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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Belleza oculta

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Esto es, en resumida instancia, un bonito y previsible cuento de navidad. Evidentemente, no es Frank Capra, ni mucho menos se acerca a Charles Dickens. Pero es de agradecer que la película carezca de pretensiones, va directamente al grano, o mejor dicho, a la lágrima, porque el objetivo fundamental de esta película es conquistar el corazón del espectador, aunque no cabe duda alguna de que el intento parece en gran medida fallido. Y como punto de inflexión, en lo relativo al título original (Collateral Beauty, que traducido sería Belleza Colateral), cabría decir que tiene mucho más sentido para la trama que el espectador se encuentre frente al significado de la traducción literal del título original que con el que se comercializa la película en España. Porque, en realidad, no hay nada oculto en esta producción que el espectador no pueda prever, anticiparse a los acontecimientos.

Cuenta la historia de un publicista de éxito que vive sometido al cisma de una tragedia muy personal, lo que le lleva a caer en una profunda depresión. Sus socios, amigos, colegas y compañeros de trabajos deciden poner en marcha un plan para tratar de sacarle de la situación en la que se encuentra: la contratación de unos actores para que representen el papel de cosas abstractas, como son la muerte, el tiempo y el amor, cosas a las que Howard Inlet (Will Snith) escribe cartas de reproche. No obstante, el plan de sus socios y amigos traerá consigo resultados imprevistos, colaterales... Y de ahí el título original. 

Desconozco la verdadera razón del porqué un elenco de actores de primerísima línea decidieronAfter Earth no ha logrado ni rentabilidad en taquilla ni conseguir un meritorio aprobado en las producciones en las que ha participado.


acceder a participar en un proyecto blando y con poco fuelle como este. Se reparten el peso de la película de manera sencilla y sin aspavientos, quizá porque la trama no da para más, o quizá porque apenas carece de subtramas que animen al espectador a conocer algo más de unos personajes que no terminan de engancharse al carro y que en muchos momentos no parecen evolucionar. Apenas cambian sus estados de ánimos. Y ya parece casi una maldición el hecho de que un tipo que parecía convertir en oro todo lo que tocaba, como es Will Smith, desde

Cabría destacar que la historia redunda de manera clara en torno a la paternidad, la maternidad, la descendencia, el tiempo como simiente de la huella depositada en la vida. Cada uno de los integrantes de esta historia tiene como referencia una deuda contraída consigo mismo, con la descendencia, con la propia razón de ser. La muerte pasa de ser una tragedia a una necesidad vital cuya presencia otorga un valor añadido al tiempo que tenemos. Y el amor es la presencia que lo domina todo.

En resumidas cuentas, pocas cosas que destacar de una película anodina, lacrimógena, con un elenco de estrellas que salvan los muebles para contar un cuento navideño que ha bebido con suma fruición de libros de autoayuda y que poca trascendencia tiene para el espectador. Es materia peligrosa para tratar de hacer ejercicio intelectual alguno, ya que carece de las aristas que delimitan la profundidad de una historia y le sobra empatía para derribar intramuros que abriguen corazones espinados. 






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Todo tiene su eco en la eternidad

Después de dar bandazos de aquí para allá por toda la geografía nacional (y alguna que otra incursión más allá de los pirineos), regresé a Málaga capital en 2006 tras una breve estancia de dos añitos en Marbella. Llevaba por entonces algo más de 6 años apartado de cualquiera de los muchos ejercicios intelectuales que siempre me han acompañado en la vida. Me acomodé en pleno centro histórico, en una de las calles con más solera: Andrés Pérez. Una rúa que respira gratitud, desprende nostalgia y resultaba lamentable el estado de abandono constante que sufría y que afortunadamente entre los comerciantes y vecinos de la zona, con la imprescindible aportación del consistorio, comienza ahora a recuperar un poco del lustre perdido. Pero eso es otra historia. A lo que iba.

Saliendo del vetusto edificio donde vivía, y hacia lo más ancho de la desembocadura de la calle, nos topamos con Carretería. Allí se ubica, aun hoy sigue en su lugar, un negocio (hay varios) familiar y mundialmente conocido como ‘chino’ (por más que todos estos se esfuercen en bautizarlos, nadie los conoce por su nombre, sino por la nacionalidad de quienes los regentan, aunque tengan que cumplir con el trámite de adjudicarle un nombre comercial). Aun hoy desconozco cómo lo consiguen pero todos sus negocios, a modo de bazar o de zoco, de todos los tamaños, colores y formas posibles, tienen siempre lo que uno busca; de mala calidad, pero lo tienen. A veces los he imaginado preparando algún tipo de rito de iniciación a la venta, algo así como una especie de sortilegio ancestral, con sus polvos mágicos y sabiduría medieval, con fanfarrias de ‘aló tle delisia’ atómicas y musicalizadas con toda suerte de gongs y un sin fin de misterios imperiales rococós. De repente toda parafernalia desaparece tras un inconfundible humo grisáceo verdoso producto de una dramática e inocua quemazón de fósforo. Wroooom!  Y aparece la tienda (¡de alimentación!) a donde voy a comprar un rollo de cinta aislante (¿se dan cuenta de lo insólito?). Al fondo, me dice el rollizo adolescente sin dejar de mirar su portátil. Y en el fondo del tercer pasillo tengo al alcance de la vista los rollos de cinta aislante. Pero me encuentro con el obstáculo de un par de chavalillas, vigiladas de cerca por una especie de ‘shaolin’ con aspecto de primo lejano de Bruce Lee pero tamaño Zumosol. Las chiquillas cuchicheando mientras husmeaban algunos objetos brillantes con forma de pulsera o algo parecido, baratijas de poca monta. Justo cuando intento abrirme paso entre ellas, aprovechando las estrecheces del pasillo, la morena de ojos vivaces, mirada pícara y enjuta como la caña de un cálamo guardó en un cachete bajo el pantalón un par de esos objetos brillantes en un pis-pas: muy limpio, rápido y disimulado. Tanta viveza cegó al shaolín, ni se enteró. Pero aquellos ojos se me clavaron como estacas en la memoria, implorándome que no dijera nada, súplica muda que ornamentó con el arco de la comisura de sus labios. Salió indemne con su premio… y mi sonrisa cómplice.

Por mucho que me arrepienta ahora, no paro de pensar en que debí haberla reprendido o quizá haberle dado el dinero para pagarle su chuchería. La razón me sugiere que la educación depende de muchos factores, el primordial está en casa. Pero cuando un niño encuentra en la calle pequeños entremeses a modo de lecciones útiles, no los olvida fácilmente, o sí; también corre uno el riesgo de ser tachado de chivato, esquirol y lindezas mucho más grotescas que no debiera reproducir aquí. Pero no es el caso. Mi conciencia me lo recuerda de nuevo, señal de que el modo de afrontar aquel pequeño incidente fue erróneo. Y de ahí mi arrepentimiento y la duda que me carcomerá siempre. 

Encontré en la misma embocadura de la calle Andrés Pérez, seis o siete años después, a un agente de policía colocando los grilletes en las muñecas de una chica morena, enjuta como un cálamo, con unos vaqueros y sudadera ajustados: la misma adolescente con seis o siete primaveras más que habían moldeado en su perfil un ser encantador y manifiestamente bello. Me vio y me reconoció del mismo modo como la reconocí a ella, inclinó su cabeza sabedora de que la había cagado… y parecía que mucho. Estuve preguntándome durante todo ese día qué habría hecho para merecer aquello. Sobre todo si yo hubiera podido contribuir a evitar aquel momento. Si aquel día en que simplemente sonreí al atropello de un robo inocente y pueril, hubiera reprendido ese acto de algún modo. ¿Acaso fue el punto de inflexión en su vida o fue uno más de innumerables y pequeños hurtos?

Pasé por calle carretería hace muy pocas fechas cerca de un grupo de jóvenes adultos, riendo y compartiendo premisas con su jerga callejera, casi cacófona e ininteligible para la mayoría de los mortales. Me clavó la mirada una joven a la que reconocí al instante. Enseguida ensombreció el semblante sólo un instante. Me había reconocido, yo la miré y me sonreí porque realmente me alegré de verla, aunque les confieso que la encontré muy desmejorada y todavía más delgada que años atrás. Me lanzó un guiño que, ahora que escribo estas líneas, no comprendo bien el porqué, un guiño de complicidad tal vez. O quizá el guiño de alguien que había aprendido y quiso transmitírmelo con aquel gesto. El lenguaje de las miradas me resulta en ocasiones tan intrínseco como volátil. Pero la voz de mi conciencia me susurra cada vez que se me cruza por mi camino aquella chica morena y enjuta como un cálamo. La conciencia reproduce entonces aquellos actos aparentemente inocentes. Si hubiera impedido aquel pequeño hurto, como si de un juego de niños se tratase, tal vez su vida hubiera sido distinta... o tal vez no. Quién lo sabe. Lo único cierto es que nadie imagina cómo me gustaría quemar un buen puñado de fósforo y hacerlo desaparecer todo tras un inconfundible humo grisáceo verdoso.
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Rogue One

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De entrada, con respecto a la película, tendría que confesar varias cosas: echo de menos a John Williams porque se nota su ausencia muchísimo, la trama está compuesta de los mismos refritos de la que están hechas las demás, que me alegra definitivamente que se haya enterrado esa predisposición por que apareciesen los teleñecos de Jim Henson a diestro y siniestro en la trilogía de los episodios I, II y III, y que el chicle es para masticarlo y saborearlo y cuando ya sabe a goma hay que tirarlo... La saga Star Wars parece que no dé para estirarlo más (aunque todavía hay algunas secuelas o precuelas por descubrir y parece que comenzó la preproducción del spin off para Han Solo que y llegará en 2018).

Confieso que me ha sorprendido un poco porque Rogue One ha conseguido recuperar un poco ese espíritu de los 70 que inició George Lucas y eso, dadas las precuelas y secuelas, me parece ya un síntoma importante. Incluso es posible que el cinéfilo más acérrimo pueda ver aquí algunas pinceladas del cine de Kurosawa con sus samurais. La película narra básicamente ese tramo dentro de la saga en el que el Imperio construye el arma definitiva, la estrella de la muerte, con la que pretende eliminar todos los asentamientos rebeldes de cada planeta. Pero un grupo de éstos deciden ejecutar la misión de robar los planos de la estrella de la muerte.  Un film que se encuadra entre los episodios III (La venganza de los Sith) y IV (Una nueva esperanza) de toda la saga.

Un correctísimo elenco que me ha dejado buen sabir de boca: FelicityJones, Diego Luna (el más flojito), con especial hincapié en  Forest Whitacker, (espléndida sus cortas apariciones) y un magnífico Mads Mikkelsen. Se precibe incluso un ramalazo del cine bélico antiguo, donde los malos tenían aspecto de malos, miradas de malos y rostros endurecidos de maldad, y los buenos esa antítesis de la perversidad del lado oscuro con el que el espectador empatiza fácilmente.

Pero también es cierto esta película resulta poco más que innecesaria. Además, algunos tramos de la película se hace excesivamente monótono o plano. Le falta un recorrido con más nervio, el único punto de tensión de la película se desarrolla en los últimos 30 minutos de película, cuyo desenlace va in crescendo hasta llegar a un punto de inverosimilitud en el final, que no voy a descubrir aquí pero que no resulta creíble; aquí ha habido un punto de falta de elaboración de guión y han resuelto demasiado fácil o con falta de imaginación. La tradición de Disney respecto a los finales de películas es siempre que la pareja protagonista terminen juntos y felices y en este sentido parece que fue la idea alternativa al final, aunque pronto desistieron en el empeño porque a todas luces hubieran destrozado toda la película y muy probablemente dejaría el resto de la saga con manifiestos agujeros insalvables.

Poco más se puede decir de un refrito de todo lo bueno que funciona en Star Wars. Aunque me reitero en la entrada de esta crónica: GarethEdwards (Monsters -2010- y la muy digna Godzilla -2014-) proporciona esperanzas, en términos generales, para el resto de la saga, si es que se le da continuidad a esta línea argumental, estética y, por qué no decirlo, visceral. Ha logrado acercarse al espíritu de los 70 con una estupenda película bélica, basada en la filosofía con la que Lucas inició su saga basándose en esos retazos del cine de samuráis que recuerda bastante a Kurosawa, y la coreografía aérea inspirada en los viejos filmes de aviación (léase, por ejemplo, El desafío de las águilas -1958-, Richard Burton y Clint Eastwood-). Y para los más viejos del lugar, la batalla final huele a El Imperio contraataca y El Retorno del Jedi, pero sin nieve. En definitiva, un colage para los más fans de la saga Star Wars.







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Zonas


"Un poeta es un mundo encerrado en un hombre", escribió Victor Hugo. El mundo que habita en el corazón del poeta es el compromiso con el hombre, con la honestidad hacia sí mismo, la reflexión como inflexión entre su intelecto y lo que le rodea. Tal que así, un mundo puede representarlo todo en una vida, y quizá la complejidad de lo que uno encuentra en el transcurso de ese todo universal que habita en cada ser humano empuja a indagar en el sentido que lleva consigo la propia vida para su sustento emocional. A lo largo y ancho del camino por donde uno transita tropieza con preguntas, medita y razona sus respuestas en pos de la comprensión de su propia existencia, la comprensión de ese mundo encerrado en sí mismo.

Cuando Aristóteles reflexiona en torno a la verdad que encontramos en su "poética", podría resumirse en este axioma: el nacimiento de un poema surge como consecuencia de dos factores naturales en el hombre: la tendencia a la imitación y el ritmo y la armonía. Por lo que uno entiende que la transfiguración de la realidad hacia la inclinación a buscar la imitación del ser humano y todo lo que construye en torno a sí mismo acaba brotando de la mano de Antonio José Royuela con un ritmo y una armonía que dialoga con absoluta sencillez con el lector.

Desde el mismo título uno ya se sabe advertido, todo lo que queda delimitado por zonas se separa del resto en espacios privados y concretos o en espacios compartidos y funcionales. Un edificio de viviendas, un colegio, el calor del hogar...  todo queda delimitado por espacios de uso privado, pero que dependen o quedan interconectados por espacios de uso común donde los usuarios se congregan o han de compartir otros. El poemario de Royuela se divide en espacios privados, concretos, íntimos, espacios de reflexión donde elucubra en la intimidad, dando voz imitada de la realidad para crear un espacio de diálogo donde conversa con el lector con el ritmo y la armonía que la exposición de sus inquietudes requiere.

Los espacios hallados en 'Zonas' son, como digo, de uso privado de reflexión, unos, y de uso común, otros. La composición química de los versos se resumen en sólido, líquido y gaseoso, dejando los espacios comunes en zonas, zona cero y zona sin clasificar.

No cabe duda que inicia los pasos de un modo personal a modo de agradecimiento hacia los que le acompañan en el mundo que hay encerrado en él: "De la mano de los que me curan las heridas, / en esta guerra sin fecha final conocida. / De los que aún quedándose sordo de un oído / gritarán para hacerse escuchar. / De los mismos que nadaron hacia las islas / donde me perdí. / (...) / No me borrarán de sus vértebras / como suelen hacerse con los sueños" . No tiene reparos en abrir la mano y tiende puentes hacia la realidad que nos contempla con la complicidad del lector, vertebra las dos caras de una misma verdad, el amor y el desamor, hace visible las carencias que andan dispersas en un pasado que se contempla en la distancia de los años y que pasan indefectiblemente como un aprendizaje de lo propio y lo ajeno.

A destacar tres aspectos: el circunloquio zona cero deja claro desde el principio hasta el final su compromiso social, su constante reflexión sobre la incongruencia de un mundo que sufre las carencias de unos como consecuencia de los excesos o la codicia de unos pocos. Un debate permanente que emplaza al lector a sumarse a la reflexión. A éste le sigue la zona gaseosa, el espacio más volátil por los cambios que se producen en su estado debido a los altibajos de temperatura. Una zona donde descubre las variables intangibles e intrínsecas del amor y del desamor. Un espacio de reflexión lleno de abnegación, manejando con franqueza las virtudes y los defectos que entiende como verdad relativa. Con el riesgo que ello conlleva, se acerca de manera honesta y sincera descubriendo ambas caras, apelando al recuerdo, con cierta nostalgia, con la perspectiva de la experiencia. Se adentra en la memoria y entre el recuerdo sale a flote la tesitura de quien ya ve las cosas desde la distancia con cierta voluptuosidad. Por último la zona sólida, su sostén, su entorno y su propiedad, su tesoro más íntimo: "Lo que realmente te duele es la lejanía de las voces / que cuidaste con tanto esmero, / la ausencia de entusiasmo que veías en los ojos de los que te abrazábamos / al regreso de cualquier salida, / o la nostalgia por ver caer la misma lluvia que juntos / contemplábamos hace treinta años". Versos dedicados a una madre y que diluvia nostalgia y agradecimientos en los posteriores versos, así como en los versos dedicados a quienes ocupan lugares más cercanos en su corazón.

Con Zonas, Antonio José Royuela alcanza una cúspide de madurez intelectual, una voz de poeta profundo y veladamente filosófico, un mundo que habita en sus reflexiones y que adquieren un compromiso con el ser humano y toda su idiosincrasia. Con la honestidad y la franqueza con la que se expresa hacia sí mismo, hace reflexionar al lector desde las distintas perspectivas, en ocasiones con contundencia, desde las distintas zonas: "En un desahucio / cabe la letra pequeña en un impreso / cobarde y asesino, / las corbatas de usureros / que no combinan con el color de las paredes / y el triste espectáculo de la degradación / pública en un sueño". Zonas es un mundo encerrado en un hombre.

WEB DEL AUTOR  //  ZONAS - ED. LASTURA
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Hasta el último hombre

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Mel Gibson o el arte de la epopeya épica.
Así, tal cual. Menudos 130 minutos de película ha firmado el director de otras tantas épicas cintas ("El hombre sin rostro" -debut discreto pero grande de un prometedor director que ya apuntaba muy buenas maneras-, "Braveheart", "La pasión de Cristo" y "Apcalypto"). Desde el inicio ya intuye uno que se avecina una narración épica, con trazos de narrador consumado al contar las peripecias de un niño que crece en el seno de una familia bajo la sombra de un padre que sufre la secuela de sobrevivir a la Gran Guerra como una gran herida en la conciencia. De la pericia narrativa pasa a montar un gran teatro con la instrucción militar de Desmond Doss, donde comienza a formarse el embrión dramático de esta impactante y no menos explosiva historia. Y como colofón, Gibson construye un circo de tres pistas con la batalla previa a la toma de Okinawa, cuyo prólogo, el acantilado Rickshaw, resulta sobrecogedor, desgarrador y doloroso. Una epopéya épica, característica en todas las películas de Gibson y cuya pericia narrativa en ésta la convierte en un film sobresaliente.

Impactante resulta la contraposición de la candidez del protagonista frente a la vida y su ferviente convicción ante la monstruosidad de la maquinaria implacable y sangrienta de la guerra. Este contrapunto, magistralmente llevado a la práctica por el director de Braveheart, explota en las retinas del espectador como una granada llena de material inflamable antibelicista. Ha sabido llevar a muy buen puerto este dilema real.

Capta hipnóticamente la atención del espectador desde el momento en que todo se convierte en una elegía, aludiendo en cierto modo al espíritu eastwoodiano que es a lo que huele lo premonitorio de la batalla y, por supuesto, a la batalla misma, que me da en la nariz que va a resultar ser la batalla más contundente y realista jamás contada en el cine. Al menos que yo recuerde. Una batalla no recomendable para almas sensibles, porque el realismo que discurre por los fotogramas de las sucesivas escenas es demoledor, cruento, salvaje... REAL.

Quiero hacer hincapié en los actores: Andrew Garfield, que a pesar de no ser de mi devoción, está más que creíble, aunque más le vale cambiar la horchata que le corre por las venas por sangre de la que sobra en la batalla. Me ha encantado ver a Hugo Weaving (agente Smith de Matrix, Las aventuras de Priscila, Reina del desierto, El Señor de los Anillos...) en el papel de padre borracho, ha estado sobresaliente. Sam Worthington, que ha colmado la pantalla en sus escuetas apariciones como capitán Glover, más que notable. Y mención muy especial a un actor encasillado en las comedias románticas, pero que ha sido la sorpresa de la película para mí, porque me ha parecido la interpretación más sobresaliente siendo actor de reparto en el papel del sargento Howell: me refiero, como no a Vince Vaughn. Sin despreciar por supuesto a todos esos acompañantes y compañeros de Desmond Doss que resultan extraordinarios en sus respectivos papeles.

Y aunque diría que huele a Oscar la película, así como la fotografía, el director, pero sobre todo el sonido y el montaje (impresionante el juego de sonido adaptado a la fotografía en esa batalla épica y monstruosa en la cima del acantilado), dudo que reciba el más mínimo premio de la academia por haberse atrevido a zurcir a grandes remiendos esta historia sumamente antibelicista; cosa que, aunque pudiera parecer contradictorio, se lee con suma facilidad entre líneas en el discurso del guión, lo que le acerca también al mundo eastwoodiano. En ese prólogo crepuscular de la batalla se les nota a ambos (a Mel y Clint) el regusto por los héroes anodinos que, teniendo como guía sus propios convencimientos, su intuición y su propio valor, resultan ser los salvadores de quienes les rodean; en el caso de eastwood, por ejemplo, el más cercano film en el tiempo, Sully. Además, a veces da la impresión que Gibson utiliza realmente bien el aprendizaje adquirido en los metrajes que ha participado como actor, como en la también épica pero infinitamente más floja "Cuándo éramos soldados" (de su guionista en 'Braveheart', Randall Wallace) o en "El Patriota". 

Pido disculpas por adelantado si con esto puedo parecer aventurado, y supone mi conclusión para esta película (de la que podría escribir páginas sin parar), pero diría que es uno de los metrajes bélicos más impresionantes que he visto en mi vida. Tal vez no sea el mejor, pero muy probablemente sea el más impactante que se ha rodado hasta hoy y desde luego va a calar hondo en las futuras producciones bélicas. A modo de anexo, quisiera acabar con una disertación amable: ahora se asienta en mi entendimiento el porqué Mel Gibson quisiera escaparse durante unos meses por nuestras tierras andaluzas no hace muchas fechas, entre tascas de buen vino montañés, migas, campos y chotos; porque sobrevivir a un rodaje de semejante crudeza da para desconectar, no solo unos meses, tal vez unos años.






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Parásitos

Este será, probablemente, el primero de otros capítulos que circunden en relación a esta tipología de organismos vivos. Dada mi reiterada insistencia por convencer de que cada cosa que vemos o hacemos en la vida actúa como un engranaje de esta noria que llamamos vida, hoy por hoy se cumple esto mismo con mucho más ahínco que antaño gracias a la aparición de internet y las redes sociales: esos patios vecinales, ese gran ojo que controla a todos y sustituye ciertos aspectos de la vida real en mayor o menor medida; querámoslo o no es así. Pero, dejaré de deambular por estas disquisiciones y vayamos al asunto. 'Parásito' según el DRAE: 1) “Dicho de un organismo animal o vegetal: que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo.” 2) “Dicho de un ruido: Que perturba las transmisiones radioeléctricas.” 3) “Piojo”. 4) “Persona que vive a costa ajena.” Se me antoja imprescindible poner como ejemplo, como siempre, la vida misma, lo empírico del asunto, la realidad que nos contempla.

Hace ya unos meses leí que un periódico local daba como noticia destacada la llegada a la ciudad del casting para el famoso programa televisivo 'Gran Hermano'. Todavía me impacta sobremanera que se traten como noticias destacadas cualquier mirada de soslayo que aluda con interés a los 'realitis', encumbradas por su carácter embarazoso y avaladas por sus cuotas de audiencia. Me da pena que se amparen estas aberraciones en lo que se conoce como prensa seria y, sin embargo, los autores literarios, músicos, plásticos, etc, que dan sus primeros pasos, conocidos por amplias minorías o ayudados por celebridades que andan por el final del sus trayectos, o desconocidos en general por el gran público y quieren abrirse hueco entre esas amplias minorías, tengan que luchar contra la indiferencia de la prensa y apostar con la mayor de sus riquezas (el tiempo) para poder promocionarse y regalarnos (hablo literalmente) sus inquietudes intelectuales, añadiendo el coste económico que les acarrea en la mayoría de las ocasiones. En fin, de lo que se trata es de vender periódicos como mercancía a granel, carnaza para zombis.

Y con esa idea caminaba por calle Bolsa en dirección a Larios con intención de atravesarla y llegar a la Plaza de las Flores, donde había quedado citado para tomarme unas cañas en una de las múltiples terrazas que dejan sin espacio la circulación del transeúnte; tal que así, podría decirse también que actúan en buena medida como parásitos que entorpecen y molestan el flujo sanguíneo de la circulación, embruteciéndolo con ese colesterol que no deja síntomas apreciables pero favorece así la consiguiente formación de pequeños trombos, infartando el sosiego y tranquilidad del viandante. De soslayo, veo en la esquina de calle Don Juan Díaz, junto al soportal de la vieja Numismática, un fotógrafo que porta una extraordinaria réflex digital con un tele cuatro veces más costoso todavía que el cuerpo de la cámara. Era un tipo como cualquier otro: vaqueros, sudadeera color añil, calzando zapatillas deportivas gastadas, imagino que por sus continuas andanzas callejeras, rechoncho y de rostro sanguíneo. No obstante, llamaba la atención de todo viandante por sus continuas ráfagas al son de un kalashnikof. Sonreía con cierta malevolencia tras cada disparo, como el psicópata que disfruta con sus actos, sabedor que le reportará, además, pingües beneficios. Los ojos querían salírsele de las cuencas y sus pupilas brillaban con un nítido ‘€’. Algunos turistas nacionales sentados a la sombra del “Señorío de Lepanto” hablaban de que el menda ‘disparaba’ al famoso de turno que estaba sentado con su querida madre en la terraza de un restaurante. Al prestar atención, veo que en torno a la mesa donde se sienta el impostor o aprendiz de famoso de pacotilla se forma una especie de trombo que aumenta en tamaño a medida que interrumpe la circulación. Al parecer, uno de esos concursantes del aclamado programa de televisión y parte de las legiones de seguidores que acumula infartaron definitivamente el flujo sanguíneo de aquella arteria más conocida como calle Bolsa. Selfis para instagram, facebook o twitter. Y selfis y más selfis...

Como siempre, estas cosas, que no por cotidianas dejan de ser excepcionales para mi pobre entender, me dejaron pensando un buen rato. En realidad, estoy convencido de ello, todo lo que atañe a nuestras vidas, todo lo que vemos y no vemos, tiene un precio, que no tiene por qué ser forzosamente una tasa económica. Aunque lo parezca, no intento ser pretencioso, solo me ajusto a la realidad. Y el precio a pagar no tiene por qué ser cuantificable económicamente.

Tras aquel incidente del paparazzi ametrallando al famoso del Gran Hermano con su kalashnikof, hace unos días me sorprendió una conversación casual, mientras viajaba en el bus urbano Málaga-Velez, entre dos jovencitas que hablaban, sin prejuicio alguno y en un tono de voz que quedaba muy lejos de ser discreto; imposible abstraerse de las risotadas, gritos y jaleos varios entorno al personaje en cuestión. Ese mismo con el que llegaron a hacerse selfis en el restaurante de calle Bolsa. Departían sobre sus hazañas y las de sus enemigos del programa de televisión: que si fulano jaleando en la casa, cuando zutano se había ‘colocao’, que mengana estaba “enferma” (mal de la cabeza), que si fulana era “una muerta-hambre”… A juzgar por los índices de audiencia todo el mundo los conoce, para bien o para mal, sea porque sigue el curso semana a semana, día a día, o porque conocidos o amigos comentan la jugada a diario. Lo que despertó mi interés fue la frase que esputó una de ellas: “…es que aquel día parecía aquello un corralón”. Supongo que no era consciente de la verdadera medida de lo que significaba siquiera aquella palabra en la intrahistoria de esta ciudad. Pero lo cierto es que hoy día, a pesar de que todo el mundo exhibe sus vidas sin pudor en redes sociales o por televisión o por doquier, nadie conoce a nadie y todos estamos sujetos a la mercadería simulada del Gran Hermano de un modo u otro.

Así, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende: tanto los que les siguen como los que les empujan y, sobre todo, los que les aúpan en las plataformas tanto televisivas como informativas, sin dejar escapar entre ellos a la prensa 'seria', parásitos todos, como seres inamovibles, vagos, pendencieros y sin escrúpulos, suelen beneficiarse del hospedaje sin pudor alguno, pero a pesar de que viven, cada cual a su manera, a costa de otro de distinta especie, va minando su salud y a su vez la del entorno que tiene a su alance, depauperándola tal vez, pero sin llegar a matarle, porque es su subsistencia. Una función que no interrumpe el curso natural biológico de las especies. Eso, en apariencia, es así. Pero en realidad, en lo que a mi entendimiento se refiere, más bien me siento en total comunión de lo que dijo Michael Caine en cierta ocasión en una entrevista: “los paparazzi son los únicos parásitos de la historia de la biología cuyo único objetivo en la vida es destruir su única fuente de alimento”. Lo que forma un trombo en el flujo de serotonina de mis neuronas es que todos estos parásitos, los parásitos que les pagan, y los parásitos que se alimentan a su vez de esos parásitos, también se alimentan de esos otros parásitos que viven de la fama que aquéllos les proporcionan con sus dentelladas. Y así, poco a poco el mundo se va llenando cada vez más de zombis intelectuales y sociales que se alimentan de la carnaza global, hasta que algún día nadie recordará nada porque los parásitos acabarán con su única fuente de alimento, y esa será la razón por la cual la humanidad se extinguirá de la faz de la tierra. Y el único antídoto para evitar la extinción del ser humano siguen siendo los libros... 
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1998, los últimos de Filipinas

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No sé si la película me ha gustado mucho o me ha dejado indiferente. Pero intuyo que es más de lo primero que de lo segundo. El porqué es bien sencillo: tiene pinta de buen cine, con toda esa aglomeración de paisajes exóticos, indumentaria de época finales del XIX, con claros visos de producción cara y una fotografía que me ha causado mucho más que buena impresión. Basándose en un guión bastante trabajado y difícil de interpretar, pero que contando con un elenco de actores de calidad más que contrastada (Luis Tosar (celda 211 -Malamadre-); Eduard Fernández (El hombre de las mil caras -Paesa-); Javier Gutierrez (La ísla mínima -Juan Robles); Karra Elejalde (100 metros -suegro de Ramón-) da como resultado una película que invita, como poco, a complacerse en el sillón contemplando una pequeña obra de arte. 

En el verano de 1898, en la pequeña aldea de Baler, en la isla filipina de Luzón, un grupo de soldados españoles se ven en la lucha contra la insurrección de un grupo de nativos. Medio centenar de combatientes, Liderados por el coronel Enrique de 
las Morenas (Eduard Fernández) y el teniente Martín Cerezo (Luis Tosar), se ven asediados por aquéllos y acaban refugiarse en la iglesia del pueblado. Durante casi un año, este puñado de militares se mantuvieron sitiados y sin rendirse, convencidos (u obligados a su convencimiento por el teniente Marín Cerezo) de que la guerra de Filipinas aún no sólo no había acabado sino que acabarían por aplacar la horda tumultuosa. Pese a los numerosos avisos por parte del gobierno español y de los propios habitantes de la isla, los soldados permanecieron inamovibles. Y es que, con la firma del Tratado de París entre España y Estados Unidos, se ponía fin formalmente a la guerra entre ambos países, y España cedía la soberanía sobre Filipinas a Estados Unidos. 

Entre otras cosas la película demuestra que cualquier gesta bélica está más cerca de la ceguera asesina que de la épica condecorable. Basta con la frase con la que le pregunta Javier Gutierrez  a Álvaro Cervantes:
- ¿Es tu primera guerra?
- Sí (responde)
- Pues ten cuidao que engancha...
Así que, cuando la voz en off indica dónde nos encontramos y qué ha sucedido, uno se topa casi de golpe con una realidad desgarradora: un destacamento español conformado por unos 50 hombres que resultan sitiados por insurrectos revolucionarios durante casi un año. Aunque Salvador Calvo no se ciñe a la realidad histórica y hace una versión libre de los acontecimientos reales que quedaron para la posteridad, consigue hilvanar de manera dramática la esencia de aquélla trágica pérdida. Con lo que se puso punto final al poderío militar del vetusto imperio español en el mundo. Sobre todo lo patético de la situación, ya que aquellos hombres se quedaron solos, abandonados a su suerte y sin apoyos ni rescate posibles.


En definitiva, como he dicho en otras ocasiones, en el cine español hace falta recurrir con más asiduidad a este segmento del género épico, los dramas bélicos de época (que nos sobra), la lucha con toda su crudeza -sin partidismos histriónicos ni probélicos- de la guerra civil, de las intrigas palaciegas de todos y cada uno de los reyes que gobernaron mal que bien España. Es una película que gana mucho más enteros en la gran pantalla que lo que pueda ofrecer en la de casa. Se confirma que el reducido grupo de mega actores que tenemos en este país engrandece cualquier película y hace merecedora de disfrutarla, y cuando se suman en una misma producción todavía más. 1998, Los últimos de Filipinas, no es una película con rigor histórico, pero sí es una gran película con rigor de género épico, antibelicista y con visos de ser grande. Si se hubiera ceñido un poco a la historia, probablemente hubiera sido una película más que digna. El póker de primerísimos actores, en una palabra, sobresaliente.






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Aliados


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Así, a bote pronto, diría que Robert Zemeckis logra por momentos recuperar un poco el espíritu del viejo y glorioso Hollywood, donde las grandes producciones de cine épico rebosaba de clasicismo e intensidad que depuraba la manufacturación analógica. Pero también asi, a bote pronto, he echado en falta un poco más de nervio, de intensidad, la realización de la película ha resultado en tramos parsimoniosa, y en tramos un tanto poco plana.


Desde el inicio a la pareja BradPitt y Marion Cotillard les falta destilar química en el primer tramo de película, cuando se sienten cerca en los planos cortos. La película es una historia de amor al más puro que ensueña con los romances del estilo clásico del Hollywood de los 50/60, aunque con final más bien poco hollywoodiense y menos clásico aún. Y es lo poco que les ha faltado a los protagonistas, intensidad, química. Tal vez sea Marion Cotillard la que salva los muebles y se impone con toda una gama de registros que hasta consigue que la echemos en falta cuando desaparece de la pantalla.

Max (Brad Pitt) se enamora gracias a una misión que ha de conformar en Casablanca con la integrante de la resistencia francesa Marianne Beausejour.  La pareja comienza una relación amorosa que se complica cuando le notifican que ella actúa como espía para los nazis, pasándole las transcripciones que consigue sonsacar a su esposo. (¿por qué me da a mí que aparecen numerosos guiños a la pelicula Casablanca de MichaelCurtiz? ¿Que incluso los gestos de aires chulescos, aderezados con galantería, de Max (Brad Pitt) recuerdan al melancólico y mordaz Rick Blaine (HumphreyBogart)?)

Con una puesta en escena digna, como ya he comentado, del cine clásico de los 50/60, Robert Zemeckis logra recuperar un tanto ese espíritu perdido del Hollywood de las viejas glorias, de aquellass macroproducciones inolvidables, pero se mete en la boca del lobo ya que parece emular el espíritu de Casablanca de Michel Curtiz. Evidentemente sale perdiendo. No obstante, el verdadero y auténtico espíritu de la película emerge con luz propia cuando la acción se traslada a Londres. Resulta curioso que la tensión que pudiera presuponerse en la primera parte debido a lo arriesgado de la misión no pasa de unos minutos de acción y que lo resultante, que pudiera parecer más enmarañado y abrazado al interés que genera el nudo de toda la trama, resulta ser lo que acapara todos los momentos de tensión. Esta descompensación parece abandonar la película a un estado indeciso, como si hubiese dos películas en una sola, diferentes, antagónicas.

Lo mejor de la tal vez sea el final, inesperado, por cierto, pero contrario al espíritu bienaventurado que caracteriza todo final hollywodiense. Logra en términos generales el objetivo fundamental, que es mantener en vilo al espectador. Marion Cotillard resulta espléndida, consiguiendo incluso hacer sombra por momentos al mismísimo Brad Pitt.
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Podría decirse que Robert Zemeckis pone un ojo en Hitchcock y otro en Michael Curtiz, apoyándose en lo genuino de uno y en lo esencialmente dramático del otro. Una película con aroma clásico donde vale la pena ver desenvolverse a Brat Pitt junto a Marion Cotillard, a pesar de que les falta destilar química en la primera parte y no así en la segunda (un par de gin tonics juntos hubieran solventado tal vez esta carencia). No obstante, la parsimonia del metraje al principio puede exasperar al espectador porque no parece apreciarse que avance la película hacia ningún lugar, hasta que te percatas de que te encuentras en un nudo que recuerda a las novelas de LeCarré (no a la adaptación de sus películas). Todo adornado de una fotografía, en el plano técnico, digna de recrearse en ella todo lo que lo ha hecho Zemeckis. Y, por qué no decirlo, (y mil disculpas por la licencia) el morbillo que presupone presenciar la película que ha sido el detonante de la ruptura de Brangelina (Brat y Angelina), tiene su cosilla, oiga.






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Un traidor como los nuestros

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Aunque se trate de una película de espías y de mafiosos, la verdad que más parece tratarse de una película de intrigas de teleserie para pasar el rato, por como ha planteado Susanna White el metraje de esta cinta, más acostumbrada a realizar películas para televisión que para la gran pantalla, de ahí que se note su propensión por edulcorar toda la trama hasta casi sacarla del contexto del espionaje y la mafia.

A ramalazos da buenas vibraciones, desarrollándose la película por un tumultuoso mar de intrigas palaciegas y de bajos fondos a un tiempo, dando al espectador un caramelito en la boca para que vaya haciéndose al cuerpo de lo que va a encontrar, pero se dispersa la película por un mar de dudas que no deja bien resueltas y acaba diluyéndose como un azucarillo hasta desaparecer en un té de media tarde lleno de indiferencia. Lo que contrasta diametralmente con la trama urdida en la novela de John LeCarré, que distando poco de la adaptación de su novela homónima a la película, se cumple aquí el dicho de que la novela es mejor que la película, infinitamente mejor y con unos brotes de tensión de los que carece por completo el film.


La película trata de una pareja que pasa unos días de vacaciones en Marruecos con el objeto de reencontrar su matrimonio como consecuencia de una infidelidad del marido. De forma más que accidental conocen a un multimillonario ruso  que asegura pertenecer a la mafia. Éste les invita a una fiesta de cumpleaños y aprovecha para pedir, a cambio de lo que conoce sobre el blanqueo de dinero a gran escala, asilo político en Inglaterra para él y su familia, así desenmascararía a todos los implicados y de esa forma se librarían de una muerte segura.

En realidad, tal y como se van sucediendo los hechos, resulta más que previsibles los acontecimientos por donde se desarrolla la trama. Como entretenida, la película resulta entretenida, la verdad, eso sí, sin sobresaltos de interés ni sorpresas que puedan ser destacables. Lo que sí cabe destacar con los papeles de Stellan Skarsgaard y de Damian Lewis (Homeland). Extraordinarios los dos, haciendo del acabado impecable de las producciones británicas algo mejor película de lo que en realidad es. Y con esto no quiero decir que sea una mala película, sino que un metraje de espías y de mafiosos como este hubiera necesitado unos derroteros más elocuentes y menos previsibles, mucha más tensión y no dárselo todo masticadito al espectador. Con el elenco de actores con los que cuenta, podría haber resultado mucho más interesante, sobre todo porque Ewan Mcgregor lo he visto desaprovechado, muy plano y sin sangre, ni aun cuando descarga algunos momentos de adrenalina le notamos tensión en el rostro.






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100 Metros

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Este drama protagonizado por Dani Rovira y Alejandra Jiménez, resulta tan emotiva como plana, con poca profundidad, como si le faltase en ocasiones ahondar en las aguas de la naturaleza circunstancial de esta enfermedad, pero en otras se muestra con sobrada maestría dramática, cosa esta última que denota en la trastienda un enorme trabajo de preproducción y planificación. Con esto quiero decir en realidad que en muchos tramos de la película parece que cumple con todos esos clichés de los melodramas estadounidenses de superación, esos que suelen aparecer en las sobremesas de los fines de semana por televisión, y en otros tramos da también la sensación de desarrollarse con inteligencia emocional. Pero lo que queda claro es que la película se esfuerza en todo momento por hacer visible una enfermedad poco conocida en sus adentros y en su comportamiento y que en este aspecto trata con no relativa efectividad.

La película en sí misma trata de superación, de como un hombre Ramón Arroyosano, treintañero, padre de familia, le diagnostican esclerosis múltiple y a quien todos los pronósticos le hacen indicar que en apenas un año no podrá ser capaz de caminar ni 100 metros, de ahí el título de la película. Pero Ramón decide plantarle cara a la vida y con la ayuda de su mujer (Alejandra Jiménez) y del gruñón de su suegro (Karra Elejalde) incian un particular vía crucis en pos de superar el reto de completar un iron man. (La película es, en realidad un biopic basado en la historia de

Entre medias encontraremos muchísimas notas de humor que aparecen en varios momentos del metraje que me parecieron más que acertadas, con un Karra Elejalde muy bien en su papel y en quien creo recae el peso de una película que salva con su maestría, sin olvidar a Alejandra Jiménez que creo está a la altura de lo que se le exige. Si bien Dani Rovira sale airoso en un papel dramático (y difícil, bastante difícil diría yo) como este, incluso en ocasiones resulta convincente, creo que necesita mejorar sus registros y he de reconocer que si trabaja podrá llegar a defender personajes mucho más complejos. No quisiera olvidarme de una entrañable y cuasi testimonial María de Medeiros, a quien ya le son evidentes los años que le caen encima (como a todos) pero que sigue manteniendo el mismo encanto de antaño (cosa que no todos seguimos manteniendo).

En definitiva, lo que podría haber sido un relato inspirador, se ha quedado en una historia más de superación, muy al estilo americano -por mucho que me pese y por más benevolente que procuro ser-. Tal vez sea porque EEUU globaliza gran parte del cine mundial y ese género lo domina como nadie. Encontraremos historias semejantes de superación en muchos telefilmes americanos, pero en esta película hay mucho trabajo tras la cámara, sobre todo en planificación, y consigue sensibilizar, aunque apele de un modo edulcorado, al público que de seguro saldrá del cine concienciado de que esta enfermedad afecta casi tanto al entorno más cercano de quien lo padece como al propio afectado. Dani Rovira sale, como digo, airoso en un papel complicado. Y me quedo con el personaje de Karra Elejalde como el sostén de toda la película. No obstante, merece la pena ver esta película, sobre todo porque no se abandona a la indiferencia ante esta enfermedad tan cruel, siniestra y denostadora.







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Sully

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Puede que esta sea la película más blanda y sencilla que haya dirigido Clint Eastwood en las últimas décadas. Y de la que no va a importar mucho el hecho cometer el pecado de destapar las claves de la película (odio la palabra spoiler, aunque a veces incluso se me escape) puesto que está basada en hechos reales bastante conocidos por todos. La película es una oda narrativa de rigor, humildad y buen hacer para una historia que, en manos de cualquier otro director, hubiera terminado en un canto al patriotismo y en la recreación de la angustia. Cabría destacar que no es una película con sobresaltos ni mucho menos tensa, y sin embargo es una película que hace un tratamiento y una definición de lo que en realidad significa ser un héroe.

Gran parte de la película discurre en la cabeza de Sully, revisando en sus insomnios vez tras vez los momentos posibles de haber decidido aterrizar en tierra firme y la desgracia que hubiera ocasionado esa decisión. La idea del director es colocar al espectador del lado más íntimo del comandante y vislumbrar desde ahí el lado más humano de lo que el resto de la ciudadanía cataloga como héroe. Entra en discordia la ignominia de los intereses económicos de las aseguradoras y demás burocracia, quienes en un alarde de ingenio tratan en todo momento de inculpar al héroe nacional como negligente por haber tomado una decisión aparentemente errónea, y de ese modo escapar economicamente de responsabilidades económicas derivadas. Es esta parte la catalizadora de la historia, pues la recreación de todo el trayecto sobre lo que sucedió en realidad y las simulaciones acaban enconándose y encontrándose. 

Solo pondría un pequeño pero a la película: en el momento en que el comandante anuncia por megafonía que los pasajeros se preparasen para el impacto, no se oye un grito de espanto ni siquiera un solo pasajero pierde un poquitín los nervios. Cosa que se me antoja un tanto irreal... Aun así, casi es algo que pasa desapercibido puesto que la narración da preeminencia a lo que realmente importa, que son los hechos en sí. 

Nos deja Clint Eastwood en muchas ocasiones con la duda de si el protagonista en cuestión es un verdadero héroe o un villano. El propio Sully duda de ello en cada instante y trata de encontrar en lo más recóndito de su memoria el más ínfimo resuello de inapelable inocencia para poder descansar de sus pesadillas y confraternizar de manera sustancial con sus 155 nuevos miembros de su familia. Técnicamente me ha parecido una película brillante, llena de la majestuosidad que uno puede encontrar en lo sencillo, en la narración, evitando la espectacularidad de los efectos especiales y la exacerbada acción. Es un toque de maestría narrativa visualmente hablando. Y uno percibe los años de vino añejo que corre por las venas del cineasta con películas así. Con un Tom Hanks ecuánime y robusto en su interpretación y un mas que correctísimo Aaron Eckhart, secundados por un elenco de reparto dando el do de pecho a la altura del film que representan.






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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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