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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Las sombras de la caverna



El grabado del manierista Jan Pieterszoon Saenredam, que puede ver justo sobre estas primeras palabras, muestra gráficamente la disertación que escribió Platón en el libro VII de La Republica, eso que algunos llaman equívocamente ‘el mito de la caverna’ pero que en realidad es una alegoría. La intención de apuntar en dirección a este derroche filosófico es, ni más ni menos, proyectar la atención hacia la realidad que existe tras el muro que separa las sombras de la publicidad de la realidad con la que se ha de afrontar la vida. Las creemos o adoptamos como verdad, y más allá de lo visible la realidad adquiere en ocasiones tintes de múltiples colores. Mi atención va derivada hacia esas sombras de la china que hemos aceptado sin más y asumimos como parte de nuestra idiosincrasia. Pero no significa que seamos capaces de “asesinar” a quien quiere mostrarnos la verdad. Aunque suele suceder que hablar de estos hechos siempre conlleva que alguien intimide al portador de la antorcha de manera despectiva con comentarios harto consabidos: “ya está aquí el anticapitalista”, “otro más que no está conforme con nada”, “vaya, el amargado que quiere sacarle punta al lápiz”... El listado es sorprendentemente extenso.

Esos prestidigitadores que hacen de la realidad algo mágico, en los últimos tiempos han logrado convertir un mero escaparate comercial en una necesidad emocional y apelan a nuestra sensibilidad para acercarnos un producto que se antoja imprescindible, con el objetivo de continuar prolongando el beneplácito de las emociones de manera constante, creando necesidad sobre lo más íntimo, y que sin esos productos sería harto improbable sentirnos así. No es de extrañar que la literatura más desgarradora y crítica con la sociedad que hemos permitido construir haya reflejado esto en muchas de sus formas: "Desempeñas trabajos que odias para comprar cosas que no necesitas." (El Club de la Lucha - Chuck Palahniuk, 1996); "Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño. Apuesta a la irracionalidad de los consumidores, y no a sus decisiones bien informadas tomadas en frío; apuesta a despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón." (Vida de consumo - Zygmunt Bauman, 2007); "Investimos los objetos intelectual y emocionalmente, les damos significados y cualidades sentimentales, los ponemos en baúles de deseo o los envolvemos en cubiertas repelentes, los situamos en sistemas de relaciones, los insertamos en historias que contamos sobre nosotros mismos o los demás." (La vida de las cosas - Remo Bodei, 2013)...

No obstante, a mí lo que me parece peligroso es hacia dónde apuntan, cada día con más insistencia e intensidad. Ya no se trata del mero hecho de consumir, sino del valor de educar y de cómo aceptamos ciertas premisas que de manera explícita rechazaríamos de plano. Si bien no es algo nuevo, y la constante sigue siendo en gran medida la auto complacencia, el egocentrismo, ahora la publicidad se vuelve cada vez más agresiva emocionalmente y el objetivo se centra en los más pequeños de la casa: seres que de un modo u otro gobiernan implícitamente el ritmo de vida emocional de cualquier hogar. He aquí el peligro.

Si uno se detiene y presta atención con espíritu crítico, parece que la sociedad anda tan sumergida en un mar de consumo indiscriminado que hasta permitimos que manipulen nuestras emociones, a tenor de la predisposición que los consumidores potenciales tienen al consentir ciertos mensajes denigrantes, inapropiados, machistas, irreverentes o maleducados. Discursos que se ven a posteriori reflejados en el comportamiento social colectivo. El problema no es ya que la publicidad manipula la realidad para convencerte de una verdad idealizada que poco tiene que ver con la verdad cotidiana. Porque el juego de sombras que se agita y nos emociona como una única realidad está construida de mecanismos a prueba de bombas. De ahí que si alguien pretende arrojar luz e iluminar las sombras, ése corre el riesgo de ser finiquitado emocionalmente de la faz de la cueva (aun así correré el riesgo). El problema es, en realidad, la manipulación de la luz con el objetivo de proyectar sombras que alteren la percepción de valores éticos y morales.

Verán, suelo prestar atención a los spots publicitarios que emiten por televisión las pocas veces que tengo oportunidad. No he dirigido los esfuerzos en radiografiar la veracidad de los beneficios de los productos, sino en captar los mensajes implícitos en los que se basan ciertas campañas para convencernos emocionalmente de la garantía de felicidad que ofrecen. En efecto, no es por lo que ofrecen, sino por cómo lo ofrecen y en qué elementos sociales, educacionales y emocionales se apoyan. He de añadir, no es novedad, que estos mensajes llevan martilleándonos de manera constante desde tiempo inmemorial, desde que tengo uso de razón y aún más allá. El efecto de estos mensajes va lloviznando sibilinamente como un sirimiri y va calándonos hasta que terminamos empapados. Cuando sucede esto, la reacción para ponernos a buen recaudo es ya demasiado tarde y los valores éticos, morales y sociales se corrompen: la pulmonía ya está servida y el remedio llega tarde.

Encontré, por ejemplo, que una famosa marca de automóviles sugiere la duda sobre si el protagonista merece o no el vehículo, lo encarna un prometedor y aventajado muchachote, bien parecido y seguro de sí mismo. Frente a las diversas situaciones de estrés en la vida diaria, la situación que termina por convencer al portador del vehículo, que duda de merecerlo o no, es tener que soportar la estúpida candidez de su pareja, chica que gimotea frente a lo que se supone una escena romántica de final feliz de lo que parece una película orientada a las féminas en una sala de proyecciones lleno de espectadoras. Él parece haberse visto forzado a acompañarla. Él, tan machote y tan abnegado y ella tan frágil y tan ñoña. Una secuencia de propaganda más que dudosa de explícito tufillo machista, aparte de la conveniente y habitual carga de egocentrismo que contienen la mayoría de spots publicitarios. “¿Me lo merezco? ¡¡Siii!!”. Lo peligroso del asunto no es que todos merezcamos o no un automóvil como ese, eso supone entrar en otro plano de reflexión. Lo comprometido es el modo en que se presenta. Cumple con los clichés de chico listo, que se hastía de lo cotidiano y entre esa cotidianidad está la de soportar la ñoñería o cursilería de su chica, quien asimismo cumple con esos clichés femeninos de chica sumisa y endeble, necesitada de la comprensión y el proteccionismo de su compañero ante una película para chicas (¿?). Y ahí está él, resignado a tener que soportar esas burbujas rosáceas de la fémina y necesitado de su auto cómo vía de escape a todas esas situaciones de estrés, película para chicas incluida.

Por otro lado tenemos una gran franquicia de clínicas dentales, cuyos parámetros para coligar su crédito de confianza y el compromiso con el cliente de que cumplen con sus promesas son lamentables. Para ello se vale de la imagen de una madre y su preciosa hija, quien al pasar frente al escaparate de una tienda de juguetes se queda prendada de un huskey de peluche. La madre, para su cumpleaños, le regala uno de verdad, un huskey presentado en una caja de regalo con lacito y todo. Esta escena enternecedora, edulcorada con una banda sonora emotiva, cala fácilmente debido a su carga emocional, cosa que en cierta manera nubla la otra parte del cerebro, la racional. Porque la campaña lanza implícitamente un mensaje erróneo. Un perrito de peluche es comparable a la vida de un animalito, que necesita de unos cuidados, una constante responsabilidad. Un perrito no es un juguete que apenas llega el hartazgo de la cotidianidad puede dejarlo abandonado al fondo del cajón de trastos. Se aprecia una falta de responsabilidad de la señora madre, que además de incentivar la compra de animales como un juguete cualquiera, la marca debiera saber que el efecto que pretende conseguir es el contrario, el de desconfianza. Afortunadamente ya existen campañas que solicitan la retirada de este anuncio a través de change.org.

Por último, llevo tiempo observando con preocupación campañas orientadas a los más pequeños de la casa con mensajes repugnantes, que inculcan comportamientos más que reprobables, tildados incluso con los gestos más que dudosos de ídolos del deporte, quienes (aprovecho para hacer un guiño desde aquí) debieran pensar muy mucho qué hacen y qué transmiten con su imagen pública, porque suelen ser espejo de millares de niños que suspiran a ser como ellos, no sólo en lo deportivo. Resulta que un muñecajo, irreverente, dicharachero y bravucón, se encuentra que carece de calzoncillos que cubra sus vergüenzas y, cuando se da cuenta, decide “sacar a pasear la aldaba" (lo dice literalmente), que pendulea con total desvergüenza y cuyos atributos se aprecian pixelados de manera “graciosa”, para que no se aprecie nada que sea indecoroso para el pequeño. Acto seguido “comienza la fiesta” y se tira de cabeza hacia el cuenco lleno de leche, y entre la emulación del gesto de celebración que suele hacer ese astro del balón con tres neuronas y media tras cada gol y el descaro justificado de salpicar y esputar barbaridades irreverentes y maleducadas, carcajadas grotescas y demás síntomas de “verdadera locura”, uno acaba por llevarse las manos a la cabeza, porque no comprende cómo puede seguir en antena spots publicitarios como esos. Un spot que incita, a través de la gracieta de un muñecajo que se desenvuelve con desparpajo, a la irreverencia, a lo grotesco, a lo bizarro, como si ese comportamiento estuviese justificado tan solo porque resulta jocoso para los demás, sobre todo para el niño. ¿Cómo luchan unos padres contra la voluntad de un crío que decida “que toca sacar la aldaba a pasear”, y lo adorne con ese “siiuuuu” repetitivo y estúpido del ídolo del deporte, cuando lo está viendo por televisión junto a sus padres, que se sonríen por lo gracioso que es? Porque lo peor es que a los papás le resultan graciosos los gestos y lo peligroso no es que los niños los copien, sino la irreverente bravuconería, la falta de respeto y educación, la desvergüenza como método aleccionador para justificar cualquier acto.

Esas sombras que presenciamos en nuestras casas, en nuestras cuevas, que se transfiguran en los ejemplos susodichos, acaban siendo el reflejo de la realidad que creemos que son verdad. Sin embargo, la realidad es muy distinta y cada uno debiera ser consciente del riesgo que conlleva la permisividad sobre aspectos fundamentales que denigran los valores por los que han luchado tantas heroínas, tantos sufridores abnegados, tanta sangre derramada. Solo es cuestión de abrir los ojos y salir de la cueva. De arriesgarse y ver la luz del día a pesar de que los otros “reos” pretendan incluso con amenazarte o acusarte de que sufres locura, que estás viendo espejismos donde solo hay sombras, porque esas sombras son la verdad.

La sociedad ha aceptado esas lecciones morales como algo justificado, como algo perteneciente a una realidad construida a base de sombras. Forma parte de una educación errónea que está dibujada con siluetas amorfas, deformes, planas, sin profundidad, oasis de un solo tono y sin color. Hasta tal punto es así que cualquiera que pretende inmiscuirse para aleccionar o derribar esos ideales ficticios acaba reciclado. Un riesgo inofensivo, sutil, que pasa desapercibido, pero cuya prevención siempre llega demasiado tarde. Porque mientras los mensajes implícitos estén alentando el machismo, la infravaloración del mundo animal o la carencia de respeto y educación desde la infancia, seguirá existiendo la economía del engaño y la irracionalidad del consumidor y su apuesta por la ignorancia, con todo lo que eso conlleva para el bolsillo de cada día, del tesoro en valores éticos y morales que dilapidamos por cada campaña publicitaria que falsea la realidad. Y sobre todo lo que se dilapida es la libertad de poder ver las cosas fuera de la cueva, la realidad, la reflexión, el color, las formas reales que sostienen la vida real. Y al final acabamos pagándolo todos, de un modo u otro. No pretendo sentar cátedra con esta parrafada, sólo sueño con la utopía de que abran los ojos los esclavos que adoran las sombras que anulan la verdadera libertad de razonar, de reflexionar, de saber elegir. Sea responsable, más lectura de Platón evita sombras y lamentos a corto y medio plazo. Es el único modo de salir de la cueva y defender la libertad.






© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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