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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

La chica del tren

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La película en sí misma es una metáfora: el tren como vía de escape o como medio para quedar atrapado en ida y vuelta sin trayectoria posible hacia ninguna parte. Ya lo advierte el mismo título, el tren y la chica. El tren discurre por una zona muy concreta de ida y vuelta y es por donde se desplaza la protagonista, Rachel, que interpreta magistralmente Emily Blunt; aunque más que una vía de escape en realidad es donde se siente atrapada y encerrada, en sus emociones, en sus fantasmas, en sus miedos y su sufrimiento... y es ahí donde comienza todo.

Rachel es una mujer destrozada por ciertos acontecimientos en su vida y se da a la bebida, es su modo de escapar de la realidad. Mantiene una fijación obsesiva con su ex marido y familia que raya lo demencial. En un momento dado durante el trayecto de ida y vuelta en el tren de cercanías hacia Manhattan, se apercibe de algo que le llama poderosamente la atención y siente en ese momento haber encontrado un sentido a la no realidad que vive y sufre. Un sentido que adopta como paralelismo entre sus circunstancias y aquello que cree haber visto. 


A partir de ahí la película entra en un laberinto que discurre por derroteros de auténticos vacíos que se van salvando a modo de puzle, puesto que carece de desarrollo lineal y viene a dar continuos saltos en el tiempo y sobre las diferentes historias, cosa que nos permite ver y observar las vidas de cada uno de los personajes que integran esta historia de suspense. Además a lo largo de la película, la realización se apoya en continuos desenfoques, en especial donde Emily Blunt hace su particular alarde de interpretación en estado de embriaguez. Ella mantiene el tipo en todo momento y sostiene por completo el peso de esta sórdida y sorprendente película, que merece ser vista en la gran pantalla. Porque es muy probable que al degustarla desde nuestro televisor apreciemos cierto regusto a telefilm de sobremesa de fin de semana. Tal vez sea por esto por lo que entiendo que el metraje de la cinta haya sido pausado y con especial indicación hacia los detalles que aparentemente pasan en un principio desapercibidos y, sobre todo, porque me resulta comprensible comprimir tamaña novela en la que esta basada la película en poco más de dos horas de metraje. Peca de complejo de inferioridad y esconde, comprensiblemente por otra parte, muchísima información que escapa de la película en forma de preguntas sin respuestas. 

Es una película oscura, con tintes depresivos, cuya fotografía juega en la ambivalencia del finísimo hilo que separa en la mayoría de las ocasiones nuestras particulares ensoñaciones o imaginerías y la realidad. Habla, sobre todo, de la soledad ante el dolor y de lo pernicioso que es el refugio en este estado bajo la dependencia emocional de lo que perdimos, tuvimos o quisimos tener y no tenemos o perdimos. Se soslaya asimismo la conexión inevitable que existe entre las relaciones sociales y la manera que tenemos de afrontarlo a través de las tecnologías actuales que todos tenemos al alcance de la mano.

El poder de convicción de Emily Blunt en la pantalla es quien hace creíble esta trama y la sordidez con la que el director Tate Taylor (a quien todo el mundo conocerá por haber dirigido la oscarizada e injustamente menospreciada "Criadas y señoras") afrontan este entramado emocional que se resuelve con relativa solvencia.








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Snowden


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En muchas ocasiones, en el cine, sucede que uno se encuentra frente a una película que carece de todo entusiasmo cinematográfico y que no aporta nada nuevo bajo el sol, o tal vez se desarrolla por derroteros de un encefalograma plano con marchamo de siesta obligada. Aun así, ocurre que son películas neesarias para el entendimiento del contexto en el que vivimos. Y dicho lo cual, entro de lleno a parlamentar sobre esta cinta para que se tenga en cuenta el porqué de mis disquisiciones.


Cuando digo que es necesaria, casi imprescindible, es por el hecho de que la película anda a caballo entre el biopic, el documental y el dramatismo cinematográfico. Pero a fuer de ser sincero esta 'trilogía' de géneros en muchas partes de la cinta le confiere un cierto tufillo a telefilme de sobremesa. Es decir, con todo esto quiero decir que no es una película al uso, con su planteamiento, puntos de inflexión, desarrollo, clímax y desenlace... En sus inicios incluso es muy monótono y parece excesivo tanto metraje para narrar las peripecias de este intrépido joven, aunque se antoja necesario. Ofrece una sensación de ser plana, o dicho más coloquialmente, puede parecer aburrida. Pero, como digo, ofrece toda esa información necesaria para poder comprender la evolución del protagonista, como si de un personaje de ficción se tratase y así lo desarrolla Oliver Stone con los continuos saltos en el tiempo, y consensuado por el propio Snowden (quien aparece de carne y hueso en la película). Es una película, ya lo he comentado, a caballo entre el documental y el biopic, con el particular ritmo narrativo de un Oliver Stone que vuelve por sus fueros recordando películas como "Nixon", "JFK" e incluso en algunos tramos he visto ciertos retazos de "Asesinos Natos", aunque confieso que lo he visto excesivamente edulcorado. 

Con esta cinta Oliver Stone vuelve al cine de compromiso político que pergeñó apenas conoció los detalles de toda esta trama en 2013. Según el propio director, no tenía muy claro si hacer una versión ficticia o real del asunto, hasta que cayó en sus manos el manuscrito, más bien formal pero lleno de detalles, del periodista de 'The Guardian', Glenn Greenwald, que interpreta un genial Zachary Quinto (teniente Spock en la nueva saga de la franquicia Star Trek). Por lo que decidió que el núcleo duro y la parte de mayor tensión de toda la trama narrativa se centra en Hong Kong. Una preproducción que duró más de un año y que comenzó a fraguarse en 2014 rodando a lo largo de todo el año y con mil y un quebradero de cabeza para poder finalizarla.

Como punto negativo de la película, solo decir que no he visto a Edward Snowden reflejado en la piel del actor Joseph Gordon-Levitt. Además, en algunos momentos de la pelíula se soslaya el hecho de que es su pareja, interpretado por Shailene Woodley, protagonista de la serie Divergente, la que inocula la semilla de la duda en la cabecita del atormentado Snowden. Pero resaltar los pequeños cameos de Tom Wilkinson y de Nicolas Cage que, en sus breves apariciones, se comen la pantalla. Es una película más completa que la que se hizo sobre él, Citizenfour, aunque sí es un poco más monótona. No esperen una película trepidante ni de emociones fuertes, aunque sí diría que terrorífica por lo que supone la realidad que presenta: vivimos en un gigantesco Gran Hermano en el que unos pocos conocen hasta la marca de ropa interior que usamos.







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Un monstruo viene a verme

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Con esta película Juan Antonia Bayona cierra una especie de trilogía sobre la madre, sobre el dolor, sobre la pérdida, o todo al unísono. En todas ha utilizado la relación de una madre con su hijo como lucha contra la fatalidad. En esta película, no exenta de calidad cinematográfica (diría que con ella acopia las pocas carencias que pudiera encontrarse en las anteriores), se desarrolla una historia muy cuidada desde el principio hasta el final, basada en el libro homónimo del escritor estadounidense Patrick Ness. Aunque en principio pudiera parecer una película infantil, lo cierto es que el guión adaptado narra de forma adulta y con ritmo preciso cómo la verdad perturba cada noche a Connor (Lewis Macdougall), que además soporta abusos e indiferencia, eso que hoy conocemos como bulling, y con el aderezo de la frialdad de un hogar en el que se va apagando la luz. Por lo que la única evasión es la imaginación y los brazos de una abuela más bien distante (Sigourney Weaver). Todo transcurre en torno al cáner que consume a su madre (Felicity Jones). Resulta disonante que todas las apariciones fantásticas del monstruo son las que traigan los mejores momentos de la película, tal vez amparados por unos efectos especiales que rozan lo auténticamente real.

La película carece de trampas narrativas, trucos malabaristas de guión, ni nada que se le parezca. En ocasiones, la película parece desigual, demasiada indiferencia contrastando con demasiada emotividad, quizá un mayor equilibrio hubiera tapado los altibajos, que, a fuer de ser sincero, apenas si se notan. Sobre todo por la carga emotiva de la película que en última instancia logra hacer brotar de los presentes mares de lágrimas. Algo que logra a la perfección la magistral obra de arte narrativa de J.A. Bayona: que ninguno de los artificios de los efectos especiales logra anular la verdadera razón de esta historia, que pudieran ser el complicado proceso de crecer, la asunción de la muerte como parte de la vida, así como poder reconocer el dolor propio y ajeno de quienes nos rodean.

Es bastante comprensible que en España no haya sido una película aceptada como grande debido a la falta de tradición de nuestro cine de producir películas con mensaje. Habida cuenta que, en el fondo, esta propuesta es un CUENTO, el espectador, sea español o no, ha de tener bien presente que todo cuento lleva consigo un mensaje o una moraleja. Por lo que queda más que justifiado que la cinta vaya compañado de un mensaje: es la verdadera razón por la que muchos críticos han vetado y calificado como moralista o aleccionadora, incluso hasta mala (?) los minutos extraordinarios de esta macroproducción. En modo alguno lo es, los mensajes son los susodichos (el complicado proceso de crecer, la asunción de la muerte como parte de la vida, así como poder reconocer el dolor propio y ajeno de quienes nos rodean; o al menos creo que lo son), pero no existe un abuso de contexto para incidir en esta argumentación. Aún la crítica española hace gala de numerosísimos complejos que, como bien comentamos con Alberto Rodríguez, logra quitárselos construyendo una magnifica historia de una de las numerosas e ingentes que acopia la historia de este país y que la maquinaria audiovisual española insiste en ignorar o pasar de puntillas.

Yo titularía este resumen de crónica como "Juan Antonio Bayona: un monstruo que viene a ver E.T", porque ha demostrado con esta película su consolidación como narrador extraordinario de historias, quizá Steven Spielberg tenga en él (incluso piense ya en él) como un dignísimo sucesor, ya que Bayona ignora el aspecto emocionalmente infantil del que se tiñen todas las películas fantásticas del norteamericano y que quizá le hubieran dado un punto de mayor solemnidad del que ya de por sí tienen.






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El hombre de las mil caras

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El título es de por sí elocuente, ya que para tener la virtud de poseer mil caras uno ha de ser habilidoso en el arte de la mentira. Y dicho así, uno podría creer inconcebible que alguien mentiroso pudiera ser elevado a la categoría de héroe, pero lo cierto es que Francisco Paesa, el revolucionario espía de los 90, se mueve como pez en el agua en un período tan cercano como etraño y, como no, tan revulsivo como fructífero en lo económico. Un período que comenzó a desangrar España a través de ese síntoma del 'pelotazo', en todos los estratos de la sociedad española, también en los bajos fondos del espionaje y los trapos sucios de la polítia.

Alberto Rodríguez consigue sacar provecho del conocimiento de los periodistas Manuel Cerdán y Antonio Rubio, para poner de manifiesto en este thriller todo lo que es España en su esencia: no podía escribirse en otro país un libro como 'El Lazarillo de Tormes', y el ejemplo más clarificador de la idiosincrasia española lo obtenemos en este relato sórdido, en este lazarillo moderno que encarna con cegadora maestría un inonmensurable Eduard Fernandez.

Comenzamos desde el principio: década de los noventa, las olimpiadas de Barcelona, la exposición universal de Sevilla, el AVE, autovías a diestro y siniestro, la cultura del pelotazo y la gomina,... pero como dice el propio Roldán, que encarna un magnífico Carlos Santos, 'el problema de España son los españoles'. Y hete ahí que comienza España en nombre de Francisco Paesa. Y así lo deja ver Alberto Rodríguez a través de ambientes oscuros, visillos de otro tiempo, un demacrado gotelé, y un cielo destemplado a un tiempo haciendo juego con el humo de tabaco que satura al espectador y lo acompaña hacia ambientes depresivos, así sean pulcros e impolutos, así sean destartalados y desvencijados como un frigorífico oxidado. Paesa es: empresario, banquero, traficante de armas, diplomático, estafador, pero por encima de todo es mentiroso y espía.

La película discurre en el alambre de una tensión que no desaparece en ningún momento, ni siquiera cuando el entramado parece diluirse en los mil cabos por donde se enmaraña y casi parece diluirse, dejando al espectador en un mar de dudas que no parecen respirar bajo las profundidades. Hasta que aparece la maestría de la realización para dejar claro que las dudas aparentes acaban siendo un recurso más que un obstáulo. Pudiera parecer que se trata de un thriller al uso, rutinario, pero cuando uno se percata que, en el fondo, Eduard Fernandez, o lo que es lo mismo, Francisco Paesa, sale a escena, disipa cada duda porque en realidad encarna la esencia de la idiosincrasia española cual habilidoso lazarillo de su pobre ciego Luis Roldán: la picaresca.

Alberto Rodríguez edifica una película con la dificultad añadida de cargar con la losa narrativa de daptarse a los hechos reales con los que cuenta y solventa con nota la dificultad que entraña conocer de antemano los acontecimientos y no caer en el aburrimiento, todo lo contrario. Lo que cuenta es hacer visible la historia de un mentiroso que olvida que es mentiroso para vivir su propia mentira, aunque con ello tenga que sacrificar hasta su vida privdada. Todo lo que le rodea es una falacia inconmensurable, de tamaño gigantesco. Es la encarnación de lo que era y sigue siendo su propio país, intentando vivir una vida que no le corresponde. Con 'Grupo 7', Alberto comienza a cimentar una radiografía de la españa real que nos toca vivir y que intenta esconder sus vergüenzas; dejando la impronta imperfecta y llena de porosidad con 'La Isla Minima', cuyo interés abarcaba el nuevo aire de una herida que todavía no cicatriza ni cicatrizará con facilidad pese a asumir la necesidad de cauterizar la herida. Con esta película deja claro que la herida sigue abierta y que la idiosincrasia nacional queda más patente que nunca porque es algo que llevamos en nuestro ADN.






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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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