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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Todo tiene su eco en la eternidad

Después de dar bandazos de aquí para allá por toda la geografía nacional (y alguna que otra incursión más allá de los pirineos), regresé a Málaga capital en 2006 tras una breve estancia de dos añitos en Marbella. Llevaba por entonces algo más de 6 años apartado de cualquiera de los muchos ejercicios intelectuales que siempre me han acompañado en la vida. Me acomodé en pleno centro histórico, en una de las calles con más solera: Andrés Pérez. Una rúa que respira gratitud, desprende nostalgia y resultaba lamentable el estado de abandono constante que sufría y que afortunadamente entre los comerciantes y vecinos de la zona, con la imprescindible aportación del consistorio, comienza ahora a recuperar un poco del lustre perdido. Pero eso es otra historia. A lo que iba.

Saliendo del vetusto edificio donde vivía, y hacia lo más ancho de la desembocadura de la calle, nos topamos con Carretería. Allí se ubica, aun hoy sigue en su lugar, un negocio (hay varios) familiar y mundialmente conocido como ‘chino’ (por más que todos estos se esfuercen en bautizarlos, nadie los conoce por su nombre, sino por la nacionalidad de quienes los regentan, aunque tengan que cumplir con el trámite de adjudicarle un nombre comercial). Aun hoy desconozco cómo lo consiguen pero todos sus negocios, a modo de bazar o de zoco, de todos los tamaños, colores y formas posibles, tienen siempre lo que uno busca; de mala calidad, pero lo tienen. A veces los he imaginado preparando algún tipo de rito de iniciación a la venta, algo así como una especie de sortilegio ancestral, con sus polvos mágicos y sabiduría medieval, con fanfarrias de ‘aló tle delisia’ atómicas y musicalizadas con toda suerte de gongs y un sin fin de misterios imperiales rococós. De repente toda parafernalia desaparece tras un inconfundible humo grisáceo verdoso producto de una dramática e inocua quemazón de fósforo. Wroooom!  Y aparece la tienda (¡de alimentación!) a donde voy a comprar un rollo de cinta aislante (¿se dan cuenta de lo insólito?). Al fondo, me dice el rollizo adolescente sin dejar de mirar su portátil. Y en el fondo del tercer pasillo tengo al alcance de la vista los rollos de cinta aislante. Pero me encuentro con el obstáculo de un par de chavalillas, vigiladas de cerca por una especie de ‘shaolin’ con aspecto de primo lejano de Bruce Lee pero tamaño Zumosol. Las chiquillas cuchicheando mientras husmeaban algunos objetos brillantes con forma de pulsera o algo parecido, baratijas de poca monta. Justo cuando intento abrirme paso entre ellas, aprovechando las estrecheces del pasillo, la morena de ojos vivaces, mirada pícara y enjuta como la caña de un cálamo guardó en un cachete bajo el pantalón un par de esos objetos brillantes en un pis-pas: muy limpio, rápido y disimulado. Tanta viveza cegó al shaolín, ni se enteró. Pero aquellos ojos se me clavaron como estacas en la memoria, implorándome que no dijera nada, súplica muda que ornamentó con el arco de la comisura de sus labios. Salió indemne con su premio… y mi sonrisa cómplice.

Por mucho que me arrepienta ahora, no paro de pensar en que debí haberla reprendido o quizá haberle dado el dinero para pagarle su chuchería. La razón me sugiere que la educación depende de muchos factores, el primordial está en casa. Pero cuando un niño encuentra en la calle pequeños entremeses a modo de lecciones útiles, no los olvida fácilmente, o sí; también corre uno el riesgo de ser tachado de chivato, esquirol y lindezas mucho más grotescas que no debiera reproducir aquí. Pero no es el caso. Mi conciencia me lo recuerda de nuevo, señal de que el modo de afrontar aquel pequeño incidente fue erróneo. Y de ahí mi arrepentimiento y la duda que me carcomerá siempre. 

Encontré en la misma embocadura de la calle Andrés Pérez, seis o siete años después, a un agente de policía colocando los grilletes en las muñecas de una chica morena, enjuta como un cálamo, con unos vaqueros y sudadera ajustados: la misma adolescente con seis o siete primaveras más que habían moldeado en su perfil un ser encantador y manifiestamente bello. Me vio y me reconoció del mismo modo como la reconocí a ella, inclinó su cabeza sabedora de que la había cagado… y parecía que mucho. Estuve preguntándome durante todo ese día qué habría hecho para merecer aquello. Sobre todo si yo hubiera podido contribuir a evitar aquel momento. Si aquel día en que simplemente sonreí al atropello de un robo inocente y pueril, hubiera reprendido ese acto de algún modo. ¿Acaso fue el punto de inflexión en su vida o fue uno más de innumerables y pequeños hurtos?

Pasé por calle carretería hace muy pocas fechas cerca de un grupo de jóvenes adultos, riendo y compartiendo premisas con su jerga callejera, casi cacófona e ininteligible para la mayoría de los mortales. Me clavó la mirada una joven a la que reconocí al instante. Enseguida ensombreció el semblante sólo un instante. Me había reconocido, yo la miré y me sonreí porque realmente me alegré de verla, aunque les confieso que la encontré muy desmejorada y todavía más delgada que años atrás. Me lanzó un guiño que, ahora que escribo estas líneas, no comprendo bien el porqué, un guiño de complicidad tal vez. O quizá el guiño de alguien que había aprendido y quiso transmitírmelo con aquel gesto. El lenguaje de las miradas me resulta en ocasiones tan intrínseco como volátil. Pero la voz de mi conciencia me susurra cada vez que se me cruza por mi camino aquella chica morena y enjuta como un cálamo. La conciencia reproduce entonces aquellos actos aparentemente inocentes. Si hubiera impedido aquel pequeño hurto, como si de un juego de niños se tratase, tal vez su vida hubiera sido distinta... o tal vez no. Quién lo sabe. Lo único cierto es que nadie imagina cómo me gustaría quemar un buen puñado de fósforo y hacerlo desaparecer todo tras un inconfundible humo grisáceo verdoso.
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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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