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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Falsa solidaridad


Para poder escribir sobre esto, he aguardado un par de semanas con tal de cerciorarme de cuanto expongo aquí. Y visto lo visto me quedo cortito. Según la RAE, solidaridad es la "adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros".  Como tal, la palabra tiene una procedencia asociada por varios términos semánticos. Para no hacer de esto un panfleto filológico, digamos que el origen puede establecerse en su étimo latino "in solidum", que hace una referencia directa al mundo de la construcción, y su relevancia tiene valor de cohesión, de unión entre las diversas partes implicadas, de equidad e igualdad de aportaciones estructurales. Lo que queda claro es que la adhesión a una causa de cualquier otro tiene un fin constructivo, la de levantar con ayuda y aportación equitativa un proyecto, trabajo o iniciativa.

Al parecer, el primero en emplear esta palabra con ese sentido etimológico fue Pierre Lerroux (1797-1871). Su intención era reemplazar la caridad del cristianismo por la solidaridad humana. En su libro "De l´Humanité", hace de la solidaridad una característica antropológica convirtiéndola en apoyo o soporte para superar la división del género humano en naciones, familias o propiedades, estableciendo la unión entre los hombres. Este concepto semántico más bien lo aproximaba al término filantropía. En última instancia he de decir que esto, con el paso de los años y el contexto histórico en el que estamos, ha sido un craso error. Y me explico. 

Solidaridad tiene que ver con sumar, con construir, con apoyo, con soporte... Y aunque es un término que se ha superpuesto a la caridad hay una diferencia clara entre ambos términos, no sólo en lo etimológico. Dicho grosso modo, la caridad es 'una actitud solidaria' (no un hecho), como dice la propia RAE, 'con el sufrimiento ajeno, o limosna que se da o auxilio prestado a los necesitados'. Aunque la solidaridad no trata de una limosna o una actitud, sino una forma de construir, un modo de arrimar el hombro para ejecutar un proyecto o trabajo, no está exenta de una actitud humilde, caritativa; del mismo modo que la caridad no está exenta de una actitud solidaria. Cuando uno construye nunca aporta lo que le sobra, sino el material del que uno dispone para solidificar su propio feudo y distribuir el peso de esa propiedad en un proyecto ajeno. Dicho de otro modo: la solidaridad es la forma de compartir y aportar lo que uno tiene para paliar las carencias de otro con el fin de construir o salvaguardar un objetivo común. Compartir lo que uno tiene, no lo que a uno le sobra.

En estos últimos tiempos se confunde en demasía estos términos, de ahí que considere craso error haber estimado oportuno sustituir solidaridad por caridad, maquillando los conceptos para procurar no denigrar, ofender u atacar ningún estamento, grupo, personas o colectivos. Dicho de modo más castizo: la gilipollez suprema a la que estamos ya acostumbrados en este siglo XXI, que por no ofender, terminamos atacando, destruyendo y borrando el pasado. No es lo mismo caridad que solidaridad, habría que dejar esto claro. Sumarse a la causa, cual fuere ésta, no significa que uno sea solidario. La suma de las fuerzas implica una "construcción", un "apoyo" o "soporte" hacia personas, instituciones o cual fuere el beneficiario. Y es precisamente ahí donde radica la confusión. Es decir, que una organización pida una ayuda solidaria, no significa que los que aportemos seamos solidarios, porque eso no implica sumarse a la causa (sí el que trabaje aportando desde un mismo nivel), sino más bien una actitud solidaria; o lo que es igual, un acto de caridad. Lo son quienes trabajan en esa empresa y construyen un bastión en forma de soporte o ayuda hacia otros. Los que contribuyen lo hacen por mor de ayudar o por caridad. Así, quizá, conocer de qué lado estamos nos hará comprender mejor el porqué esta sociedad en la que vivimos puede ser una sociedad caritativa, pero en modo alguno una sociedad solidaria.

Esto podemos observarlo en el día a día de este sistema postapocalíptico que hemos comenzado a vivir cuando la sociedad necesita, más que nunca, de la verdadera solidaridad de cada uno de nosotros. En efecto. Cuando digo solidaridad quiero decir que entre todos podríamos construir una sociedad más segura aportando precaución, distanciamiento social, higiene frecuente de manos, mascarilla... al menos mientras dura esta pandemia que está arrojando a la luz lo peor de nosotros mismos y sobre todo ese afán de que todo el mundo vea lo "buenos y solidarios" que somos. Pero nos encontramos, en realidad, una sociedad incivil, insolidaria, que antepone su propio egoísmo al bienestar social y sanitario general. Alguno quizá podrá acusarme de ser un desvergonzado bocazas metomentodo e hijoeputa, vamos. Quizá hasta tenga razón, pero alguien tenía que decir algunas verdades del barquero sobre la realidad, la auténtica realidad que vivimos, mirusté; y donde todos tenemos que pagar un precio, seamos niñas bonitas o no.

Lo único que veo en esta sociedad de egoístas, caprichosos, sobrecargada de infantilismo, preñada de postureo e INSOLIDARIA es incivilidad, falta de compromiso, ignorante e inculta en sus reivindicaciones y por encima de todo postureta. De nada sirve haber inundado todos los balcones de España con banderas y aplausos, con mensajes de esperanza y alegría, cuando percibo desde todos los ángulos que a la inmensa mayoría (y estoy siendo indulgente) le importa un pimiento la pasada lucha de los sanitarios en las urgencias y las UCIs, le importa un huevo de pato las fuerzas de seguridad del estado y los servicios de protección civil, les importa una patata frita caducada todos esos que han estado al pie del cañón suministrándonos los alimentos necesarios para que no tengamos ningún tipo de carencias... ÉSA ES LA REALIDAD, amigos. Ni siquiera sabemos (ni queremos) utilizar las mascarillas como es debido, así que imaginen ser de verdad solidarios. Y, la verdad, me apena ser ese pájaro de mal agüero que profetiza lo que luego se cumple. Pero es que la sociedad se ha vuelto tan previsible que ya los pseudo profesionales de la videncia se devalúan a marchas forzadas.

Le pido, además, que no confunda a todos los que han puesto al servicio de la sociedad su imagen e iniciativa solidaria con los que aportamos un granito de arena de caridad para apoyar esas causas nobles o para paliar carencias sociales. Los que contribuimos EN ACTITUD solidaria somos CARITATIVOS, no solidarios. Pongamos como un ejemplo de muchos, muchísimos que podría, esa inmensa mayoría del gremio de la cultura que tiene siempre como premisa hacer llamamientos a que acudan a sus presentaciones, a sus lecturas o clubes de lecturas, a sus exposiciones, a sus conciertos..., pero llega la hora de la verdad y no se les ve ni se les espera. Eso sí. Para poner la mano a las ayudas del estado y exigirles mucho más, sobre todo abrir la boca para despotricar a diestro y siniestro, para eso sí se solidarizan con la causa de luchar contra el poder. Pero para lo demás, ya si eso tal. 

Es tan simple de comprender que el mero hecho de que comiencen a proliferar los rebrotes por doquier es el síntoma más claro y evidente de que estamos marcados por el pasotismo, el egoísmo y la insolidaridad. Que el postureo de salir al balcón a aplaudir era puro márquetin de nosotros mismos. Que nos importa una mierda tanto la sanidad como sus sanitarios, y aún menos los más de 28.000 fallecidos por esta pandemia, si es que no serán más. Esta es la realidad, y maquillarla de cualquier otra cosa me parece de una hipocresía fuera de toda órbita farisaica. Por mas dolorosa que suene. Y, además, ser solidario no significa quedarse en casa por miedo a contagiarse. Si de verdad quiere ser solidario, póngase mascarilla, respete el distanciamiento social, higienice con frecuencia sus manos, respete las normas de la "nueva" realidad que vivimos, y luego ya si eso, cuando llegue el momento de aplaudir en el balcón (porque se reeditarán viejos éxitos), aplauda sin complejos y con orgullo. Comience así a construir una casa por los cimientos, y no por los balcones, como ha estado construyendo su solidaridad en estos últimos meses. Y si no, adhiérase a la causa de esa inmensa minoría que sí lo hace. Eso es SOLIDARIDAD: compartir con los demás, no lo que nos sobra para que otros tengan algo (eso es caridad), sino lo que tenemos al alcance de nuestra mano y con lo que construimos nuestra realidad, y de manera equitativa entre todos, para que todos luchemos en igualdad de condiciones frente a un problema común. Y algo importante que se me escapaba: haga lo que haga, "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha para que tu limosna sea en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mateo 6:3,4). 


                                                                                                                                  



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La hoguera de las vanidades


Hoy no me extenderé mucho porque el nivel al que está llegando la ciudadanía de este país empieza ya a ser vomitivo y resulta que me provoca cierta pereza redundar sobre lo ya escrito. Y créame que estoy siendo indulgente. Hace muy pocas fechas se desgañitaba todo cristo desde los balcones en aplaudir y cantar a los sanitarios y cuerpos de seguridad del estado. Aplausos y gestos y gritos de apoyo por doquier podían oírse por todos los rincones de esta, cada vez más, triste y deprimida España. Es más, mucha gente lanzaba las campanas al vuelo proclamando que, superada la pandemia, nacería un ser humano nuevo de todo esto, que prestaría más atención a las cosas que importan y abrazaría un sentido de la realidad tan pragmático como emocional. Pues mire usted. Ni lo uno ni lo otro. A la ciudadanía le importa un huevo de pato la sanidad y aún menos nacerá de todo esto (sin haber superado la pandemia todavía) un ser humano nuevo. 

En las sucesivas semanas he reiterado e insistido en la grave falta de memoria de la que adolece la raza humana (aquí, por ejemplo). Pero la amnesia de este país es ya alarmante. Porque la reflexión de hoy me lleva a pensar en algo muy simple. Si hace unas semanas salían a la calle una serie de descerebrados, irresponsables, y criminales en potencia, esgrimiendo cacerolas de diseño y palos de golf, con peticiones absurdas y protestas porque sospechaban ser secuestrados por el gobierno, y reclamando libertad (sic) para salir a la calle (en realidad querían decir club de campo, chalet de la sierra o casita de la playa), sin respetar ninguna consigna sanitaria que valga; ahora son otros descerebrados, irresponsables y criminales en potencia que salen a la calle a protestar contra un estado racista a siete mil kilómetros de aquí, gritando consignas como "policía asesina" (supongo mal que bien que no se referirían a la que hace pocos días se le besaba los pies por la labor que realizaban en la calle), y lo de respetar la distancia social ya si eso tal...

Poco más podría añadir. Bueno, sí. Tienen todo el derecho a manifestarse públicamente, un derecho constitucional y democrático, aunque pervertido en la esencia misma de la democracia, porque toda libertad a la que tiene derecho cualquiera acaba siempre donde comience la de otras personas. Y resulta que la de las otras personas están fundamentadas en una urgencia sanitaria. Porque teniendo en cuenta el grado de amnesia y de esquizofrenia de este país, especialmente provocado desde la continuada crispación política y de quienes utilizan su bancada para deslegitimar las instituciones en un alarde de totalitarismo, lo que me extraña es que no acabe todo esto como el rosario de la Aurora. Todo el mundo parece haber olvidado que han fallecido más de veintisiete mil personas; que el gremio sanitario ha sufrido y padecido calamidades infrahumanas y casi un centenar perdieron la vida; que los cuerpos de seguridad también sufrieron mismas consecuencias; que ha costado casi un diez por ciento del producto interior bruto a las arcas del estado la dichosa pandemia (por el momento); que se ha destruido cargado cientos de miles de puestos de trabajo (y que serán muchos más) etc, etc...

Visto lo visto con las manifestaciones de cacerolas, palos de golf y mercedes descapotables reivindicando idioteces que ni ellos mismos comprendían, y ahora las que claman contra la brutalidad policial endémica de otro país a miles de kilómetros pero que es simétrica a la del nuestro, que se está desarrollando por todo el mundo como un fenómeno de masas, no es mas que una flagrante falta de respeto generalizada hacia las autoridades sanitarias, primero, hacia las normas restrictivas respecto a la distancia social, y sobre todo a la vida; no digamos ya al largo etcétera que podrá imaginar dónde se ubican ya en el tiempo (balcones, "resistiré", aplausos, buenos deseos), por mucho que Gobierno Civil las haya permitido.

En conclusión, nos importa todo una mierda, hay que decirlo así de claro y sobre todo asumirlo. Nos importa poco el respeto a más de veintisiete mil víctimas. Nos importa poco el respeto al prójimo. Nos importa poco, en definitiva, la propia democracia. Una palabra con la que todos, tanto electores como electos, suelen atragantarse, pero por sus actos ni tangencialmente logran acercarse a su esencia. La soberanía popular deposita su confianza en representantes a los que votan para que ejerzan el poder para gobernar un estado, y deben hacerlo con las garantías de defender y tolerar todas las ideas que recaben apoyo popular, especialmente las que se ubiquen en el polo opuesto. No es difícil de entender, pero parece imposible de asimilar.

Las sacudidas por las que se rige la ciudadanía mundial discurre por una finísima frontera, la que confunde deseo con capricho. Y en este país, en todo el mundo también pero especialmente en este país, no conocemos el significado real de la palabra democracia. Ni siquiera sabemos diferenciar capricho y deseo. Porque en cuanto alguien alza la voz esgrimiendo una reflexión contraria a la que se propugna, se le llama facha o rojo, según se tercie, con un tinte de desprecio aborrecible y de ignorancia propio de sectarios totalitarios. Actuamos por el impulso de un capricho y no de un deseo. De primeras quizá no lo entienda, pero si lo piensa bien verá que estoy en lo cierto. Y en ello estamos. Nuestro sentir más próximo está siempre con los borregos que más que pensar, embisten; bien lo supo Machado y toda su generación. Me gustaría saber dónde quedó aquello de "desapruebo lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”. Porque este capricho de alzar una bandera para tapar la del vecino, sin ningún deseo de saciar el apetito de la reflexión, donde poder construir una opinión crítica capaz de llegar a un clima de consenso, va a llevar a este país a la hoguera de las vanidades. Porque ni siquiera nos hemos librado de la pandemia y hemos vuelto a ser los que siempre hemos sido.







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Sólo una España

Hace un par de días revisité la mejor evocación que quizá se haya hecho hasta ahora sobre esa relación amor-odio entre Pat Garret y Billy 'The Kid'. La obra maestra de uno de mis directores favoritos, Sam Peckinpah, deja muchos mensajes en ese relato que narra las peripecias de dos amigos que acaban como creo que todo el mundo sabe ya. Quizá el más evidente sea el reguero de muerte y desolación que puede dejar el ansia que provoca la locura de querer destruir a un hermano, vecino, amigo, congénere... oponente: los daños colaterales.

Uno del lado de la ley, odiado por todos, con sus habituales abusos de poder y desprecio por los demás; y el otro un forajido, que sin embargo lucha en su cruzada contra la mafia de los oligarcas por apropiarse de la comarca, un forajido, además, querido y admirado por todos. Entendí entonces que cobró toda una significación especial esa dicotomía simbólica, y lo que orbita por ella. La esencia se desarrolla en el final de la primera secuencia. Rodeados por los secuaces de Billy, los protagonistas dejan claras sus posturas: uno que seguirá su camino de confrontación y saqueo contra el tirano oligarca; y el otro, recientemente nombrado sheriff del condado, le da cinco días para huir mientras celebran la amistad al calor del whisky de garrafón y rememoran viejas batallas. Cuando Pat Garret, tras reiterar la petición a su amigo, se marcha, uno de los secuaces le pregunta a Billy: "¿Por qué no le has matado?". "Porque es mi amigo", sentencia el forajido. Algo de lo que nunca dudó en hacer Pat Garret. La ley estaba por encima de la amistad.

Me gustaría hacer un inciso antes de desahogarme. Hace no mucho leí a Rafael Narbona un pensamiento que hago mío por representar a la perfección mi propio sentir y mi ser. "Un hombre libre abraza ideas, no dogmas. No se somete a una ideología. Piensa con libertad, sin aceptar la disciplina de partido. Su visión del mundo se basa en el contraste, el análisis, no en consignas rígidas y empobrecedoras. Rectifica sin miedo y acepta los riesgos". Aquí radicó la diferencia entre Pat Garret y Billy 'The Kid': uno pensaba por cabeza ajena y el otro por la propia. Por lo tanto, me van a permitir que hoy me despache a gusto, porque estoy hasta las narices de tanto palurdo suelto diciendo barbaridades y estupideces que ni ellos mismos entienden. Y eso que el abajo firmante es sólo un piltrafa que de vez en cuando lee libros. Pues si hasta yo me doy cuenta...

Tras esta semana negra he podido (no digo "hemos" por las razones obvias que va a poder leer a continuación)  constatar lo que fue, ha sido, es y será un país como esta España nuestra. Algunos creen que lo que hoy acontece (y que se viene repitiendo con asiduidad en democracia en las últimas décadas) ya lo vivimos en los prolegómenos de la guerra civil. Es una especie de cerrazón reconocer que estos momentos lo hemos vivido cientos de veces en nuestra historia. A un pueblo analfabeto como este no se le puede pedir ni exigir más de lo que ofrece. No es de extrañar que algunos países del norte no quieran ayudar a los países del sur porque, en especial España, no son estados que sepan gobernarse. No sólo secundo la moción sino que hasta la ratifico. NUNCA hemos sabido gobernarnos y nunca sabremos hacerlo. Porque si usted habla en público, pongamos por ejemplo, de sentido de la camaradería, explota la cabeza de miles de españoles, y entre ellos reputados periodistas, acusándole de rojo comunista. Y así todo, oiga. El periodismo, la sociedad, la política ha virado hacia un hooliganismo impropio de una sociedad culturalmente avanzada y democráticamente asentada.

España es ese país que suele perder los trenes que llevan a destinos ensoñados y que toma los siguientes de manera incierta para intentar alcanzar el que se escapó; en última instancia se baja en la primera parada que ve factible ante el fracaso de alcanzar su tren, con la maleta vacía y sin dinero porque le han robado la cartera, y cuya parada suele ser siempre un lugar insospechado donde reconstruir una vida que vuelve a desmoronarse en cuanto pasa otro tren y cae en la misma desidia de perseguir los ya perdidos para repetir el mismo final. Si tan sólo hubiésemos elegido, cuando se tuvo oportunidad, el Dios de la reforma y no el de la contrarreforma, quizá éste hubiera sido un país crítico, culto, con hábitos democráticos saludables y de lectura, dados al debate dialéctico y al consenso democrático. Pero elegimos un Dios oscuro, vil, pendenciero y vengativo, que fomentó entre la ciudadanía y sus feligreses la envidia, la traición, el analfabetismo (ni siquiera nos dejaban leer la biblia para entenderla), la confrontación permanente, la represión y el engaño.

Nos han vendido que vivimos ahora en las dos españas, la de los rojos o los azules, la de la izquierda o la derecha, la del blanco o negro, la del católico o ateo, la del monárquico o republicano, la del taurino o antitaurino; y sin embargo es la misma. El resultado de lo que somos es una herencia del veneno que durante siglos nos han obligado a tragar. Si hubiésemos elegido desde el inicio de los tiempos la guillotina, como la de nuestros vecinos, para seccionar las cabezas de todos esos que dirigieron los designios de este país de manera vil y pendenciera, seríamos un país distinto, mejor preparado y más abierto al dialogo y el consenso. Sírvase de ejemplo que sólo aquí se permite, y sale gratis, alzar la voz en la más excelsa cámara de la democracia, el Congreso de los Diputados, y acusar de terrorista, con la consabida cobardía de vilipendiar contra alguien ausente que no puede defenderse, a quien opuso resistencia al régimen fascista del generalísimo a base de repartir octavillas en favor de los trabajadores. Eso en un parlamento como el francés o el alemán sería impensable: llamar al hijo de un partisano o de la resistencia "terrorista", por luchar contra el fascismo nazi, sería como pegarse un tiro en el corazón. No somos capaces ni de reconocer a un hermano entre nuestros propios contrarios. No estaremos ni comprenderemos jamás el espíritu de Billy 'The Kid' de Sam Peckinpah.

Quizá sea eso lo que mejor define lo que es España: un pueblo anlafabeto que jamás podrá ser demócrata porque NUNCA ha tenido la capacidad de discernir si lo manipulan o lo engañan, nunca ha tenido la capacidad crítica de alzar la voz cuando le venden una moto haciéndole creer que es un yate. Sólo repite mantras o consignas de partidos políticos para autocomplacerse, porque replica con sus actitudes lo miserables que somos para nosotros mismos, perfectos cainitas. España es un pueblo que mira al oponente con vileza e inquina resabiada porque no ve un contrario u opositor a sus opiniones, ven a un enemigo. Y así, el que es monárquico, o antitaurino, o del Real Madrid, ve a un ser despreciable y odioso a todo el que ose poner una voz más alta que otra que piense o sienta de manera contraria. Los españoles no son capaces de ponerse de acuerdo ni para jugar al parchís. Así que imaginen acordar algo decente con el oponente político, siempre y cuando no tenga en perspectiva arañar una ventaja para sus correligionarios, aunque para ello se sirva de utilizar el dolor de las vidas de miles de personas. Sólo se puede llegar a ser ruin y canalla para solventar la papeleta de esa manera, y así lo rerifica la RAE: miserables. Y en en este país, mis ilustres ignorantes, esto ha sido, y es, el pan de cada día. España representa ese Pat Garret que no duda en disparar a su amigo, oculto en la oscuridad y a traición, en cuanto se le ofrece la oportunidad.

España es un país lleno de analfabetos que se dejan convencer por un pedazo de pan con chorizo mientras la oligarquía económica cede esas baratijas, porque son las que les sobran y desprecian de esa la basura de la que hacemos gala como si de exquisiteces se tratase. España es un país analfabeto porque nunca prima en su ánimo participar de un debate intelectual, ni siquiera se esfuerza en asistir a él con un mínimo de garantías informativas para poder reaccionar de modo ecuánime y con sentido. Todo acaba siempre en gritos e insultos. Todo se embarra siempre con mentiras, hemerotecas y el eterno 'y tú más'. Nunca hay margen a sentirse equivocado, nunca hay espacio en reconocer los riesgos y los errores. Somos maestros en el juego sucio, en el engaño y la pillería, si con ello sacamos provecho o partido. España es un pueblo analfabeto culturalmente, manipulable y maleable como el estaño. Porque a todos los gobernantes, reyes y dictadores de la historia les ha interesado y ha promovido tener a un pueblo inculto e ignorante que reaccione con las tripas, sin ánimo de análisis ni ecuanimidad, y les defienda con la visceralidad que aprendieron de ese Dios patrio que pretendía convertir a todo hereje a sus doctrinas y someterlos a hierro y fuego para salvar su alma. España, en definitiva, es ese país donde la cultura es un arma de la política cuando en realidad la cultura debería ser el armazón de la política, la base donde se sostiene; porque la cultura es educación. Pero no, la política sólo busca arrinconarla o anularla en todas sus formas o vertientes y vemos las consecuencias de tantísimos analfabetos hasta en el templo del consenso y la democracias, en las instituciones, y cómo no: en la calle. Borregos amaestrados según el pastor que les guía.

España es un país que jamás entenderá que la democracia precisamente lo que defiende es el derecho a poder pensar de manera distinta y el mecanismo que ayuda a PROTEGER esa libertad a expresarlo. Sin embargo, la convertimos en nuestro salvoconducto y, a la voz de "la calle es mía", se persiguen y por último silencian todas las opiniones distintas o contrarias o minoritarias. Amamos la censura, amamos el boicot al que no piense como nosotros. Y si no podemos acallarle, lo desacreditamos o insultamos hasta que la desidia le impida salir a la puerta de la calle o los contrasentidos de una justicia manipulada, obsoleta y dependiente le impida abrir la boca. España es ese Pat Garret que no dudaría en abusar del poder para ajusticiar a su amigo a traición, con nocturnidad y alevosía. Joder, lo que daría yo por poder oír una conferencia de Musolini o de Stalin de sus labios y tengo que conformarme con lo que hay escrito, que no es poco pero no es lo mismo.

En fin. Ahora ya puede encasillarme en la categoría de hereje, porque estoy satanizando la patria y la bandera con las verdades del barquero y eso probablemente ofenda su integridad y lo que entiende de manera burda y errónea como democracia. Tanto los rojos como los azules, los monárquicos como los republicanos, los del Barça como los del Madrid, los cristianos como los ateos, me lanzarán a la hoguera y gritarán "al infierno con el hereje"; eso es lo que recibe siempre el agente libre que piensa sin rendir pleitesía a ningún dogma, ni sigue consignas políticas de ninguna clase, ni se arrodilla ante ningún Dios. Lo único que se me ocurre decir es que lea un poco, sobre todo historia, porque este país lo necesita con urgencia. Necesita que usted lea, se informe y procure sacar sus propias conclusiones sin consignas políticas ni de ningún Dios que empañe una visión crítica, aunque ésta vaya en contra de su querencia, deseo o ideales. Sea valiente si sus conclusiones no concuerdan con los mantras que le han inculcado a cambio de un trozo de pan con chorizo. Y dicho todo esto con toda probabilidad usted seguirá sin comprender el porqué un amigo, de verdad, de alma y corazón, nunca sentiría odio ni mataría otro aunque cada uno discurra por un extremo del mismo camino... así como tampoco entenderá que sienta que España, a pesar de todo, es un país maravilloso. 








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Fascinación por los impostores

Existe tal fascinación en torno a la figura del impostor que en ocasiones roza lo canallesco. Disfrutamos con que nos roben la cartera. Pero no las nuestras, la de los demás. En cualquier reunión improvisada de caña y tapa en el que alguien narra que le 'ha hecho el gato' a alguien, todo el corro le ríe la gracia y aplaude la gesta, unas palmaditas en la espalda y chin chin. A nadie se le ocurriría censurar esa actitud, porque le llamarían tonto, que sería el tipo de improperio más recurrente. Es el modo de premiar lo que nos gustaría si fuésemos nosotros los protagonistas: hallar connivencia, condescendencia, prosélitos para la pillería. El hambre agudiza el ingenio, consideraba Quevedo. No obstante, "puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo", dijo Abraham Lincoln, que de impostores sabía un rato.

El ser humano es tan cainita que hasta un concepto tan obtuso y depravado es capaz de degradarlo. Lo eleva a cotas realmente grotescas y definen a la perfección la clase de animal social en el que nos estamos convirtiendo. En otro tiempo el impostor tenía fondo y forma. Pero ahora es difícil saber en qué lado de la frontera se halla la dignidad y dónde el impostor, porque el ser humano es esa clase de animal que no se conforma con lo que tiene, está convencido de que merece más, siempre más. Bajo esa premisa ha acumulado (en nuestro país en particular) una serie de personajes que pasarán a la historia tristemente por la falta de escrúpulos, de ética y de respeto hacia el ser humano. 

Seguro que oyó hablar alguna vez del célebre "pequeño Nicolás", que hasta se coló en la mismísima Casa Real, aún con causas pendientes con la justicia; más reciente es el caso de Paco Sanz, que estafó a catorce mil personas, famosos incluidos, exagerando una enfermedad que no tenía; aún le espera juicio por estafa. Quizá más desconocidos sean Helen Mukoro (se hacía pasar por presidenta de ONU-Mujeres en España), Javier Boo Fernández (se presentaba como director de la Fundación Amancio Ortega), Tania Head (su nombre real, Alicia Esteve: se paseó por todos los platós habidos y por haber impostando que sobrevivió al 11S, llegó incluso a ser presidenta de la Asociación de Supervivientes de los Atentados del World Trade Center)... Y el más célebre, quizá del mundo mundial, fue un tal Enric Marco, maestro de maestros. Su historia dio la vuelta al mundo cuando se supo que, siendo presidente de los sobrevivientes españoles de los campos de concentración nazis, conferenciante, escritor, articulista, narrador y suplantador en definitiva de cuantos horrores inventaba sobre él y sus compañeros republicanos en los campos de exterminio, no era más que un fraude con mucha imaginación y aún mayor poder de convicción. Su audacia y su falta de escrúpulos le valieron ser el autor de la burda construcción de la ficción más extraordinaria jamás ideada. Hasta Javier Cercas publicó un ensayo sobre el personaje.

Uno de los casos que más me sobrecoge, no por la gravedad y sí por el modus operandi, repetitivo hasta la saciedad, es el del ínclito Pablo Motos. Ya arrastraba precedentes escandalosos y demenciales para alguien con escrúpulos o simplemente con dignidad. Pero ha elevado a cotas estratosféricas su impostura durante el confinamiento al esconderse tras la piel de, según comentan, un terapeuta, un psicoanalista, un maestro zen, un biólogo, un astrónomo, un virológo experto en pandemias, y un consumado coach. Llegados a este punto, no le ha faltado escrupulos para convertirse en, por si no fuese suficiente con lo susodicho, neurocientífico de la manera más fraudulenta, demagógica, chabacana, casposa y partidista de todas las posibles.

Es su estado natural, en el que mejor se desenvuelve. Un rape que nada en Wikipedia y descubre que el cerebro tiene dos hemisferios..., da la sensación que ha estudiado en Harvard como mínimo. Al parecer le dieron hasta en el carnet de identidad por parte de toda la comunidad neurocientífica (la de verdad) con cuenta en twitter. Pues, no contento con ello, insistió, en esa parodia de ser humano que presenta y representa, en su papel de neurocientífico para recochinearse aún más, ridiculizándose por ese absurdo y absoluto desprecio a la ciencia, por más que pretenda hacer de ella espectáculo. Cumple con la primera regla del decálogo del buen impostor: la falta de escrúpulos. Pero además es de ese tipo de impostores cobardes y capciosos que se vale de su fama, posicionamiento mediático y cohorte de borregos que alimenta para desprestigiar a quien se atreva a toserle encima o a criticar su impostura: todo un adalid ejemplificador del neoliberalismo banal de la Hispania casposa. Y representa bien ese lastre porque no intenta reivindicar nada, simplemente lo hace para conseguir los aplausos de su corro de "seguirregos" (seguidores borregos) para que le rían las gracias, palmaditas en la espalda y chin chin. Y que el canal que lo sustenta permita esa clase de impostor mediático, capaz de pasar de maestro Shaolín a neurocientífico en lo que dura el chasquido de los dedos, dice mucho de la clase de país en el que estamos.

El relato ha sustituido a la idea. Es la teatralización de la realidad la que tiene calado en una sociedad tan permeable como la nuestra. La realidad es aburrida, da poco juego y aún rinde menos beneficios. Hay una cita lapidaria en el magnífico y bien documentado ensayo de Antonio Calvo Maturana, Impostores. Sombras en la España de las luces, (Ed. Cátedra) que lo explica todo en un axioma: "El impostor es un espejo de la sociedad en la que vive". Es triste pero cierto: el ínclito presentador es un fiel reflejo de esta España burda y sin sentido, donde prima el rédito económico; el pelotazo; el maniqueo burdo y casposo; el abordaje machista de café, Reig y Soberano. Todo ello suele pasar por encima de la franqueza, la honestidad y el trabajo bien hecho. "Es por estos, porque el impostor sólo tiene cabida dentro de la sociedad en la que vive, por lo que cada época tiene sus propios modelos de impostura”, concluye.

Dejo para el final los impostores más mediáticos de la actualidad. Los que buscan silenciar y estigmatizar a quien no ría sus gracietas en cada gesto y en cada frase; estrategia similar al de Motos: son tan similares todos los impostores que apenas hayas conocido a uno, ves venir a los demás. Conforman un pseudogrupo político capaz de enarbolar, gracias a la democracia, la bandera de la dictadura y todo lo que significa su ideario. El colmo de la cara dura llega cuando, hartos de protestar contra las manifestaciones populares feministas, por ser causantes -según dicen y así lo denuncian- de la propagación de la pandemia, alientan y acuden a caceroladas multitudinarias en la calle, saltándose las medidas de distanciamiento social recomendadas hasta por la OMS, desobedeciendo las leyes que quieren que cumplan los demás y culminando con la guinda de empujar a la calle a todo el cortejo de borregos sin fronteras e imprudentes criminales en potencia que sí les ríen las gracietas, dando la espalda a los miles de sanitarios que han luchado para paliar los estragos de la pandemia, evitando el colapso de la sanidad, y obviando en última instancia el riesgo de volver a situaciones límite. Éstos que se autoproclaman patriotas, éstos que con la consigna de LIBERTAD y envueltos en una bandera que con sus actitudes desprecian, alientan a sus acólitos y borregos a que vociferen desde sus coches y fuera de ellos. Y en realidad su único y exclusivo objetivo es dilapidar el débil estado de bienestar, la constitución y la libertad de expresión (la de verdad, no el espejismo que quieren representar y defender (sic) en la calle). Por lo único que suspiran en realidad es por restaurar su tan ansiado y añorado estado totalitario y fascista del otrota generalísimo (y no lo digo yo, lo dice su programa electoral). Es una pena ver en la calle a tanta gente orgullosa de que les hayan robado sus carteras y lo celebren como si de un trofeo se tratase, o como si reclamasen que a ellos no se las han robado, que han sido a los demás, porque ellos son los que dan palmaditas en el hombro y chin chin, caceroladas al canto. Pobres incautos, quieren ser protagonistas de una estafa que principalmente va dirigida a ellos. Les están robando lo más preciado que tienen y ni siquiera se percatan: la dignidad. En fin, ejecutar la ley de partidos ya si eso tal... No obstante, recuerde: "El impostor es un fiel reflejo de la sociedad en la que vive".

Nos queda la esperanza de que se cumpla algo en común que tienen todos los impostores. Igual da igual que pasen tres meses o diez años. Antes o después les llega su San Martín, aunque el fastidio es que nos queda aún que soportarlos hasta que se percaten los afectados de que les faltan las carteras. Porque "puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo". Tanto ruido para que, a la vuelta de la esquina, acabes siendo el hazmerreír del resto de los mortales. Porque eso precisamente tienen los impostores: trabajan para recabar las risas del corro, y acaban siendo pasto de ellas. Quien no tiene dignidad, no tiene escrúpulos. Bien lo supo, tarde, el bueno de Lincoln. 

Que sirva de pos data: ojo, que quien vende pan y seguridad a cambio de tu apoyo acaba saqueando tu casa y robándote el pan y la seguridad, venga del lado que venga. 








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Pan para hoy y hambre para mañana.

El verbo trabajar viene del latín vulgar tripaliãre, ,"torturar" derivado del latín tardío "tripalium", "instrumento de tortura compuesto de tres maderos". Ahora, querido amigo, seguro que comprenderá mejor por qué trabajar ha ido ligado siempre a la idea de esclavitud, de tortura o simplemente de vía crucis. Una contraprestación económica basta para compensar el esfuerzo y sufrimiento, el desgaste de la salud, a cambio de un sueldo, que en la mayoría de ocasiones no llega para alcanzar a fin de mes con dignidad. Vivimos una era en la que a los trabajadores se les trata como concepto y no como lo que son: seres humanos. Cosa que contrasta a la perfección con ese otro lado, el que proporciona trabajo, el que subyuga a los que perciben unas monedas a cambio de la vida. Esos otros, que llaman trabajar a sentarse en un sillón y contratar o despedir a decenas de personas a golpe de teléfono, se estiran en su sillón de diez mil euros y pasan los fines de semanas en la casita de la playa... o hasta son capaces de manifestar su indignación abanderando un palo de golf con el que aporrear una señal de tráfico. Que no digo yo que esté mal. Pero los que empezaron siendo esclavos y ahora son tiranos la flaca memoria les ha hecho olvidar lo que fueron y un virus indeseable les recuerda ahora su miseria.

Cuando se habla de un trabajador la jerga económica siempre deriva el concepto hacia mantras conocidos por todos: rentabilidad, costes, productividad, recursos, gastos, materia prima... una deformada visión de la realidad que el Papa Francisco (sí, ése mismo) calificó con una frase lapidaria difícilmente rebatible: "los trabajadores han pasado de un estatus de explotados al de desechos". Ése es el concepto de trabajador del siglo XXI: papel de usar y tirar, un número que puede borrarse o modificarse sin más.

En estos meses de pandemia hemos podido observar lo esenciales que eran esos trabajadores que han sido despreciados y denostados a más no poder por los distintos ejecutivos nacionales o autonómicos, e incluso por la ciudadanía (ésta siempre replica las actitudes de los representantes a los que votan). Éstos de los que hablo son los que conforman todo el conglomerado de la sanidad pública. También hemos podido observar cómo son de esenciales el resto de trabajadores en el mundo. Aquí, en esta España nuestra, innumerables directivos empresariales, y aún peor los representantes de éstos a la cabeza de la patronal, se jactaban en plena crisis económica de que ellos no eran ONGs para lanzar flotadores a diestro y siniestro y salvar a todo el mundo, esos que se llaman trabajadores y que nunca fueron capaces de articular esa palabra: trabajadores. "Que aprendan a nadar", vociferaban envalentonados con tintes de ironía cínica. Ahora, lo que son las cosas, acuden al estado a pedir un flotador para no ahogarse. Y el argumento a esgrimir, como no podría ser de otro modo, es el chantaje: si no nos ayuda el estado, contará con un sinfín de despidos. Eso sí, sobre el reparto de dividendos, ya si eso tal. El sistema capitalista ha vuelto a hacer aguas por doquier, en apenas una década, por segunda vez.

El pasado uno de mayo no hubo una reivindicación masiva en las calles por razones obvias. La pandemia lo condiciona todo. Salvo las representaciones habituales y declaraciones institucionales, no hubo relevancia alguna en favor de los trabajadores. Y a los pocos grupúsculos que optaron por abanderar la visibilidad de la precariedad y la "tripaliãre", las fuerzas de seguridad no dudaron un instante en disolver los conatos reivindicativos por las buenas o por las malas, cosa que me pareció, por otro lado, responsable, de puro sentido común. Hubo partidos que se dejaron ver en las redes, de mejor o peor manera; y otros, que de patriotismo andan sobrados y poco o nada se les ve de interés en lo tocante a la vida laboral del ciudadano digno de a pie, ni se les vio esa piel fina, ese ímpetu que debiera corresponderle a los defensores de una patria que en su inmensa mayoría está compuesta de trabajadores. Se les llena la boca de patriotismo enfundados en banderas rojigualdas, pero cuando llega la hora de defender, y sobre todo proteger, los derechos de los que sostienen la patria en un pedestal, esconden la cabeza dejando la retaguardia a la intemperie para que venga el propietario del sillón de diez mil euros y se apropie de su intimidad sin vaselina que valga. Algunos incluso se les va el alma en utilizar los instrumentos de presión que por antonomasia son del trabajador, aun sabiendo que transgredirán las medidas de confinamiento para manifestarse (menuda paradoja), con el fin de pedir dimisiones en protesta contra el actual gobierno, sin que las fuerzas de seguridad, esta vez, hagan lo más mínimo para disolverla; besitos, pastillita y a dormir: hasta para un derecho universal hay distinciones de clases. A estos que tienen pasta hay que darles con bastones de algodón y a esos otros que no tienen donde caer muertos mejor regalamos tortas de porra y gas lacrimógeno. Lo más esperpéntico que ya podría darse es que los defensores de aquéllos sean pobres trabajadores que en su mayoría perdieron sus puestos de trabajos (y si no lo han hecho, están a un tris de hacerlo). Por ridículo que parezca, creyendo que defienden un mismo ideal político, son legiones los gilipollas catedralicios que los defienden. Con lo cual ya me hacen dudar de dónde se ubica la gilipollez extrema, si en los defensores o en los defendidos. Un hecho que sólo puede darse en un país que aún persiste en reproducir la España cañí de los garrotazos de Goya: o conmigo o contra mí.

En realidad, a nadie le interesa el trabajador. Ni siquiera a los propios trabajadores les interesan como tales ellos mismos. Viven sumidos en el miedo, en la ignorancia y en el yugo de su propia limitación. Es el contrasentido que vive este país, este mundo, desde hace varias décadas. El único objetivo de todo ser humano, en todo el planeta, sea cual sea su condición, su credo y su estatus, es el dinero a costa de lo que haga falta, por encima de todo. En estas últimas dos décadas en especial se lucha y se innova y se diseña para tratar de adquirir dinero fácil, rápido y sin esfuerzo. En un mundo en el que cuando era un crío soñábamos con ser bomberos, policías o astronautas, ahora los niños aspiran a ser famosos, ganar mucha pasta y vivir con todos los lujos disponibles que ven en sus ídolos de televisión, papel couché y redes sociales. Quizá porque la palabra trabajar cada vez adquiere un significado esencial respecto de su origen etimológico. A fuerza de cercenar los derechos y deberes del trabajador hemos logrado que trabajar pasase de ser esclavitud a ser algo digno, honrado, y que en última instsncia acaba siendo un castigo, un "tripaliãre" o "tripalium”, algo deleznable y marginal.

Cuando le dije al principio que seguramente comprendería mejor el porqué hoy día esa idea de esclavitud va ligada a trabajar, se le vino a la memoria que hace dos o tres décadas (los que hemos vivido esta idiosincrasia, y los que no sírvanse tomar como ejemplo estas referencias reales) cobrábamos en pesetas lo mismo que se percibe hoy por más horas de trabajo y menor poder adquisitivo; el abajo firmante se embolsaba por media jornada de trabajo en una pescadería, hace treinta años, poco más de 84.000 pesetas. En la actualidad ofrecen por algunas horas más y en el mismo puesto 520 euros (86.520 pesetas al cambio). Usted, con toda probabilidad, disfrutaba de dos días de descanso y ahora sólo uno (a menos que sea funcionario, claro). Que trabajaba unas ocho horas de media, y en la actualidad se disparan de manera vergonzante, según el sector, muy por encima de lo estipulado según convenio. Cuando se le acaba la vida laboral, se percata de que ha cotizado toda la vida para que le quede una miserable pensión que no le llega ni a dos terceras partes de lo que ganaba. Entonces también asomó por su cabeza la idea de haber sido un esclavo, torturado todos los días madrugando, pasando frío, y bajo condiciones gripales infrahumanas; te pierdes el cumple de tu hijo o sientes que no podrás desplazarte en navidad para la cena de familia. Y entonces, Agatha Christie le habla en la conciencia (sin que usted fuese consciente hasta hoy)  y le dice aquello de "uno no reconoce los momentos realmente importantes en su vida hasta que es demasiado tarde". Y todo por luchar por intereses ajenos a su propia salud, a su propia vida. Porque en un principio supo que le valió llevar un pedazo de pan a casa cuando fue a trabajar en aquellos días de gripe o cuando faltó a la cena de navidad en familia o al cumpleaños de su hijo. Pero, sin saberlo, le ha estado privando a éste de hacer lo propio con su prole de manera más digna. Lo que se dice de forma castiza, pan para hoy y hambre para mañana. Este proceso va degradándose década a década, hasta que llegará un momento en que un trabajador suplique trabajar de sol a sol por un miserable vale de compra en cualquier supermercado que no le servirá para llegar siquiera a mediados de mes. Así que nunca espere que quien se acomoda en un sillón de diez mil euros luche para que usted pueda sentarse a la mesa sin "tripaliãre", y no sin que antes se apropie de su intimidad a poco que se incline cuando se arrodille ante su presencia.








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El sueño de la razón produce monstruos

Hay quien se empeña en sacar defecto a todo, en devorar lo que su vecino hace, construye o crea por puro afán de invadir ese espacio que ocupa, por quererlo suyo. Son legión. Incluso descalifican lo que este desconocido y apátrida alarife de frases escribe por aquí. Por eso hoy limito este espacio a la cantidad de palabras que me permitieron disponer la última vez que escribí en un periódico, y así verá que mis peroratas son largas porque me da la gana.

La muestra saturnal que les cito ejemplifica en grado superlativo el afán que tiene este país por comerse a sus hijos. El sueño de la razón produce monstruos, y no existe mejor entretenimiento entre los españoles que comernos a nuestros hijos. Entiéndaseme que no lo digo de un modo literal: la inmensa mayoría que aplaudía la heroicidad a las ocho de la tarde, hace diez años votaba y apoyaba a quienes estuvieron a un tris de dejar a sus hijos (que por entonces muchos ni habían nacido) sin sanidad pública, la misma que nos ha salvado de milagro de ser devorados por Cronos.

La historia de España es una sucesión constante de frustraciones, donde el éxito nunca es suficiente, y el fracaso una diáspora cíclica precedida de enfrentamientos cainitas. Así ha sido durante siglos, desde los Godos (y aún antes) hasta la actualidad. Una historia gobernada por la dicotomía de pertenecer siempre a un bando -rojos, azules; república, monarquía; cristiano, hereje…- que es sinónimo de analfabetismo cultural o intelectual. "Pues, desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza» reza en los inicios de "Limpieza de sangre", de Pérez-Reverte.

Francisco de Goya lo vio claro. Saturno devorando a su hijo hace alusión al dios Cronos, el gobernador y señor del curso del tiempo, pero también patrón de los septuagenarios. Resulta poco más que curioso que las víctimas de la pandemia hayan sido inmensamente mayoría de este segmento de edad en adelante.  Las previsiones es que volvamos a repetir por enésima vez las pinturas negras del maestro para reescribir la historia, igual da si es a garrotazos o confabulando en un aquelarre, tal y como hemos hecho siempre. Porque si alguien lúcido asoma la cabeza, Sarurno lo devorará.

Quizá sea ésta la razón de tanta inquina contra la prolongación del estado de alarma, porque la razón -OMS- dictamina que sigamos confinados o, al menos, seamos muy precavidos -”La pandemia está lejos de terminar"-. Pero aquí en lo único que se piensa es en derrocar al gobierno comunista-estalinista-bolivariano-filoterrorista. Por puro sentido del cainismo. Porque el espacio que ocupan esos indeseables lo reclaman Saturno y sus compinches, el cómo es pecata minuta. Lo importante es tener excusas para aniquilar de una vez la sanidad pública… o el cultivo del pomelo, igual da. Todo está justificado con tal de lograr el objetivo de invadir un espacio que ahora es de otros, aunque el precio sea devorar a sus propios hijos. A esto lo llaman reconquista.








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