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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

A vueltas con la 'posverdad'

No es la primera vez que lo comento ni creo que será la última. Este es un país de robagallinas, de listillos pasados de rosca, de chulitos sin fronteras y vividores sin escrúpulos. Lo ha sido desde que España es denominada tal cual y así lo será por los siglos de los siglos, Amén. Pero lo peor es que no tenemos la exclusiva, aunque si es cierto que somos precursores. He de reconocer que no me sorprende, que lo llevamos en los genes y quienes disfrutan de ese estatus tienen en las instituciones unos cómplices que participan de sus prebendas y que, por supuesto, tienen el amparo del poder judicial porque suelen ser elegidos a dedo por aquéllos que cada cuatro años elegimos los ciudadanos para que nos representen. Esto que parece una obviedad no lo es tanto y tiene una explicación que viene de lejos y parece más evidente de lo que parece. 

Hace unos años tuve la oportunidad de leer un libro muy elocuente y que arroja luz de forma inflexiva sobre todo lo susodicho, muy especialmente si se contempla de forma reflexiva el estado de la política de nuestro país en la actualidad, así como la del resto del planeta. Fuego y ceniza: éxito y fracaso en la política, de Michael Ignatieff (Taurus, 2014). El canadiense, resumiendo, dejó su cátedra en la Universidad de Harvard. Acudió a la llamada para liderar el Partido Liberal canadiense y optó a la presidencia como primer ministro. Fue en busca del fuego del poder; por pura curiosidad, por la experiencia, por el conocimiento de primera mano, y no por puro afán de servir a la ciudadanía, de servir a la comunidad, de liderar un país y llevarlo a las espaldas. Finalmente acabó desintegrado entre las cenizas de ese fuego y contó toda su experiencia vital en ese libro.

De las cosas que más penalizaron su descalabro, quizá más acertadamente diría lo que comenzó a encender la estopa que terminó por liquidarle o dilapidar su credibilidad como “nuevo” modelo de política, fue las declaraciones sin medida, esas opiniones que cualquiera te comprende en la barra de un bar o con un café como testigo, pero que acaba siendo un arma de doble filo si se esgrime públicamente desde el púlpito de la política. Eso que aquí en España tiene coste cero, en cualquier país civilizado y con cierta educación tiene consecuencias para quien abre la boca sin prejuicios. En política, cualquier declaración pública siempre será interpretada del peor modo posible. De hecho, en nuestro país esto se cumple hasta la saciedad, cosa que aprovechan los contrarios para sacar punta hasta que se agota el lápiz. Estos réditos que en cualquier otro país resultarían inapelables para el político de turno y lo sentenciarían a la decapitación, en este santo país solo te desplazan de lugar, o ni tan siquiera eso.
 
Alguien en declaraciones memorables en un canal de televisión esputa sin pudor alguno que “algunos se han acordado de sus padres, parece ser, cuando había subvenciones para encontrarlos”, en pleno debate en torno a la incomprensible polémica de memoria histórica respecto de las víctimas del franquismo. Otro, el alcalde de una localidad catalana, conocido a nivel nacional por sus habituales e incendiarias declaraciones de claros tintes fascistas y xenófobas, decida unilateralmente prohibir el rezo en plena calle como prólogo de los venideros días de ramadán, pateando la constitución a golpe de balón y con la connivencia de un gobierno que encima le reía la gracieta. Un tercero escribe en una conversación por whatsapp que a una conocida presentadora de televisión “la azotaría hasta que sangre”. El simple hecho de pensarlo supone una connotación tan repugnante que me da grima colocar aquí un símil. Son sólo unos mínimos ejemplos de lo gratuito que lee uno prácticamente a diario en la prensa, ve en las noticias por televisión o escucha por radio.

Casi se ha convertido en un mal endémico en una sociedad hastiada y acostumbrada ya a insultar y vilipendiar sin coste alguno. Utilizar la mentira como arma arrojadiza contra el “enemigo”, contra los que opinen de manera diferente con tal de salvar el pellejo, contra viento y marea, es la sopa de todos los días. En los últimos tiempos se ha dado a conocer algo a lo que ya apuntaba Ignatieff en la narración de su experiencia política. Eso que conocemos como 'posverdad'. Ese palabro que el diccionario Oxford eligió como palabra del año y que ha traspasado fronteras, también la nuestra. Se define como lo “relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias”. Tenemos el patio inundado de frases propagandísticas que manipulan la realidad de manera populista para apelar a las emociones del individuo, a lo más primitivo de nuestro arraigo. Esta hecatombe de fantasía ha aupado a la presidencia del gobierno estadounidense a un loco megalómano con tendencia irrefrenable a la corrupción o manipulación de la ley para beneficio propio (según se tercie); así como también a una creciente ultraderecha fascista con aspiraciones de reeditar los grandes éxitos del nazismo en Europa, que acopia votos suficientes como para liderar sus respectivos países o gobernarlos (Francia, Alemania, Austria, Holanda, Inglaterra, Hungría,…)


Hay una larga lista de inmoralidades nacionales e internacionales que andan auspiciadas o amparadas por ese palabro, por el sentimiento profundo, por la emoción mas primitiva e irracional humana: el instinto de conservación. de propiedad. No se trata de populismo, se trata de moldear la realidad existente y aprovechar la coyuntura para distorsionarla, apelando a ese instinto irracional. Y ese es el problema, el gran problema. Uno no sólo ve cómo todo se magnifica y se distorsiona y se acrecienta, además hay que soportar esas protuberancias que erupcionan en la piel de la sociedad en forma de escándalos judiciales, letrados y jueces manipulados para versionear la realidad al antojo del ínclito de turno. Hechos que se enmascaran de su cara opuesta con el objetivo de esconder la verdad. Se visten de piel de cordero para presentarse con candidez y ocultan la ferocidad del lobo, que encuentra en su manada la mejor concupiscencia para justificar cualquier acto, por depravado que sea. Y así hemos regresado a esos extremos que reaccionan por emociones y no por reflexiones.

El problema de fondo tal vez sea, al menos aquí, educacional. De otro modo ni permitiríamos ni ampararíamos la impunidad de ningún robagallinas, ni de listillos pasados de rosca ni de chulitos sin fronteras o vividores sin escrúpulos… Esos que copan las portadas de todos los escándalos habidos y por haber y que siguen saliendo impunes e indemnes. En el fondo, se aspira a editar y reeditar esos éxitos, a ser listillos como ellos, artistas de lo ajeno en mayor o menor medida. Quienes los amparan, protegen, defienden o perdonan, suspiran con apuntar hacia sus miras y siempre queda en el aire ese hálito: si yo estuviese en su lugar también lo haría. Porque las emociones que enmascaran la distorsión de la realidad supura ignorancia para el resto de los mortales, adormece el raciocinio, entumece la reflexión y al final sólo respondemos al instinto primitivo de las emociones que venden con su ejemplo, porque todo estará justificado gracias a ese espíritu de conservación, de preservar lo propio y lo de la manada que depende de nosotros. ¿Creen que aquellos ejemplos que cité anteriormente pagaron algún precio político o social, o acaso esos otros muchos que crecen como champiñones siguiendo ese patrón en lo más sombrío del terreno sufren algún tipo de consecuencia? En modo alguno. No solo campan a sus anchas, sino que sus aspiraciones fueron y son renovadas, tanto por sus secuaces como por quienes les apoyan y amparan. Son instrumentos en sus distintos aparatos políticos o sociales de la glotonería a la que está sometida esa invención malevolente que manipula la realidad de manera populista para apelar a las emociones más básicas e irracionales del individuo.

La posverdad, ese monstruo infame, insaciable, cuyo estómago carece de límites, tiene su talón de Aquiles en nosotros mismos, en nuestra capacidad de reflexión. Somos nosotros los únicos capaces de poner freno a este disparate. Somos el fuego que puede incendiar y reducir a cenizas a los que practican ese juego absurdo al que cada vez se abonan más acólitos. Solo hace falta que cada individuo, cada ser con capacidad para reflexionar, sea capaz de borrar el prefijo de ese palabro y dejar en evidencia la única palabra que lo desenmascare todo, una sola palabra: verdad. Ahí lo dejó grabado a fuego en el tiempo el propio Platón: "Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad".







© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Lo que de verdad importa


Lo que de verdad importa en este mundo complejo del cine, como dijo en cierta ocasión el maestro Orson Welles, es escapar de la anodina experiencia de dirigir y comportarse como uno mismo es, porque “dirigir películas es un refugio para los mediocres”. No quisiera dejar pasar la oportunidad de matizar en este sentido que precisamente lo que no hay que hacer para dirigir una película es precisamente dirigirla. Todo lo contrario. Aunque parezca un juego de palabras o un dédalo que desentrañar, en realidad dirigir un proyecto significa que uno ha de apuntar hacia los demás como responsables de un trabajo que quien capitanea es el que verifica cómo se ha de finiquitar. Es el timón de un gran barco, no el gran barco. Y el principal problema de todo director que acoge un proyecto es que él mismo cree ser el barco.

Esta película no pasará a la historia más que durante estos momentos de taquilla, que por cierto pasa por un buen estado de forma. Y es que la recaudación de la cinta irá a parar a la asociación infantil de lucha contra el cáncer Serious Fan Children’s Network, entidad fundada por PaulNewman. Nunca se han llevado nada bien las opciones benéficas y el cine de calidad. O se monta una ONG o se hace una buena película; y sí, no digo dirigir, digo hacer. Porque en realidad esta es una película dirigida hacia una deriva, con un objetivo específico. La única diferencia entre Lo que de verdad importa y el resto de películas comerciales es que la recaudación va a parar a una ONG y las películas comerciales buscan el lucro. Pero ambos tipos de películas tienen un nexo de unión, están dirigidas para alcanzar un fin, y no para hacer cine. Es entonces cuando uno llega recordar esa cita de Orson Welles y de repente se comprende todo: “dirigir películas es un refugio para los mediocres”.


La película de PacoArango es algo así como un cuento de Navidad pero sin Navidad. Una película blanca ambientada y pergeñada para ver en familia, sin aspavientos intelectuales y sin más pretensión que aleccionarnos sobre la importancia de acercarnos a los demás y procurarles un pequeño alivio puede suponer una cura para el alma. No obstante, apunta a dar lecciones de moral basándose en un discurso fácil. Resulta triste que la cinta apele a lo sobrenatural para la cura de todos los males. Teniendo en cuenta hacia quienes van dirigidas estas premisas, esos previsibles espectadores cuya candidez y aporte económico sientan la decepción de que su dinero va a parar a la ciencia invisible por pura cercanía, por la gracia de Dios. Y en realidad, aunque parezca un poco dura esta disertación al tratar el sostén principal del argumento, simplemente me atengo a la realidad. A lo que muestra la película en toda su esencia.

Alec (OliverJackson-Cohen; "Salvando las distancias", 2010) es un electricista que trabaja arreglando aparatos eléctricos para una empresa casi en quiebra y lleva una vida disoluta y desordenada. Su tío Rymond (Jonathan Price; Saga "Piratas del Caribe", 2003, 2006, 2007) le propone saldar deudas a cambio de mudarse a Nueva Escocia (Canadá). Allí busca trabajo como electricista y accidentalmente descubre que tiene el don de curar a las personas. En su lucha por comprender esa nueva realidad conoce a una adolescente con cáncer que le enseña el camino.

El título original de esta cinta en inglés es “El curandero”; habilidosos los distribuidores al ocultarlo porque con la sinopsis y el título hubiera echado para atrás al público hispano. Si el espectador contempla la película sin complejo alguno, podrá disfrutar de una historia convencional de esas que suelen abochornarnos en las sobremesas de fin de semana en la TDT. Una película moralista y entretenida, con carácter edulcorado y golpes sentimentales como el de la pequeña que padece cáncer llevando de la mano a un incrédulo curandero.

Cabe destacar la fotografía de un monstruo tras los objetivos como es Aguirresarobe (La saga Crepúsculo, La carretera, Vicky Cristina Barcelona, Losotros,... ). Pero con una puesta en escena un poco pobre y un argumento que se desmorona por el camino hacen del trabajo del genial director de foto un punto y aparte en esta producción, que quedará en el olvido como la primera que firmó Paco Arango (Maktub, 2011), a pesar del efímero fulgor de sus inicios hasta la llegada de los Goya; tras aquello ha desaparecido de la memoria colectiva. Diría que lo mejor es que la recaudación irá a parar a la fundación creada por Paul Newman (Serious Fan Children’s Network), que es a quien va dedicado este film.


Así que, para dirigir una película no basta con buenas intenciones, ni con pretender dirigir con perspectivas de llegar a un punto determinado. Cerrando tal y como abrí este comentario, con una cita de Orson Welles, de lo que se trata en esto del cine es de dirigir o crear sin pretensiones: “Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón del poeta”. Teniendo en cuenta esta solemne frase de todo un genio, es mucho mas fácil hacer crónicas como esta, cuya intencionalidad sólo ha apelado al sentimentalismo del espectador como objetivo, como único fin. Imagino a Frank Capra molesto con producciones de este tipo, porque su modo de expresión era gobernar el gran barco y no el timón. Y quizá por eso, aunque su ángel Gabriel, Clarence, no resultase verosímil, nadie le chisto ni una sola palabra al respecto, porque el barco llegó donde debía.




© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Tiempo perdido

El primer regalo que recibí de sus manos fue un magnífico reloj de pulsera, 'para que me recuerdes todo el tiempo', me dijo. Con aquel presente he contado los minutos vividos desde que me dejó para siempre, hasta que conocí a Marta. Apenas conversamos cinco minutos y al cabo de treinta y dos ya me encontraba en su casa semidesnudo. Hicimos el amor desaforadamente casi hasta el amanecer. Nos despedimos sin más y no pensé en ella hasta que miré la hora. Olvidé el reloj en su mesita de noche. 

Hasta aquel día, fui acumulando retrasos en mi vida por prestar atención al tiempo dedicado a mi ex y ahogaba las penas en uno de esos bares donde envenenaba los recuerdos para que murieran cuanto antes, un antro donde sólo conseguía castigarme rememorando el pasado. Fue allí donde Marta surgió de la nada, todo se detuvo entonces y la hiel se transformó en miel, en ron miel que bebimos hasta perder la noción del tiempo.

Confieso que carecer de ese objeto durante unos días me ayudó a olvidar a mi ex. Y quizá lo mejor es que siento la necesidad de volver a quedar con Marta y hacer el amor desaforadamente con ella, aunque tan sólo sea para recuperar mi reloj y el tiempo perdido.





© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Las sombras de la caverna



El grabado del manierista Jan Pieterszoon Saenredam, que puede ver justo sobre estas primeras palabras, muestra gráficamente la disertación que escribió Platón en el libro VII de La Republica, eso que algunos llaman equívocamente ‘el mito de la caverna’ pero que en realidad es una alegoría. La intención de apuntar en dirección a este derroche filosófico es, ni más ni menos, proyectar la atención hacia la realidad que existe tras el muro que separa las sombras de la publicidad de la realidad con la que se ha de afrontar la vida. Las creemos o adoptamos como verdad, y más allá de lo visible la realidad adquiere en ocasiones tintes de múltiples colores. Mi atención va derivada hacia esas sombras de la china que hemos aceptado sin más y asumimos como parte de nuestra idiosincrasia. Pero no significa que seamos capaces de “asesinar” a quien quiere mostrarnos la verdad. Aunque suele suceder que hablar de estos hechos siempre conlleva que alguien intimide al portador de la antorcha de manera despectiva con comentarios harto consabidos: “ya está aquí el anticapitalista”, “otro más que no está conforme con nada”, “vaya, el amargado que quiere sacarle punta al lápiz”... El listado es sorprendentemente extenso.

Esos prestidigitadores que hacen de la realidad algo mágico, en los últimos tiempos han logrado convertir un mero escaparate comercial en una necesidad emocional y apelan a nuestra sensibilidad para acercarnos un producto que se antoja imprescindible, con el objetivo de continuar prolongando el beneplácito de las emociones de manera constante, creando necesidad sobre lo más íntimo, y que sin esos productos sería harto improbable sentirnos así. No es de extrañar que la literatura más desgarradora y crítica con la sociedad que hemos permitido construir haya reflejado esto en muchas de sus formas: "Desempeñas trabajos que odias para comprar cosas que no necesitas." (El Club de la Lucha - Chuck Palahniuk, 1996); "Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño. Apuesta a la irracionalidad de los consumidores, y no a sus decisiones bien informadas tomadas en frío; apuesta a despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón." (Vida de consumo - Zygmunt Bauman, 2007); "Investimos los objetos intelectual y emocionalmente, les damos significados y cualidades sentimentales, los ponemos en baúles de deseo o los envolvemos en cubiertas repelentes, los situamos en sistemas de relaciones, los insertamos en historias que contamos sobre nosotros mismos o los demás." (La vida de las cosas - Remo Bodei, 2013)...

No obstante, a mí lo que me parece peligroso es hacia dónde apuntan, cada día con más insistencia e intensidad. Ya no se trata del mero hecho de consumir, sino del valor de educar y de cómo aceptamos ciertas premisas que de manera explícita rechazaríamos de plano. Si bien no es algo nuevo, y la constante sigue siendo en gran medida la auto complacencia, el egocentrismo, ahora la publicidad se vuelve cada vez más agresiva emocionalmente y el objetivo se centra en los más pequeños de la casa: seres que de un modo u otro gobiernan implícitamente el ritmo de vida emocional de cualquier hogar. He aquí el peligro.

Si uno se detiene y presta atención con espíritu crítico, parece que la sociedad anda tan sumergida en un mar de consumo indiscriminado que hasta permitimos que manipulen nuestras emociones, a tenor de la predisposición que los consumidores potenciales tienen al consentir ciertos mensajes denigrantes, inapropiados, machistas, irreverentes o maleducados. Discursos que se ven a posteriori reflejados en el comportamiento social colectivo. El problema no es ya que la publicidad manipula la realidad para convencerte de una verdad idealizada que poco tiene que ver con la verdad cotidiana. Porque el juego de sombras que se agita y nos emociona como una única realidad está construida de mecanismos a prueba de bombas. De ahí que si alguien pretende arrojar luz e iluminar las sombras, ése corre el riesgo de ser finiquitado emocionalmente de la faz de la cueva (aun así correré el riesgo). El problema es, en realidad, la manipulación de la luz con el objetivo de proyectar sombras que alteren la percepción de valores éticos y morales.

Verán, suelo prestar atención a los spots publicitarios que emiten por televisión las pocas veces que tengo oportunidad. No he dirigido los esfuerzos en radiografiar la veracidad de los beneficios de los productos, sino en captar los mensajes implícitos en los que se basan ciertas campañas para convencernos emocionalmente de la garantía de felicidad que ofrecen. En efecto, no es por lo que ofrecen, sino por cómo lo ofrecen y en qué elementos sociales, educacionales y emocionales se apoyan. He de añadir, no es novedad, que estos mensajes llevan martilleándonos de manera constante desde tiempo inmemorial, desde que tengo uso de razón y aún más allá. El efecto de estos mensajes va lloviznando sibilinamente como un sirimiri y va calándonos hasta que terminamos empapados. Cuando sucede esto, la reacción para ponernos a buen recaudo es ya demasiado tarde y los valores éticos, morales y sociales se corrompen: la pulmonía ya está servida y el remedio llega tarde.

Encontré, por ejemplo, que una famosa marca de automóviles sugiere la duda sobre si el protagonista merece o no el vehículo, lo encarna un prometedor y aventajado muchachote, bien parecido y seguro de sí mismo. Frente a las diversas situaciones de estrés en la vida diaria, la situación que termina por convencer al portador del vehículo, que duda de merecerlo o no, es tener que soportar la estúpida candidez de su pareja, chica que gimotea frente a lo que se supone una escena romántica de final feliz de lo que parece una película orientada a las féminas en una sala de proyecciones lleno de espectadoras. Él parece haberse visto forzado a acompañarla. Él, tan machote y tan abnegado y ella tan frágil y tan ñoña. Una secuencia de propaganda más que dudosa de explícito tufillo machista, aparte de la conveniente y habitual carga de egocentrismo que contienen la mayoría de spots publicitarios. “¿Me lo merezco? ¡¡Siii!!”. Lo peligroso del asunto no es que todos merezcamos o no un automóvil como ese, eso supone entrar en otro plano de reflexión. Lo comprometido es el modo en que se presenta. Cumple con los clichés de chico listo, que se hastía de lo cotidiano y entre esa cotidianidad está la de soportar la ñoñería o cursilería de su chica, quien asimismo cumple con esos clichés femeninos de chica sumisa y endeble, necesitada de la comprensión y el proteccionismo de su compañero ante una película para chicas (¿?). Y ahí está él, resignado a tener que soportar esas burbujas rosáceas de la fémina y necesitado de su auto cómo vía de escape a todas esas situaciones de estrés, película para chicas incluida.

Por otro lado tenemos una gran franquicia de clínicas dentales, cuyos parámetros para coligar su crédito de confianza y el compromiso con el cliente de que cumplen con sus promesas son lamentables. Para ello se vale de la imagen de una madre y su preciosa hija, quien al pasar frente al escaparate de una tienda de juguetes se queda prendada de un huskey de peluche. La madre, para su cumpleaños, le regala uno de verdad, un huskey presentado en una caja de regalo con lacito y todo. Esta escena enternecedora, edulcorada con una banda sonora emotiva, cala fácilmente debido a su carga emocional, cosa que en cierta manera nubla la otra parte del cerebro, la racional. Porque la campaña lanza implícitamente un mensaje erróneo. Un perrito de peluche es comparable a la vida de un animalito, que necesita de unos cuidados, una constante responsabilidad. Un perrito no es un juguete que apenas llega el hartazgo de la cotidianidad puede dejarlo abandonado al fondo del cajón de trastos. Se aprecia una falta de responsabilidad de la señora madre, que además de incentivar la compra de animales como un juguete cualquiera, la marca debiera saber que el efecto que pretende conseguir es el contrario, el de desconfianza. Afortunadamente ya existen campañas que solicitan la retirada de este anuncio a través de change.org.

Por último, llevo tiempo observando con preocupación campañas orientadas a los más pequeños de la casa con mensajes repugnantes, que inculcan comportamientos más que reprobables, tildados incluso con los gestos más que dudosos de ídolos del deporte, quienes (aprovecho para hacer un guiño desde aquí) debieran pensar muy mucho qué hacen y qué transmiten con su imagen pública, porque suelen ser espejo de millares de niños que suspiran a ser como ellos, no sólo en lo deportivo. Resulta que un muñecajo, irreverente, dicharachero y bravucón, se encuentra que carece de calzoncillos que cubra sus vergüenzas y, cuando se da cuenta, decide “sacar a pasear la aldaba" (lo dice literalmente), que pendulea con total desvergüenza y cuyos atributos se aprecian pixelados de manera “graciosa”, para que no se aprecie nada que sea indecoroso para el pequeño. Acto seguido “comienza la fiesta” y se tira de cabeza hacia el cuenco lleno de leche, y entre la emulación del gesto de celebración que suele hacer ese astro del balón con tres neuronas y media tras cada gol y el descaro justificado de salpicar y esputar barbaridades irreverentes y maleducadas, carcajadas grotescas y demás síntomas de “verdadera locura”, uno acaba por llevarse las manos a la cabeza, porque no comprende cómo puede seguir en antena spots publicitarios como esos. Un spot que incita, a través de la gracieta de un muñecajo que se desenvuelve con desparpajo, a la irreverencia, a lo grotesco, a lo bizarro, como si ese comportamiento estuviese justificado tan solo porque resulta jocoso para los demás, sobre todo para el niño. ¿Cómo luchan unos padres contra la voluntad de un crío que decida “que toca sacar la aldaba a pasear”, y lo adorne con ese “siiuuuu” repetitivo y estúpido del ídolo del deporte, cuando lo está viendo por televisión junto a sus padres, que se sonríen por lo gracioso que es? Porque lo peor es que a los papás le resultan graciosos los gestos y lo peligroso no es que los niños los copien, sino la irreverente bravuconería, la falta de respeto y educación, la desvergüenza como método aleccionador para justificar cualquier acto.

Esas sombras que presenciamos en nuestras casas, en nuestras cuevas, que se transfiguran en los ejemplos susodichos, acaban siendo el reflejo de la realidad que creemos que son verdad. Sin embargo, la realidad es muy distinta y cada uno debiera ser consciente del riesgo que conlleva la permisividad sobre aspectos fundamentales que denigran los valores por los que han luchado tantas heroínas, tantos sufridores abnegados, tanta sangre derramada. Solo es cuestión de abrir los ojos y salir de la cueva. De arriesgarse y ver la luz del día a pesar de que los otros “reos” pretendan incluso con amenazarte o acusarte de que sufres locura, que estás viendo espejismos donde solo hay sombras, porque esas sombras son la verdad.

La sociedad ha aceptado esas lecciones morales como algo justificado, como algo perteneciente a una realidad construida a base de sombras. Forma parte de una educación errónea que está dibujada con siluetas amorfas, deformes, planas, sin profundidad, oasis de un solo tono y sin color. Hasta tal punto es así que cualquiera que pretende inmiscuirse para aleccionar o derribar esos ideales ficticios acaba reciclado. Un riesgo inofensivo, sutil, que pasa desapercibido, pero cuya prevención siempre llega demasiado tarde. Porque mientras los mensajes implícitos estén alentando el machismo, la infravaloración del mundo animal o la carencia de respeto y educación desde la infancia, seguirá existiendo la economía del engaño y la irracionalidad del consumidor y su apuesta por la ignorancia, con todo lo que eso conlleva para el bolsillo de cada día, del tesoro en valores éticos y morales que dilapidamos por cada campaña publicitaria que falsea la realidad. Y sobre todo lo que se dilapida es la libertad de poder ver las cosas fuera de la cueva, la realidad, la reflexión, el color, las formas reales que sostienen la vida real. Y al final acabamos pagándolo todos, de un modo u otro. No pretendo sentar cátedra con esta parrafada, sólo sueño con la utopía de que abran los ojos los esclavos que adoran las sombras que anulan la verdadera libertad de razonar, de reflexionar, de saber elegir. Sea responsable, más lectura de Platón evita sombras y lamentos a corto y medio plazo. Es el único modo de salir de la cueva y defender la libertad.






© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Rings



Desde finales de la década de los 90, el cine oriental, muy especialmente el cine japonés, presenció un estallido de terror que encandiló a los espectadores de medio mundo. Títulos como Ringu (1998), Audition (1999), Ju On: la maldición (2000), Dark Water (2002), Llamada perdida (2003) The Grudge (2004)... y no es casualidad que la mayoría de estas y otras muchas cintas del género hayan sido firmadas por Takashi Shimizu e Hideo Nakata. Gurús de esto del terror psicológico, que penetra por la retina y acaba reconcomiéndote el tuétano. Quizá un tanto infravalorado s por el público occidental, mejor considerado por donde sale el sol. En el caso de Hideo, que firmó tantas otras como su coetáneo y con mayor éxito si cabe es, más versátil que Takashi y capaz de firmar titulos honrosos como el susodicho Dark Water o rubricar un documental entorno al sadismo y al masoquismo (Sadistic and Masochistic), y además es el autor de la historia original en la que se basa el título que nos trae aquí: Ringu, película que tuvo suficiente eco como para que la industria norteamericana se fijara en ella y produjera un remake firmado por Gore Verbinski y protagonizado por Naomi Watts, también titulado The Ring y mucho más conocido por la mayoría.

Esta secuela dirigida por el cordobés Francisco Javier Gutiérrez, desaprovecha toda la esencia del terror psicológico original, ni siquiera aspira a lidiar con su remake ni sus secuelas. A pesar de una gran ambientación y estilismo que deja fuera cualquier atisbo de dudas que en el realizador hay talento, pero tal vez también precipitación. Construir un historia consabida bajo una vuelta de tuerca que deja en mal lugar todo el valioso capital del cine japonés y queda derramado por el láudano efímero del olor juvenil. Está más que alejada de su origen, de cualquier película que recuerde al cine de terror psicológico japonés. Ni siquiera aprovecha la verborrea creativa de Hideo Nakata para explotarla, tan solo utiliza los recursos visuales y narrativos para contar una historia banal y que se dispersa en tramas de guión desiguales y poco creíbles.

La película se hace previsible desde el minuto uno y al menos se esperaban elementos novedosos que aportaran algo de imaginería a ese terrible juego psicológico del originario, pero se queda todo en agua de borrajas. Se aprecia un corta y pega en todos los elementos originales, una falta de intencionalidad y personajes principales con acné. Tal vez anima un poco la cosa ver al guaperas del grupo en Big Bang Theory, Johnny Galecki (alias Leonard). Y poco más, la verdad. Esa imagen de Samara (Sadako en su historia original) saliendo del pozo con su pelo enmarañado ocultando su rostro es ya un icono en la historia del cine de terror, que gracias a esta película poco va a revitalizarse. Ni el final de la película con Vincent D'Onofrio, cual villano invidente, dando palos de ciego de aquí para allá en el nombre del Señor sube algún peldaño en intensidad una historia que ni los mismos intérpretes parecen creer en ella. 

Todo el terror desaprovechado en los poco más de 100 minutos de cinta se resume en un par de sobresaltos ayudados por estrambóticos golpes sonoros y altisonantes subidas de volumen. La primera incursión de Francisco Javier Gutierrez en territorio yanqui ha sido desaprovechada, tal vez por desgana o por falta de acierto, incluso quizá me atrevería a decir que por imposición de la producción, cuya intención parece ser la de revitalizar un saga que debiera haberse quedado en su remake firmado por Verbinski.





© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Un problema educacional

Que España es un país marcado por el carácter picaresco y que bien retrata 'El Lazarillo de Tormes' creo que a nadie le cabe la menor duda. Esta idiosincrasia ha servido casi de excusa (y por algunas declaraciones políticas ha servido también de refugio) para que una manada de sinvergüenzas, chorizos y mangantes varios hayan dilapidado el bienestar de este país y lo hayan sumido en una crisis económica mucho más profunda de lo que debiera haber padecido; y peor aún ha sido la crisis moral y de valores que ha sobrepasado a toda una sociedad, a todo un país. Esto es, en síntesis, un problema educacional. Un problema que nace en el fondo de cada hogar, en el modo de afrontar la vida desde la perspectiva de cada individuo.

El vórtice cíclico en el que trasegamos por la vida me ha otorgado el beneplácito de observar con detenimiento el comportamiento humano y sus consecuencias, viendo cómo se repite incesantemente como un bucle hasta que se quiebra para dar paso a otro regenerado o nuevo, distinto, porque ya logramos aprender del anterior. Un par de ejemplos espaciados en el tiempo, pero que sostienen en el pedestal de la realidad este prólogo, dan buena cuenta de la vileza y crueldad del carácter, picaresco, chabacano, rastrero, propio de catervas con reducida materia gris, que ha caracterizado la desventura de la sociedad que ha manejado los hilos de este país.

Nunca me canso de apostillar que, cuando se tuercen las cosas y la conversación toma derivas de alta enjundia, las respuestas siempre las hallaremos en los pequeños detalles...

Hace ya unos meses esperaba con la paciencia de un santo mi turno. Una cola que aumentaba a medida que transcurrían los minutos. Sólo quedaba por delante la señora que atendían en la ventanilla uno (la única que suele estar activa y que hace inútil el resto de ventanillas con las que podrían haber ahorrado espacio, cristal blindado, mobiliario...). Ante mí, una señora mayor, bastón en ristre, pelo enmarañado de ceniza, calzando zapatillas de andar por casa, y algún lamparón que otro en el blusón ajado que sopesaba el devenir de una falda de colores indescifrables del que resaltaban flores elefantiásticas. Por sus gestos y el modo de desenvolverse se adueñaba de ella un desconocimiento del alfabeto y cierta torpeza en explicarse. La operadora soplaba y resoplaba, impaciente, cual infante tratando de apagar las llamas de las velas de un eterno cumpleaños. Cada poco miraba por encima de las gafas al resto del público, intentando encontrar algún gesto de complicidad para sentirse amparada y comprendida. Por momentos perdía la paciencia. Un gesto con el cuerpo de la adorable señora mayor, acomodando el cuerpo para sustentarse sobre el mostrador, me permitió ver en su totalidad el resto de la operación.

Aquella señora mantenía en gran medida cierto lustre de encanto del que, a buen seguro, hizo gala en su juventud. Era rica en humildad y se disculpaba constantemente sabedora de que su desconocimiento e insistencia hacía perder el precioso tiempo de la agente, quien, aún así, no cejaba en sus continuos desmanes y verborrea técnica que siquiera yo entendía. En última instancia, aquella señora mayor facilitaba a la señorita Rottenmeier la cantidad a ingresar. Y, tras contar y recontar manualmente el dinero, hizo un gesto que me pareció un tanto extraño, dada la costumbre del siglo XXI de ingresar sin recuento posible en el buzón que devuelve el cambio probable por su rendija hermana. No cabe error posible y se elimina así el factor humano de error probable. El gesto: guardar en una esquina bajo el mostrador el dinero otorgado por la señora, fuera del alcance de miradas indiscretas y en las antípodas de los cajones donde habitualmente guardan otros muchos fajos. Nadie pareció percatarse del detalle y en modo alguno nadie podría desconfiar de la 'honradez' de una operadora de caja de una entidad bancaria que presume de no cobrar comisiones a sus clientes y de facilitarles la vida. El reintegro se hizo efectivo, quedó reflejado en la libreta de ahorros y santas pascuas. La señora se despidió con toda la educación del mundo, agradecida por todo cuanto se hizo por ella. Allá que salió por la puerta con dificultad al caminar y apoyándose en su bastón.

Mi turno. Hice el ingreso como mandan los cánones, sin ningún problema... y como venía siendo habitual mi dinero fue a parar al buzón, al monstruo que deglute el efectivo, capaz de dar devoluciones en papel con la exactitud de un escalpelo. Me pareció extraño y al mismo tiempo algo usual debido a que pudiera ser que la distinción de tratamiento se debiera a distintos tipos de operaciones. Así que salí a la calle tal y como salí el otro día, salvo por una diferencia. Actos semejantes son de una crueldad repugnante y dan buena cuenta de todos aquellos actos vandálicos de los que jugaban con el poder como si fuesen intocables, seres divinos e inalcanzables, con derecho a hacer y deshacer a su antojo sobre las vidas del resto de seres humanos, sin importarles el cómo afectarían tal o cual decisión (en realidad debería decir vilipendio o vandalismo moral) a sus vidas.

Tras un tejemaneje de tiras y aflojas en torno a unos ingresos y reintegros, además de unas comisiones (¿?) que resultaban incomprensibles, la misma operadora Rottenmeier guarda el dinero de un caballero anciano, bastón en ristre, boina negra e impecable vestimenta de traje azul. Con la atropellada lentitud de la que irremediablemente la vida y los avatares confieren a estos desvalidos y solitarios seres que los años les atenazan hasta las articulaciones de las neuronas El pobre hombre se da por vencido y da el resultado por bueno. Ya pude intuir el porqué de la triquiñuela. La verdad, poco podía hacer yo ante la tesitura de una sospecha más que razonable, puesto que no podía acusar de nada ni podía prestarme para llamar la atención, en un momento en el que no había nadie, en apariencia, por la sucursal. 

Cuando salí de allí, en el primer caso, me encontré, en las inmediaciones de Atarazanas, a aquella señora mayor de pelo enmarañado de ceniza, calzando zapatillas de andar por casa, y algún lamparón que otro en el blusón ajado que sopesaba el devenir de una falda de colores indescifrables del que resaltaban flores elefantiásticas. Visiblemente sofocada hasta el borde del desmayo, sentada en una silla. Se le había "perdido" 50 euracos del monedero, un dinero que solo había sacado para ingresar en el banco y del que ahora ya no disponía para comprar en el mercado. No hacía más que repetir que suponía el 50% de sus únicas esperanzas para sobrellevar el mes. Evidentemente lo comprendí todo. Cuando salí por la puerta de la sucursal aquella segunda vez salí con toda la celeridad que pude con el fin de encontrar al señor que tuvo problemas con la Rottenmeier. Se hallaba al final de la calle Atarazanas, hablando animadamente con un conocido o familiar . Ni corto ni perezoso, cometiendo un acto de heroicidad por mi parte debido a la sempiterna timidez que llevo en la mochila de mi carácter allá por donde voy, les abordé y expliqué un poco el asunto grosso modo. Con sorpresa abrió los ojos, le cayeron unos goterones de sudor por la frente y comenzó a tomar un preocupante color rojo que tiñó su tez. Le insté a su yerno, con quien hablaba, que fuesen en busca del director o de algún responsable y le narraran lo sucedido. Deshaciéndose en miles de agradecimientos, se fueron diligentes hacia la sucursal, con el objetivo de recuperar esos 40 euracos que habían desaparecido de su cartera... del mismo modo que desaparecieron 50 a la señora del pelo enmarañado de ceniza.

Y es que la muy espabilada señorita Rottenmeier aprovechaba la ignorancia o la reducida comprensión de algunos clientes "especiales" (pude saber al poco tiempo) para sacarse un sobresueldo, procurándose una treta concisa y dejando reposar el dinero con el "extra" a buen recaudo hasta que ningún ojo indiscreto pudiera controlarla y apropiarse entonces del líquido sobrante. Si esto sucede a niveles domésticos, el lector puede imaginar el porqué esa manada de chorizos de camisa blanca, mangantes de corbatas clonadas y sinvergüenzas de pacotilla, imitadores todos de magnates multimillonarios con aspiraciones a capitular en sus vidas las de aquéllos, se han permitido sisar del erario público todo cuanto han querido, sin escrúpulos, ajenos a lo que ocurrirá con los más desfavorecidos, con los indefensos, con los que necesitan de la protección del estado para poder sobrevivir. Si estos ejemplos cotidianos, y del que he sido testigo en numerosas ocasiones, y sobre multitud de comercios se suceden las puñaladas (no solo en entidades bancarias, también a niveles más escabrosos), pueden imaginar qué han podido y pueden manejar esos maleantes de guante blanco. Lo peor de todo es que los mecanismos del estado les favorecen de un modo u otro, librándose de la gran cornada y capeando como pueden las circunstancias, expertos todos en la lidia. Y dicho lo cual, el gran problema que sostiene esta actitud en todos los aspectos de la vida es la educación, el respeto por las vidas ajenas, los valores que determinan el devenir de cada ser humano, aquello que se aprende en cada casa. El lazarillo de Tormes sigue más vigente que nunca y la picaresca, la pillería, eso que fecunda el carácter de los de aquí desde el principio de los tiempos es un lastre que azota a las vidas de quienes anteponen sus intereses al interés general, al respeto a los demás, al derecho a vivir dignamente. Pero, ¿saben lo peor de todo? Que, lejos de ser despedida, la señorita Rottenmeier ocupa otra ventanilla en otra sucursal de la capital, donde coincidí casualmente hace muy pocos días. Al igual que ella, el premio por vilipendiar y dilapidar las arcas del estado nunca es la cárcel; y cuando pese a las dificulatades llega a serlo, la magia del tribunal en el palco les libra de la cornada a través de un tercer grado. Y así, la pescadilla se muerde la cola y los que vienen en generaciones futuras aspiran a chorizos de camisa blanca, a mangantes de corbatas clonadas o sinvergüenzas de pacotilla, imitadores de magnates multimillonarios con aspiraciones a capitular en sus vidas las de aquéllos. 'Si roban los demás, ¿por qué no puedo hacerlo yo también?...'







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Tarde para la ira


Aprovecho estas primeras palabras para considerarme un idealista para esta cosa del cine. Nunca he reflexionado sobre una película de mala manera porque reconozco el enorme esfuerzo y trabajo que hay detrás. En ese sentido sólo apunto pequeños desajustes, desaciertos y falta de previsión. Dicho sea de paso, me encanta ver cómo películas pequeñas, con presupuestos pequeños, aprovechando el buen hacer de grandes actores comiéndose la cámara y la habilidad del director encimando el carácter de los personajes, acaben por conformar grandes filmes. Sucede cada cierto tiempo y de manera habitual en el cine independiente o en los directores noveles. El listado sería largo pero basten dos o tres ejemplos: Tesis, de Alejandro Amenabar (1996 - 7 Goyas), Ciudadano Kane, de Orson Welles (1941 - 9 nominaciones a los Oscar, 1 Oscar), El orfanato, Juan A. Bayona (2007, 7 Goyas)... El listado es amplio.

El inicio trepidante y de cierta violencia irracional de esta película te sumerge de lleno en el cauce de sus interrogantes, que te abofetean sin haberte percatado de ello. Y, claro, la curiosidad mató al gato. Raúl Arévalo casi nos ofrece un decálogo sobre los largos tentáculos de la ira. Probablemente ni él mismo es consciente aún de que ha puesto en escena a un Antonio de la Torre inconmensurable interpretado a un ángel vengador. “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejar lugar a la ira de Dios; porque escrito está: mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19). Y ante la pasividad de la divina providencia, aquel que lo perdió todo en ese atraco con el que abre la película, se erige en juez, jurado y ejecutor. Maquina una fría y calculada vendeta que pergeña con esmero y tiento, sabiendo qué teclas pulsar. Desde la introspección se aviva el fuego de la venganza alimentado por los minutos de espera. Es posible que los niveles más altos de ira estén relacionados con los niveles más bajos de aceptación social, pero también con los niveles más bajos de respeto hacia la vida, especialmente hacia la propia vida de uno; porque la ira está en esa lata de cerveza que uno no para de agitar y por muy sólido que sea su envase termina reventando por algún lugar, es ese gas que se multiplica y necesita liberarse con estrépito hacia lares insospechados.

Antonio de la Torre es José, un aparentemente triste, solitario y apocado individuo que vive de las rentas de alquileres y propiedades varias. Curro, Luis Callejo, un convicto que sale de la cárcel tras ocho años de prisión por participar en un atraco con víctima mortal incluida. Ana, novia de Curro, encarnada por Ruth Díaz, espera la salida del talego del irascible Curro para emprender una nueva vida juntos. José empujará irremediablemente a Curro a una aventura ineludible donde se verá obligado a reencontrarse con su pasado. Solo hay un único objetivo: la venganza.

Es casi perpetua la sensación de que uno oye la respiración bien cerca de los personajes, sudorosos, rodeados de grasientas paredes de gotelé, máquinas tragaperras, cafeterías de barrio y canis de gimnasio; el decorado de un objetivo que casi penetra por la piel. Y el silencio corta a veces una tensión que se mastica, dándole sentido a todo y narrando con dureza en unos segundos aquello que las palabras necesitarían muchos minutos. La cámara anda constantemente en la mano del operador para mostrarnos la crudeza y la realidad de una historia pergeñada en la intimidad, con intención clara de que el espectador se sienta incómodo en el asiento, que viva en la piel de los personajes. El ojo en el corazón del poeta se adhiere a cada uno de los gestos, al sudor de los personajes, continuamente se dirige de lado a lado como un espectador más, mostrándonos la sordidez de un primer plano grasiento de cuanto acompaña de mediocridad a cada individuo.

Raúl Arévalo conoce bien el oficio de actor, se le nota tras la cámara que sabe llegar al corazón de un puñado de actores para exprimirles el jugo de una buena interpretación: El Triana (Manolo Solo), disoluto y aprovechado de los demás, capaz de vender a su madre con tal de sonsacarte un favor que le permita vivir a cuerpo de rey, resulta ser un personaje de reparto inconmensurable. Ruth Díaz (Ana), una mujer psicológicamente dependiente, arrastrada por un amor de toda la vida, cuya interpretación bien merecía algo más de consideración en los premios de la academia. Luis Callejo (Curro), un perdedor con olfato para los problemas y malas compañías que se vio arrastrado por un mal golpe a una joyería, parece haber nacido para ese papel. Antonio de la Torre (José), introvertido, metódico, apocado, pero también calculador, frío, violento. Vive obcecado con el único objetivo de la venganza, e impresiona en su papel, convincente como suele ser habitual. Podría haberse llevado sin duda ‘el cabezón’, por esta o por su secundario en ‘Que Dios nos perdone’, lástima que en esta ocasión se lo ha arrebatado su hermano Roberto Álamo que toca con los dedos el cenit de la interpretación en esa gran peli de Rodrigo Sorogoyen. En definitiva, un elenco al servicio del olfato de otro actor erigido en alma páter tras la cámara, que ha sabido elegir minuciosamente a su reparto y que no ha decepcionado.

No obstante, me dejo para el final unas pequeñas máculas como contrapunto. A lo largo del metraje se aprecian ciertos tramos que se me antojan excesivamente lentos y otros que se resuelven excesivamente rápidos y que hubieran necesitado de una pose más demorada. Siendo como es su primera película, es fácil ser condescendiente con algunos desajustes que se resuelven con el chasquido de los dedos y otros que parecen eternizarse, acaparando a mi juicio más minutos de los que en realidad hubiera necesitado. Y es que la cinta da la sensación de prolongarse más allá de la escasa hora y media que en realidad tiene. Tal vez sea de los pocos peros que puedan sacársele al film, y que competía con películas mejores que merecieron de igual modo el galardón del Goya a mejor película. Para mí fuero interno, demasiado premio, que no significa inmerecido, pero a juzgar por los títulos con los que disputaba el galardón sí parece excesivo. Gran debut, pues, de Raúl Arévalo en la dirección. que se suma a la gran cartera de realizadores españoles que, antes o después, al igual que otros que ya lo hacen, acabarán saliendo del país para que las  grandes cintas que dirigen ahora con poco las pongan en órbita con mucho más respaldo.



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Cálamo sobre papiro (Capítulo I)

Con esta pequeña anécdota quiero emprender un camino un tanto serpenteante y con toda seguridad complejo. En estos tiempos en los que salen a la palestra verdaderos caudillos de los versos y profetas de la rima, casi resultará inane cualquier sobreesfuerzo en aclarar, o mejor dicho aportar, la más infame nimiedad. Por mi parte, la única pretensión al respecto es (será) la de inmiscuirme en algunos recovecos que parece caminar en tierra de nadie y que indefectiblemente está al alcance de todo aquel que escarba un poco por su cuenta o, en su defecto, simplemente rememorar algunas de las motivaciones que me llevaron a la creación poética.

No hace muchas fechas subí un poema que escribí hace unos 22 años. En aquéllos tempestuosos años me dedicaba a profundizar en la historia de la literatura española, más allá de los clásicos. Cuando lo escribí me ceñí a un modo particular de métrica y rima. Siempre creí, o así lo entendí desde que tuve uso de razón poética, que la poesía es algo vivo, ya sea si se pretende la métrica o el verso libre. Y en mi modesto entender y, sobre todo, desde el respeto y el especial cuidado que hay que gastar manejando formas nuevas o evolucionadas de poesía.

He aquí que presento unos versos heptasílabos no estróficos. Los versos heptasílabos deben su nacimiento allá por el siglo XII y tendría como origen la Provenza francesa. Un tipo de lírica vinculada a la corte y que solía ser cultivada por los trovadores. En las composiciones se daba mucha importancia a la forma, la rima, el ritmo... Y esta fue la primera motivación de crear la composición del poema que me trae ahora aquí. 

La primera vez que podría decirse que aparece este tipo de métrica es en un texto anónimo: el 'auto de los Reyes Magos'. Texto encontrado en un códice del cabildo catedralicio de Toledo y que por sus rasgos hacen pensar que quien escribió el texto probablemente provenía de Francia, un escrito polimétrico compuesto desigualmente con versos alejandrinos, eneasílabos y heptasílabos. A lo largo del siglo XII se fue haciendo popular esta forma estructural.

Aunque desapareció durante unos siglos, volvió a revivir con fuerza allá por el renacimiento, pero ya no serían versos pensados para ser cantados por los trovadores ni tampoco sería de uso exclusivo de la corte y la iglesia. Los poetas del barroco, Lope o Góngora, lo adoptan en los denominados romancillos. También se conocieron como "barquillas" las composiciones de este estilo firmadas por Lope de Vega, concretamente gracias al primer verso de este "romancillo":

    ¡Pobre barquilla mía
entre peñascos rota,
sin velas desvelada
y entre las olas sola!
    ¿Adóde vas perdida,
adónde, di, te engolfas,
que no hay deseos cuerdos
con esperanzas locas?
(Lope de Vega)

A pesar de que a posteriori fue cayendo en desuso, el florecimiento de estos versos tiene lugar durante el romanticismo y de la mano, entre otros, de Becquer:

    Discreta y casta luna,
copudos y altos olmos,
paredes de su casa,
umbrales de su pórtico
callad, y que el secreto
no salga de vosotros.
Callad; que por mi parte
lo he olvidado todo.

Por último, respecto al aspecto técnico de esta tipología de composiciones poéticas, la rima suele concentrarse asonántica en los versos pares, son poemas no estróficos y los versos más afamados, como comenté con anterioridad solían ser los denominados Romancillos. Vaya por último este extracto de García Lorca:

A una ciudad lejana
ha llegado don Pedro.
Una ciudad lejana
entre un bosque de cedros.
¿Es Belén? Por el aire
yerbaluisa y romero.
Brillan las azoteas
y las nubes. Don Pedro
pasa por arcos rotos. (...)

Si ahondamos un poquitín más podría decirse que un tipo de composiciones con esta estructura recibían el nombre de Endechas, cuando éstas trataban de un asunto luctuoso y estaban construidas con Heptasílabos o Hexasílabos; otros Romancillos contaban con hasta Pentasílabos, aunque han sido más inusuales.

De este modo casi podría declarar justificada la métrica del poema 'Atragantarse', que escribí hace unos 22 años y al que anteriormente hice referencia. Si bien pudiera parecer que hierra en la métrica de algunos versos, las licencias establecidas para el conteo de las sílabas permiten que todos los versos cuenten como heptasílabos. Les dejo con el poema.


ATRAGANTARSE

En la garganta un nudo,         
el deseo queda fuera,            
en la ilusión un vacío             
y en la cumbre la meta.         
Todos los pensamientos       
fluctúan en la cabeza,            
caen o cuelgan de un árbol     
y del otro se aleja;                  
subiendo la montaña
a veces desespera
porque no hay final de un
estruendo que condena
de una rampa escarpada,
leñosa, inconexa.
Lo mejor es descender,
dejarse caer, compensar
valentía con cobardía;
el cielo abierto espera
en la cumbre, soñando 
con regalar la estela
de la luna del adiós.
Por la noche la tregua
de los días y las tardes,
un vacío que se llena
es entonces la ilusión.
El nudo ahora se quema
y parte en dos mitades
aquella vieja cuerda:
queda trecho que subir
pero atisbas la meta,
pues la noche también es
pensamiento que sueñas.



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Doña Terracita

Terracita de la cafetería. Media mañana. Un calor de no te menees que te quemas. Del cielo caía algo así como una canícula luminiscente que abrasaba a todo hijo de vecino que se asomara a la calle. Era uno de esos días que me podía permitir el “lujo” de costearme una cervecita bien fría. En ocasiones, sentirse agasajado por los tentáculos mágicos del placentero sosiego trae a la mesa el picoteo del placer de vivir que acompaña a la bebida de los dioses. Aquello siempre llevaba el insistente efecto secundario de mi abstinencia, que arañaba en lo más profundo y excitaba el deseo infame de fumarme un cigarrillo. Es lo único que falta aquí para que este momento sea perfecto, me susurraba ese jirón desprendido en mi conciencia. 

Apareció ella, casi parecía deslizarse desde calle Cárcer hasta sentarse tres mesas más allá, a mi derecha; la cadencia rítmica de sus pies se detuvo como colofón a una conclusa y exitosa sinfonía. Era una chica de aspecto caucásico, de acentuado aire nórdico y melena de pelo corto que irradiaba luz, entre blondo y nieve. Caminaba de manera especial, erguida y segura de sí misma. Me llamaron poderosamente la atención aquellos ojos celestes, como dos perlas descollando de su lechosa piel. Pidió una caña y algo de tapeo al camarero, que casi se da de bruces por asomarse a hurtadillas al abismo de su generoso escote. Acto seguido se encendió un cigarrillo. Cada vez que se lo acercaba a esos pétalos rizados que suplantaban sus labios, notaba en mis carnes cómo el aroma que aspiraba de la brasa que coronaba ese cigarrillo penetraba en mis pulmones y me estremecía. Apenas llevaba unos meses sin fumar y me abrasaba el síndrome de abstinencia. Sentí el suave toque de sus dedos estirados como si los estuviese pasando por el cogote. Dando ya sus últimas caladas se percató que la miraba mientras fumaba su cigarrillo, me devolvió la mirada como contrariada, casi rozando el rubor. Volví a mi ansiada cerveza, esa quemazón que me consumía dentro se aplacó, y la vida entonces careció de sentido entre los cendales de humo que liberó la chica de ojos perla.

Sentado en la terraza de esa cafetería sospechaba ya lo que significan lugares como ese. Me llaman por teléfono y solo tuve que pronunciar el nombre del bar para que el interlocutor pudiera localizarme en el acto. Es un punto de encuentro. Es el punto de encuentro. Siempre me ha gustado asomarme a la vida como aquel día, disfrutar de sus sinfonías en ese maravilloso teatro de los sueños, porque los sueños, sueños son: humo de un cigarrillo.

De aquel momento pasaron diez años y esa cafetería sigue siendo lo que es y poco ha cambiado, según cuentan los más asiduos del lugar, desde hace cuarenta años. Al margen de generar puestos de trabajo y actividad económica lucrativa, esa cafetería, molde de tantas otras derramadas por la geografía nacional, ofrece un gran servicio a la comunidad, una labor social impagable. En un mundo encaminado a la deshumanización, donde todo se ejecuta a través del 'smartphone', con sus 'whatsapps', sus 'Facebooks', sus 'twitters', 'snapchats' y demás parafernalias que más que unirnos nos separan, esas cafeterías están para la libertad, para conciliar la vida. Porque su propósito involuntario es que esa brasa profunda capaz de consumirnos en un instante sea como la colilla que machaca, que aplasta en el cenicero de Doña Terracita, todos los sinsabores que nos abrasan.

Especialmente en los últimos tiempos, suelo acudir con mayor frecuencia a esa cafetería tan conocida del casco histórico de Málaga. Observando su aspecto, su mobiliario, lo destartalado de sus instalaciones, así en frío, la verdad es que no es la cafetería más acogedora de la galaxia, por decirlo de algún modo. Uno sabe que se acerca cuando atisba una terraza abotagada de un mar de mesas y sillas desiguales bajo la protección de parasoles gigantes, como si de un enjambre de veleros se tratase. No es un lugar predominante por las tapas, ni por la cocina (que no tiene), ni alberga nada especial que la diferencie gastronómicamente del resto de cafeterías. Café, pan, bollería industrial, zumos, churros, chocolate, algún campero que otro y poco más.

El espacio útil del interior del local se reduce a unos pocos metros cuadrados, cuatro o cinco mesas donde apenas cuatro tazas de café y un servilletero se reparten el espacio con angostura; una máquina de tabaco, un televisor led de de 14'' sobre el soporte destartalado que antaño sostenía un armatoste de rayos catódicos, una barra donde apenas una persona puede moverse con alegría y en ocasiones trabajan hasta cuatro, con una estantería de bebidas que recuerdan los cafés de las películas de Paco Martínez Soria, y (lo más insólito) una ristra de obras pictóricas de artistas locales colgadas de los pocos centímetros cuadrados de pared desnuda. Engalanan y dan lustre añejo al local. Cuando el penitente cruza el dintel, parece penetrar por una especie de puerta interdimensional del tiempo que le teletransporta a los años 60, especialmente cuando ha de entrar en el aseo.

Sin embargo, el verdadero valor de esa cafetería son sus clientes. Esa terracita ofrece una labor social impagable para el consistorio, que debería subvencionar lugares de encuentro de semejante utilidad. Entre su clientela se encuentran fieles peregrinos que llevan tomando café por las mañanas desde hace más de cuatro décadas, poco importa que el café no sea el mejor ni el pan el más fresco. Cada cual conoce al vecino, se saludan, se abrazan, también los hay que tienen recelo de los de aquella otra mesa, pero en el fondo se necesitan para continuar la conversación que iniciaron ni se sabe cuándo. Casi todas mujeres, casi todas enviudadas demasiado pronto y solas para casi todo. No hay gripe que las separe de sus amigas de toda la vida, de sus hermanas, de sus confidentes. Saben todo lo que hay que saber sobre todo lo que concierne a la cafetería, sus alrededores, sus gentes, sobre todo lo que concierne a sus vidas. Cuentan siempre con la complicidad de los camareros, cuyo trato personalizado casi más parece el de un pariente cercano que el de un trabajador; unos camareros que han de lidiar con 'la leche un poco más caliente', o 'un poco más fría', con el 'tráeme un vasito de agua para la pastilla', con el 'niño, no me tuestes mucho el pan pero que esté calentito', o con el 'niño, tráeme dos churros más que viene mi yerno y mi nieto'... Santos varones de paciencia infinitesimal, cuya memoria recuerda sus nombres, los de sus familiares, los de sus amistades y todo cuanto pida el cliente de una atacada.

Esas personas, contra viento y marea, ni siquiera han de citarse a diario para saber que se encontrarán cada mañana en torno a un café y un 'pitufo con aceite' (un bollo pequeño de pan con aceite de oliva para los no boquerones), unos churros o alguna delicatesen del tipo 'catalana' (bollito untado con tomate triturado, jamón serrano y aceite para los no malacitanos), e incluso las hay aventuradas que se piden su chocolate bien caliente para acompañar a esos churros. Y qué decir de la plausible permisividad del terrateniente del local cuando esos grupos de adeptos vienen con la bandeja de suculenta pastelería para acompañar al cafelito de media tarde... Horas interminables de charla y entretenimiento.

Cuando falta alguien, del entorno o fuera de él, ya tienen conversación fuera o más allá de lo que son las compras diarias, los achaques de la edad, las medicinas o los sinsabores de la soledad. Si se corre el rumor de que hay alguien enfermo, no se le deja abandonado a su suerte y acuden en su ayuda o se mantendrán en contacto continuamente por teléfono. Si por contra alguien ha dejado su asiento huérfano porque su corazón ya no dio más de si, entonces ese alguien se convierte en ángel custodio del paraíso; desde el sueño de 'París', el último ya vigila sonriente. Y el punto de encuentro entre este mundo y el otro sigue siendo la cafetería.

Pero no crean que esto solo atañe a esas personas que ya han cumplido una edad lo suficientemente avanzada como para peinar canas y cobrar una pensión. Allí se congregan otrora miembros de diputación y de partidos políticos, abogados, economistas, turistas, reputados periodistas venidos a menos y a más,... gente corriente. Todos peregrinan en torno a una mesa con unos cafés, con unas cañas y unas aceitunas, con algún que otro 'pelotazo'; con las respectivas bolsas de la compra, o las agendas sobre la mesa, o la lectura profunda de la crónica del partido del pasado fin de semana del Málaga C.F., o una revista de crítica literaria... Incluso allí se han gestado acuerdos rubricados en el consistorio y pactos de campañas electorales. También se sentó a tomar café un tal John Malcovich como uno más, como tantos otros dioses perfumados de humanidad con suficiente humildad como para bajar a la tierra a departir un poco con los mortales. Hasta resulta extraño entrar en el maremágnum de mesas y sillas y no toparse con algún que otro carrito de bebé, esos que probablemente serán los futuros inquilinos de la plaza.

Si en algún momento desaparece todo y queda reducido a cenizas, todas esas personas quedarían huérfanas. Dispersarían la ubicuidad de su soledad por el laberinto errabundo de la conciencia y quedaría despedazada como se despedaza el amor cuando desaparece, como un cristal que se quiebra y por más que la melancolía una esos pedazos ya nada vuelve a ser lo mismo. Esas cafeterías son lo que son y respiran lo que respiran porque sus adeptos, sus peregrinos, sus penitentes, sus acólitos, son el aliento de la misma vida de la que se retroalimentan, la bocanada placentera de la última calada antes de cercenar la colilla. Como la brasa que aligera el camino de cenizas que deja tras de sí el calor del fuego, así se consumiría la vida de todas esas almas. Se encontrarían perdidas, huérfanas de una rosa de los vientos que las guíe, de un lugar al que peregrinar; huérfanas de ubicuidad, ya pasen dos días o pasen dos años o pasen diez. Las ciudades y los pueblos necesitan de ese cónclave de peregrinaje obligado para todo vecino que sienta el más mínimo arraigo de su gente, de su entorno, de su ciudad, de la vida...

Diez años después, con un 'pitufo' con aceite y un descafeinado solo frente a mí, desayunaba junto al amor de mi vida. Una de esas veces que se puede permitir uno el “lujo” de pagarse un pequeño ágape por el simple placer de contemplar la vida de cerca. Ella termina con su desayuno y se enciende un cigarrillo. Llevo unos diez años sin fumar y aún me llega el aliento abrasador de la abstinencia. Los pétalos rizados que suplantan sus labios sostenían el cigarrillo para luego absorber una calada de humo y por último acomodarse en sus pulmones. Notaba en mis carnes cómo el aroma que aspiraba de la brasa que coronaba ese cigarrillo penetraba en los míos y me estremecía. Lo que me quedaba del café calentito me ayudó a espantar el rubor del deseo por una calada. Unos minutos después llegó la clientela habitual del desayuno cotidiano, buscando acomodo y compañía. Un inicio de charla, continua y repetitiva como el día de la marmota, con ciertos lunares excéntricos por las novedades que adornaban las frases que conformaban un circunloquio vestido de faralaes. Y a lo lejos, repentinamente, vi acercarse una mujer de aspecto caucásico y de acentuado aire nórdico, madura y de un extraño color de pelo entre blondo y blanco. Caminaba de forma especial y me llamó poderosamente la atención aquellos ojos celestes, casi como dos perlas. En efecto, era ella, visiblemente distinta, un tanto echada a perder y unas patas de gallo que ornamentaban sus ojos. Acudía a su cita con el tiempo, peregrina del lugar que conoce... Diez años después sigue penando hasta una mesa de la cafetería, el punto de encuentro. Ese es el lugar donde se concilia todo, donde se congrega la vida y la costumbre de vivirla, un lugar donde cumplo con la penitencia de asomarme a ella como aquel día de hace diez años, como todos aquellos que consciente o inconscientemente acuden a disfrutar de las sinfonías en el maravilloso teatro de los sueños de la vida, porque los sueños, sueños son: humo de un cigarrillo, del cigarrillo que el amor de mi vida, mi Audrey, mi Sofía, mi Claudia, mi todo, apaga en el cenicero y deja en el aire la bocanada de aliento que hace, de repente, que todo cuanto sucede, todo, tenga sentido.





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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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