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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Cenizas del tiempo malgastado










Quemo la vida con la brasa
de un cigarrillo huérfano
y un ojo diamantino
me contempla insolente.

Una quemadura más, me pide,
acentúa mi ceguera infame
riéndose de mí.
Carcajadas de pirata tuerto
eclosionando en mi corazón
la pupación de su paciencia.
Y yo, que soy crédulo
y devoto de la existencia,
consumo mentiras por cada argucia,
empañadas de cenizas del tiempo malgastado
…siempre.

Pasan las horas
y no me resisto a zaherir
su sigilosa aquiescencia
quemando los minutos
a la espera de que cierren las heridas.

Otro cigarrillo empañará los minutos
de cenizas olvidadas
y más sonrisas provocadas
y más miradas de ciega infamia
y más cicatrices estériles
y más mentiras consumidas:
la madrugada o las horas
seguirán implorándome castigo
y seguiré creyendo que mis heridas
sólo son realidades fraudulentas
que ese ojo diamantino
acoge en su comprensiva mirada,
hasta que la paciencia del cenicero
reviente en mil esquirlas
y el roce etéreo de sus cenizas
me queme, como una herida
que ya no sangra.


(Inédito, 2001)




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Un poème inédit








Les draps de ce vieil hôtel
sentent le premier baiser,
une fragrance nubile de crépuscule;
un préambule de la nuit,
est-il inexorable comme une insomnie,
est-il irremplaçable comme la mort.

Á travers la fenêtre le tungstène
clair-obscur déambule
reflété dans une piscine
captif d'une prison;
au loin la mer aussi
est-elle isolée par une autre frontière.

De la caducité d'un hôtel
rien ne sert, rien ne se répète,
seulement la nuit.

Loin reste le repos,
la liberté de la lumière du jour,
les baisers uniques,
peut-être quelques accords de Bob Dylan
au bord de quelques hanches,...

les nuits d'hôtel
sont des prisons desquelles
on veut toujours échapper;
comme de la mort,
c'est comme dire
du premier baiser,
qui ne se répète jamais
mais qui toujours arrive.



De "Abyssus Abyssum Invocat"
(Inedit, 2017)








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Antonio Montiel: lo inefable del alma.

San Juan de la Cruz afirmaba, en relación a la percepción de sus experiencias místicas, que ‹‹lo espiritual excede al sentido›› y se hace inenarrable. Respecto a esto, Jorge Guillén, en Lenguaje y poesía (Alianza, 1969), detallaba sobre el sentido de la mística de aquél que ‹‹del estado inefable se salta con gallardía a la más rigurosa creación. San Juan de la Cruz tiene que inventarse un mundo, y aquellas intuiciones indecibles se objetivarán en imágenes y ritmos. Soledad sonora: «sin imaginación no hay sentimiento…››. Quizá sea aventurado decir por mi parte que sólo quienes mantienen una relación estrecha con la mística de lo inefable, el sentir que predispone lo excelso del alma como catalizador de esa experiencia, pueden reverberar entre las manos esa energía transpondedora y darle forma de manera física, materializarla para que el resto de los mortales sintamos, al menos, la vibración sin que podamos explicarlo en modo alguno. Quizá sea por eso que me resulte tan difícil relatar las sensaciones que produce cada lienzo del artista Antonio Montiel.

Lo inefable, en cualquier caso, tiene que ver con la experiencia mística (que en modo alguno tiene por qué ser necesariamente religiosa) de percibir, contemplar y asistir con perplejidad a la existencia de lo inasible. Contemplando cualesquiera de los lienzos del artista uno tiene la percepción de desmoronarse como un castillo de arena; que a pesar de haberlo construido con tesón y cuidado sobre la condescendencia del agua y el conocimiento, la brillante luz del sol, esa mácula cegadora y divina, disipa cada molécula construida sobre la razón para postergarse ante la tiranía de lo inefable del alma, que nos domina desde el primer momento para convertirnos en esclavo de su magnificencia. Ese desconocido que susurra desde la inmensidad que habita en lo perpetuo de la eternidad, inhabilita la posible razón de lo material descrito en simples trazos de pincel para capturarnos en una abstrusa experiencia mística que parece cantar, recitar si acaso, desde algún recoveco del alma. Desde los trazos más rugosos hasta los más imperceptibles, las manchas del óleo van dirigiendo la mirada hacia un camino inescrutable al ojo material.

Mallarmé declaraba que ‹‹nombrar un objeto supone eliminar las tres cuartas partes del placer que nos ofrece un poema que consiste en adivinar poco a poco; sugerirlo, este es el camino de la ensoñación.›› En la transfiguración de la realidad, la que superponemos en todo lo inefable y que nos resulta mucho más cómodo y práctico para vivir, habita el poema; que la inmensa mayoría cree que sólo se trata de una leve y material construcción de palabras con sentido y estética y, sin embargo, tal y como lo refleja el maestro francés del simbolismo, uno de sus secretos consiste en adivinar poco a poco, en sugerir el camino de lo que uno puede ensoñar y es imposible materializar. Tras el objeto real, el retrato, la figuración, la liturgia, la pasión de Cristo..., está la ensoñación abigarrada en cada trazo de color, oculto bajo la sombra del negro, brillando con nitidez en cada blanco como la luz del sol... y sin embargo, ver cada uno de esos trapos con ojos de humano mortal, tan sólo lograría contemplar simples imágenes que pasan desapercibidas con facilidad. Porque lo que trata Antonio Montiel en sus lienzos no son simples objetos materiales. Lo que brota de sus manos es la reverberación de lo excelso del alma, amasar ese mondo de manera cuidadosa y con esencia de bonhomía, y liberar esa energía transpondedora para plasmarla de manera física a través de unos simples pinceles enlodazados de pigmentos y preñados de luz.

A buen seguro, para poder convertirse en nexo de unión entre lo material y lo inefable del alma, solo puede lograrse desde un estadio inherente, que ni se aprende, ni se estudia y ni se adquiere... simplemente se es como él: un niño. La inocencia de la tierna infancia permanece impregnado en el espíritu de la poesía material de su obra, de cualquier pieza de su obra. La sonrisa juvenil que despierta en la comisura de los labios es consecuencia de una reminiscencia de la tierna infancia que va deslizándose por el tobogán de cada trazo curvo, va volando con los brazos en cruz corriendo en el patio del recreo por esas pistas de aterrizaje planeando por cada línea recta hasta tomar tierra, amagando escorzos imposibles para evitar 'llevarla' en ese pilla-pilla por el barrio. Sin saberlo, desde el cubículo de su tierna infancia cuando contempló por primera vez a su musa, engendró algo que a buen seguro es mucho más prolongado que su propia vida. Él lleva consigo en la mochila de su tiempo el arcano de lo sempiterno, lleva en la paleta de sus colores la trascendencia de lo eterno, tiene en su poder la tiza blanca y mágica de abrir la puerta de la eternidad y mostrárnosla en el preludio de un lienzo, aun siendo virginal y sin tacha.

Aunque San Juan de la Cruz parecía intentar el imposible de que el lector sintiese su experiencia, queriendo traducir con la herramienta limitada del lenguaje la mística infinita, lo cierto es que resulta imposible advertirlo con la simpleza del ojo material humano. Es necesario poder verlo con nitidez en la oscuridad de una noche cerrada, con la única guía del corazón, con la interpretación de la inocencia de un niño, con la excelsitud del lenguaje poético abigarrado en los tintes y colores de Antonio Montiel. Soledad sonora: sin imaginación, no hay sentimiento. Imposible ver lo inefable del alma que impregna el artista en sus trabajos, si no es con los ojos del corazón.

‹‹En la noche dichosa
en secreto que nadie me veía
ni yo miraba cosa
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.››
(En una noche oscura, San Juan de la Cruz.)


Texto de apoyo que acompaña a la entrevista realizada al pintor Antonio Montiel para la revista cutural 'Garbía', número 6. Puede descargar un ejemplar gratuito en versión electrónica desde AQUÍ







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El sabor de la derrota

Lo reconozco. Soy un seguidor del fútbol, además de otros deportes. Seguidor no significa entusiasta, ni 'fan', ni apasionado. Simplemente me gusta disfrutar con ciertos partidillos de fútbol, con algunos eventos deportivos, con determinadas retransmisiones de competiciones del motor. Me gusta mirar de reojo las noticias deportivas para ver cómo van los distintos campeonatos, las disciplinas, los dimes y dietes, así, a vuelapluma. Y veo en el deporte, veo en el fútbol particularmente ahora que ya concluyó el mundial celebrado en Rusia, un espejo de lo que hay en la vida, sobre todo literatura.

Antes de nada exponer aquí una paradoja interesante y que no solo se produce en el fútbol: es curioso ver cómo los equipos del primer mundo (preeminenemente de Europa) se nutren de hijos de inmigrantes. Ahora que tanto se rechaza la inmigración desde los estados del viejo continente (olvidando las lecciones que ha dado la historia, dando alas al resurgimiento de un fascismo que va en alza, propagando los mismos mantras que antaño, y que parece tomar las mismas posiciones de aquel partido nazi que sumió a Europa en un caos y en un desastre) da gusto ver cómo aproximadamente el 70% de los jugadores que han quedado entre los cuatro primeros son hijos y nietos de inmigrantes que se parten la cara y el alma por defender los colores de un país; más que bien remunerados, todo hay que decirlo, porque con el sueldo extra de lo que gana cada uno podría vivir más que requetebién una familia al completo durante un año.

Pero especialmente en este mundial se produce un hecho significativo, digno del mejor Hemingway. El sabor de la derrota, valores humanos: el honor, la honradez, el orgullo, también la fanfarronería, la vanidad, lo superfluo, la mentira. Todo se da cita en un partido de fútbol, y en esta final que ha dado por concluido el campeonato del mundo se hace de manifiesto el espíritu del Nobel norteamericano. Cuando aquel pescador en "El viejo y el mar" demoraba su trofeo por ochenta y tantos días sin resultado alguno, tras insistir en esa pelea entre contendientes (pesacdor y trofeo), resulta que se acercan un par de tiburones y devoran la presa que tenía al alcance de la mano. El pescador, Santiago, recibe la lección de vida más importante que jamás había recibido hasta entonces. La dignidad del perdedor, la gallardía, el valor y el esfuerzo por haber logrado atrapar a su presa después de un largo y arduo espacio de tiempo esperando su momento.

Quizá el lector haya traído a la memoria la odisea obsesiva del capitán Ahab, y su exacerbado odio contra ese fantasma blanco que persigue, el mismo que una vez le robó la pierna con la que golpeaba fuertemente sobre la cubierta cuando caminaba. Su obsesión obliga a estar dispuesto a sacrificar su vida, la de sus hombres, la del barco, la del mundo entero si hubiera sido preciso con tal de ver claudicar a ese fantasma neblinoso en medio de la inmensidad del mar. La obsesión acaba por arrastrar a su esclavo a la destrucción. Moby Dick se dio en otros partidos, en otros equipos. Quizá en el Brasil de Neymar o en la Argentina de Messi; también en la Alemania de Löw o en la España de Hierro. Los primeros porque la obsesión del equipo al completo oscilaba en torno a sus estrellas y se estrellaron (valga la redundancia cacofónica) con esa obsesión individualista del triunfo personal por encima de la diatriba personal del equipo. "Nada es obstáculo, nada es viraje para mi camino de hierro", espetaba el capitán cuando se le sugería si no sería mejor desviarse del camino y volver a casa. De igual modo, murieron tanto la selección alemana como la española: amparados ambos en un viejo fantasma blanco, que les obsesionó y nubló la razón, por lo que insistieron querer triunfar persiguiendo un ideal que quedó ya en el pasado y les llevó definitivamente a un desastre absoluto.

Ayer noche, el espíritu del viejo Santiago resucitó en su viejo barco, esta vez pintado de mantel a cuadros de restaurante italiano. La derrota de un país pequeño se hizo victoria moral, victoria ética, ganó la dignidad. Tras lograr atrapar el trofeo de disputar la final, luchando como jabatos muchos minutos de más para poder subir a bordo el premio de la felicidad, la transmutación de un gallito de pelea en tiburón desbarató con un par de dentelladas todo sueño de lograr un premio más que merecido, pero que, al fin y a la postre, logró empatizar de corazón con todos los que vimos ese partido, esa batalla, esa lucha. Y dejó quizá una premisa por la que debemos rebelarnos todos al unísono: enfréntate a tu adversario con la convicción de que vas a vencer y no sólo a lo que sabes que vas a derrotar. "Un hombre puede ser destruído, pero no derrotado", se decía convencido, en mitad de su particular lucha, el viejo Santiago. El mundo del deporte, particularmente el mundo del fútbol, está lleno de literatura. Ayer ganaron los perdedores, que, aunque destruidos tras la victoria de los tiburones franceses, no fueron derrotados en ningún momento. El sabor de la derrota es el triunfo de quien vence por la vía de la ética y la moral, quien triunfa en valor y esfuerzo, obteniendo así el respeto solemne de todos.








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Parásitos (II)

Hará un par de años ya (quién lo diría, se me escurre el tiempo de las manos como la arena de la playa) escribí un capítulo sobre ciertos parásitos. Lo prometido es deuda y aquí traigo una nueva reseña sobre estos especímenes de rabiosa actualidad.

Leí un artículo bastante interesante y con cierto tino sobre periodismo en el cine. Aquellas viejas historias de periodistas sin escrúpulos para los que todo valía. No sé si vieron a Cary Grant y a Rosalind Russell en la desternillante comedia de Howard Hawks 'His Girl Friday', traducida al español como 'Luna Nueva' (aún hoy sigo sin entender el porqué de las fallidas, y en ocasiones ridículas, traducciones al español de los títulos de los films). La estrella periodística Hildy Johnson (Russell) entra por las puertas del editor del periódico Walter Burns (Grant) para anunciarle que va a dejar el periodismo con el fin de casarse y fundar una familia. Desde ese mismo momento el espectador sospecha ya que el editor y ex-marido de Hildy ni está dispuesto a aceptarlo, ni lo permitirá de ninguna de las maneras. Así que se sirve de toda clase de tretas, chanzas y embrollos para retenerla en el periódico y hacer que vuelva con él. En los años 70 Billy Wilder haría una versión menos hilarante pero igual de afilada (The front page -Primera plana-), donde Billy y asesores guionistas deciden transmutar de sexo en el guión a Hildy Johnson y será pues un reconocido reportero (interpreta Jack Lemon) que está a punto de contraer matrimonio y decide abandonar su trabajo, así se lo transmite a su redactor. Por lo que el maquiavélico Burns (Walter Matthau) hará lo imposible por impedir su boda y que deje el periódico.

Lo que trataban de evidenciar ambas películas, basadas en la obra teatral original del polifacético y superdotado Ben Hecht (que siendo apenas un crío ya tocaba perfectamente el violín) y Charles MacArthur, era la denuncia de la escasa moral de un periodismo que ellos mismos conocían de primera mano: ambos fueron reporteros en el Chicago de los años treinta, copada por el imperio de Al Capone y el reinado de gángsteres y corrupción por doquier. Conocían los entresijos de un oficio por el que todo valía para copar el mejor de los titulares: sobornar policías, chantajear ediles o funcionarios, etc...

Lo cierto es que en aquella primera película de Howard Hawks se materializaba en apenas 90 minutos toda una suerte de tretas y desarraigo ético y moral periodísticos, y de una incorrección política que serían hoy día impensables, así que imaginen en 1940. Peor aún aquella de 1974 de Wilder, donde el humor chusco, la incipiente homofobia, el machismo recalcitrante y la baja estofa moral de un periodismo que rozaba lo impensable a día de hoy resultaban ser premisas fundamentales para anteponer por encima de todo el interés económico, obviamente también el interés periodístico.

¿Pero qué estoy diciendo? Pareciese que estoy hablando ni más ni menos que del periodismo de nuestros días, porque nada ha cambiado desde entonces. Bueno sí. Ahora el periodismo obedece a su amo, al imperio económico sobre el que se sustenta, más allá de la necesidad de contar una buena historia o desentrañar un buen reportaje de investigación. El reportero de hoy es parte de una maquinaria dentro de una corporación dentro de una multinacional dentro del mercado de valores. Es el pequeño engranaje al servicio de quien le paga. Jamás podría ponerse uno contra el servicio que facilita mal que bien el abono mensual de su hipoteca, el colegio de sus hijos o simplemente el sustento de cada día. Antes el cetro del periodismo lo copaba la palabra escrita, la incipiencia de la radio (y la televisión en los 70) aún no acaparaba el poder que ahora tienen otros medios mucho más inmediatos y de mayor recorrido que aquéllos, por desgracia.

Se dio por calificar al periodismo, y no sin razón, el cuarto poder. Cuando se activa la maquinaria de ese poder, sobre todo a día de hoy, es capaz de derrocar gobiernos, aupar a la supremacía de los estados a gobernantes corruptos, desencadenar guerras, provocar hambrunas, movilizar al fascismo, promover caídas de bolsas, sacudir la economía mundial... Y son las grandes corporaciones, aquellas que se mueven como pez en el agua y dominan en los mercados internacionales, las que viven a costa de las masas que consumen y divulgan información, en su mayoría manipulada. En esos otros tiempos reflejados en aquellas pequeñas joyas del cine (y en otras muchas) la idea era la misma, pero se trataba de allanar el camino del medio sobre la verdad con tal de alcanzar notoriedad. Hoy de lo que se trata es de usar todos esos medios para allanar el camino con el único objetivo de esconder la verdad, porque el beneficio económico para los que sustentan todos los granes medios (y los pequeños) es ingente. El efecto de sacar a la luz la verdad oculta a tiempo consiste en, aunque parezca una suerte de delirio conspiranoico, manipular el curso de las cosas en sus diversas vertientes, aupar o derrocar gobiernos, desestabilizar economías, provocar guerras, etc...

Poco ha cambiado el periodismo desde aquellas críticas ácidas, en definitiva. Peor aún. Ahora existe un submundo periodístico por las redes, cronistas de sofá, hooligans ideológicos, expertos analistas de 240 caracteres, tertulianos de tabernas... con aspiraciones todos ellos a acumular notoriedad a traves de aglutinar más 'likes', porque a la postre se traduce fama; algunos hooligans de tabernas ideológicas que desconocen el champú anticaspa incluso ganan dinero con ello. Da igual el modo de embarrar una noticia, el hecho es llamar la atención y que el titular sea capaz de captar cuanta mayor atención sea posible. Inocentemente, empresas creadas por grandes 'holdings', escudos de poder de otros operativos macroeconómicos, aprovechan agujeros creados para ello y así entre los fallos deliberados de seguridad de Facebok, la intrusión de crackers en la de Twitter, la integración inocente de todo tipo de 'apps' en todos los dispositivos que usamos a diario y en las susodichas redes sociales (¿Qué personaje de Star Wars/color/perro/gato/famoso/comida/muerte/rascacielos o personaje de Fraggle Rock eres?), o definitivos test o encuestas (como el de Kogan por el que se destapó el entramado deliberado del agujero de seguridad de Facebook no hace muchas fechas) hacen de todo el conglomerado social algo maleable y manipulable, polichinelas manejados desde los hilos cual marionetas de feria para divertimento del populacho contrario, que a su vez actúa de igual modo para reírse del que tienen en frente, siendo obligados a una confrontación social con objeto de simular fractura social. Ejemplos de esto mismo es la todavía polémica victoria de Donald Trump, el propio Brexit, la incomprensible estancia en el gobierno de España del partido político más corrupto de la historia de todas las democracias de Eurpoa o el auge inaudito del fascismo llegando al poder en determinados estados clave cuyo principal objetivo es frenar la migración desde el mediterráneo o el extremo oriente.

Todos esos medios posibles, todos los periodistas formales e informales, todos ellos son hoy día un servicio que entra dentro del engranaje de una maquinaria dentro de una corporación dentro de una multinacional dentro del mercado de valores, que sólo se mueve por el interés de la riqueza y cuyo objetivo fundamental es proteger los intereses y multiplicar los dividendos. Son esos parásitos los que en realidad manipulan la verdad para hacernos subyacer en una realidad que en modo alguno es la que debiera ser. Todo acaba sometido a la tiranía del dinero, al interés. 

Especialmente en este país se cumplen ciertos trámites de manera flagrante: vivimos en un orden de cosas donde un grupo de periodistas más o menos independientes, tras sacar a la luz las miserias de una universidad que otorgaba títulos al oligopolio político por doquier, deben sentarse en un banquillo por ejercer su derecho a informar de la verdad. O periodistas que, tras desentrañar algunas de las muchas miserias de la soberanía universal de la corona, les obligan a abandonar sus cargos y puestos de trabajo. Pero lo que quiero que vean es que detrás de estos soldados, y de esos otros que siguen a pie juntillas su 'línea editorial' sin salirse un ápice de la tangente, están los 'parásitos'; los que manejan en realidad el cotarro de todo cuanto sucede y ha de suceder. Es, simplelente, un pequeño tablero de ajedrez donde esos 'parásitos' mueven sus fichas a través de todos esos medios donde los peones han de ser o no sacrificados mientras unos pocos se regodean.

Tenemos una idea muy equivocada del 'parasitismo'. Creemos que es un reducto marginal y despreciable. Hemos tenido poco en cuenta cómo saben aprovechar los recursos que tienen a su alcance para sacar el máximo provecho con el mínimo esfuerzo. Recuerdo nuevamente lo que el DRAE define como 'parásito': 1) “Dicho de un organismo animal o vegetal: que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo.” (...) 4) “Persona que vive a costa ajena.”  Y así es cómo el modus operandi de aquéllos es extraer el néctar de sus peones sin llegar a dejarles fuera de circulación, porque les necesitan para la subistencia, que hagan frente común para sus intereses. Y en general, el populacho, en última instancia, se pone en el pellejo de Hildy Johnson (Rosalind Russell) y acaba claudicando: "Walter, eres maravilloso de un modo repugnante". Y es el redactor (Walter Matthau) el que responde del mejor modo posible que nunca se ha de dejar la información esencial para el desarrollo de una noticia. De ahí que el titular y encabezamiento han de estar lo más alejado posible de la realidad para dirigir la opinión pública: "¿Y quién demonios lee el segundo párrafo?". Eso mismo digo yo, visto lo visto. A nadie le importa lo que de verdad importa. Lo que vende es el escándalo. Así que no dejes que la verdad te estropee una buena noticia.






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El ventilador

Algo se ha fracturado gravemente en este país. Por donde pisamos suena a cristales rotos. Parecía que corrían vientos favorables para el clima de aire irrespirable que se había viciado como consecuencia de la corrupción, de una crisis económica de la que ya será imposible salir puesto que la deuda de España es impagable, del repunte fascista que andaba escondido tomando resuello en cada esquina, de la crisis manifiesta de valores que aúpa fundamentalmente al machismo a tomar el cetro del supremacismo de género sobre todas las cosas, de la flagrante falta de libertad de expresión que algunos confunden con falta de respeto, del creciente nacionalismo que ha sido auspiciado principalmente por parte de quienes creían que adornando el cuello con una bandera podrían espantar el odio; de un largo etcétera en el que, a buen seguro, Mersault se ausentaría encogiéndose de hombros, tal y como suelen hacer quienes ostentan el cetro y quienes les votan. Parecía que se había abierto la ventana al fin, pero los espejismos tienen siempre esa sensación de bofetada al alma que te deja sin aliento, sin ánimo, sin esperanza.

Nos las prometíamos muy felices cuando vimos tomar posesión de sus cargos a los nuevos ministros, de abrumadora mayoría femenina por primera vez en toda la historia de las democracias habidas y por haber. Parecía que nos abrazaban nuevos tiempos, que nos acariciaba por fin aire fresco que parecía renovar el aire viciado del habitáculo cerrado e irrespirable en el que se ha convertido este país. Pero también se nos había olvidado excesivamente pronto que el régimen que estalló en mil pedazos tras el fallecimiento del caudillo, se anquilosó en todos los rincones de cada pueblo, de cada pedanía, de cada ciudad, de cada provincia, de cada región... y nunca murieron: el odio se hereda como se hereda un mausoleo, como se hereda una caja de galletas de latón llena de recuerdos, como se hereda una casa.

Nos hemos dado de bruces con la realidad. ¿La realidad? Sí. Se ha renovado todo el ejecutivo, pero la constitución es la misma, el código civil y penal es el mismo, los dirigentes de la seguridad son los mismos, los que gobiernan sobre el poder judicial son los mismos, los tonsurados son los mismos..., nada ha cambiado. El blanco de las paredes continúa teniendo ese color ajado y amarillento de tanto humo de habano de cafecopaypuro tras esos menús a 6 euros del congreso, de tanto roce de silencios cómplices, de tanto mirar para otro lado, de salpicaduras sanguinolentas de tanto suicidio por motivos económicos derivados de una crisis que se fraguó entre las cenizas de habanos a media tarde y refrescados por gintonics de diseño... El aire parece haberse renovado, pero solo es aire de ventilador que remueve el mismo de antaño y sigue siendo vaporoso, maloliente, enmohecido y asfixiante, se remueve artificialmente y produce una sensación de falso frescor. A poco que se ha acercado la podredumbre a sus aspas, nos ha salpicado a todos en las mismísimas narices.

No voy a entretenerme en la repugnancia de ese mantra manido y fascista de "primero los de aquí", cuando se asomaron los sin patria del Aquarius, los que nadie quería que atracasen en sus puertos; o los que siguen cruzando y muriendo en el estrecho o en el mar de Alborán, que esos no van en naos de renombre y parece como si tuviesen menos importancia. Hasta parece que hay migrantes de primera y de segunda categoría. "Primeros los de aquí", dicen, mientras arremeten contra el ejecutivo con furia vomitando espumarajos por las comisuras de las uñas desde sus dispositivos móviles, que se fabrican con el corazón de coltán que esos niños esclavos se dejan las manos, la vida, por obtener una miserable recompensa con la que en muchos casos pagan el billete de un batel sin bandera, sin patrón y a la deriva, con el objetivo primario de salvarse, porque la inmensidad del agua es más seguro que lo que dejan atrás. Y todo para que los que gritan "primero lo de aquí" puedan fabricar todo lo tecnológico que inunda sus hogares, nuestros hogares. "Primero los de aquí"... mientras se ríen, mientras aplauden con sorna, mientras se mofan, mientras apalean a esos indigentes que no tienen un techo donde dormir o un plato de comida que no sea del comedor social, esos que son de aquí y sobre los que se orinan si es preciso mientras duermen en mitad de la nada; se creen con ese derecho porque "son de aquí". No, no voy a entretenerme con la repugnancia de los que vomitan eso de que "tenemos que pagarles la seguridad social y una pensión de 530 euros" a la gente que viene de fuera cuando "a los de aquí" no les damos ni agua. En realidad les importan un pimiento de la patagonia que 600 vidas españolas, o mil, o cinco mil, de cualquier lugar, reciban o no ayudas de ningún tipo. Lo que les importa, lo que realmente defienden, es que un miserable empresario se haga multimillonario gracias a los 2,86 € que les pagan por hora trabajada y se sienten conformes "porque son de aquí"; esos mismos que reclaman que metan en sus casas a los sin patria del Aquarius que son incapaces de dar de comer, aunque solo sea por un día en sus casas, a cualquiera de "los de aquí".

No, no voy a entretenerme con nada. Tampoco con esa misma sala de la Audiencia Provincial de Navarra que condenó a los cinco miembros de la archiconocida (por desgracia) "manada". Ahora la misma Audiencia Provincial les deja en libertad hasta que haya sentencia firme. Era de esperar algo así. En cuanto el ventilador se ha puesto a funcionar, la primera porquería nos ha salpicado en toda la cara. No se trata de que legalmente tengan o no derecho esas 'cosas' que se han dado a comparar con animales, degradando a todo el reino salvaje a la categoría de inmundicia. Se trata de que la judicatura, por completo, se dedica a hacer lo contrario de lo que deben hacer: APLICAR la ley y no interpretarla. Esa misma ley para la que unos pobres diablos que vociferan improperios varios contra la corona se les castigan con casi la misma pena que a esas 'cosas' a las que hago referencia aquí; y no es que sienta simpatía por los susodichos pobres diablos tuiteros, ni les aliento, ni me parecen siquiera individuos que tenga que tenerles consideración: repruebo esa actitud del insulto como medio de justificar sus argumentos, aunque defenderé siempre su derecho a poder hacerlo: esto es lo que significa libertad de expresión, esto es lo que significa democracia. La ley no puede ser interpretada a capricho, ni siquiera por la protección ideológica de ciertos estamentos o representantes del estado, porque repentinamente la ley deja de ser para todos igual y es comedida e indulgente para algunos y para otros ideológicamente implacable. Y es que, amigos, expresión no es lo mismo que creatividad, como queda patente en estos ejemplos: aquí en España somos más chulos que un ocho y la ley se interpreta, como si de un texto de Kierkegaard o Kant o Rosseau o Nietzsche cualquiera se tratase, a juicio y gusto ideológico del flemático juez de turno. Y quizá, aquellos que insisten en soslayar una diferencia entre creatividad y expresión, debieran saber que en primero de carrera (y es vox populi) se estudia eso de 'la justicia nace del pueblo', y no lo digo yo, lo dice la constitución (Art. 117, 1º): "ha e ser impartida por  jueces y magistrados integrantes del poder judicial, INDEPENDIENTES, inamovibles, RESPONSABLES y sometidos únicamente al imperio de la ley". Por lo que mucho más respetable que la propia judicatura es la soberanía del pueblo, porque de ahí mismo nace el germen de la justicia. Y nada más reprobable y repugnante es la INTERPRETACIÓN de un código penal valorado desde la ideología, las creencias y las filiaciones, sean cuales sean éstas.

Podría entretenerme con estas disquisiciones y con otras muchas: partidos políticos condenados por corrupción que la ley no es capaz de disolver u obligar, al menos, a que se refundan; políticos que se autogestionan sus propios estudios a capricho y por un poco de dinero sobre la mesa resultan ser eminencias en espacialidades de las que apenas han oído hablar, mientras el resto de los mortales tienen que pasar por caja entrampándose hasta las cejas e hincando los codos como mulas; miles y miles de personas que se convierten en turbamultas peligrosas cuando se atan la bandera sobre la frente o al cuello como si de un superman de andar por casa se tratase, obligando al vecino a que la ame como aquél la ama, a pesar de cobrar parte de su sueldo en dinero negro y su mujer lleve inventándose una depresión de aúpa para poder dedicarse a otras tareas más lúdicas, y cobrando la baja sin sobresaltos; o qué decir de todos esos muertos esparcidos por las cunetas de España, a los que no se permite a nadie repatriarlos al camposanto, donde deberían descansar en paz de una vez y así cauterizar la sutura de una herida histórica que aún permanece abierta y sangra a poco que se la zarandea...; cuán largo sería el etcétera de cosas en las que no quiero entretenerme.

En fin, que aunque no quiero comentar nada en especial sobre lo susodicho, sí me sirve para ejemplificar algo que siempre he considerado importante y la sociedad española ha de superar antes de que esto acabe estallando como en aquel 17 de julio del 36, porque créanme si les digo que vivimos de forma paralela aquellos mismos días previos ochenta años después. Nos han vendido que pasamos una transición modélica, cuando en realidad somos víctimas de las supuestas virtudes que nos vendieron, porque ese aire fresco que parecía renovar un país apolillado se vicia cada vez que el ventilador deja de funcionar: la política española es absoluta y manifiestamente de baja calidad porque ni siquiera conoce el mecanismo de una ventana.

No se trata de encender el ventilador para que corra aire fresco, ni siquiera de instalar un aparato moderno de aire acondicionado. Hasta que la ciudadanía no se percate de que este país ha de abrir las ventanas para renovar de verdad este aire irrespirable que nos envenena a todos, jamás podremos ver más allá de nuestras narices, de nuestros ombligos, de nuestras paredes, las cuatro paredes que quedan a nuestro alcance. Esas paredes de color ajado y amarillento de tanto humo de habano, de tanto roce de silencios cómplices, de tanto mirar para otro lado, de salpicaduras sanguinolentas... Algo se está resquebrajando, algo se ha fracturado en este país y no queremos siquiera asomarnos a la ventana. Suena por doquier a cristales rotos. Preferimos atarnos una bandera al cuello y emular a superman, ondeando el trapo junto al ventilador, para obligar al vecino a que haga lo mismo que nosotros, o nos lanzamos a su yugular. Mientras tanto, a pesar de las pataletas que de cuando en cuando se reflejan en la calle, sólo soy capaz de ver a Mersault encogiéndose de hombros y diciéndose entre las paredes de esa habitación cerrada, "¿para qué abrir la ventana?". Mejor pongamos el ventilador y vayamos a reciclar los cristales rotos al contenedor... Pero no somos conscientes siquiera que lo que se recicla no es el cristal, sino el vidrio. El cristal hay que depositarlo en la basura, sin más. Ni siquiera tenemos claro eso. Lo único que se nos da bien es enchufar el ventilador a la luz, ese espejismo infame de aire fresco.








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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra. Son tantas cosas las que incluir, que poco a poco voy actualizando en la medida de lo posible: fotos, cine, poesía, literatura...

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