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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

¿Habrá otro más pobre y triste que yo?

Era una mañana desabrida y un tanto melancólica, abúlica y bucólica. La gente parecía llevar escrito en el rostro aquellos versos de Calderón: "¿Habrá otro, entre sí decía, / Más pobre y triste que yo?". Y con esos trazos caminaba la concurrencia con parsimonia, denotando un cierto hastío que iba embotado de cierto costumbrismo monótono. Pocos pasos más allá, algo pareció llamar la atención de todos los que habían encontrado oro en ese pequeño detalle que resalta entre la tibia ceniza de lo cotidiano. Imposible caminar por la acera por donde discurría para embocar el mercado de Atarazanas y al otro lado (me separaba el torrente de alquitrán que regurgita por pura diacronía folcrórica el tráfico rodado) vi cómo un par de personas atendía a una señora mayor en el suelo, al parecer había sufrido un vahído. Esto que pudiera parecer hasta relativamente normal, zurría hasta en lo más recóndito de mis entrañas al ver prudencialmente alejados unos chavales grabando la situación con sus respectivos teléfonos, incluyendo selfies groseros y maleducados. No cabe duda que harían las delicias de sus seguidores de Instagram, Twitter o de donde demonios, a estas horas, hayan subido sin duda alguna esos vídeos y fotos.

El sociólogo Henri Tajfel, desarrollando la Teoría de la Identidad Social (les dejo aquí un pequeño extracto para el que no esté relacionado con ello o quiera saber algo más del asunto), llegó a la conclusión, entre otras cosas, de que tendemos a compararnos entre nosotros con estatus inferiores, porque nos hace sentirnos mejor y hace tener de nosotros mismos una imagen positiva, algo así como hacernos un 'selfie' junto a alguien y que el resultado nos halague por la extraordinaria fotogenia conque nos representa y quien está a nuestro lado aparece con los ojos entreabiertos y en un gesto poco ortodoxo. Cuando salimos ganando en la comparación, sentimos que el otro pierde y nosotros ganamos, en nuestro interior dibujamos una estupenda sonrisa y nos alegramos. Porque nosotros ganamos, los otros pierden. Es este el morbo social que, cuanto más individualista es el ser humano, más se encona en las entrañas. Y además es un sentimiento primitivo, ancestral, que tiene mucho que ver con repudiar lo ajeno y proteger lo que siente uno como propio: los nuestros, sí; los otros, no.

Personalmente para mí supuso, aquel gesto de los muchachos, como otros muchos de los que a buen seguro hemos visto o sido testigo por cualquiera de las redes sociales, el ejemplo más meridiano de lo que disfruta el ser humano con el espectáculo del dolor ajeno. A estas alturas de la vida, quién no ha presenciado, mientras iba en el coche, cómo las asistencias sanitarias y la policía ponían todo de su parte para restablecer en la medida de lo posible el orden en la carretera tras el impacto de dos o tres vehículos. Todo el mundo ha ralentizado la marcha para ver todo cuanto se pueda ver. Porque nos produce morbosidad el mal ajeno. La teatralidad de la catástrofe. 

Morbo, dice la RAE, que es "enfermedad", "interés malsana por personas o cosas", "atracción hacia acontecimientos desagradables". Esta sociedad ha sucumbido a estas acepciones hasta límites insospechados. Cuando unos jóvenes son capaces de impresionar a sus seguidores con vídeos del síncope de una anciana en plena calle, con el espectáculo dantesco de los medios informativos recreándose hasta la saciedad en la desgracia de un pequeño atrapado en un pozo (mueren 2 niños ahogados cada día en el mediterráneo: los nuestros, los otros), con las interminables reproducciones de la guerra en Siria que produjo miles de masacres, o con los millares de cadáveres de los que se va nutriendo el mar mediterráneo casi a diario.

Los síntomas de que vivimos en una sociedad enferma, morbosa, interesada especialmente por los acontecimientos desagradables, es precisamente la falta de respeto, la escasez de ética, la ausencia de tolerancia hacia lo ajeno, sobre todo a la privacidad del dolor ajeno, anda en vías de extinción. La familia del pequeño fallecido en un pozo sigue de duelo y tendrá que llevar en sus conciencias la retransmisión en vivo y en directo de la extracción de un féretro bajo la tierra y es evidente que la 'noticia' ya no interesa a nadie, y mucho menos el dolor de esa familia. La comunión de los medios internacionales para ponernos al día, a la hora de almorzar o de cenar, en relación a la crisis humanitaria preñada de millares de cadáveres sirios, es un escarnio que sigue su curso pero que ya ha dejado de ser novedoso, porque esos no son los nuestros y porque la morbosidad de la desgracia ajena, la teatralidad de la catástrofe, radica en la primicia; una vez el conflicto ha llegado a los confines de la tierra, y se vuelve costumbre, deja de interesar. Hemos convertido la morbosidad, el dolor ajeno, en un entretenimiento informativo, en un espectáculo dantesco, en la perversidad más absoluta, en la falta de respeto al duelo y al dolor más repugnante de la historia de la humanidad. Todo ello denota una falta de madurez y de desarrollo intelectual fuera de toda órbita. Poco importa si un acto es pequeño e inofensivo o grande y universal: "El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo muy poco, también es injusto en lo mucho. (Lucas 16:10)

Apenas sí hemos desarrollado intelecto humano, empatía, desde el siglo de oro hasta ahora. La respuesta a la pregunta de si '¿Habrá otro más pobre y triste que yo?', el propio Calderón ya había sido el mejor ejemplo de sociólogo (y mucho antes el infante Don Juan Manuel: "Por pobreza nunca desmayéis, pues otros más pobres que vos veréis.); es de lo más elocuente y resume bien toda vorágine de lo que es la miseria del ser humano: "Y cuando el rostro volvió / Halló la respuesta, viendo / Que iba otro sabio cogiendo / Las hierbas que él arrojó". Seamos sinceros: cuando dejé atrás aquellos jóvenes regodeándose en la más absoluta repugnancia, me prometí escribir esta parrafada y quería terminar con el deseo, al menos, de que quien venga detrás, recoja las hierbas que acabo de arrojar.








Cuentan de un sabio que un día
Tan pobre y mísero estaba,
Que sólo se sustentaba
De unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
Más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió
Halló la respuesta, viendo
Que iba otro sabio cogiendo
Las hierbas que él arrojó.

Quejoso de mi fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?
Piadoso me has respondido.
Pues, volviendo a mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías,
las hubieras recogido.

(Calderon de la Barca, fragmento de "La vida es sueño".)






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El compromiso con la solidaridad

Un grupo de zuritas hambrientas se pavoneaban en torno a la fuente. Apenas transitaba gente a esa hora por la plaza de la Constitución, a pesar de ser un día laborable. El sol radiante comenzaba a palpar con sus tentáculos luminosos los primeros recovecos de los soportales y las esquinas. Aquel viejo, meditabundo y hambriento, llevaba consigo toda una suerte de cachivaches varios y un bocadillo en la mano. Caminaba con intención de ocupar algún banco de piedra donde sentarse y poder disfrutar del manjar matutino, pero entre los adornos festivos, los arreglos intempestivos aquí y allá y algunos ocupantes en los pocos asientos disponibles, le obligaron a sentarse en uno de los escalones del marco incomparable del escaparate de una de las tiendas más exclusivas de la plaza, aún clausurada al público.

Deglutía con voracidad su pequeño bocadillo de margarina con mortadela, obsequio de Fernando, el dueño de una cafetería que atendía desde bien temprano los requerimientos de los valientes que más madrugaban y a esas aves nocturnas de extraño pelaje que tomaban el último tentempié antes de plegar alas y anidar. Al salir de aquel templo del café, observó un enorme cartel publicitario. "Nuestro compromiso con la solidaridad." Así rezaba el pasquín justo a la izquierda, junto a la puerta. La foto hacía alusión a la abnegada labor de apoyo 'incondicional' que la tienda exclusiva, la misma donde había decidido tomar asiento para degustar su manjar, ofrecía a los más desfavorecidos. El viejo lo recordó sin embargo con desgana, escupiendo una sonrisa de hastío preñada de resignación. Y el grupo de palomas que revoloteaba por las inmediaciones comenzó a pulular por su entorno.

A medida que descuajaba cada bocado del bocata, pellizcaba pequeñas migajas que repartía entre las más aventuradas a acercarse, aunque eran las más avispadas las que arrebataban de un modo casi febril sus míseros trofeos. Una de ellas,  a unos metros, viendo que no se hacía con ningún adarme, se conformó con abrevar en el hueco de la esquina levantada y mellada de un mampuesto de mármol, que acogía un minúsculo charquito de agua. Al viejo le llamó la atención aquella paloma de color azabache bastante lóbrego, que con las mismas alzó el vuelo y fue a mejor abrevadero, que no era otro que la fuente de Génova, pocos metros más allá.

Las correderas de la exclusiva tienda comenzaron a descubrir las impolutas cristaleras que ofrecían todo tipo de promesas al veinte, treinta y hasta el cincuenta por ciento de descuento, dejando entrever los impostados modelos sin rostro que ostentaban inertes un variopinto vestuario, en actitudes inverosímiles y difícilmente creíbles. Entonces una centella apareció entre las cristaleras de la puerta del local, que se abrieron de forma repentina como si se tratase de Moisés atravesando el mar diáfano de aquel parapeto cristalino, un individuo enjutado en un traje cuyo corte casi le caía a medida, ancho de espalda, alto, repeinado de tal modo que su cabello parecía un pequeño manto hilado de fina seda blonda, buena planta y bien parecido. Un ángel querubín portador de nuevas. El distintivo de la solapa le bautizaba de manera formal 'Don Pablo'. Con la diligencia de un apóstol se dirige al viejo, que aún se debatía entre los bártulos y lo que le quedaba del bocata sustentándolo en ese instante entre los dientes, y le espeta sin la vaselina de la educación mínima de unos buenos días: "Señor, aquí no puede quedarse. Váyase a otro sitio".

El viejo ataja como puede sus míseras pertenencias y consigue incorporarse, aún con el bocadillo sujeto entre los dientes. Dos pasos más allá tropieza con aquel saliente de mármol del suelo donde la única paloma negra entre la turba emigró a aguas más cristalinas para saciar su sed. El resto de bocadillo con margarina jalonado de mortadela fue a parar a las cercanías de aquella paloma negra, que por ser más discreta y menos atrevida que las demás le llegó de boca del viejo lo que para él era limosna y para ella un manjar. Aquella montaraz paloma lo aprovechó con locura desmedida, picoteando a diestro y siniestro todo cuanto pudo antes de que la horda de zuritas se abalanzaran hacia el pan suyo de cada día, lleno de churretes de gracia, el señor esta vez sí que estaba con ellas. Desde el suelo, se sonrió el viejo viendo que aquel tropiezo, sin quererlo, supuso un pequeño pero verdadero compromiso con la solidaridad, sin foto publicitaria que lo atestiguase. Y miró al cielo, esperando alguna señal divina que pudiera otorgarle el mismo premio que recibieron aquellas desamparadas que vivían de la caridad humana, pero lo único que obtuvo fue una soberbia deposición de una de las muchas zuritas que se arrojaron hacia el gaudeamus.








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15 de enero (III): Insomnio









"Toda la primavera
dormía entre tus manos"
(Ernestina de Champourcín)

Escríbeme sobre las sábanas
el fragor de tantas noches insomnes
para poder leerte antes de dormir
y conciliarme así con el mundo.

Escríbeme todas esas veces
que nos cobijamos bajo el cielo patrio
de un café recién hecho,
cuando caminamos juntos
sobre el infierno azul
que besa nuestros pies
y derrama eternidad
por donde el sol escapa,
la de veces que nos empapamos
de sonrisas al calor de las páginas
de un libro abierto,
o cuando acaricias toda la primavera
dormida entre tus manos...

Escríbemelo, por favor,
que la página en blanco
me produce insomnio.


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La vida es nada y sin embargo lo es todo

Con el objetivo de penetrar de nuevo en uno de esos mundos imaginarios en los que me sumergía con regularidad, pretendía escabullirme de la vigilancia de alguno de mis hermanos y de mi madre, cuando ésta parecía trastear en la cocina algo que me resultó extraño.  Espiaba tras el quicio de la puerta y vi cómo sacaba del refrigerador una gran bola de color rojo y la colocó sobre una tabla. Cuando agarró el cuchillo para seccionar aquella mole, intuí lógicamente que se trataba de algo comestible. ¿Qué demonios sería eso? ¿Una fruta exótica? ¿Un dulce tal vez?

Sajó desde el centro hacia abajo y a continuación hizo otra incisión similar para separar una cuña del resto del globo. Cortaba un poco de aquella cosa amarillenta envuelta en una capa roja de varios milímetros, bastante maleable según comprobé al acercarme y ver cómo mi madre separaba esta capa de aquella carne ambarina. Manaba un olor nutritivo, una fragancia avainillada con un fondo azafranado y dulzón que no olvidaré jamás. Aquello podría ser una insignificancia, apenas nada, pero para mí fue un todo.

Mi madre vio el interés que ponía en ese extraño producto que cortaba en cuadraditos y me dio a probar una pequeña tira de la parte más fina de la cuña, al tiempo que ella se llevó otro trocito a la boca y deglutía, tildando cada movimiento mandibular con un sonoro 'mmmmmm', e invitándome a que hiciera lo mismo que ella. Palpaba esa textura maleable y amarillenta y la imité. Aquel sabor sigue aún erizándome los vellos al rememorarlo. ¡Cómo se deshacía en la boca ese trozo lechoso y extraño! Sentí que ese sabor lácteo, penetrante y cremoso me abría el estómago en canal y llamaba a continuar comiendo de aquel manjar exquisito. Le pedí un poco más y mi madre me metió otro trozo en una pequeña rebanada de pan que dividió por la mitad y me dejó en la mano un mini bocadillo de aquella ambrosía. Cuando dio la vuelta a la bola desgajada y la cubrió de un papel graso, pude ver en la etiqueta una palabra: Edam, seguido de otra palabra que pasados los años supe que se trataba del origen, Holland. No tenía idea de lo que significaba eso. Que es de Holanda, queso de bola, me decían.

Con insistente regularidad volvía por la cocina, día sí y día también, pidiendo un poco de esa manduca celestial, esa delicia amarillenta envuelta en lo que parecía ser una especie de cera roja que la cubría. Pero no hubo suerte, aquello se reservaba para contadas ocasiones y en especial para mi padre.

Pasaron dos décadas desde aquello. Vivía en Málaga y no en la France como cuando era pequeño. Muchas otras veces había disfrutado de aquel sabor de la infancia, aquella textura suave y sedosa del comúnmente conocido queso de bola; que es decir cuasi técnicamente queso estilo edamer o de denominación de orígen Edam. Quizá aquel primer episodio fuese el culpable de mi confesa devoción incondicional por el queso. Pero nunca paladeé un queso Edamer como aquel que comí en Francia..., hasta que tuve la oportunidad de visitar el lugar de origen del cuajo lácteo.

Allá por 1994 salí a conocer otros mundos por la vieja Europa, y unos compañeros y yo vendimos todo lo que teníamos de valor, incluida una pequeña empresa de limpieza y servicios que sostenía mal que bien con mi socio (dado que la crisis económica del 93, no solo nos destrozó a nosotros, sino a todas las pequeñas y medianas empresas de por entonces; con lo que tuvo aquello como consecuencia del incremento de la tasa de paro a límites que no se habían conocido hasta el momento). Y salimos disparados hacia no se supo nunca bien dónde ni por qué. Sólo sabíamos que para nosotros era apostar a todo o nada.

Después de muchos avatares, llegamos a la pequeña ciudad de Edam. Me impresionaron los canales que cruzaban el pueblo de lado a lado, como si se tratasen de arterias llevando y trayendo la vida y abigarrando la pulcritud del silencio al suave rubor de la luz. Se respiraba una paz y sosiego que jamás he sentido en ningún otro lugar. Las casas carecían de cortinaje que aislase la privacidad de ojos indiscretos. El rumor del agua susurraba por cada recoveco invitando al remanso de paz que horadaba y quebraba la inquietud, tan untuoso como una loncha de queso cremoso sobre una hogaza de mansedumbre perpetua. Y pensé, obviamente, que aquel era el lugar de origen de uno de mis quesos predilectos.

Hicimos un pequeño inciso en nuestro paseo matutino por el pueblo y pasamos aquella mañana por los famosos diques holandeses hasta la cercana localidad de Volendam. En las lindes de unos prados con gran afluencia de vacas lecheras pastando en aquel frondoso verde, y prolongado como el sabor lácteo de los quesos, nos encontramos con uno de los fenómenos que más puede impresionar a un ser humano a poco que le corra sangre mediterránea por las venas: en lo alto de esa frontera entre el mar y la tierra, pude comprobar por mí mismo por qué a los países bajos se les denomina así. Mirando en la dirección marcada por el muro, el mar queda un par de metros por encima de tierra firme. Resultaba poco menos que hipnótico. El abismo y el todo separado por la nada, que es una frontera, un muro..., una vida.

Regresamos a Edam. Andaba como loco en busca de alguna tienda para adquirir un buen queso de bola y hacerme un buen bocata de 'edamer'. No tardamos demasiado en localizar un paraíso de cuajos. Uno de los cientos y cientos de quesos dispensados por todas las estanterías centelleó con especial hincapié, una pequeña estrella redonda entre todas las formas y dejos que sesteaban por doquier. Se enseñoreaba coronada por una etiqueta azul, envuelta en un círculo dorado, y cuyo interior mostraba la marca del queso en cuestión, la cabeza inconfundible de un león sobre una especie de escudo rojo. Mostraba la iconográfica ilustración de una vaca; y bajo todo ello las letras inconfundibles que tenía grabada a fuego en mi memoria: EDAM- HOLLAND. 

No hay cosa peor que intentar hacerse entender en un idioma ajeno al del extranjero y el nativo. Pero nada más hermoso que lograr la comunicación y el entendimiento entre dos seres humanos, por muy contrapuestos que parezcan. Entre mi inglés macarrónico y limitado y su español más bien decente, comprendí que los mejores quesos del estilo por el que preguntaba eran el curado y uno más bien cremoso que llevaban haciéndolo toda la vida (al menos desde que aquella holandesa de mediana edad, de carnes generosas, ojos de un azul infierno terrenal y cristalinos, y sonrisa abierta y sincera, tenía la tienda hacía unos quince años). Por el precio módico de seiscientas pesetas nos llevamos el más cremoso y Antje nos regaló una cuña del curado.

La experiencia única de rememorar el sabor de la infancia es como cruzar por el cenagoso lago del tiempo y volver a la isla solitaria multicolor de la niñez, que suele estar aislada por el fango espeso de la memoria madura. Algunas veces, un solo instante, un olor insignificante, un sabor peculiar, una melodía, nos retrotrae a otros mundos y otras épocas que, como diría Peter Kolosino, en efecto, son otros mundos, pero están en este. Eso y nada lo es todo. La vida puede ser un pequeño trozo de queso Edamer cuando aún ni siquiera sabes lo que es. Cuando regresé de aquella experiencia europea llegué sin nada en las manos, quizá con piedras en los bolsillos, pero con la memoria enfangada de recuerdos y el estómago lleno de experiencia. Y supe entonces, al recordar aquel viejo episodio en Edam, que la vida es apenas nada, y sin embargo lo es todo...








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Alas para el egocentrismo









Sé que los árboles soportan estoicos
sus largos reposos, su sueño.
Y entre los abrazos del céfiro
cierran los ojos y susurran:
¿Quién pudo darte alas?

Veo la volátil mancha de su frac
como el borrón caprichoso de un niño.
Esa vanagloria le sostiene,
envenenándonos con el soplo
de quien cree ser espejo del mundo.

En sus cortos vuelos
arrastra puntos suspensivos,
en la atalaya de su reposo
derrama graznidos de arena:
espejismos de su candidez.

Todo lo mira de soslayo
sobre su mullida nube de algodón
para no ver el afilado pico de proyectil
presto siempre a derramar sangre inocente.

Bajo el brillante polvo celestial
que viste sempiterno luto
por las víctimas de sus afiladas garras,
oculta el alabastro que tiene por corazón
alimentando al grillo que ahí habita:
narrador de melodías autocomplacientes,
subrepticia constante y cíclica
cuyo estertor evita el susurro
de la sinfonía matinal que empapa el infinito.

Lástima que evite
el contacto con el suelo:
el hedor inflamable a carroña
que escapa de sus bramidos
le obliga a escapar del calor de la hierba
que arde amarillenta hasta el cadáver del Sol,
porque abrasaría sus zarpas y sus alas…
Sólo al anochecer, cuando todos duermen
y los árboles despiertan,
acerca su presencia a tierra firme.

Con el sol en guardia,
con su espada en alto,
enhiesto el orgullo
y vanidosa la insolencia,
nunca se atreve a volar sobre el mar,
porque el bruñido azul del piélago
refleja el monstruo que no quiere ver.
¿Quién pudo darte alas,
miserable cuervo del egocentrismo?



(Inétido, 2001)


                              




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Siembra la noche...



Siembra la noche vacíos tumultuosos
eternas tormentas de lágrimas
lúgubres sonrisas de embaucadores
paradigmas del deseo impreciso
arquitectura en las sombras
vacuas inocencias demoledoras
celebérrimos abandonos de peregrinos
breves distancias inacabables
cansancio apagado de los gritos
tumulto en el ensordecedor susurro
maldades inherentes en tahúres
galerías anónimas del porvenir
vasos llenos de desdichas
botellas vacías de equilibrio
paraísos angelicales en blanco y negro
desvaríos del corazón monocordes
beodos en las penumbras
fantasmas sobre los pasos
recuerdos infantiles maltrechos
reprimidos sentimientos
colores entumecidos de mercurio lunar
infiernos de umbrías estridentes
descansos del desasosiego
regresos al silencio del futuro indefinido
vidas disfrazadas de encanto...

Siembra la noche
sobre ausencia de guión.



(Inédito, 1996)





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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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