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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Un traidor como los nuestros

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Aunque se trate de una película de espías y de mafiosos, la verdad que más parece tratarse de una película de intrigas de teleserie para pasar el rato, por como ha planteado Susanna White el metraje de esta cinta, más acostumbrada a realizar películas para televisión que para la gran pantalla, de ahí que se note su propensión por edulcorar toda la trama hasta casi sacarla del contexto del espionaje y la mafia.

A ramalazos da buenas vibraciones, desarrollándose la película por un tumultuoso mar de intrigas palaciegas y de bajos fondos a un tiempo, dando al espectador un caramelito en la boca para que vaya haciéndose al cuerpo de lo que va a encontrar, pero se dispersa la película por un mar de dudas que no deja bien resueltas y acaba diluyéndose como un azucarillo hasta desaparecer en un té de media tarde lleno de indiferencia. Lo que contrasta diametralmente con la trama urdida en la novela de John LeCarré, que distando poco de la adaptación de su novela homónima a la película, se cumple aquí el dicho de que la novela es mejor que la película, infinitamente mejor y con unos brotes de tensión de los que carece por completo el film.


La película trata de una pareja que pasa unos días de vacaciones en Marruecos con el objeto de reencontrar su matrimonio como consecuencia de una infidelidad del marido. De forma más que accidental conocen a un multimillonario ruso  que asegura pertenecer a la mafia. Éste les invita a una fiesta de cumpleaños y aprovecha para pedir, a cambio de lo que conoce sobre el blanqueo de dinero a gran escala, asilo político en Inglaterra para él y su familia, así desenmascararía a todos los implicados y de esa forma se librarían de una muerte segura.

En realidad, tal y como se van sucediendo los hechos, resulta más que previsibles los acontecimientos por donde se desarrolla la trama. Como entretenida, la película resulta entretenida, la verdad, eso sí, sin sobresaltos de interés ni sorpresas que puedan ser destacables. Lo que sí cabe destacar con los papeles de Stellan Skarsgaard y de Damian Lewis (Homeland). Extraordinarios los dos, haciendo del acabado impecable de las producciones británicas algo mejor película de lo que en realidad es. Y con esto no quiero decir que sea una mala película, sino que un metraje de espías y de mafiosos como este hubiera necesitado unos derroteros más elocuentes y menos previsibles, mucha más tensión y no dárselo todo masticadito al espectador. Con el elenco de actores con los que cuenta, podría haber resultado mucho más interesante, sobre todo porque Ewan Mcgregor lo he visto desaprovechado, muy plano y sin sangre, ni aun cuando descarga algunos momentos de adrenalina le notamos tensión en el rostro.






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100 Metros

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Este drama protagonizado por Dani Rovira y Alejandra Jiménez, resulta tan emotiva como plana, con poca profundidad, como si le faltase en ocasiones ahondar en las aguas de la naturaleza circunstancial de esta enfermedad, pero en otras se muestra con sobrada maestría dramática, cosa esta última que denota en la trastienda un enorme trabajo de preproducción y planificación. Con esto quiero decir en realidad que en muchos tramos de la película parece que cumple con todos esos clichés de los melodramas estadounidenses de superación, esos que suelen aparecer en las sobremesas de los fines de semana por televisión, y en otros tramos da también la sensación de desarrollarse con inteligencia emocional. Pero lo que queda claro es que la película se esfuerza en todo momento por hacer visible una enfermedad poco conocida en sus adentros y en su comportamiento y que en este aspecto trata con no relativa efectividad.

La película en sí misma trata de superación, de como un hombre Ramón Arroyosano, treintañero, padre de familia, le diagnostican esclerosis múltiple y a quien todos los pronósticos le hacen indicar que en apenas un año no podrá ser capaz de caminar ni 100 metros, de ahí el título de la película. Pero Ramón decide plantarle cara a la vida y con la ayuda de su mujer (Alejandra Jiménez) y del gruñón de su suegro (Karra Elejalde) incian un particular vía crucis en pos de superar el reto de completar un iron man. (La película es, en realidad un biopic basado en la historia de

Entre medias encontraremos muchísimas notas de humor que aparecen en varios momentos del metraje que me parecieron más que acertadas, con un Karra Elejalde muy bien en su papel y en quien creo recae el peso de una película que salva con su maestría, sin olvidar a Alejandra Jiménez que creo está a la altura de lo que se le exige. Si bien Dani Rovira sale airoso en un papel dramático (y difícil, bastante difícil diría yo) como este, incluso en ocasiones resulta convincente, creo que necesita mejorar sus registros y he de reconocer que si trabaja podrá llegar a defender personajes mucho más complejos. No quisiera olvidarme de una entrañable y cuasi testimonial María de Medeiros, a quien ya le son evidentes los años que le caen encima (como a todos) pero que sigue manteniendo el mismo encanto de antaño (cosa que no todos seguimos manteniendo).

En definitiva, lo que podría haber sido un relato inspirador, se ha quedado en una historia más de superación, muy al estilo americano -por mucho que me pese y por más benevolente que procuro ser-. Tal vez sea porque EEUU globaliza gran parte del cine mundial y ese género lo domina como nadie. Encontraremos historias semejantes de superación en muchos telefilmes americanos, pero en esta película hay mucho trabajo tras la cámara, sobre todo en planificación, y consigue sensibilizar, aunque apele de un modo edulcorado, al público que de seguro saldrá del cine concienciado de que esta enfermedad afecta casi tanto al entorno más cercano de quien lo padece como al propio afectado. Dani Rovira sale, como digo, airoso en un papel complicado. Y me quedo con el personaje de Karra Elejalde como el sostén de toda la película. No obstante, merece la pena ver esta película, sobre todo porque no se abandona a la indiferencia ante esta enfermedad tan cruel, siniestra y denostadora.







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Sully

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Puede que esta sea la película más blanda y sencilla que haya dirigido Clint Eastwood en las últimas décadas. Y de la que no va a importar mucho el hecho cometer el pecado de destapar las claves de la película (odio la palabra spoiler, aunque a veces incluso se me escape) puesto que está basada en hechos reales bastante conocidos por todos. La película es una oda narrativa de rigor, humildad y buen hacer para una historia que, en manos de cualquier otro director, hubiera terminado en un canto al patriotismo y en la recreación de la angustia. Cabría destacar que no es una película con sobresaltos ni mucho menos tensa, y sin embargo es una película que hace un tratamiento y una definición de lo que en realidad significa ser un héroe.

Gran parte de la película discurre en la cabeza de Sully, revisando en sus insomnios vez tras vez los momentos posibles de haber decidido aterrizar en tierra firme y la desgracia que hubiera ocasionado esa decisión. La idea del director es colocar al espectador del lado más íntimo del comandante y vislumbrar desde ahí el lado más humano de lo que el resto de la ciudadanía cataloga como héroe. Entra en discordia la ignominia de los intereses económicos de las aseguradoras y demás burocracia, quienes en un alarde de ingenio tratan en todo momento de inculpar al héroe nacional como negligente por haber tomado una decisión aparentemente errónea, y de ese modo escapar economicamente de responsabilidades económicas derivadas. Es esta parte la catalizadora de la historia, pues la recreación de todo el trayecto sobre lo que sucedió en realidad y las simulaciones acaban enconándose y encontrándose. 

Solo pondría un pequeño pero a la película: en el momento en que el comandante anuncia por megafonía que los pasajeros se preparasen para el impacto, no se oye un grito de espanto ni siquiera un solo pasajero pierde un poquitín los nervios. Cosa que se me antoja un tanto irreal... Aun así, casi es algo que pasa desapercibido puesto que la narración da preeminencia a lo que realmente importa, que son los hechos en sí. 

Nos deja Clint Eastwood en muchas ocasiones con la duda de si el protagonista en cuestión es un verdadero héroe o un villano. El propio Sully duda de ello en cada instante y trata de encontrar en lo más recóndito de su memoria el más ínfimo resuello de inapelable inocencia para poder descansar de sus pesadillas y confraternizar de manera sustancial con sus 155 nuevos miembros de su familia. Técnicamente me ha parecido una película brillante, llena de la majestuosidad que uno puede encontrar en lo sencillo, en la narración, evitando la espectacularidad de los efectos especiales y la exacerbada acción. Es un toque de maestría narrativa visualmente hablando. Y uno percibe los años de vino añejo que corre por las venas del cineasta con películas así. Con un Tom Hanks ecuánime y robusto en su interpretación y un mas que correctísimo Aaron Eckhart, secundados por un elenco de reparto dando el do de pecho a la altura del film que representan.






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Que Dios nos perdone

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Antes de proceder a iniciar el desarrollo de esta crónica, habría que decir que para ejecutar una producción cinematográfica, para hacer una película, hacen falta varias cosas. Lo primordial, inventiva, imaginación y sorpresa... muy en especial cuando la temática redunda en torno a la violencia y sus derivados. Creo, a mi modesto enender, lo cumple 'Que Dios nos perdone'. No en vano recibió el premio del jurado al mejor guión en el festival de cine de San Sebastián. Es una película que derrocha imaginación en lo que tiene que ver con su trama y el marco en el que se encuadra, además del desenlace.

Dos inspectores de policía reciben el encargo de la investigación de una serie de asesinatos en un marco social convulso por varios aspectos: la crisis económica, miles de peregrinos que esperan la llegada del Papa Benedicto XVI, el movimiento 15M de por medio y un calor de mil demonios en Madrid. La búsqueda de este asesino en serie deben de hacerlo del modo más discreto posible por parte de los inspectores Alfaro (excepcional, impecable y superlativo Roberto Álamo, se me antoja el alma de la película, lo mejor que he visto últimamente por el cine español) y Valverde (Antonio de la Torre, que hace de inspector asocial y quien no deja entrever ni un atisbo de él mismo en su enésima exhibición interpretativa en el papel de policía tartamudo). Rodrigo Sorogoyen construye su relato de una manera ordenada, en el que al principio da pasos dubitativos y casi que desarrolla la explicación y sentir de sus personajes durante un buen tramo de la película, que puede parecer hasta lento, pero que se antoja más que necesario dado el resultado final. Se hace esperar el inicio del desenlace, pero merece la pena la espera. Por lo que debería añadir que no es una película al uso, no es un thriller de acción y suspense, con ensaladas de tiro y persecuciones. Anda más cerca a Zodiac o de Seven que de cualquier otra cosa. 

El resultado es un thriller psicológio tan brillante como fallido en algunas pequeñas máculas, como puede ser, quizá, esa reyerta callejera entre inspectores de la policía con la uniformada separándolos y que apenas despierta el más mínimo interés entre la multitud que discurre por la calle. Pero como digo, son pequeñas máculas que no entorpecen para nada en el guión. Y, además, paralelamente a la narración, las historias personales que mantienen en vilo y en permanente sintonía con las pesquisas de los policías. Rodrigo Sorogoyen hace unos guiños también a la sociedad convulsa que vivimos en España en 2011 y sin hacer crítica de ello, tan solo exponiendo la idiosincrasia que tuvimos y tenemos la desgracia de vivir. La segunda hora de película mantiene al espectador en su butaca con el deseo incesante de atrapar al asesino, de que lo atrapen de una vez, y donde las sombras que persiguen más parecen ser atisbos de la esperanza que se escapa por parte de cada uno de los protagonistas o incluso podría decirse que se trata de un destino común a los inspectores que se les escurre permanentemente de los dedos, con el reflejo de esa impotencia que produce todo eso que perdemos sin remisión a poder retenerlo. Esto tiene especial incidencia en el resultado final del filme.

Merece la pena, y mucho, ver esta película. Principalmente por lo que supone para el cine español producir cintas que tienen mucho más que ver con el calibre europeo y también porque, siendo un thriller psicológico como es, y que pudiéramos esperar una copia de los blockbusters estadounidenses, acaba alejándose de muchos de esos clichés y adopta una simbiosis entre la idiosincrasia española y los matices del cine coreano o de grandes espejos como dije antes, que me recuerda en muchas fases a Zodiac o Seven. Sobre todo merece la pena ver la portentosa actuación de este dúo dinámico que se complementan sin un atisbo de histrionismo, en especial a un grandísimo Roberto Álamo que me resulta irreconocible, todo un cani desaliñado y bestial, una fuerza bruta sacado de lo más bizarro de los años ochenta.






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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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