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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Sólo una España

Hace un par de días revisité la mejor evocación que quizá se haya hecho hasta ahora sobre esa relación amor-odio entre Pat Garret y Billy 'The Kid'. La obra maestra de uno de mis directores favoritos, Sam Peckinpah, deja muchos mensajes en ese relato que narra las peripecias de dos amigos que acaban como creo que todo el mundo sabe ya. Quizá el mas evidente sea el reguero de muerte y desolación que puede dejar el ansia que provoca la locura de querer destruir a un hermano, vecino, amigo, congénere... oponente: los daños colaterales.

Uno del lado de la ley, odiado por todos, con sus habituales abusos de poder y desprecio por los demás; y el otro un forajido, que sin embargo lucha en su cruzada contra la mafia de los oligarcas por apropiarse de la comarca, un forajido, además, querido y admirado por todos. Entendí entonces que cobró toda una significación especial esa dicotomía simbólica, y lo que orbita por ella. La esencia se desarrolla en el final de la primera secuencia. Rodeados por los secuaces de Billy, los protagonistas dejan claras sus posturas: uno que seguirá su camino de confrontación y saqueo contra el tirano oligarca; y el otro, recientemente nombrado sheriff del condado, le da cinco días para huir mientras celebran la amistad al calor del whisky de garrafón y rememoran viejas batallas. Cuando Pat Garret, tras reiterar la petición a su amigo, se marcha, uno de los secuaces le pregunta a Billy: "¿Por qué no le has matado?". "Porque es mi amigo", sentencia el forajido. Algo de lo que nunca dudó en hacer Pat Garret.

Me gustaría hacer un inciso antes de desahogarme. Hace no mucho leí a Rafael Narbona un pensamiento que hago mío por representar a la perfección mi propio sentir y mi ser. "Un hombre libre abraza ideas, no dogmas. No se somete a una ideología. Piensa con libertad, sin aceptar la disciplina de partido. Su visión del mundo se basa en el contraste, el análisis, no en consignas rígidas y empobrecedoras. Rectifica sin miedo y acepta los riesgos". Aquí radicó la diferencia entre Pat Garret y Billy 'The Kid': uno pensaba por cabeza ajena y el otro por la propia. Por lo tanto, me van a permitir que hoy me despache a gusto, porque estoy hasta las narices de tanto palurdo suelto diciendo barbaridades y estupideces que ni ellos mismos entienden. Y eso que el abajo firmante es sólo un piltrafa que de vez en cuando lee libros. Pues si hasta yo me doy cuenta...

Tras esta semana negra he podido (no digo "hemos" por las razones obvias que va a poder leer a continuación)  constatar lo que fue, ha sido, es y será un país como esta España nuestra. Algunos creen que lo que hoy acontece (y que se viene repitiendo con asiduidad en democracia en las últimas décadas) ya lo vivimos en los prolegómenos de la guerra civil. Es una especie de cerrazón reconocer que estos momentos lo hemos vivido cientos de veces en nuestra historia. A un pueblo analfabeto como este no se le puede pedir ni exigir más de lo que ofrece. No es de extrañar que algunos países del norte no quieran ayudar a los países del sur porque, en especial España, no son estados que sepan gobernarse. No sólo secundo la moción sino que hasta la ratifico. NUNCA hemos sabido gobernarnos y nunca sabremos hacerlo. Porque si usted habla en público, pongamos por ejemplo, de sentido de la camaradería, explota la cabeza de miles de españoles, y entre ellos reputados periodistas, acusándole de rojo comunista. Y así todo, oiga.

España es ese país que suele perder los trenes que llevan a destinos ensoñados y que toma los siguientes de manera incierta para intentar alcanzar el que se escapó; en última instancia se baja en la primera parada que ve factible ante el fracaso de alcanzar su tren, con la maleta vacía y sin dinero porque le han robado la cartera, y cuya parada suele ser siempre un lugar insospechado donde reconstruir una vida que vuelve a desmoronarse en cuanto pasa otro tren y cae en la misma desidia de perseguir los ya perdidos para repetir el mismo final. Si tan sólo hubiésemos elegido, cuando se tuvo oportunidad, el Dios de la reforma y no el de la contrarreforma, quizá éste hubiera sido un país crítico, culto, con hábitos democráticos saludables y de lectura, dados al debate dialéctico y al consenso democrático. Pero elegimos un Dios oscuro, vil, pendenciero y vengativo, que fomentó entre la ciudadanía y sus feligreses la envidia, la traición, el analfabetismo (ni siquiera nos dejaban leer la biblia para entenderla), la confrontación permanente, la represión y el engaño.

Nos han vendido que vivimos ahora en las dos españas, la de los rojos o los azules, la de la izquierda o la derecha, la del blanco o negro, la del católico o ateo, la del monárquico o republicano, la del taurino o antitaurino; y sin embargo es la misma. El resultado de lo que somos es una herencia del veneno que durante siglos nos han obligado a tragar. Si hubiésemos elegido desde el inicio de los tiempos la guillotina, como la de nuestros vecinos, para seccionar las cabezas de todos esos que dirigieron los designios de este país de manera vil y pendenciera, seríamos un país distinto, mejor preparado y más abierto al dialogo y el consenso. Sírvase de ejemplo que sólo aquí se permite, y sale gratis, alzar la voz en la más excelsa cámara de la democracia, el Congreso de los Diputados, y acusar de terrorista, con la consabida cobardía de vilipendiar contra alguien ausente que no puede defenderse, a quien opuso resistencia al régimen fascista del generalísimo a base de repartir octavillas en favor de los trabajadores. Eso en un parlamento como el francés o el alemán sería impensable: llamar al hijo de un partisano o de la resistencia "terrorista", por luchar contra el fascismo nazi, sería como pegarse un tiro en el corazón. No somos capaces ni de reconocer a un hermano entre nuestros propios contrarios. No estaremos ni comprenderemos jamás el espíritu de Billy 'The Kid' de Sam Peckinpah.

Quizá sea eso lo que mejor define lo que es España: un pueblo anlafabeto que jamás podrá ser demócrata porque NUNCA ha tenido la capacidad de discernir si lo manipulan o lo engañan, nunca ha tenido la capacidad crítica de alzar la voz cuando le venden una moto haciéndole creer que es un yate. Sólo repite mantras o consignas de partidos políticos para autocomplacerse, porque replica con sus actitudes lo miserables que somos para nosotros mismos, perfectos cainitas. España es un pueblo que mira al oponente con vileza e inquina resabiada porque no ve un contrario u opositor a sus opiniones, ven a un enemigo. Y así, el que es monárquico, o antitaurino, o del Real Madrid, ve a un ser despreciable y odioso a todo el que ose poner una voz más alta que otra que piense o sienta de manera contraria. Los españoles no son capaces de ponerse de acuerdo ni para jugar al parchís. Así que imaginen acordar algo decente con el oponente político, siempre y cuando no tenga en perspectiva arañar una ventaja para sus correligionarios, aunque para ello se sirva de utilizar el dolor de las vidas de miles de personas. Sólo se puede llegar a ser ruin y canalla para solventar la papeleta de esa manera, y así lo rerifica la RAE: miserables. Y en en este país, mis ilustres ignorantes, esto ha sido, y es, el pan de cada día. España representa ese Pat Garret que no duda en disparar a su amigo, oculto en la oscuridad y a traición, en cuanto se le ofrece la oportunidad.

España es un país lleno de analfabetos que se dejan convencer por un pedazo de pan con chorizo mientras la oligarquía económica cede esas baratijas, porque son las que les sobran y desprecian de esa la basura de la que hacemos gala como si de exquisiteces se tratase. España es un país analfabeto porque nunca prima en su ánimo participar de un debate intelectual, ni siquiera se esfuerza en asistir a él con un mínimo de garantías informativas para poder reaccionar de modo ecuánime y con sentido. Todo acaba siempre en gritos e insultos. Todo se embarra siempre con mentiras, hemerotecas y el eterno 'y tú más'. Nunca hay margen a sentirse equivocado, nunca hay espacio en reconocer los riesgos y los errores. Somos maestros en el juego sucio, en el engaño y la pillería, si con ello sacamos provecho o partido. España es un pueblo analfabeto culturalmente, manipulable y maleable como el estaño. Porque a todos los gobernantes, reyes y dictadores de la historia les ha interesado y ha promovido tener a un pueblo inculto e ignorante que reaccione con las tripas, sin ánimo de análisis ni ecuanimidad, y les defienda con la visceralidad que aprendieron de ese Dios patrio que pretendía convertir a todo hereje a sus doctrinas y someterlos a hierro y fuego para salvar su alma. España, en definitiva, es ese país donde la cultura es un arma de la política cuando en realidad la cultura debería ser el armazón de la política, la base donde se sostiene; porque la cultura es educación. Pero no, la política sólo busca arrinconarla o anularla en todas sus formas o vertientes y vemos las consecuencias de tantísimos analfabetos hasta en el templo del consenso y la democracias, en las instituciones, y cómo no: en la calle. Borregos amaestrados según el pastor que les guía.

España es un país que jamás entenderá que la democracia precisamente lo que defiende es el derecho a poder pensar de manera distinta y el mecanismo que ayuda a PROTEGER esa libertad a expresarlo. Sin embargo, la convertimos en nuestro salvoconducto y, a la voz de "la calle es mía", se persiguen y por último silencian todas las opiniones distintas o contrarias o minoritarias. Amamos la censura, amamos el boicot al que no piense como nosotros. Y si no podemos acallarle, lo desacreditamos o insultamos hasta que la desidia le impida salir a la puerta de la calle o los contrasentidos de una justicia manipulada, obsoleta y dependiente le impida abrir la boca. España es ese Pat Garret que no dudaría en abusar del poder para ajusticiar a su amigo a traición, con nocturnidad y alevosía. Joder, lo que daría yo por poder oír una conferencia de Musolini o de Stalin de sus labios y tengo que conformarme con lo que hay escrito, que no es poco pero no es lo mismo.

En fin. Ahora ya puede encasillarme en la categoría de hereje, porque estoy satanizando la patria y la bandera con las verdades del barquero y eso probablemente ofenda su integridad y lo que entiende de manera burda y errónea como democracia. Tanto los rojos como los azules, los monárquicos como los republicanos, los del Barça como los del Madrid, los cristianos como los ateos, me lanzarán a la hoguera y gritarán "al infierno con el hereje"; eso es lo que recibe siempre el agente libre que piensa sin rendir pleitesía a ningún dogma, ni sigue consignas políticas de ninguna clase, ni se arrodilla ante ningún Dios. Lo único que se me ocurre decir es que lea un poco, sobre todo historia, porque este país lo necesita con urgencia. Necesita que usted lea, se informe y procure sacar sus propias conclusiones sin consignas políticas ni de ningún Dios que empañe una visión crítica, aunque ésta vaya en contra de su querencia, deseo o ideales. Sea valiente si sus conclusiones no concuerdan con los mantras que le han inculcado a cambio de un trozo de pan con chorizo. Y dicho todo esto con toda probabilidad usted seguirá sin comprender el porqué un amigo, de verdad, de alma y corazón, nunca sentiría odio ni mataría otro aunque cada uno discurra por un extremo del mismo camino... así como tampoco entenderá que sienta que España, a pesar de todo, es un país maravilloso. 








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Fascinación por los impostores

Existe tal fascinación en torno a la figura del impostor que en ocasiones roza lo canallesco. Disfrutamos con que nos roben la cartera. Pero no las nuestras, la de los demás. En cualquier reunión improvisada de caña y tapa en el que alguien narra que le 'ha hecho el gato' a alguien, todo el corro le ríe la gracia y aplaude la gesta, unas palmaditas en la espalda y chin chin. A nadie se le ocurriría censurar esa actitud, porque le llamarían tonto, que sería el tipo de improperio más recurrente. Es el modo de premiar lo que nos gustaría si fuésemos nosotros los protagonistas: hallar connivencia, condescendencia, prosélitos para la pillería. El hambre agudiza el ingenio, consideraba Quevedo. No obstante, "puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo", dijo Abraham Lincoln, que de impostores sabía un rato.

El ser humano es tan cainita que hasta un concepto tan obtuso y depravado es capaz de degradarlo. Lo eleva a cotas realmente grotescas y definen a la perfección la clase de animal social en el que nos estamos convirtiendo. En otro tiempo el impostor tenía fondo y forma. Pero ahora es difícil saber en qué lado de la frontera se halla la dignidad y dónde el impostor, porque el ser humano es esa clase de animal que no se conforma con lo que tiene, está convencido de que merece más, siempre más. Bajo esa premisa ha acumulado (en nuestro país en particular) una serie de personajes que pasarán a la historia tristemente por la falta de escrúpulos, de ética y de respeto hacia el ser humano. 

Seguro que oyó hablar alguna vez del célebre "pequeño Nicolás", que hasta se coló en la mismísima Casa Real, aún con causas pendientes con la justicia; más reciente es el caso de Paco Sanz, que estafó a catorce mil personas, famosos incluidos, exagerando una enfermedad que no tenía; aún le espera juicio por estafa. Quizá más desconocidos sean Helen Mukoro (se hacía pasar por presidenta de ONU-Mujeres en España), Javier Boo Fernández (se presentaba como director de la Fundación Amancio Ortega), Tania Head (su nombre real, Alicia Esteve: se paseó por todos los platós habidos y por haber impostando que sobrevivió al 11S, llegó incluso a ser presidenta de la Asociación de Supervivientes de los Atentados del World Trade Center)... Y el más célebre, quizá del mundo mundial, fue un tal Enric Marco, maestro de maestros. Su historia dio la vuelta al mundo cuando se supo que, siendo presidente de los sobrevivientes españoles de los campos de concentración nazis, conferenciante, escritor, articulista, narrador y suplantador en definitiva de cuantos horrores inventaba sobre él y sus compañeros republicanos en los campos de exterminio, no era más que un fraude con mucha imaginación y aún mayor poder de convicción. Su audacia y su falta de escrúpulos le valieron ser el autor de la burda construcción de la ficción más extraordinaria jamás ideada. Hasta Javier Cercas publicó un ensayo sobre el personaje.

Uno de los casos que más me sobrecoge, no por la gravedad y sí por el modus operandi, repetitivo hasta la saciedad, es el del ínclito Pablo Motos. Ya arrastraba precedentes escandalosos y demenciales para alguien con escrúpulos o simplemente con dignidad. Pero ha elevado a cotas estratosféricas su impostura durante el confinamiento al esconderse tras la piel de, según comentan, un terapeuta, un psicoanalista, un maestro zen, un biólogo, un astrónomo, un virológo experto en pandemias, y un consumado coach. Llegados a este punto, no le ha faltado escrupulos para convertirse en, por si no fuese suficiente con lo susodicho, neurocientífico de la manera más fraudulenta, demagógica, chabacana, casposa y partidista de todas las posibles.

Es su estado natural, en el que mejor se desenvuelve. Un rape que nada en Wikipedia y descubre que el cerebro tiene dos hemisferios..., da la sensación que ha estudiado en Harvard como mínimo. Al parecer le dieron hasta en el carnet de identidad por parte de toda la comunidad neurocientífica (la de verdad) con cuenta en twitter. Pues, no contento con ello, insistió, en esa parodia de ser humano que presenta y representa, en su papel de neurocientífico para recochinearse aún más, ridiculizándose por ese absurdo y absoluto desprecio a la ciencia, por más que pretenda hacer de ella espectáculo. Cumple con la primera regla del decálogo del buen impostor: la falta de escrúpulos. Pero además es de ese tipo de impostores cobardes y capciosos que se vale de su fama, posicionamiento mediático y cohorte de borregos que alimenta para desprestigiar a quien se atreva a toserle encima o a criticar su impostura: todo un adalid ejemplificador del neoliberalismo banal de la Hispania casposa. Y representa bien ese lastre porque no intenta reivindicar nada, simplemente lo hace para conseguir los aplausos de su corro de "seguirregos" (seguidores borregos) para que le rían las gracias, palmaditas en la espalda y chin chin. Y que el canal que lo sustenta permita esa clase de impostor mediático, capaz de pasar de maestro Shaolín a neurocientífico en lo que dura el chasquido de los dedos, dice mucho de la clase de país en el que estamos.

El relato ha sustituido a la idea. Es la teatralización de la realidad la que tiene calado en una sociedad tan permeable como la nuestra. La realidad es aburrida, da poco juego y aún rinde menos beneficios. Hay una cita lapidaria en el magnífico y bien documentado ensayo de Antonio Calvo Maturana, Impostores. Sombras en la España de las luces, (Ed. Cátedra) que lo explica todo en un axioma: "El impostor es un espejo de la sociedad en la que vive". Es triste pero cierto: el ínclito presentador es un fiel reflejo de esta España burda y sin sentido, donde prima el rédito económico; el pelotazo; el maniqueo burdo y casposo; el abordaje machista de café, Reig y Soberano. Todo ello suele pasar por encima de la franqueza, la honestidad y el trabajo bien hecho. "Es por estos, porque el impostor sólo tiene cabida dentro de la sociedad en la que vive, por lo que cada época tiene sus propios modelos de impostura”, concluye.

Dejo para el final los impostores más mediáticos de la actualidad. Los que buscan silenciar y estigmatizar a quien no ría sus gracietas en cada gesto y en cada frase; estrategia similar al de Motos: son tan similares todos los impostores que apenas hayas conocido a uno, ves venir a los demás. Conforman un pseudogrupo político capaz de enarbolar, gracias a la democracia, la bandera de la dictadura y todo lo que significa su ideario. El colmo de la cara dura llega cuando, hartos de protestar contra las manifestaciones populares feministas, por ser causantes -según dicen y así lo denuncian- de la propagación de la pandemia, alientan y acuden a caceroladas multitudinarias en la calle, saltándose las medidas de distanciamiento social recomendadas hasta por la OMS, desobedeciendo las leyes que quieren que cumplan los demás y culminando con la guinda de empujar a la calle a todo el cortejo de borregos sin fronteras e imprudentes criminales en potencia que sí les ríen las gracietas, dando la espalda a los miles de sanitarios que han luchado para paliar los estragos de la pandemia, evitando el colapso de la sanidad, y obviando en última instancia el riesgo de volver a situaciones límite. Éstos que se autoproclaman patriotas, éstos que con la consigna de LIBERTAD y envueltos en una bandera que con sus actitudes desprecian, alientan a sus acólitos y borregos a que vociferen desde sus coches y fuera de ellos. Y en realidad su único y exclusivo objetivo es dilapidar el débil estado de bienestar, la constitución y la libertad de expresión (la de verdad, no el espejismo que quieren representar y defender (sic) en la calle). Por lo único que suspiran en realidad es por restaurar su tan ansiado y añorado estado totalitario y fascista del otrota generalísimo (y no lo digo yo, lo dice su programa electoral). Es una pena ver en la calle a tanta gente orgullosa de que les hayan robado sus carteras y lo celebren como si de un trofeo se tratase, o como si reclamasen que a ellos no se las han robado, que han sido a los demás, porque ellos son los que dan palmaditas en el hombro y chin chin, caceroladas al canto. Pobres incautos, quieren ser protagonistas de una estafa que principalmente va dirigida a ellos. Les están robando lo más preciado que tienen y ni siquiera se percatan: la dignidad. En fin, ejecutar la ley de partidos ya si eso tal... No obstante, recuerde: "El impostor es un fiel reflejo de la sociedad en la que vive".

Nos queda la esperanza de que se cumpla algo en común que tienen todos los impostores. Igual da igual que pasen tres meses o diez años. Antes o después les llega su San Martín, aunque el fastidio es que nos queda aún que soportarlos hasta que se percaten los afectados de que les faltan las carteras. Porque "puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo". Tanto ruido para que, a la vuelta de la esquina, acabes siendo el hazmerreír del resto de los mortales. Porque eso precisamente tienen los impostores: trabajan para recabar las risas del corro, y acaban siendo pasto de ellas. Quien no tiene dignidad, no tiene escrúpulos. Bien lo supo, tarde, el bueno de Lincoln. 

Que sirva de pos data: ojo, que quien vende pan y seguridad a cambio de tu apoyo acaba saqueando tu casa y robándote el pan y la seguridad, venga del lado que venga. 








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Pan para hoy y hambre para mañana.

El verbo trabajar viene del latín vulgar tripaliãre, ,"torturar" derivado del latín tardío "tripalium", "instrumento de tortura compuesto de tres maderos". Ahora, querido amigo, seguro que comprenderá mejor por qué trabajar ha ido ligado siempre a la idea de esclavitud, de tortura o simplemente de vía crucis. Una contraprestación económica basta para compensar el esfuerzo y sufrimiento, el desgaste de la salud, a cambio de un sueldo, que en la mayoría de ocasiones no llega para alcanzar a fin de mes con dignidad. Vivimos una era en la que a los trabajadores se les trata como concepto y no como lo que son: seres humanos. Cosa que contrasta a la perfección con ese otro lado, el que proporciona trabajo, el que subyuga a los que perciben unas monedas a cambio de la vida. Esos otros, que llaman trabajar a sentarse en un sillón y contratar o despedir a decenas de personas a golpe de teléfono, se estiran en su sillón de diez mil euros y pasan los fines de semanas en la casita de la playa... o hasta son capaces de manifestar su indignación abanderando un palo de golf con el que aporrear una señal de tráfico. Que no digo yo que esté mal. Pero los que empezaron siendo esclavos y ahora son tiranos la flaca memoria les ha hecho olvidar lo que fueron y un virus indeseable les recuerda ahora su miseria.

Cuando se habla de un trabajador la jerga económica siempre deriva el concepto hacia mantras conocidos por todos: rentabilidad, costes, productividad, recursos, gastos, materia prima... una deformada visión de la realidad que el Papa Francisco (sí, ése mismo) calificó con una frase lapidaria difícilmente rebatible: "los trabajadores han pasado de un estatus de explotados al de desechos". Ése es el concepto de trabajador del siglo XXI: papel de usar y tirar, un número que puede borrarse o modificarse sin más.

En estos meses de pandemia hemos podido observar lo esenciales que eran esos trabajadores que han sido despreciados y denostados a más no poder por los distintos ejecutivos nacionales o autonómicos, e incluso por la ciudadanía (ésta siempre replica las actitudes de los representantes a los que votan). Éstos de los que hablo son los que conforman todo el conglomerado de la sanidad pública. También hemos podido observar cómo son de esenciales el resto de trabajadores en el mundo. Aquí, en esta España nuestra, innumerables directivos empresariales, y aún peor los representantes de éstos a la cabeza de la patronal, se jactaban en plena crisis económica de que ellos no eran ONGs para lanzar flotadores a diestro y siniestro y salvar a todo el mundo, esos que se llaman trabajadores y que nunca fueron capaces de articular esa palabra: trabajadores. "Que aprendan a nadar", vociferaban envalentonados con tintes de ironía cínica. Ahora, lo que son las cosas, acuden al estado a pedir un flotador para no ahogarse. Y el argumento a esgrimir, como no podría ser de otro modo, es el chantaje: si no nos ayuda el estado, contará con un sinfín de despidos. Eso sí, sobre el reparto de dividendos, ya si eso tal. El sistema capitalista ha vuelto a hacer aguas por doquier, en apenas una década, por segunda vez.

El pasado uno de mayo no hubo una reivindicación masiva en las calles por razones obvias. La pandemia lo condiciona todo. Salvo las representaciones habituales y declaraciones institucionales, no hubo relevancia alguna en favor de los trabajadores. Y a los pocos grupúsculos que optaron por abanderar la visibilidad de la precariedad y la "tripaliãre", las fuerzas de seguridad no dudaron un instante en disolver los conatos reivindicativos por las buenas o por las malas, cosa que me pareció, por otro lado, responsable, de puro sentido común. Hubo partidos que se dejaron ver en las redes, de mejor o peor manera; y otros, que de patriotismo andan sobrados y poco o nada se les ve de interés en lo tocante a la vida laboral del ciudadano digno de a pie, ni se les vio esa piel fina, ese ímpetu que debiera corresponderle a los defensores de una patria que en su inmensa mayoría está compuesta de trabajadores. Se les llena la boca de patriotismo enfundados en banderas rojigualdas, pero cuando llega la hora de defender, y sobre todo proteger, los derechos de los que sostienen la patria en un pedestal, esconden la cabeza dejando la retaguardia a la intemperie para que venga el propietario del sillón de diez mil euros y se apropie de su intimidad sin vaselina que valga. Algunos incluso se les va el alma en utilizar los instrumentos de presión que por antonomasia son del trabajador, aun sabiendo que transgredirán las medidas de confinamiento para manifestarse (menuda paradoja), con el fin de pedir dimisiones en protesta contra el actual gobierno, sin que las fuerzas de seguridad, esta vez, hagan lo más mínimo para disolverla; besitos, pastillita y a dormir: hasta para un derecho universal hay distinciones de clases. A estos que tienen pasta hay que darles con bastones de algodón y a esos otros que no tienen donde caer muertos mejor regalamos tortas de porra y gas lacrimógeno. Lo más esperpéntico que ya podría darse es que los defensores de aquéllos sean pobres trabajadores que en su mayoría perdieron sus puestos de trabajos (y si no lo han hecho, están a un tris de hacerlo). Por ridículo que parezca, creyendo que defienden un mismo ideal político, son legiones los gilipollas catedralicios que los defienden. Con lo cual ya me hacen dudar de dónde se ubica la gilipollez extrema, si en los defensores o en los defendidos. Un hecho que sólo puede darse en un país que aún persiste en reproducir la España cañí de los garrotazos de Goya: o conmigo o contra mí.

En realidad, a nadie le interesa el trabajador. Ni siquiera a los propios trabajadores les interesan como tales ellos mismos. Viven sumidos en el miedo, en la ignorancia y en el yugo de su propia limitación. Es el contrasentido que vive este país, este mundo, desde hace varias décadas. El único objetivo de todo ser humano, en todo el planeta, sea cual sea su condición, su credo y su estatus, es el dinero a costa de lo que haga falta, por encima de todo. En estas últimas dos décadas en especial se lucha y se innova y se diseña para tratar de adquirir dinero fácil, rápido y sin esfuerzo. En un mundo en el que cuando era un crío soñábamos con ser bomberos, policías o astronautas, ahora los niños aspiran a ser famosos, ganar mucha pasta y vivir con todos los lujos disponibles que ven en sus ídolos de televisión, papel couché y redes sociales. Quizá porque la palabra trabajar cada vez adquiere un significado esencial respecto de su origen etimológico. A fuerza de cercenar los derechos y deberes del trabajador hemos logrado que trabajar pasase de ser esclavitud a ser algo digno, honrado, y que en última instsncia acaba siendo un castigo, un "tripaliãre" o "tripalium”, algo deleznable y marginal.

Cuando le dije al principio que seguramente comprendería mejor el porqué hoy día esa idea de esclavitud va ligada a trabajar, se le vino a la memoria que hace dos o tres décadas (los que hemos vivido esta idiosincrasia, y los que no sírvanse tomar como ejemplo estas referencias reales) cobrábamos en pesetas lo mismo que se percibe hoy por más horas de trabajo y menor poder adquisitivo; el abajo firmante se embolsaba por media jornada de trabajo en una pescadería, hace treinta años, poco más de 84.000 pesetas. En la actualidad ofrecen por algunas horas más y en el mismo puesto 520 euros (86.520 pesetas al cambio). Usted, con toda probabilidad, disfrutaba de dos días de descanso y ahora sólo uno (a menos que sea funcionario, claro). Que trabajaba unas ocho horas de media, y en la actualidad se disparan de manera vergonzante, según el sector, muy por encima de lo estipulado según convenio. Cuando se le acaba la vida laboral, se percata de que ha cotizado toda la vida para que le quede una miserable pensión que no le llega ni a dos terceras partes de lo que ganaba. Entonces también asomó por su cabeza la idea de haber sido un esclavo, torturado todos los días madrugando, pasando frío, y bajo condiciones gripales infrahumanas; te pierdes el cumple de tu hijo o sientes que no podrás desplazarte en navidad para la cena de familia. Y entonces, Agatha Christie le habla en la conciencia (sin que usted fuese consciente hasta hoy)  y le dice aquello de "uno no reconoce los momentos realmente importantes en su vida hasta que es demasiado tarde". Y todo por luchar por intereses ajenos a su propia salud, a su propia vida. Porque en un principio supo que le valió llevar un pedazo de pan a casa cuando fue a trabajar en aquellos días de gripe o cuando faltó a la cena de navidad en familia o al cumpleaños de su hijo. Pero, sin saberlo, le ha estado privando a éste de hacer lo propio con su prole de manera más digna. Lo que se dice de forma castiza, pan para hoy y hambre para mañana. Este proceso va degradándose década a década, hasta que llegará un momento en que un trabajador suplique trabajar de sol a sol por un miserable vale de compra en cualquier supermercado que no le servirá para llegar siquiera a mediados de mes. Así que nunca espere que quien se acomoda en un sillón de diez mil euros luche para que usted pueda sentarse a la mesa sin "tripaliãre", y no sin que antes se apropie de su intimidad a poco que se incline cuando se arrodille ante su presencia.








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El sueño de la razón produce monstruos

Hay quien se empeña en sacar defecto a todo, en devorar lo que su vecino hace, construye o crea por puro afán de invadir ese espacio que ocupa, por quererlo suyo. Son legión. Incluso descalifican lo que este desconocido y apátrida alarife de frases escribe por aquí. Por eso hoy limito este espacio a la cantidad de palabras que me permitieron disponer la última vez que escribí en un periódico, y así verá que mis peroratas son largas porque me da la gana.

La muestra saturnal que les cito ejemplifica en grado superlativo el afán que tiene este país por comerse a sus hijos. El sueño de la razón produce monstruos, y no existe mejor entretenimiento entre los españoles que comernos a nuestros hijos. Entiéndaseme que no lo digo de un modo literal: la inmensa mayoría que aplaudía la heroicidad a las ocho de la tarde, hace diez años votaba y apoyaba a quienes estuvieron a un tris de dejar a sus hijos (que por entonces muchos ni habían nacido) sin sanidad pública, la misma que nos ha salvado de milagro de ser devorados por Cronos.

La historia de España es una sucesión constante de frustraciones, donde el éxito nunca es suficiente, y el fracaso una diáspora cíclica precedida de enfrentamientos cainitas. Así ha sido durante siglos, desde los Godos (y aún antes) hasta la actualidad. Una historia gobernada por la dicotomía de pertenecer siempre a un bando -rojos, azules; república, monarquía; cristiano, hereje…- que es sinónimo de analfabetismo cultural o intelectual. "Pues, desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza» reza en los inicios de "Limpieza de sangre", de Pérez-Reverte.

Francisco de Goya lo vio claro. Saturno devorando a su hijo hace alusión al dios Cronos, el gobernador y señor del curso del tiempo, pero también patrón de los septuagenarios. Resulta poco más que curioso que las víctimas de la pandemia hayan sido inmensamente mayoría de este segmento de edad en adelante.  Las previsiones es que volvamos a repetir por enésima vez las pinturas negras del maestro para reescribir la historia, igual da si es a garrotazos o confabulando en un aquelarre, tal y como hemos hecho siempre. Porque si alguien lúcido asoma la cabeza, Sarurno lo devorará.

Quizá sea ésta la razón de tanta inquina contra la prolongación del estado de alarma, porque la razón -OMS- dictamina que sigamos confinados o, al menos, seamos muy precavidos -”La pandemia está lejos de terminar"-. Pero aquí en lo único que se piensa es en derrocar al gobierno comunista-estalinista-bolivariano-filoterrorista. Por puro sentido del cainismo. Porque el espacio que ocupan esos indeseables lo reclaman Saturno y sus compinches, el cómo es pecata minuta. Lo importante es tener excusas para aniquilar de una vez la sanidad pública… o el cultivo del pomelo, igual da. Todo está justificado con tal de lograr el objetivo de invadir un espacio que ahora es de otros, aunque el precio sea devorar a sus propios hijos. A esto lo llaman reconquista.








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Todo sea por no perder la dignidad

Desde hace ya unos años merodea por las lindes del supermercado un ser humano llegado desde algún eco de la eternidad. En realidad, no sabría decir a ciencia cierta, ni aún a día de hoy, si es hombre o mujer o lo que sea, ni creo que eso importe. A buen seguro que no compartimos idioma, porque hablar sólo hablaba español para decir "veinte céntimos”, "grasias", "hola" y "una ayuda, plis"; ahora parece que se defiende un poco mejor. De altura respetable, piel cobriza sin llegar a ébano, aspecto de fragilidad como una espiga, gastando en torno a la cuarentena, sonrisa hierática y rictus pensativo; con un rostro peculiar que recuerda mucho a Bollywood, y una voz como de muñeco de goma que enturbia todavía más la posibilidad de dilucidar su género.

Llegó un buen día de verano y se plantó en la puerta del supermercado para recaudar. De sol a sol, pedía mantas, ropa u objetos útiles para vivir, y dinero para poder comprar sus viandas y consuelos. Recuerdo la primera vez que lo vi. Vestía atuendos no exentos de excentricidad. Parecía no obstante inconcebible que fuese capaz de cubrir toda piel visible con el mismo escrúpulo con el que abofetea el sol en pleno verano a todo bicho viviente sin distinción. Pero además resultaba pintoresco hasta soñar con el punto más álgido de la hilaridad. Diría que imposible pasar desapercibido con ese modo de vestir bizarro y extravagante; o quizá fuese una estrategia para llamar la atención, quién lo sabe. Con hechuras de mozo de almacén, solía aparecer con una falda de faralaes color blanco sucio y ribetes anaranjados de cintura hacia abajo. Cubría el torso con una casaca de tergal crema, de manga larga, y sobre la cabeza un turbante hindú que presumiblemente ocultaba un buen mazo de pelo.

"Hindi", que es como le bauticé con el paso de los días por su reconocible aspecto hindú, comenzó a coger cierta confianza con el lugar y los vecinos. Era un tipo que socializaba poco, a menos que hablaras inglés y pudieras entender el suyo, más bien macarrónico y atropellado. Cada vez que me tocaba hacer la compra y no pagaba con tarjeta, le entregaba las monedas que me daban por cambio en la caja. "Grasias", decía, con un halo de dignidad principesca y sin prestar en exceso atención a la cantidad depositada en la mano, un gesto que me pareció a todas luces digno y respetuoso. Pronto comencé a verle por los pasillos del supermercado: pan de molde integral, alguna que otra cerveza, arroz, verduras, botes de conservas varias... En otra ocasión, lo vi con una botella de Baileys y me llamó bastante la atención. Imaginé que, puestos a pillar una melopea, pues mejor que deje un sabor dulce en la boca... en vez del acostumbrado brick de tinto.

Levantó su campamento junto a unos eucaliptos, en un camino que da a la playa, en la desembocadura de un riachuelo, muy cerca del supermercado. Allí, junto a su desvencijada tienda de campaña, aprovechaba la vaya metálica que cercaba una depuradora de aguas fecales para usarla de tendedero. Con cierta frecuencia, cada día que pasaba por sus lindes para hacer kilómetros de caminata para mantenerme en forma, aparecía tendida la colada: mantas, sábanas, camisetas y complementos varios, como las chalinas con las que se hacía los turbantes. Su lavadora consistía en unos bidones de plástico a los que le seccionó la parte alta; y ahí, con un palo a una mano para darle vueltas, y con la otra dando pequeños azotes con otro palo, hacía sus ejercicios de aseo para la ropa. Todo un ingenio de la necesidad para suplir las funciones del robot que todos ubicamos en casa sin apenas prestarle atención. Quizá una lección de pulcra dignidad.

Uno de esos días en el que el silencio copaba su cenit más profundo, el cielo resultaba plomizo por la perezosa humedad estancada sobre el mar de un apacible levante, dejando las aguas en calma chicha, y el quiebro de las olas en apenas un susurro ahogado en espumosa eternidad. Encontré a "Hindi" sentado en el suelo cual flor de loto con las manos sobre las rodillas y la cabeza levantada, apuntando con el mentón en dirección hacia el sol, que presumiblemente se situaba a esas horas justo sobre nuestras cabezas. Tenía el torso desnudo y donde podía verse con claridad unos senos incipientes e inflamados, como las pequeñas protuberancias de una núbil rapaza a la que empiezan a revolucionárseles las hormonas. Se sorprendió al verme cruzando frente a donde se había situado y se ocultó los pechos, se avergonzaba como una chiquilla por haber dejado al alcance de mi vista aquel sumarísimo secreto, o al menos eso entendí. Pero lo que en verdad secuestró mi atención fue que, lejos de una maraña de frondoso cabello, "Hindi" lucía una brillante y tostada alopecia que se expandía en todo el cuero cabelludo. Sin atisbo siquiera de incipientes vellos naciendo de sus raíces. Alopecia integral.

Pocas semanas después lo encontré en el pasillo de bebidas con unos yogures naturales en la mano, unos bollos de pan, un paquete de pastelillos o dulces y una botella de buen ron de caña, Legendario. Desde luego, para vivir en la indigencia y necesitar de la caridad de los vecinos, no podría decirse que se alimentara de mala manera. Siempre con un rebufo de dignidad de saber lo que quería y cómo lo quería. Sobre todo porque rompía con el cliché de indigente habitual, con la frondosidad cenital como resguardo universal, abonado al vino de tetrabrick y en compañía fiel e incondicional de un perrito. Ni tenía mascota, ni gastaba tinto de mesa Savin. Vestía amagos de faldas largas o de faralaes y turbante en la cabeza. El dinero lo invertía bien en alimentarse, incluso elegía con certeza todo aquello que necesitaba para abrigarse, aunque no en vestirse; lo que no utilizaba, directamente iba al contenedor de reciclaje para otros que, como él, andaban necesitados de caridad.

Siempre susurrando cancioncillas ininteligibles, acabó por encontrar un entretenimiento mientras su jornada laboral se consumía a la puerta del supermercado. De algún modo se hizo con una flauta dulce y de la noche a la mañana comenzó a tocar melodías al tiempo en que prestaba atención a las partituras acumuladas en un atril portátil, cosas que imaginé habría recabado en alguno de los contenedores que revisaba a diario de camino a casa y procurando que nadie le viera. Toda una muestra de dignidad y orgullo de sí mismo, de querer resarcirse del oprobio al que se veía subyugado. Talento no podría decirse que tuviera, ni siquiera tocaba con sentido ni oído musical melodía alguna. Ni siquiera merece la pena comentar el irrisorio afán de leer partituras, porque mientras tocaba la melodía de la canción de la serie de animación Heidi, o al menos lo intentaba, hacía cumplida lectura de la partitura de la quinta sinfonía de Beethoven. En poco tiempo, su afán de convertirse en competencia para Horacio Franco quedó en el olvido.

Poco tiempo después, apareció con un cachorro mezclero. Un perrito bonito de raza indescriptible y desconocida. Ahora "Hindi" ya debía pensar en dos para comer y para dormir. El verano estaba dispuesto a cruzar las lindes de la primavera y ocupar su lugar. El perrito se mostraba cariñoso y afable con todos los vecinos que se acercaban a entregar dinero en mano y algunas viandas... Pero un detalle me llamó la atención el día de san Juan. A un vecino le devolvió la bolsa que le había entregado con una compra en exclusiva para él. Hurgó en el interior con todo el descaro del mundo y sacó alguna fruta de dentro de una bolsa pequeña y unos bollos de pan. El resto indicó con gestos ostensibles que no lo quería. El vecino montó en cólera, pasó junto a mí masticando las palabras con evidente indignación: "... pues no dice ”eso" que tal y cual cosa no la quiere, que sólo la fruta y el pan..., menudo hijo de la gran puta desagradecido, que me ha despreciado lo que con toda la buena intención del mundo le he comprado... Y ni un maldito gracias", sentenció mientras sacudía la cabeza de lado a lado. "Vamos, le va a llevar comida la proxima vez la madre que lo parió, porque lo que es yo...". Y desapareció al girar la esquina, todavía ofuscado. Aquel día comprobé que su dignidad y sobre todo su forma de alimentarse, estaban por encima del bien y del mal y de cualquier buena intención caritativa.

Unas semanas después desapareció sin dejar rastro. Y apenas llegado el otoño, "Hindi" ocupó un lugar bajo un puente, justo sobre el dique de hormigón que sustentaba un extremo y a su vez hacía de guía para el cauce, de ese modo quedaría a salvo de una posible riada. Un cambio sustancial predominaba en su aspecto. El faralaes fue sustituido por pantalones bombachos y los turbantes por pañuelos piratas. A fuer de ser sincero, a poco que se ciñera sobre las caderas una espada podría pasar por pirata, a falta de cubrirse un ojo con el correspondiente parche. Allí parecía sentirse más cómodo y protegido, dado que también el consistorio decidió continuar con unas obras que dilapidaba la posibilidad de volver a donde fijó su residencia por primera vez. Las cosas volvieron a estar como estaban y el perrito desapareció en ese periplo de meses de ausencia. Aunque la vetusta tiendecita de campaña pasó a ser casi una casa familiar con porche incluido.

El pasado marzo estalló la crisis de la COVID-19. Todos confinados con derecho a acudir al supermercado para poder abastecerse... e "Hindi" impertérrito en la puerta del supermercado, como si con él no fuese la cosa. Al parecer, alguien le comunicó en un inglés macarrónico-axárquico profundo la situación en la que estaba todo el planeta. Ni le iba ni le venía. Ni mascarillas ni falta que hacía. A él le interesaba la pasta y comer todos los días, igual daba morir por coronavirus que morir de hambre... lo que imperaba era mantener su dignidad y cubrir la necesidad más universal del ser humano: comer.

Con toda mi buena fe, acopié fuerzas para acudir al súper a comprar, en especial algunas verduras y viandas para elaborar cocidos con el fin de poder comer durante al menos un mes. Aquello tenía el objetivo se salir lo mínimo posible en una buena temporada. Además, incluí productos lácteos de caducidad lejana y otras necesidades que ya escaseaban como azúcar, infusiones, café, unos bollos de pan, levaduras varias y harinas, fiambre variado y distintos tipos de carne. Fruta se dio la circunstancia de que ya tenía en abundancia en casa. Me acordé de "Hindi" y le procuré una bolsa con una muestra de lo mismo que llevaba yo para mi consumo personal, junto con unas monedas que llevaba sueltas del cambio de la última compra antes del confinamiento. "Esto no, esto no, esto tampoco, ni esto....". Rehusó, para mi sorpresa, todo cuanto había en la bolsa, menos el pan: quería quedarse con el pan. Petrificado, oiga. Se explicó en un indecente castellano, o al menos lo entendí así: "yo no tomo azúcar ni nada de azúcar". Y me miró como a quien se mira después de haber violado su intimidad. Me vino a la memoria todas esas veces que le vi con un pan de molde y conservas varias que incluían azúcar en sus ingredientes, los pastelitos... ¡Ay!, que ricos los dulces pastelitos, y sobre todo la variedad de alcohol, que a la postre viene a transformarse en azúcares; en especial aquel día que lo vi con una botella de Baileys en la mano. Poco importaba morir por coronavirus o de hambre, pero jamás perder las costumbres. Yo me fui a casa con sus viandas y las mías, incluido el pan, y él se quedó con las manos vacías, impertérrito, hierático... y desagradecido. Todo sea por no perder la dignidad... él la suya y yo la mía.








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El enésimo nuevo orden mundial

Durante algún tiempo, aproximadamente unos quince años, he venido observando algunas circunstancias esenciales que afectan al comportamiento del ser humano y sus costumbres. Esto es, su poca memoria, que por más fatigas y calamidades que sufre, erre que erre vuelve a caer en la misma tesitura donde tropezó con dolor tiempo atrás. «Pero el hombre mismo tiene una invencible tendencia a dejarse engañar», no lo digo yo, lo dijo Nietzsche. Quizá sea ésta la verdadera razón de nuestra voraz y penitente amnesia.

En la historia reciente de este siglo fuimos testigos del presunto ataque a las torres gemelas en aquel infausto once de septiembre de dos mil uno. Muchas fueron las voces que declararon aquel día como el primero de un nuevo orden mundial. El abajo firmante se mantuvo expectante ante las circunstancias y, a la postre, lo único que cambió fue la interesada invasión de EEUU a Irak con la excusa de poseer armas de destrucción masiva, armas que nunca encontraron. Por si no recuerdan nada de aquel «informe de Charles Duelfer, experto de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), echen un vistazo. En resumidas cuentas, que allí no había nada de nada, oiga. No sólo eso, ni siquiera había evidencias de que las hubiera. Y se quedaron tan panchos. Aquí paz y en el cielo gloria. 

Eso sí, lo único que cambió el desastre de presidente de los iuesei, George W. Bush, fue enfrentar a los chiíes y los suníes en una guerra fraticida que se contenía por el régimen de Sadam Husein, por un lado, y despertar el integrismo islámico más radical que tomó a posteriori forma con el Daesh. ¿Conclusión? Nos dejamos engañar como bobos y ningún orden mundial cambió absolutamente nada. Sólo cambiaron los cromos, pero el juego ha seguido siendo el mismo.

No obstante, en 2008 estalló una crisis económica, alentada y exportada desde algunas empresas financieras de los iuesei (otra vez el catalizador de todos los desaguisados del mundo) como si de un virus se tratase, y no es una metáfora: el modo en que se exportó la crisis al resto del mundo tuvo un funcionamiento de propagación similar. Necesitaría un montón de horas para desarrollar todo lo que mi capacidad de comprensión me dice que sucedió, e imagino que conocen grosso modo todo el percal. Simplemente pareció que nos enfrentábamos a un cambio de sistema o de orden mundial. Pero apenas las economías mundiales se repusieron del mazazo y la posterior sacudida, pronto se nos olvidó todo. Especialmente, a día de hoy, en lo que a la economía se refiere, a muchas de las empresas que ahora piden, e incluso exigen, un "salvavidas" para no ahogarse son las mismas empresas que les decían a los ciudadanos que necesitaban un ”rescate” que aprendiesen a nadar, que no necesitaban salvavidas que valgan; lo que son las cosas. Los mismos que sacan pecho porque son los que crean riqueza ahora se ven pidiendo limosnas a papá estado. Un insignificante virus amenaza con restregar por el fango toda su arrogancia. En fin, que tras aquella crisis económica, de la que aún pasamos facturas pendientes, todo volvió a la normalidad y el supuesto orden mundial volvió a ser un engañabobos. El curso de la vida continuó del mismo modo: cromos distintos, mismo juego.

Si dos hechos tan profundamente trágicos y claves en lo geopolítico no han podido desviar el curso del supuesto orden mundial, ¿podrá esta pandemia, que tiene a medio mundo confinado, cambiar el curso de la vida en este planeta? ¿Habrá nuevo orden mundial?

Ha vuelto a ser viral un vídeo de una conferencia, de las muchas que ofrece en todo el planeta Bill Gates, en el que confesaba que los de su generación vivían con el temor de una guerra nuclear y creía que su mayor protección sería construir refugios para poder sobrevivir a la radiación. En cambio, su mayor preocupación en la actualidad es prevenir la propagación de un virus y el exterminio de gran parte de la humanidad por una pandemia. La profecía tuvo cumplida cita apenas cinco años después. Pero no nos engañemos. El Covid-19 es un virus infeccioso, su contagio es fácil y levemente mortal, pero no es ni de lejos el más peligroso y letal de cuantos nos acechan o nos acecharán.

En 2018 la Organización Mundial de la Salud publicó un informe en el que detallaba, en su capitulo tercero, las nuevas amenazas para la población mundial. "El SARS reunía las características que conferirían a una enfermedad de importancia internacional como amenaza para la seguridad sanitaria: se transmitía de persona a persona, no necesitaba vectores, no mostraba ninguna afinidad geográfica concreta, se vinculaba silenciosamente durante más de una semana, simulaba los síntomas de muchas otras enfermedades, afectó sobre todo a personal hospitalario y causó la muerte de alrededor del 10% de los infectados". Este era el ejemplo del enemigo al que todos los países debían enfrentarse antes o después y ya lo padecimos en 2003... Quizá lo hayamos olvidado, seguro que sí, porque ningún país en el mundo puso los mecanismos necesarios para poder actuar bajo criterios protocolarios ni sanitarios. Su segunda parte ha saltado a la palestra con mucho más éxito e incluso variopintos efectos especiales. Nos ha pillado desprevenidos a todos... a todos los que hemos creído que se quedaría focalizado en el otro confín del mundo, como su primera versión. 

Existen catalogados, según la OMS, al menos siete virus mucho mas letales y potentes que el SARS nCoV-2, el archiconocido coronavirus: la fiebre de Marburgo, con una tasa de mortalidad del 88%; el virus Nipah, con un 70%; el ébola, con una tasa del 63%; la fiebre de Crimea-Congo, con un 40%; H7N9 o gripe aviar, con un 39,3%; el MERS con un 34,4%; y el SARS, del que antes hice referencia, con una tasa de mortalidad del 9,5%. ¿Qué quiero decir con esto? La alerta sobre el virus pandémico que nos trae a todos de cabeza apenas tiene en su haber una letalidad del 3,9%. Lo que en resumidas cuentas quiere decir que lo peligroso no es su índice de mortalidad entre los afectados con esta clase de neumonía, lo que se busca es que la población siga las recomendaciones de las autoridades para prevenir su propagación. Pero ni tan siquiera se pueden establecer protocolos fiables para luchar contra un virus del que no se conoce apenas nada. Sin embargo, estos virus siguen activos en mayor o menor medida en el mundo y carecen de tratamiento o vacuna. Entonces, ¿por qué tanta urgencia por encontrar una vacuna para este coronavirus y no se ha apostado, ni se apuesta, con la misma determinación por una vacuna, por ejemplo, contra el ébola, que lleva activo desde 1976 y su tasa de letalidad es muy superior? La respuesta es clara y contundente: el coronavirus se ha propagado por el primer mundo, a diferencia del resto de virus ya conocidos, aun siendo infinitamente más mortíferos. Si el ébola hubiera cruzado el charco y hubiese llegado con la virulencia que ha llegado el coronavirus a Europa y Estados Unidos, estaríamos ya invirtiendo millones de dólares en conquistar el mercado de la vacuna, si no es que la hubiésemos encontrado ya.

Es la cruel realidad. El primer mundo juega un papel crucial en el destino de este planeta y todo lo que le afecte puede remover los cimientos del orden mundial. Y si algo ha quedado patente en estos últimos meses, es que no estamos preparados para afrontar una pandemia; ni médica, ni política, ni económica, ni socialmente. Toda esta puesta en escena debería obligar a los estados de todos los mundos posibles dentro de este, desde ayer, a encauzar esta lucha dotando a sus instituciones y los resortes económicos que posee con protocolos de actuación, fondos de liquidez para situaciones de emergencia, una estructura pública tanto organizativa como sanitaria para poder responder con solvencia en casos como el que nos ocupa y sobre todo inversiones en I+D+I... Y como colofón hemos de aprender a ser solidarios con aquellos países que queden rezagados o no dispongan de infraestructuras mínimas. Porque el azote del SARS nCoV-2, coronavirus, no ha sido más que un amago de lo que está por llegar. No, esta no es la enfermedad X de la que hablaba la OMS hace dos años que esperábamos sin saber muy bien cómo llegaría o actuaría. Será mucho mas potente y letal. Y la única protección que tenemos contra ella es la prevención, que no es otra cosa que dotar a las instituciones públicas y sociales afectadas en esta crisis de los mecanismos esenciales y de prevención para hacerle frente.

Contamos con un enemigo común, que nos persigue y nos acomoda, que nos acompaña y condiciona la vida: la memoria. Mejor dicho, la falta de memoria. Tenemos precedentes de olvidos muy recientes como hemos visto antes: en apenas veinte años de siglo hemos padecido, con ésta, cuatro pandemias, ataques terroristas a nivel mundial, crisis económica semejante al crack del veintinueve... Situaciones que bien pudieron cambiar el curso de la historia, pero que sólo ha cambiado el modus vivendi en pequeñas dosis. A la vuelta de una década, o quizá menos, nadie se acordará de toda esta vorágine. Cuando la economía se haya repuesto, cuando la crisis social no sea más que un mal sueño y la política más bien una anécdota que se estudiará en los institutos y la universidad, volveremos a las andadas y a la normalidad acostumbrada. Todo lo que hoy es una tarima de salvación mañana se olvidará. Hoy sabemos, y somos más conscientes que nunca, que lo que de verdad hace de pegamento en nuestra sociedad es la sanidad pública, la educación, la cultura, el pensamiento libre y crítico, el arte... todo aquello que el neofascismo considera enemigo de la patria para liquidarlo y campar a sus anchas. Y ésta es la teoría que más se acerca a la realidad, la de un nuevo orden mundial populista y propagandista del neofascismo, la segunda vuelta del nacionalsocialismo. Un cambio de cromos para que todo siga igual, axioma éste que me recuerda a Tomassi de Lampedusa. Es fácil que el ser humano se deje engañar. Aunque nos queda la esperanza de que la memoria juegue en su contra: sugería el mismo Nietzsche que una mentira necesita de muchas más para sostenerse, y éstas de otras tantas más, y así sucesivamente. Lo que entrañaría poseer una gran memoria para evitar que alguna de ellas se desintegre por sí sola, de modo que todas las demás se desmoronen como un castillo de naipes y el nuevo orden mundial se reduzca a cenizas. Y la memoria, queridos amigos, es el talón de Aquiles del ser humano. Todo cambia para permanecer inalterable.







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