espabilada señorita Rottenmeier aprovechaba la ignorancia o la reducida comprensión de algunos clientes "especiales" (pude saber al poco tiempo) para sacarse un sobresueldo, procurándose una treta concisa y dejando reposar el dinero con el "extra" a buen recaudo hasta que ningún ojo indiscreto pudiera controlarla y apropiarse entonces del líquido sobrante. Si esto sucede a niveles domésticos, el lector puede imaginar el porqué esa manada de chorizos de camisa blanca, mangantes de corbatas clonadas y sinvergüenzas de pacotilla, imitadores todos de magnates multimillonarios con aspiraciones a capitular en sus vidas las de aquéllos, se han permitido sisar del erario público todo cuanto han querido, sin escrúpulos, ajenos a lo que ocurrirá con los más desfavorecidos, con los indefensos, con los que necesitan de la protección del estado para poder sobrevivir. Si estos ejemplos cotidianos, y del que he sido testigo en numerosas ocasiones, y sobre multitud de comercios se suceden las puñaladas (no solo en entidades bancarias, también a niveles más escabrosos), pueden imaginar qué han podido y pueden manejar esos maleantes de guante blanco. Lo peor de todo es que los mecanismos del estado les favorecen de un modo u otro, librándose de la gran cornada y capeando como pueden las circunstancias, expertos todos en la lidia. Y dicho lo cual, el gran problema que sostiene esta actitud en todos los aspectos de la vida es la educación, el respeto por las vidas ajenas, los valores que determinan el devenir de cada ser humano, aquello que se aprende en cada casa. El lazarillo de Tormes sigue más vigente que nunca y la picaresca, la pillería, eso que fecunda el carácter de los de aquí desde el principio de los tiempos es un lastre que azota a las vidas de quienes anteponen sus intereses al interés general, al respeto a los demás, al derecho a vivir dignamente. Pero, ¿saben lo peor de todo? Que, lejos de ser despedida, la señorita Rottenmeier ocupa otra ventanilla en otra sucursal de la capital, donde coincidí casualmente hace muy pocos días. Al igual que ella, el premio por vilipendiar y dilapidar las arcas del estado nunca es la cárcel; y cuando pese a las dificulatades llega a serlo, la magia del tribunal en el palco les libra de la cornada a través de un tercer grado. Y así, la pescadilla se muerde la cola y los que vienen en generaciones futuras aspiran a chorizos de camisa blanca, a mangantes de corbatas clonadas o sinvergüenzas de pacotilla, imitadores de magnates multimillonarios con aspiraciones a capitular en sus vidas las de aquéllos. 'Si roban los demás, ¿por qué no puedo hacerlo yo también?...'







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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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