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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Doña Terracita

Terracita de la cafetería. Media mañana. Un calor de no te menees que te quemas. Del cielo caía algo así como una canícula luminiscente que abrasaba a todo hijo de vecino que se asomara a la calle. Era uno de esos días que me podía permitir el “lujo” de costearme una cervecita bien fría. En ocasiones, sentirse agasajado por los tentáculos mágicos del placentero sosiego trae a la mesa el picoteo del placer de vivir que acompaña a la bebida de los dioses. Aquello siempre llevaba el insistente efecto secundario de mi abstinencia, que arañaba en lo más profundo y excitaba el deseo infame de fumarme un cigarrillo. Es lo único que falta aquí para que este momento sea perfecto, me susurraba ese jirón desprendido en mi conciencia. 

Apareció ella, casi parecía deslizarse desde calle Cárcer hasta sentarse tres mesas más allá, a mi derecha; la cadencia rítmica de sus pies se detuvo como colofón a una conclusa y exitosa sinfonía. Era una chica de aspecto caucásico, de acentuado aire nórdico y melena de pelo corto que irradiaba luz, entre blondo y nieve. Caminaba de manera especial, erguida y segura de sí misma. Me llamaron poderosamente la atención aquellos ojos celestes, como dos perlas descollando de su lechosa piel. Pidió una caña y algo de tapeo al camarero, que casi se da de bruces por asomarse a hurtadillas al abismo de su generoso escote. Acto seguido se encendió un cigarrillo. Cada vez que se lo acercaba a esos pétalos rizados que suplantaban sus labios, notaba en mis carnes cómo el aroma que aspiraba de la brasa que coronaba ese cigarrillo penetraba en mis pulmones y me estremecía. Apenas llevaba unos meses sin fumar y me abrasaba el síndrome de abstinencia. Sentí el suave toque de sus dedos estirados como si los estuviese pasando por el cogote. Dando ya sus últimas caladas se percató que la miraba mientras fumaba su cigarrillo, me devolvió la mirada como contrariada, casi rozando el rubor. Volví a mi ansiada cerveza, esa quemazón que me consumía dentro se aplacó, y la vida entonces careció de sentido entre los cendales de humo que liberó la chica de ojos perla.

Sentado en la terraza de esa cafetería sospechaba ya lo que significan lugares como ese. Me llaman por teléfono y solo tuve que pronunciar el nombre del bar para que el interlocutor pudiera localizarme en el acto. Es un punto de encuentro. Es el punto de encuentro. Siempre me ha gustado asomarme a la vida como aquel día, disfrutar de sus sinfonías en ese maravilloso teatro de los sueños, porque los sueños, sueños son: humo de un cigarrillo.

De aquel momento pasaron diez años y esa cafetería sigue siendo lo que es y poco ha cambiado, según cuentan los más asiduos del lugar, desde hace cuarenta años. Al margen de generar puestos de trabajo y actividad económica lucrativa, esa cafetería, molde de tantas otras derramadas por la geografía nacional, ofrece un gran servicio a la comunidad, una labor social impagable. En un mundo encaminado a la deshumanización, donde todo se ejecuta a través del 'smartphone', con sus 'whatsapps', sus 'Facebooks', sus 'twitters', 'snapchats' y demás parafernalias que más que unirnos nos separan, esas cafeterías están para la libertad, para conciliar la vida. Porque su propósito involuntario es que esa brasa profunda capaz de consumirnos en un instante sea como la colilla que machaca, que aplasta en el cenicero de Doña Terracita, todos los sinsabores que nos abrasan.

Especialmente en los últimos tiempos, suelo acudir con mayor frecuencia a esa cafetería tan conocida del casco histórico de Málaga. Observando su aspecto, su mobiliario, lo destartalado de sus instalaciones, así en frío, la verdad es que no es la cafetería más acogedora de la galaxia, por decirlo de algún modo. Uno sabe que se acerca cuando atisba una terraza abotagada de un mar de mesas y sillas desiguales bajo la protección de parasoles gigantes, como si de un enjambre de veleros se tratase. No es un lugar predominante por las tapas, ni por la cocina (que no tiene), ni alberga nada especial que la diferencie gastronómicamente del resto de cafeterías. Café, pan, bollería industrial, zumos, churros, chocolate, algún campero que otro y poco más.

El espacio útil del interior del local se reduce a unos pocos metros cuadrados, cuatro o cinco mesas donde apenas cuatro tazas de café y un servilletero se reparten el espacio con angostura; una máquina de tabaco, un televisor led de de 14'' sobre el soporte destartalado que antaño sostenía un armatoste de rayos catódicos, una barra donde apenas una persona puede moverse con alegría y en ocasiones trabajan hasta cuatro, con una estantería de bebidas que recuerdan los cafés de las películas de Paco Martínez Soria, y (lo más insólito) una ristra de obras pictóricas de artistas locales colgadas de los pocos centímetros cuadrados de pared desnuda. Engalanan y dan lustre añejo al local. Cuando el penitente cruza el dintel, parece penetrar por una especie de puerta interdimensional del tiempo que le teletransporta a los años 60, especialmente cuando ha de entrar en el aseo.

Sin embargo, el verdadero valor de esa cafetería son sus clientes. Esa terracita ofrece una labor social impagable para el consistorio, que debería subvencionar lugares de encuentro de semejante utilidad. Entre su clientela se encuentran fieles peregrinos que llevan tomando café por las mañanas desde hace más de cuatro décadas, poco importa que el café no sea el mejor ni el pan el más fresco. Cada cual conoce al vecino, se saludan, se abrazan, también los hay que tienen recelo de los de aquella otra mesa, pero en el fondo se necesitan para continuar la conversación que iniciaron ni se sabe cuándo. Casi todas mujeres, casi todas enviudadas demasiado pronto y solas para casi todo. No hay gripe que las separe de sus amigas de toda la vida, de sus hermanas, de sus confidentes. Saben todo lo que hay que saber sobre todo lo que concierne a la cafetería, sus alrededores, sus gentes, sobre todo lo que concierne a sus vidas. Cuentan siempre con la complicidad de los camareros, cuyo trato personalizado casi más parece el de un pariente cercano que el de un trabajador; unos camareros que han de lidiar con 'la leche un poco más caliente', o 'un poco más fría', con el 'tráeme un vasito de agua para la pastilla', con el 'niño, no me tuestes mucho el pan pero que esté calentito', o con el 'niño, tráeme dos churros más que viene mi yerno y mi nieto'... Santos varones de paciencia infinitesimal, cuya memoria recuerda sus nombres, los de sus familiares, los de sus amistades y todo cuanto pida el cliente de una atacada.

Esas personas, contra viento y marea, ni siquiera han de citarse a diario para saber que se encontrarán cada mañana en torno a un café y un 'pitufo con aceite' (un bollo pequeño de pan con aceite de oliva para los no boquerones), unos churros o alguna delicatesen del tipo 'catalana' (bollito untado con tomate triturado, jamón serrano y aceite para los no malacitanos), e incluso las hay aventuradas que se piden su chocolate bien caliente para acompañar a esos churros. Y qué decir de la plausible permisividad del terrateniente del local cuando esos grupos de adeptos vienen con la bandeja de suculenta pastelería para acompañar al cafelito de media tarde... Horas interminables de charla y entretenimiento.

Cuando falta alguien, del entorno o fuera de él, ya tienen conversación fuera o más allá de lo que son las compras diarias, los achaques de la edad, las medicinas o los sinsabores de la soledad. Si se corre el rumor de que hay alguien enfermo, no se le deja abandonado a su suerte y acuden en su ayuda o se mantendrán en contacto continuamente por teléfono. Si por contra alguien ha dejado su asiento huérfano porque su corazón ya no dio más de si, entonces ese alguien se convierte en ángel custodio del paraíso; desde el sueño de 'París', el último ya vigila sonriente. Y el punto de encuentro entre este mundo y el otro sigue siendo la cafetería.

Pero no crean que esto solo atañe a esas personas que ya han cumplido una edad lo suficientemente avanzada como para peinar canas y cobrar una pensión. Allí se congregan otrora miembros de diputación y de partidos políticos, abogados, economistas, turistas, reputados periodistas venidos a menos y a más,... gente corriente. Todos peregrinan en torno a una mesa con unos cafés, con unas cañas y unas aceitunas, con algún que otro 'pelotazo'; con las respectivas bolsas de la compra, o las agendas sobre la mesa, o la lectura profunda de la crónica del partido del pasado fin de semana del Málaga C.F., o una revista de crítica literaria... Incluso allí se han gestado acuerdos rubricados en el consistorio y pactos de campañas electorales. También se sentó a tomar café un tal John Malcovich como uno más, como tantos otros dioses perfumados de humanidad con suficiente humildad como para bajar a la tierra a departir un poco con los mortales. Hasta resulta extraño entrar en el maremágnum de mesas y sillas y no toparse con algún que otro carrito de bebé, esos que probablemente serán los futuros inquilinos de la plaza.

Si en algún momento desaparece todo y queda reducido a cenizas, todas esas personas quedarían huérfanas. Dispersarían la ubicuidad de su soledad por el laberinto errabundo de la conciencia y quedaría despedazada como se despedaza el amor cuando desaparece, como un cristal que se quiebra y por más que la melancolía una esos pedazos ya nada vuelve a ser lo mismo. Esas cafeterías son lo que son y respiran lo que respiran porque sus adeptos, sus peregrinos, sus penitentes, sus acólitos, son el aliento de la misma vida de la que se retroalimentan, la bocanada placentera de la última calada antes de cercenar la colilla. Como la brasa que aligera el camino de cenizas que deja tras de sí el calor del fuego, así se consumiría la vida de todas esas almas. Se encontrarían perdidas, huérfanas de una rosa de los vientos que las guíe, de un lugar al que peregrinar; huérfanas de ubicuidad, ya pasen dos días o pasen dos años o pasen diez. Las ciudades y los pueblos necesitan de ese cónclave de peregrinaje obligado para todo vecino que sienta el más mínimo arraigo de su gente, de su entorno, de su ciudad, de la vida...

Diez años después, con un 'pitufo' con aceite y un descafeinado solo frente a mí, desayunaba junto al amor de mi vida. Una de esas veces que se puede permitir uno el “lujo” de pagarse un pequeño ágape por el simple placer de contemplar la vida de cerca. Ella termina con su desayuno y se enciende un cigarrillo. Llevo unos diez años sin fumar y aún me llega el aliento abrasador de la abstinencia. Los pétalos rizados que suplantan sus labios sostenían el cigarrillo para luego absorber una calada de humo y por último acomodarse en sus pulmones. Notaba en mis carnes cómo el aroma que aspiraba de la brasa que coronaba ese cigarrillo penetraba en los míos y me estremecía. Lo que me quedaba del café calentito me ayudó a espantar el rubor del deseo por una calada. Unos minutos después llegó la clientela habitual del desayuno cotidiano, buscando acomodo y compañía. Un inicio de charla, continua y repetitiva como el día de la marmota, con ciertos lunares excéntricos por las novedades que adornaban las frases que conformaban un circunloquio vestido de faralaes. Y a lo lejos, repentinamente, vi acercarse una mujer de aspecto caucásico y de acentuado aire nórdico, madura y de un extraño color de pelo entre blondo y blanco. Caminaba de forma especial y me llamó poderosamente la atención aquellos ojos celestes, casi como dos perlas. En efecto, era ella, visiblemente distinta, un tanto echada a perder y unas patas de gallo que ornamentaban sus ojos. Acudía a su cita con el tiempo, peregrina del lugar que conoce... Diez años después sigue penando hasta una mesa de la cafetería, el punto de encuentro. Ese es el lugar donde se concilia todo, donde se congrega la vida y la costumbre de vivirla, un lugar donde cumplo con la penitencia de asomarme a ella como aquel día de hace diez años, como todos aquellos que consciente o inconscientemente acuden a disfrutar de las sinfonías en el maravilloso teatro de los sueños de la vida, porque los sueños, sueños son: humo de un cigarrillo, del cigarrillo que el amor de mi vida, mi Audrey, mi Sofía, mi Claudia, mi todo, apaga en el cenicero y deja en el aire la bocanada de aliento que hace, de repente, que todo cuanto sucede, todo, tenga sentido.





© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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