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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Morir es no estar nunca más con los amigos

Pocas cosas me sorprenden hoy día de la sociedad que estamos permitiendo construir a la orilla de nuestros dominios. Es tal el nivel narcótico que impregna todo cuanto llega a nuestras fauces que apenas sí consigue inquietarme algo. Lo cual significa dos cosas: o me he idiotizado en demasía o he vivido mucho más de lo que debiera. A veces incluso pienso si estoy muerto en vida. Parece que todavía no, quizá porque aún quedan amigos. Tampoco he vivido en demasía, porque la vida es en sí misma una droga dura de la cual es dificil desintoxicarse y por ello todos vamos directos a camposanto antes o después, por sobredosis de vida: siempre quedan cosas por vivir. Y que esté escribiendo esta reflexión me excluye en parte de los idiotizados del mundo, aunque de esa mácula nadie escapa del todo.

Vivimos sumergidos en un nivel de indolencia e hipocresía capaz de preñar de plástico todo el mar de agua del que estamos hechos. Apenas pestañeamos y olvidamos lo sucedido hasta que alguien lo recuerda de pasada a la sombra de unas tapas en el bar virtual de Facebook o Instagram, regadas con una refrescante cerveza que nunca paladearemos... y ahí queda todo: la vecina sigue invirtiendo en plástico para su cara y sus curvas y seguimos utilizando plástico hasta para beber agua. Normalizamos, en definitiva, todo cuanto cae en las redes sociales. La muerte, por ejemplo, que cada cual expande como un virus con el tacto de un dedo para predicar sobre el dolor que queda inerte en esa misma orilla de lo virtual que linda con la realidad. Y apenas aparece un nuevo aliciente, la realidad ha caducado.

Sucede con todo lo que ocurre en la vida (cuando digo 'vida' me refiero al primer mundo y también al segundo, el tercero padece ya de por sí un infierno del que resulta imposible salir tal y como está diseñada la dinámica de consumo actual). Alguien tiene éxito y afilamos los colmillos  para ignorar su felicidad como lágrimas en la lluvia que cae sobre la isla Perejil. Si por otro lado cierran las fronteras de todo un país por alerta de epidemia de ébola, ni siquiera prestamos atención a las noticias porque dejamos que suene de fondo mientras acabamos el plato de comida que aquellos que sufren en aquel país remoto jamas podrán catar. Un afamado músico que nunca hemos escuchado fallece y nos apresuramos a compartir la noticia con fervor con tal de dejarnos llevar por la corriente de todas las redes sociales a las que estamos suscritos, sin dejar de lamentar la pérdida al compás de tal o cual canción...  que olvidaremos antes de que salga el sol o un gallo cante tres veces. Todo cuanto se toca está sujeto al exhibicionismo del que más sabe, del que mas bonito lo dice, del que más impresiona... eso que todos conocemos como postureo, y que todo cristo practica sin pestañear antes de decir "yo no lo hago, yo sólo comparto".

Y compartimos todo cuanto sucede a nuestro alrededor, idealizando hasta la extenuación cuanto pueda captar nuestra cámara, preñando de filtros cada pixel para enmascarar así la realidad de tristeza y desamparo que nos abruma a diario. Y qué decir de las ideas políticas, que han entrado en una guerra inaudita sobre la paleta de color amalgamada de la idiotez, tan abigarradas que la imagen de una anciana rebuscando en la basura sirve de arrojo venenoso a la izquierda y a la derecha para reivindicarse, y sin embargo ambos extremos se abrazan en el mismo espacio de inacción, porque ninguna de las partes consigue remediar que continúe sucediendo cualquier tragedia humanitaria; les interesa tener armas arrojadizas que alimente la voracidad de sus fieles; el odio y el rencor hacia algo tan intangible y superfluo como una idea contraria: se odia el continente, no el contenido. ¿No es del todo absurdo? Tiene explicación. Amamos cuanto vemos, no lo que habita en el interior. Las ansias de parecer prevalecen sobre lo real y por eso somos capaces de comprar un objeto con tal de que nos lo presente en esa caja tan bonita donde va guardado.

Y en la cúspide de todo lo que nos va ahogando y nos impide luchar para emerger a la superficie tenemos a ciertos animalillos que van mostrando día a día sus inauditas e incalificables habilidades, lo ostentoso de sus vidas ficticias o lo más magro de su complexión con el simple objeto de exhibirse en esa carnicería que sólo existe en la ensoñación de cuántos les imitan, que aspiran a tener una vida que nunca tendrán y acaban copiando esos modus operandi de la fauna intrépida de las redes sociales; ya desde pequeñitos permitimos incluso que admiren en sus tabletas cómo juegan otros de su edad en un duelo en el que sólo en sus deseos ganarán, con lo que sus padres conseguirán que suspiren de mayores ser todo un bufón medieval moderno, al que se le ha dado por denominar influencer, anulando así el bastión artístico universal de un niño, que es como decir del ser humano: la imaginación. Es, en definitiva, una sociedad que no crea, sólo copia patrones.

Sentimos la urgente necesidad de identificarnos con etiquetas o que somos o pertenecemos a algo o a alguien, curiosamente en una era marcada por ofrecernos de manera ominosa la apuesta personal por la libertad y la independencia. Compra el producto, conduce el coche, adquiere la casa..., y siéntete libre como un pájaro, como si la libertad tuviera alas. Esa libertad, cualquiera de las libertades, tiene siempre un precio, el precio que nadie te revela hasta que te toca pagar... y luego llegan los lamentos. Bob Dylan lo estampó entre signos de interrogación: ¿Acaso los pájaros no son prisioneros del cielo? Sumamos etiquetas para identificarnos en cualquier lugar del mundo. Nos han inculcado que globalizar todo cuando sucede en cualquier rincón nos haría más libre y en realidad nos ha hecho caer en una esclavitud cuasi perfecta,  sin necesidad de cadenas ni verdugos con látigos. ¿Acaso la inmensa mayoría de mortales (del primer y segundo mundo) no trabajan desde el móvil o la tableta en su período de vacaciones? Desconéctate y perderás el empleo...

Siempre tuve presente que la poesía era el único instrumento capaz de cambiar las cosas, todas estas cosas. En mi inmensa ignorancia, ya sólo soy capaz de creerlo de manera utópica y que sólo cambiará cosas en mí, dado que la poesía de hoy, la que alientan tanto críticos como intelectuales y sobre todo editoriales, se está ahogando en la misma orilla en la que se ahoga todo lo que nos incumbe como seres vivos. Basta una simple ocurrencia apoyada por cientos, si no miles, de borregos amaestrados en esas lides del deseo de las vidas ajenas para que, como una plaga, se expanda ese mensaje erróneo por doquier, hasta llegar a las plataformas editoriales más mediáticas para hacer caja con ello.

En la poesía se concentra el universo en breves palabras. Una amalgama de reflexión que alberga tanta importancia, que tanto el mensaje como lo escrito confluyen en un mismo plano, dando a luz una realidad universal. “El poeta no tiene por finalidad comunicar un pensamiento, sino despertar en los demás un estado emocional en el que nazca un pensamiento análogo (pero no idéntico) al suyo. La ‘idea’ desempeña (en él como en los demás) tan sólo un papel parcial”.  Así reflexionaba Paul Valéry y es totalmente lo opuesto a lo que nos han inculcado en este último lustro: la idea es el papel primordial y el estado emocional que surge como consecuencia es tan sólo algo secundario; tanto, que se premia la técnica y la estética, y no así la consecuencia universal de la poesía: el estado emocional que da como resultado una reflexión. Recuerden, amamos el continente, no el contenido. He llegado a oír incluso cómo se han decidido a comprar un libro por lo bonito que es.

Tal es así, que hasta a ciertos elementos cuasi analfabetos de la sociedad se les considera adalides del abismo y, por extraño que parezca, hasta prestigiosos poetas y catedráticos de postín se apresuran a auparlos a la categoría de gestores de una cultura de la que carecen... todo sea por salir en una foto y que se viralice su presencia por doquier a cambio de prostituir la verdadera esencia de la poesía: despertar estados emocionales con capacidad de hacer brotar vida en ese estado de reflexión permanente al que obliga, o lo que es igual, concentrar el universo en unas pocas palabras. "Nos seguirán porque salimos en la foto con fulano y mengano, ¡qué privilegio!" Quizá sea ése el quid de la cuestión por el cual todo el mundo parece haber tomado un interés en hacerse poeta: propagar su popularidad con aquestos adalides del postureo y viralizar esa aureola y no lo que de verdad importa, como predicó Valéry. Es la realidad: la poesía se ha transformado en un mero adorno que decora los muros infinitos de las redes sociales. "Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quienes somos, / la poesía no puede ser sin pecado un adorno", escribió Gabriel Celaya en 'La poesía es un arma cargada de futuro'... de un futuro que parece morir en la misma orilla que todo. Porque 'morir es no estar nunca mas con los amigos', como apuntó Gabo. Y la poesía, más que ser un elemento vinculante, se ha convertido en excluyente, y por tanto elitista e impoluto, que no toma partido por nada ni por nadie y ni tan siquiera es capaz de mancharse las manos. Ya no es un alarde de valentía, sino todo lo contrario.

En la orilla de mis dominios yo sólo quiero que habite la amistad, al recaudo de cervezas, vinos, tapas, cenas, buenas charlas mejores reflexiones y, cómo no, abrazos y cariño. Esa orilla es un lugar donde escuchar es un instante eterno y desoír el ruido que perece donde desfallece todo a día de hoy. A modo de profecía decían los versos del poema de Celaya que mencioné antes: "Estamos tocando fondo. / Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse". Hay que tomar partido hasta desfallecer en la orilla, donde siempre estarán los amigos esperando para ayudarnos a tomar aliento y ponernos en pie. Y si alguna vez no los hallamos cuando nos desplomemos desfallecidos sobre la arena y casi sin aliento, entonces habremos muerto. Porque tan cierto como escribo estas ultimas líneas, ser honesto y enfrentarse don dignidad y verdad a todo cuanto ha quedado atrás en esta reflexión te pone en entredicho ante toda la comunidad y acaba repudiándote y empujándote a un mar de despecho y desprecio con el único fin de que mueras sobre la orilla. 








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Sobre la inmensa mayoría silenciada de siempre

Hace unos días leí unos comentarios despectivos hacia 'las escritoras' de novelas románticas (el género rosa, como dicen algunos, con ese afán de ponerle etiquetas a todo): nótese que no referían el genérico masculino, desde los inicios promulgaban la crítica  hacia 'ellas'. Comentarios que derivaron en reflexiones, a cual más misógina, salpicada de casposa testosterona por parte de esos "eruditos": si tan importantes son, por qué nunca ganan premios de la crítica o alguno de los premios importantes del país, apuntaba uno. En cierto modo no le faltaba razón. El género en cuestión siempre ha sido defenestrado y arrostrado por el fango del incómodo éxito de ventas al margen izquierdo del cuaderno intelectual.

El problema de fondo es que tiene mucho que ver con que la inmensa mayoría de autores del género (mal llamado) rosa son mujeres, porque hablan de esa cosa cursi del amor romántico y porque se supone no es un dechado intelectual de virtudes. No es un secreto (y si lo es, haré de Lázaro y revelaré el gran secreto de don Manuel, antes de que Blasillo se apresure a gritar las medias verdades por las calles para que no pueda oír la mía) que entre los círculos intelectuales y de gran calado es oír hablar de novela romántica y comenzar a producir urticarias, dejando escapar por la comisura de la boca una sonrisa, de esa clase que resultan ser balsámicas para sus lesiones cutáneas, con la grafía de toda una perorata de manidos clichés de ignorancia prosopopéyica que dilapida cualquier atisbo de interés literario. Ese silencio remozado con el adorno de esa curva grosera y despectiva es capaz de acallar cualquier argumento.

El silencio, en ocasiones, es delator: "brota del fondo del silencio / otro silencio, aguda torre, espada, / y sube y crece y nos suspende / y mientras sube caen / recuerdos, esperanzas, / las pequeñas mentiras y las grandes,". Ese silencio de desprecio en torno al género romántico, o rosa, como prefieran, brota para suspenderlo entre esas pequeñas mentiras y esperanzas de quienes se atreven a juzgar qué es bueno y qué no lo es, sobre todo 'esos' que deben dar ejemplo de ecuanimidad e imparcialidad. A mi recuerdo, pues, viene inapelable el trabajo de una autora que ha sido leída por mas de cuatrocientos millones de personas en todo el mundo, que ha escrito casi cinco mil títulos y ha sido traducida a casi una treintena de idiomas. Ya quisieran entre todos los intelectuales de este país juntos sumar siquiera cifras parecidas a las que consiguió (y continúa haciéndolo, Editorial Planeta puede dar fe de ello) María del Socorro Tellado López, también conocida con su seudónimo Ada Miller, pero mundialmente aclamada como Corín Tellado.

No deja de ser curioso que, al teclear en el buscador del navegador los escritores más leídos de la lengua castellana, nunca aparece ese nombre entre los autores. Todos los que aparecen siempre son hombres y no llegan ni a hacerle cosquillas a la magnitud del alcance de María del Socorro, sólo superada por el grande entre los grandes, don Miguel de Cervantes. Una mujer que no sólo luchó contra la inclemente y repugnante censura de la época, sino también lidiar contra el machismo imperante de una sociedad diseñada por hombres y para hombres en el sentido semántico más casposo. Puso en relieve de la manera más sutil que le permitieron las circunstancias trazar los parámetros de la sociedad que le tocó vivir, y edulcorar con realidad y personajes que podrían ser el vecino del cuarto y la señorita del bajo 'b' todas y cada una de las historias que pergeñó para beneplácito y ensueños de medio mundo.

Es lo que tiene ser mujer, que te olvidan fácilmente en el rincón de pensar a las primeras de cambio hasta que alguien por capricho, un modo supino de calificar el interés comercial, y en especial si se cumplen efemérides de su onomástica, decide que puedes volver a tu lugar, siempre en un segundo plano y si ese reflote tiene perspectiva de dar suculentos réditos económicos.

Si por un momento cree que no es así, pregunte por María Andrea Casamayor, que redactó el primer libro de ciencia y tuvo que firmar con un nombre masculino para que viera la luz; o la que probablemente pudo ser la primera astrónoma española Fátima ben Ahmed, hija del Astrónomo Mosama ben Ahmed; María Andresa Casamayor, que redactó el primer libro de Aritmética publicado por una mujer en España... ¡con solo 17 a años!; y ya que hablamos de matemáticas, presente en nuestro siglo XXI hasta hace bien poco que nos dejó, la matemática especialista en álgebra María Josefa Wonenburguer, con dos doctorados a sus espaldas que nunca le fueron reconocidos por razones de testosterona diplomática, y tuvo que emigrar a Estados Unidos para ver recompensada su brillantez y privilegiada lucidez. La lista de 'olvidos descuidados' es tan ominosa que no cabría en un solo diccionario enciclopédico, habría que elaborar uno por cada materia: filosofia, artes, ciencia, matemáticas...

La sensación de que las mujeres, en cualquier sentido, han de trabajar el doble es tan manifiesta, que a veces uno siente vergüenza ajena de pertenecer al género masculino. Si de algo me hago acreedor es de poner el foco donde más duele, y en esta ocasión habría que decirles a los intelectuales de turno, a los de siempre (porque no hay "las" de siempre), esos que hacen ostentación de su ominosa equiparación de género, que saquen sus cabezotas del ombligo y empiecen a desempolvar el recuerdo y el legado de cuantas mujeres contribuyeron a mejorar las vidas de los seres humanos en todos los sentidos. Si por cada homenaje a García Lorca se hiciera uno a Hipatia de Alejandría, el mundo viviría con un mayor respeto hacia el conocimiento y la reflexión. Y no me entienda mal, no digo que esos recordatorios al legado del poeta granadino no sean de mi agrado. Digo que esos que se frotan las uñas sobre la solapa regalados de sí mismos hagan ejercicio de esfuerzo en mirar más allá de su egocentrismo masculino y del de sus amiguetes aduladores de pandereta a los que no se cansan de premiar y dar palmaditas en el hombro de lo bien que lo hacen... pero que apenas nadie les lee. Desempolven a esa autora que, tras Cervantes, es la mas leída de toda la historia de la literatura española..., y escribía novelas románticas. Pero claro, no se llama Arturo, ni Carlos, ni Javier, ni Manuel. Carece de riqueza intelectual perfumada de testosterona, de silencios cómplices que lleven escritas toda una perorata de manidos clichés de ignorancia prosopopéyica que dilapide cualquier atisbo de interés literario.

... "y queremos gritar y en la garganta (continuaba Octavio Paz en su poema 'Silencio') / se desvanece el grito: / desembocamos al silencio / en donde los silencios enmudecen." Al final quedan esos curvilíneos silencios prolongados cuya elocuencia envilecen todo aquello que tocan y lo abocan al ostracismo, donde los silencios de las mujeres anónimas enmudecen atragantadas de testosterona. Quién remediará esto alguna vez...








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No basta renovar para mejorar

Decía Machado, grande entre los grandes, que 'no basta mover para renovar, ni basta renovar para mejorar'. Visto lo visto, ahora que apenas hace un mes se cumplen 100 años de la muerte del maestro, resulta que anda todo patas arriba allá por donde uno mire, sobre todo aquí en casa, donde también llegará la ignominia de ley sobre derechos de autor que se aplicará en todo el viejo continente. Y es que el pasado día 20 de marzo la Unión Europea aprobó una nueva ley de copyright en la que defiende, todo muy loable, los derechos de los autores en todas las extensiones que ofrece Internet tal y como lo conocemos hoy día. Hasta aquí, todo correcto. Me pareció en su momento, y me sigue pareciendo ahora, que padres, madres, niños, abuelos, púberes y demás fauna 'yutubera' aprovechan el vacío legal existencial que ofrecen estas plataformas para tomar del banquete digital todo cuanto les apetece del trabajo musical, cinematográfico, literario, artístico en general, y convertirlo en audiencia o reproducciones, que traducido significa pasta, money, viruta, parné... sin tributar un sólo céntimo a los respectivos autores. No obstante, la directiva europea, en el artículo 13 deja en manos de un algoritmo la capacidad de decisión que debe estar en manos de un juez y esto es poco menos que un golpe de estado contra la razón y la libertad. La palabra más utilizada por expertos en derechos de autor es "barbaridad". Y lo secundo: no basta renovar para mejorar.

Ahora que estamos en precampaña electoral (que Dios nos pille confesados, porque aún no hemos entrado en el estado permanente de "consignas" y demás ocurrencias y "barbaridades" y ya nos llueve esa borrasca) no hacemos más que oír 'eslóganes' de todo tipo en busca de la confrontación, con el objeto de rendir cuentas permanentes con el pasado. Unos vociferando a gritos contra otros, estos increpando e insultando a aquéllos, y entre medias están los adalides de la resurrección del régimen criminal que asoló España, queriendo acabar con todos para ajustar cuentas generalizadas con aquellos que no piensen como ellos, dando buena cuenta, tanto gráfica como ideológicamente, qué es el fascismo y lo que ofrecen en su repertorio. Todos estos dan por bueno el verdadero origen y significado de la palabra 'slogan', del gaélico 'slaugh-ghairm', cuyo significado literal era 'grito de guerra'. La evolución de la palabra derivó hasta 'slogorne', consigna. De ahí que el el llamamiento político se utilicen 'consignas' a modo de grito de guerra para arengar a un electorado más o menos emotivo y borreguil.

Cada vez que entramos en campaña electoral, nos encontramos en una batalla de clanes, cuyos líderes van arengando a sus soldados con sus 'slaugh-ghairm'. Y para más inri, en vez de confeccionar listas electorales con personas capaces o gestores dignos, los partidos políticos andan a la gresca confeccionando 'platós' de televisión, intentando copar el máximo número de flashes y las máximas garantías de audiencia y cuotas de 'share'; por supuesto, el máximo rendimiento en las plataformas digitales de vídeo para obtener de camino réditos económicos y seguidores mansos y dóciles. Cuanto más famoso el personaje, sea cual sea su faceta, más posibilidades de viralizar todo cuanto diga por las redes sociales y por las plataformas 'yutuberas'. Apenas nadie lee los programas electorales ni sirven para nada porque a la vista de todos quedó aquel programa que encumbró al ex presidente del gobierno en una mayoría absoluta infame y catastrófica para la deuda española (entre otras cosas: cultura, educación, sanidad, etc...), y que no cumplió ni un solo punto de cuantos prometió sobre el papel en campaña electoral. 

Con lo que no contábamos en este preludio de elecciones es que, además de las arengas, íbamos a contar con la presencia infame de la ignorancia copando todos los titulares de prensa. En esta precampaña infausta, donde nos jugamos aún más de lo que parece y la fractura de este país es manifiesta, entró en escena un personajete incauto e ignorante, que además resulta ser presidente de un país, y pretende dar lecciones de historia al más puro estilo 'yutúber', exigiendo que el gobierno de España, con don Felipe VI a la cabeza, pida perdón por algo que sólo él (y la cohorte de ignorantes que le siguen a pie juntillas como borregos) ha podido leer en su libro de historia. Porque resulta que lo que sucedió en la patria de Tenochtitlán fue una salvajada de un grupo de cuatrocientos cincuenta o quinientos españoles que tuvieron como infantería a los sometidos por el pueblo azteca, pueblos contrarios o enemigos, como los tlacaltecas. Y así se liberaron de esa tiranía con ayuda de los españoles. Sería bueno recordar, quizá, que hasta la independencia de Méjico en 1821, la Corona recompensó a los que participaron en la conquista con una excención de todos los impuestos habidos y por haber, y que fue a partir de ese año cuando comienza la llamada "tragedia de los indígenas". Bien pensado, quizá debiera ser al contrario: López-Obrador debería dirigirse a su propio pueblo indígena y pedirles perdón por todas las tropelías cometidas contra su estatus de pueblo soberano. Aquella conquista no fue la de España, sino la de unos indígenas sobre otros con la ayuda de la Corona. Pero este es también el estilo de la campaña que nos queda por ver, la de la posverdad y la lucha por la presencia masiva en la televisión, los medios de comunicación y las plataformas digitales como YouTube. Cuanto mayor sea la barbaridad, más presencia por doquier, que traducido significa, por ende, más pasta.

Está claro que el tal López-Obrador (y la cohorte de indignados ignorantes que dramatizan impunemente con sus 'eslóganes' haciéndole la ola) tiene de fondo un consumado espíritu 'yútuber'. Él y todos los políticos que salen a la palestra en campaña para ver quién dice la barbaridad más grande jamás contada, con el objetivo claro de contar por miles las visitas a sus perfiles y sus 'yutubes', convirtiendo sus barrabasadas y barbaridades en consignas. En el caso del presidente mejicano, su magnífica y breve exigencia no es otra cosa sino fomentar su presencia en la vida pública hispanohablante para resarcirse como personaje público y, de camino, desviar la atención hacia otros derroteros que no son los verdaderos problemas que acucian a su país y que no sabe cómo afrontar. Del mismo modo, las estrellas del firmamento político del nuestro vituperan a sus contrarios y procuran rodearse de entornos idílicos y de estrellas mediáticas para salir lo mejor posible en sus vídeos y aumentar las visitas y los réditos que las plataformas conceden a sus partenaires. Y todos estos han dicho hasta la saciedad que han venido para renovar la política y mejorar su estatus: 'no basta mover para renovar, ni basta renovar para mejorar'.

Si algo espero en la aplicación del articulo 13 de la nueva directiva europea sobre los derechos de autor, es que silencie las bocas de aquéllos y su visibilidad en las redes, dado que esta clase social pretende 'mover para renovar' y nos hacen creer que van 'renovar para mejorar', y vemos sobradamente (si no nos ciega lo sectario del partidismo) con eso no basta. Porque la ciudadanía necesita veracidad y moviendo la caca de un lado a otro no se renueva el aire ni renovando el aire se mejora el aspecto del lugar donde esté depositada la caca. 'Ya está todo inventado', decía el maestro Borges, 'a lo más que llegamos es a copiar con nuestro propia voz'. Así que si el algoritmo hace de juez Dred y elimina de la fanfarria a los nuevos 'yutúbers' políticos que dominan la parafernalia mediática de hoy y silencia los manidos y anacrónicos 'slaugh-ghairm', que a buen seguro ya tienen propietarios, nos hará un favor a la ciudadanía. Si no es así, que es lo más probable, entonces el maldito artículo 13 sólo sirve para copar titulares y, sobre todo, para ayudar a fomentar la presencia de estos nuevos 'yutúbers', que acumulan grandes cantidades de reproducciones, que a la postre, traducido significa pasta, money, viruta, parné... y por supuesto hará buenas las palabras de Machado.








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¿Habrá otro más pobre y triste que yo?

Era una mañana desabrida y un tanto melancólica, abúlica y bucólica. La gente parecía llevar escrito en el rostro aquellos versos de Calderón: "¿Habrá otro, entre sí decía, / Más pobre y triste que yo?". Y con esos trazos caminaba la concurrencia con parsimonia, denotando un cierto hastío que iba embotado de cierto costumbrismo monótono. Pocos pasos más allá, algo pareció llamar la atención de todos los que habían encontrado oro en ese pequeño detalle que resalta entre la tibia ceniza de lo cotidiano. Imposible caminar por la acera por donde discurría para embocar el mercado de Atarazanas y al otro lado (me separaba el torrente de alquitrán que regurgita por pura diacronía folcrórica el tráfico rodado) vi cómo un par de personas atendía a una señora mayor en el suelo, al parecer había sufrido un vahído. Esto que pudiera parecer hasta relativamente normal, zurría hasta en lo más recóndito de mis entrañas al ver prudencialmente alejados unos chavales grabando la situación con sus respectivos teléfonos, incluyendo selfies groseros y maleducados. No cabe duda que harían las delicias de sus seguidores de Instagram, Twitter o de donde demonios, a estas horas, hayan subido sin duda alguna esos vídeos y fotos.

El sociólogo Henri Tajfel, desarrollando la Teoría de la Identidad Social (les dejo aquí un pequeño extracto para el que no esté relacionado con ello o quiera saber algo más del asunto), llegó a la conclusión, entre otras cosas, de que tendemos a compararnos entre nosotros con estatus inferiores, porque nos hace sentirnos mejor y hace tener de nosotros mismos una imagen positiva, algo así como hacernos un 'selfie' junto a alguien y que el resultado nos halague por la extraordinaria fotogenia conque nos representa y quien está a nuestro lado aparece con los ojos entreabiertos y en un gesto poco ortodoxo. Cuando salimos ganando en la comparación, sentimos que el otro pierde y nosotros ganamos, en nuestro interior dibujamos una estupenda sonrisa y nos alegramos. Porque nosotros ganamos, los otros pierden. Es este el morbo social que, cuanto más individualista es el ser humano, más se encona en las entrañas. Y además es un sentimiento primitivo, ancestral, que tiene mucho que ver con repudiar lo ajeno y proteger lo que siente uno como propio: los nuestros, sí; los otros, no.

Personalmente para mí supuso, aquel gesto de los muchachos, como otros muchos de los que a buen seguro hemos visto o sido testigo por cualquiera de las redes sociales, el ejemplo más meridiano de lo que disfruta el ser humano con el espectáculo del dolor ajeno. A estas alturas de la vida, quién no ha presenciado, mientras iba en el coche, cómo las asistencias sanitarias y la policía ponían todo de su parte para restablecer en la medida de lo posible el orden en la carretera tras el impacto de dos o tres vehículos. Todo el mundo ha ralentizado la marcha para ver todo cuanto se pueda ver. Porque nos produce morbosidad el mal ajeno. La teatralidad de la catástrofe. 

Morbo, dice la RAE, que es "enfermedad", "interés malsana por personas o cosas", "atracción hacia acontecimientos desagradables". Esta sociedad ha sucumbido a estas acepciones hasta límites insospechados. Cuando unos jóvenes son capaces de impresionar a sus seguidores con vídeos del síncope de una anciana en plena calle, con el espectáculo dantesco de los medios informativos recreándose hasta la saciedad en la desgracia de un pequeño atrapado en un pozo (mueren 2 niños ahogados cada día en el mediterráneo: los nuestros, los otros), con las interminables reproducciones de la guerra en Siria que produjo miles de masacres, o con los millares de cadáveres de los que se va nutriendo el mar mediterráneo casi a diario.

Los síntomas de que vivimos en una sociedad enferma, morbosa, interesada especialmente por los acontecimientos desagradables, es precisamente la falta de respeto, la escasez de ética, la ausencia de tolerancia hacia lo ajeno, sobre todo a la privacidad del dolor ajeno, anda en vías de extinción. La familia del pequeño fallecido en un pozo sigue de duelo y tendrá que llevar en sus conciencias la retransmisión en vivo y en directo de la extracción de un féretro bajo la tierra y es evidente que la 'noticia' ya no interesa a nadie, y mucho menos el dolor de esa familia. La comunión de los medios internacionales para ponernos al día, a la hora de almorzar o de cenar, en relación a la crisis humanitaria preñada de millares de cadáveres sirios, es un escarnio que sigue su curso pero que ya ha dejado de ser novedoso, porque esos no son los nuestros y porque la morbosidad de la desgracia ajena, la teatralidad de la catástrofe, radica en la primicia; una vez el conflicto ha llegado a los confines de la tierra, y se vuelve costumbre, deja de interesar. Hemos convertido la morbosidad, el dolor ajeno, en un entretenimiento informativo, en un espectáculo dantesco, en la perversidad más absoluta, en la falta de respeto al duelo y al dolor más repugnante de la historia de la humanidad. Todo ello denota una falta de madurez y de desarrollo intelectual fuera de toda órbita. Poco importa si un acto es pequeño e inofensivo o grande y universal: "El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo muy poco, también es injusto en lo mucho. (Lucas 16:10)

Apenas sí hemos desarrollado intelecto humano, empatía, desde el siglo de oro hasta ahora. La respuesta a la pregunta de si '¿Habrá otro más pobre y triste que yo?', el propio Calderón ya había sido el mejor ejemplo de sociólogo (y mucho antes el infante Don Juan Manuel: "Por pobreza nunca desmayéis, pues otros más pobres que vos veréis.); es de lo más elocuente y resume bien toda vorágine de lo que es la miseria del ser humano: "Y cuando el rostro volvió / Halló la respuesta, viendo / Que iba otro sabio cogiendo / Las hierbas que él arrojó". Seamos sinceros: cuando dejé atrás aquellos jóvenes regodeándose en la más absoluta repugnancia, me prometí escribir esta parrafada y quería terminar con el deseo, al menos, de que quien venga detrás, recoja las hierbas que acabo de arrojar.








Cuentan de un sabio que un día
Tan pobre y mísero estaba,
Que sólo se sustentaba
De unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
Más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió
Halló la respuesta, viendo
Que iba otro sabio cogiendo
Las hierbas que él arrojó.

Quejoso de mi fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?
Piadoso me has respondido.
Pues, volviendo a mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías,
las hubieras recogido.

(Calderon de la Barca, fragmento de "La vida es sueño".)






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El compromiso con la solidaridad

Un grupo de zuritas hambrientas se pavoneaban en torno a la fuente. Apenas transitaba gente a esa hora por la plaza de la Constitución, a pesar de ser un día laborable. El sol radiante comenzaba a palpar con sus tentáculos luminosos los primeros recovecos de los soportales y las esquinas. Aquel viejo, meditabundo y hambriento, llevaba consigo toda una suerte de cachivaches varios y un bocadillo en la mano. Caminaba con intención de ocupar algún banco de piedra donde sentarse y poder disfrutar del manjar matutino, pero entre los adornos festivos, los arreglos intempestivos aquí y allá y algunos ocupantes en los pocos asientos disponibles, le obligaron a sentarse en uno de los escalones del marco incomparable del escaparate de una de las tiendas más exclusivas de la plaza, aún clausurada al público.

Deglutía con voracidad su pequeño bocadillo de margarina con mortadela, obsequio de Fernando, el dueño de una cafetería que atendía desde bien temprano los requerimientos de los valientes que más madrugaban y a esas aves nocturnas de extraño pelaje que tomaban el último tentempié antes de plegar alas y anidar. Al salir de aquel templo del café, observó un enorme cartel publicitario. "Nuestro compromiso con la solidaridad." Así rezaba el pasquín justo a la izquierda, junto a la puerta. La foto hacía alusión a la abnegada labor de apoyo 'incondicional' que la tienda exclusiva, la misma donde había decidido tomar asiento para degustar su manjar, ofrecía a los más desfavorecidos. El viejo lo recordó sin embargo con desgana, escupiendo una sonrisa de hastío preñada de resignación. Y el grupo de palomas que revoloteaba por las inmediaciones comenzó a pulular por su entorno.

A medida que descuajaba cada bocado del bocata, pellizcaba pequeñas migajas que repartía entre las más aventuradas a acercarse, aunque eran las más avispadas las que arrebataban de un modo casi febril sus míseros trofeos. Una de ellas,  a unos metros, viendo que no se hacía con ningún adarme, se conformó con abrevar en el hueco de la esquina levantada y mellada de un mampuesto de mármol, que acogía un minúsculo charquito de agua. Al viejo le llamó la atención aquella paloma de color azabache bastante lóbrego, que con las mismas alzó el vuelo y fue a mejor abrevadero, que no era otro que la fuente de Génova, pocos metros más allá.

Las correderas de la exclusiva tienda comenzaron a descubrir las impolutas cristaleras que ofrecían todo tipo de promesas al veinte, treinta y hasta el cincuenta por ciento de descuento, dejando entrever los impostados modelos sin rostro que ostentaban inertes un variopinto vestuario, en actitudes inverosímiles y difícilmente creíbles. Entonces una centella apareció entre las cristaleras de la puerta del local, que se abrieron de forma repentina como si se tratase de Moisés atravesando el mar diáfano de aquel parapeto cristalino, un individuo enjutado en un traje cuyo corte casi le caía a medida, ancho de espalda, alto, repeinado de tal modo que su cabello parecía un pequeño manto hilado de fina seda blonda, buena planta y bien parecido. Un ángel querubín portador de nuevas. El distintivo de la solapa le bautizaba de manera formal 'Don Pablo'. Con la diligencia de un apóstol se dirige al viejo, que aún se debatía entre los bártulos y lo que le quedaba del bocata sustentándolo en ese instante entre los dientes, y le espeta sin la vaselina de la educación mínima de unos buenos días: "Señor, aquí no puede quedarse. Váyase a otro sitio".

El viejo ataja como puede sus míseras pertenencias y consigue incorporarse, aún con el bocadillo sujeto entre los dientes. Dos pasos más allá tropieza con aquel saliente de mármol del suelo donde la única paloma negra entre la turba emigró a aguas más cristalinas para saciar su sed. El resto de bocadillo con margarina jalonado de mortadela fue a parar a las cercanías de aquella paloma negra, que por ser más discreta y menos atrevida que las demás le llegó de boca del viejo lo que para él era limosna y para ella un manjar. Aquella montaraz paloma lo aprovechó con locura desmedida, picoteando a diestro y siniestro todo cuanto pudo antes de que la horda de zuritas se abalanzaran hacia el pan suyo de cada día, lleno de churretes de gracia, el señor esta vez sí que estaba con ellas. Desde el suelo, se sonrió el viejo viendo que aquel tropiezo, sin quererlo, supuso un pequeño pero verdadero compromiso con la solidaridad, sin foto publicitaria que lo atestiguase. Y miró al cielo, esperando alguna señal divina que pudiera otorgarle el mismo premio que recibieron aquellas desamparadas que vivían de la caridad humana, pero lo único que obtuvo fue una soberbia deposición de una de las muchas zuritas que se arrojaron hacia el gaudeamus.








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15 de enero (III): Insomnio









"Toda la primavera
dormía entre tus manos"
(Ernestina de Champourcín)

Escríbeme sobre las sábanas
el fragor de tantas noches insomnes
para poder leerte antes de dormir
y conciliarme así con el mundo.

Escríbeme todas esas veces
que nos cobijamos bajo el cielo patrio
de un café recién hecho,
cuando caminamos juntos
sobre el infierno azul
que besa nuestros pies
y derrama eternidad
por donde el sol escapa,
la de veces que nos empapamos
de sonrisas al calor de las páginas
de un libro abierto,
o cuando acaricias toda la primavera
dormida entre tus manos...

Escríbemelo, por favor,
que la página en blanco
me produce insomnio.


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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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