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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Un poema inédito








Me asomé al abismo de sus ojos
y una profunda esperanza fallece
en la orilla de los párpados
de un mar vetusto y antiguo.

Un mordisco en la razón
que vuela como un pájaro herido
es la fiebre de mi tristeza.


De "Abyssus Abyssum Invocat"
(Inédito, 2017)








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© Daniel Moscugat, 2018.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Metáforas de Hispania

La mañana se presentaba fría y obtusa, con el cielo embarrado de ceniza y cargado de intenciones deflagradoras. El frío penetraba por los abrigos como puñales que se deslizaban descalzos por la piel. En la parada de autobús una madre con sus dos retoños, un crío que rondaba ya los 13 y una niña de unas 9 o 10 primaveras. Los críos, como todos, no aguardaban sentados tranquila y pacientemente la llegada del autobús. Especialmente ella, que se revolvía sobre sí misma, nerviosa e impaciente, dedicando toda la atención a su hermano, que andaba traqueteando su teléfono móvil enfrascado en una partida con el juego de moda entre los adolescentes. La chiquilla parecía la bola de un pinball, rebotando de soporte en soporte, aprovechando cada ida y venida para incordiar a su hermano. Sus pretensiones tenían como único objetivo que acabase pronto la partida para poder disfrutar de un tiempo que consideraba ya que le pertenecía por derecho propio. A fuer de ser insistente, lo consiguió; hizo que su hermano errase en sus habilidades lúdicas para poder iniciar así su momento de juego. El niño, con toda la honradez del mundo, le cedió el cacharro a la niña, que le sustrajo el teléfono con todo el ímpetu desafiante que le fue necesario en el empeño.

Mamá andaba enfrascada mirando las últimas actualizaciones de Facebook, sonriendo con las últimas auto fotos de sus amigas o compañeras de trabajo. 'Anda, mírala. La muy pécora, qué callado se lo tenía', pude oírle entre dientes. Mostró abiertamente enfado después de que su retoño se le quejase ostensiblemente por haber perdido la oportunidad de batir su propio récord gracias a 'la mosca cojonera' de su hermana. Me retiré de toda aquella vorágine a distancia prudencial, porque me hallaba en medio del ojo del huracán y hombre precavido vale por dos. Mamá hizo caso omiso a las consideraciones del jovenzuelo, que se conformó a regañadientes sentándose en el descansillo del cubículo que hace las veces de refugio de la parada del autobús. Pero la pequeña, para mayor enfado del primogénito, se mofaba en sus narices, haciendo del cuerpo de su madre un parapeto defensivo contra los amagadas acometidas del púber indignado. De ese modo se desarrollaban los hechos hasta que un descuido propició el zarpazo del enfadado. Con la habilidad de una cobra, el niño había sustraído el teléfono móvil de las manos de la rizitos de oro, con sus juegos desafiantes y sus mohínes de mofa.

La cosa derivó en una serie de intentos desesperados y exasperantes de la inquieta 'mosca cojonera', interrumpiendo a su madre vez tras vez, haciéndole ver que su hermano le había sustraído el teléfono móvil en mitad de una partida, cosa que no parecía ser cierta porque aquélla pretendía seguir jugando a pesar de haber perdido ya un par de veces. El jovenzuelo, sabedor de que su hermana estaba intentando apropiarse del tiempo perdido, quiso actuar al margen de la ley. A todo esto, mamá había recibido una llamada de teléfono y departía con su interlocutora por un problema (sinónimo de cotilleo) laboral. La niña, irritante, insistente, daba saltitos de desacuerdo y enfado, cruzando sus brazos o asiendo el de su madre para llamar su atención y reclamar a la todopoderosa para que recayera infame sobre su hermano, que jugaba y se relamía sonriente para mayor irritación de la niña; quien, para serles sinceros, ya estaba tocando las narices al que les escribe por tanta falta de educación, por tanta insistencia en un castigo divino y por insidiosa.

A penas cortó la llamada, mamá fue directa para el niño y le quitó de las manos el teléfono móvil. 'Ni para ti ni para tu hermana, a tomar por culo los dos. Se acabó el móvil', dijo cual mandamiento bíblico directamente tallado en las tablas de su ley. Aquél se conformó con la decisión, puesto que donde manda patrón, en este caso patrona, no mandaba marinero. Pero su hermana, pecosa, rubicunda y llena de rizos enhiestos y poco domables, como la portadora, lejos de conformarse, rompió en lágrimas, gritos, desesperación, insultos hacia su hermano, y maledicencias entre dientes hacia su progenitora. Incluso aquel enfervorizado desafuero fue a parar hacia mí, preguntándome desafiante que qué miraba; a lo que la madre me pidió disculpas y le lanzó una mirada torva que entendió la niña como una seria advertencia cuyo amago llegaría como un tren de alta velocidad en forma de mano abierta del revés que estallaría sin frenos sobre la parada del carrillo derecho de la indignada mocosa.

Llegó el bus, y a continuación viene lo mejor de este pequeño relato. Mamá y la niña se sientan una junto a otra, en principio parecía que la quería cerca para sofocar el humo de su carbonizado genio y, por qué no decirlo, la poca vergüenza de la irritada e irritable niña. El joven se sienta al otro lado del autobús, separados por el angosto pasillo que dejan los asientos derramados por ambos flancos del vehículo como si de las aguas del mar muerto se tratase. La niña, que ya andaba resignada a su suerte y con el corazón encogido, recibe el premio de mamá del teléfono móvil que pertenece al hermano. Y claro, las reacciones no se hacen esperar. El niño protesta abiertamente y sin miramientos: 'el teléfono es mío, coño'... El cielo comenzó a descargar agua sobre el autobús y los relámpagos impregnaron el habitáculo de la mano de mamá. ¡Plaff!, voló sobre el nido del cuco un bofetón que resonó por todo el bús, recorriendo los resbaladizos cristales y accionando el resorte de los cogotes de cada viajero en dirección al chasquido. El niño comenzó a mascullar entre dientes, con mirada asesina, enfrentando la mirada de mamá que le decía 'a callar ya de una vez que estoy hasta el coño. Que ya sois mayorcitos p'andar protestando como niños chicos... ostias, ya'. Y claro, la niña, que no contenta con tener su premio, sale a la palestra por el lado del parapeto de su madre mofándose a sus espaldas, burlándose de su hermano y haciendo mohínes de desprecio a todo.

Pero no crean, no, que aquí acaba la cosa. Mamá se percata de la osadía de la niña infame y también recibe un sopapo que la pone del revés. Aunque la furia desatada de la niña la empuja a salir como un muelle del asiento para ocupar otro alejado del ámbito familiar. 'Ven ahora mismo para acá, Montse', le dice la madre. 'Que me dejes,... qué ganas tengo ya de ser mayor de edad para hacer lo que me de la gana e independizarme... que no quiero verte más...' Y entre medias masticaba cosas horripilantes que voy a evitar reproducir aquí porque cosas así no debería oírlas nunca una madre.

En definitiva, esta pequeña historia me hizo comprender gráficamente dos cosas a un tiempo, circunstancias que suceden en la actualidad más rabiosa de nuestro país. Y si vuelven a leer este relato sin apenas importancia, con atención, comprenderán la metáfora de la vida real a la que quería hacer referencia aquí. La primera es el resultado de una nefasta gestión administrativa en relación a los planes de estudio de esta España mía, España nuestra, que va perdiendo valor a medida que cambian las tornas... La segunda me sirve para fotografiar el porqué del independentismo catalán, que tiene su origen en cierto nepotismo e indulgente trato de favor por parte del estado, y que, a poco que éste trata de poner mal y a destiempo las cosas en su sitio, consiguiendo el efecto contrario. Pero, ¿saben lo peor de todo? Que al igual que recibí en un momento dado el retador 'qué miras', del mismo modo me tocó recibir trato vejatorio por parte de la descarada y maleducada niña, desafiándome en su auto aislamiento con gestos propios de adultos y, mientras se tocada groseramente sus partes íntimas, me decía en silencio, moviendo ostensiblemente sus labios para que leyera bien lo que decía: 'cómeme el coño, hijo de puta'... Por lo que me levanté del asiento y me trasladé a uno bien alejado de esos amagos de seres humanos en la parte delantera del autobús, alejado del tumulto, porque a poco que abriese la boca para protestar o decirle algo a la madre, podría llevarme el premio gordo y salir escaldado del autobús.








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Un cuento de primavera

Hay un hecho innegable en el comportamiento del ser humano. Muchos lo padecen en silencio. La vida y sus miserias afloran en la melancolía de quienes sufren de soledad. Y fíjese que digo 'sufren', porque quien sabe aprovecharla hasta la disfruta; pero cuando la vida te empuja a padecerla es casi más dolorosa que cualquier otra dolencia física, porque es una angustia de lo más recóndita, putrefacta el corazón, envenena la conciencia y embebe de necrosis cancerígena el alma hasta empercoderla de substancia escatológica, nublando la realidad e inventando una paralela que solo existe en la ensoñación. En su mayoría, estas personas ocupan su soledad con actividades varias, organizando eventos de diversa índole, con obsesiones compulsivas que solapen su realidad; y cualquiera que no baila al son que marca los designios del enfermo en última instancia son ninguneados, apartados y perseguidos hasta, al menos, intentar dejarles en un margen de oprobio.

Son características tan flagrantes que cualquiera puede adivinar la persona enferma de soledad con solo echar un vistazo a su red social, por ejemplo, o atendiendo a sus obsesiones cotidianas. Es tan grave el asunto que incluso el gobierno británico ha creado un ministerio de la soledad para paliar al menos los efectos perniciosos para sí mismos, también para la sociedad, en apariencia inofensivos, y evitar en la medida de lo posible que puedan ocasionar daños colaterales a sus congéneres, vecinos, socios,  familia, amigos... (sí, familia y amigos; uno puede estar rodeado de "familia" y "amigos" y ser una persona desdichada y enferma de soledad). Y hete aquí que un servidor ya ha sufrido varias veces a lo largo de la vida las consecuencias trágicas de la enfermiza soledad de algunas personas, y quizá por ello me hice inmune a las críticas del mismo modo que a los halagos: estos últimos vienen como prólogo de aquéllas. Es por ello que lo único que consiguen sacarme cuando hablan mal de mí o pretenden cerrarme puertas por uno u otro flanco es una sonrisa de pena, solo siento pena hacia quienes pretenden poner tiritas en sus profundas heridas de soledad. Se suelen esconder tras un tejido de fragilidad fingida que acompañan cumplidamente con unas lágrimas que ratifiquen todo aquello de lo que quieren convencer: este es el cenit de su obscena teatralidad, todo para interceder entre su ego y la realidad y llenar un vacío interior que nunca jamás pueden ocupar con nada por más tiempo que dediquen a sus ocupaciones.

Durante el invierno del año anterior a esta pequeña gran historia de mi vida, tuve la fortuna de ser obsequiado con un regalo navideño. Aquel cuento de navidad resultó tener, en apariencia, un final feliz, pero aprendí que nunca se sabe si aquello que nos cae en fortuna tiene consecuencias nefastas para nosotros, o si por el contrario los actos nefandos que se nos vienen encima como losas pueden ser en última instancia hechos destacables y afortunados en nuestras vidas. TODO tiene siempre consecuencias colaterales aunque no seamos conscientes de ello, para bien o para mal.

Un año después de aquella afortunada cena navideña en casa de mi vecino, el del SONY de plasma (¿recuerdan?), disfrutaba de una situación inmejorable económica y laboralmente: hacía montajes para Globomedia, participé en varios cortometrajes (remunerados), trabajaba por mi cuenta haciendo pequeños vídeos publicitarios y ayudaba en labores de producción para algún que otro largometraje... No contento con todo ello, también ocupaba tiempo en trabajar como jefe de cocina en un restaurante del montón, de cuyo nombre no quiero acordarme. Cumplía jornadas maratonianas de unas 10 horas diarias, aprovechando los descansos y días libres para mis ocupaciones audiovisuales. Dormía unas tres o cuatro horas, bebía café solo como si de agua se tratase, me mantenía en actividad prácticamente unas 20 horas al día. Y si creían que no tenía tiempo para más, se equivocan: entre vídeos y fogones aprovechaba ciertos momentos de relax, de descanso entre tarea y tarea, para escribir un poco y desahogarme; sobre todo escribía relatos (algún que otro premio gané) y poesía (algún galardón también cayó en mi favor), incluso me dio tiempo a escribir algunas novelas que ahora verán donde acabaron.

Aquel día salía del turno de mañana del restaurante y me dirigía rápidamente a casa para emprender el montaje de un spot publicitario muy bien remunerado. Recuerdo perfectamente que apenas daba sus últimos coletazos el verano e iba elucubrando y calibrando los cortes visuales que había importado al software de edición y por no ir pendiente al tráfico estuvo a punto de atropellarme un Fiat punto. Justo antes de subir a casa, por entonces, recién aterrizado Vodafone en nuestro país, recibí una llamada de teléfono a mi Nokia 3310. Un número que no tenía en la agenda de contactos y por el prefijo correspondiente se trataba de un teléfono fijo de Salamanca. Al otro lado una voz melíflua, suave y en cierto modo condescendiente, preguntaba formalmente por el señor Daniel Moscugat. Creí sería alguno de los productores de Globomedia. Resultó ser un editor que había leído un relato con el que participé en un certamen de la ciudad y con el que fui finalista, aunque el premio lo recibió otra persona (que con el paso de los meses supe que era el hijo de un muy amigo suyo, y claro, no podía ser de otro modo...). El caso es que a este editor, al que llamaré 'el circunspecto nostálgico', le resultó el relato francamente bueno (con el tiempo fue a parar al 'archivo municipal', entiéndaseme esto como el basurero) y quería que nos viéramos para "hablar del asunto". Y hablamos.

En principio el editor parecía un tipo circunspecto (de ahí la mitad del apodo), un tanto achaparrado, de nariz aguileña y poco dado a sonreír, parecía ir vestido de un aura de perpetua nostalgia (de ahí la otra mitad del apodo). Quedamos en una conocida cafetería en las lindes de la plaza mayor y comenzamos la charla. Al parecer quería que le entregase más material mío para leer. Regentaba una editorial pequeña y estaba interesado en publicarme unos relatos, en el caso de que mantuviesen el nivel de calidad del que presenté en el certamen. Y así lo consideró y, dado que en aquella época comenzó a ponerse muy de moda eso de publicar libros de relatos, se inició la maquinaria: estaba previsto que el libro saliese para la primavera del próximo año...

Llegó el invierno. Se sucedían los días fríos y entumecedores. Los pájaros se mostraban silenciados por las migraciones y la niebla cuasi perpetua era un elemento decorativo más por la influencia del Tormes. No en vano, cuando en Salamanca bajan las heladas de principios de año, el termómetro parece no querer oscilar. Entre tanto, el frío parecía haber entumecido las conciencias de todo cristo viviente. Yo no daba crédito a lo que ocurría. En apenas un año pasé del ostracismo y la inactividad a no tener tiempo suficiente como para ocuparme de tantas cosas. Pero lo que en un principio fue fortuna, poco a poco fue tornándose en calamidad, como consecuencia de aquella cena.

Todo tiene su sino y un origen. La compañera y amiga de mi vecino el del SONY de plasma, aquella que estuvo sentada a la mesa en la pasada cena de nochebuena, al parecer tuvo un encontronazo con él hasta llegar a un punto de odio que me salpicó directamente. Ella fue la que me facilitó la apertura de puertas a Globomedia, y ella fue la que procuró que me las cerraran a cal y canto simplemente por mantener amistad con su reciente archienemigo. La muy pécora fue llorándole a su amigo de recursos humanos, literalmente, contándole una historia que en nada tenía que ver conmigo pero que en el que puso mi nombre y apellidos sobre la mesa. Ni más ni menos que había abusado de su confianza, que habíamos empezado a compartir cama pero que le estaba poniendo los cuernos con una zorra malnacida que para colmo ésta quería pisarle el ascenso, y que quien se lo estaba negando era mi amigo el del plasma. Especialmente, las lágrimas hicieron su efecto pernicioso, acompañadas por un halo maternal de delicadeza y debilidad que la hacía ser la persona más vulnerable sobre la tierra. ¿Quién no podría creer a alguien tan frágil derramando unas lagrimitas por un desalmado como yo?

Pero no contena con ello, persiguió mis movimientos, y los de todos los que tuvieran que ver con mi vecino, y cercenó todos los trabajitos audiovisuales que me procuraba al margen de la productora de televisión. Desconozco cómo lo hizo, pero a fuer de ser sincero imagino que la táctica empleada parecía ser idéntica y los resultados calcados.

Aquel ciclón, que empezó húmedo y fresquito, acabó arrasando mis medios económicos por parte audiovisual y también lo hizo por la parte hostelera. En principio, ella por aquel entonces no tenía ni idea de que pudiera trabajar en aquel restaurante, aunque (y eso lo supe después) al parecer, sin tener la más remota idea, acudía a almorzar al menos una vez por semana al restaurante donde trabajaba. Un infausto día me vio salir por la puerta de servicio para echar un cigarrito, justo frente a donde ella tenía casualmente aparcado su coche. Yo no la vi, pero ella a mí sí. Pude saber que le soltó al dueño del restaurante el mismo cuento que al de recursos humanos de Globomedia. Me quedé sin trabajo quince días después. Sin explicaciones, sin acritud, sin ambages,... finiquito y puerta. A posteriori, mi segunda de cocina, con la que mantenía muy buena amistad y relación laboral, quedó un día conmigo para tomar unas birras y me contó lo sucedido, que había tomado las riendas del restaurante en mi lugar y que la pécora de mi 'enemiga' solía dejarse caer más de un día a la semana, quizá como compensación a la colaboración de mi marginalidad.

Lo único que me mantenía en pie anímicamente era la poesía, la lectura, y el día diez de cada mes que llegaba a mi cuenta de ahorros la prestación por desempleo. Tenía esperanzas en ese libro de relatos que en poco tiempo estaría en la calle. Me llegó una llamada de teléfono de mi editor, el 'circunspecto nostálgico', quería que nos viésemos para que le echara un vistazo a la galerada que tenía recién calentita en sus manos. Quedamos en el mismo café. Aquel día el local parecía más acogedor y bullía en humanidad. Entre medio de aquel jaleo, hablábamos y miraba y remiraba esa copia de prueba. Emocionado le pregunté que para cuando saldría a la venta. En principio me pidió que lo revisara. Acabamos nuestras respectivas cañas, con unos torreznos que aquel café bar los tenía deliciosos y crujientes.

Lo releí de cabo a rabo. Una y otra vez, corregí algunos defectos de forma en la sintaxis de algunas oraciones. Algunos errores orotipográficos y poco más. A los pocos días le llamé yo por teléfono. Parecía contrariado, tembloroso, en cierta medida diría que asustado. Tartamudeaba con cierta torpeza en cada frase. Incluso confundía las palabras, parecía, más bien, nervioso. Me dijo, en resumen, que no era posible seguir con la edición del libro. Al parecer otro joven, con más currículum que yo, con más premios que yo, con más caché que yo, con más amigos que yo y con mas influencias que yo, había aparecido también para publicar y que su libro tenía que salir al mercado en las próximas semanas. Luego supe que en parte mintió descaradamente, solo quiso quitarme de en medio por influencias externas. Sin más explicaciones, tras el cristal opaco del teléfono, con una sensación de impotencia fuera de toda órbita. No quiso ni dar la cara. Ni siquiera mirarme a los ojos con un café como testigo mudo de lo que allí sucedía. Me quedé a las puertas de poder publicar los relatos. Apaleado, desnudo y hambriento como un cachorro, en un invierno desangelado, preludio de primavera.

Como dije al principio, he sufrido varias veces a lo largo de la vida las consecuencias trágicas de la enfermiza soledad de algunas personas, y quizá por ello me hice inmune a las críticas del mismo modo que a los halagos: estos últimos suelen venir como prólogo de aquéllas. En la pasada cena navideña, 'Belu', apelativo inocente y frágil del nombre de la compañera de mi amigo el del plasma, regalaba carantoñas, halagos, risas y zalemas por doquier... a unos perfectos desconocidos que no tenían donde caerse muertos. Con su apariencia frágil y bondadosa, te obligaba a dudar de ti mismo al pensar que aquella delicada flor era capaz de ahogar la vida de cualquier persona por el simple hecho de no bailar el agua que ella domaba. Me regaló la estabilidad que había perdido, y en su mundo de fantasía creyó que le debía la vida y la lealtad, como si este que les habla fuese un lacayo de siglo XII y, en pleno oscurantismo, debía entregarle mi vida en sacrificio. Como decía, este tipo de personas se suelen esconder tras un tejido de fragilidad fingida que acompañan cumplidamente con unas lágrimas que ratifiquen todo aquello de lo que quieren convencer: este es el cenit de su obscena teatralidad, y todo para interceder entre su ego y la realidad y llenar un vacío interior que nunca jamás pueden ni podrán llenar con nada. El contrapunto son aquellas personas que no lo soportan y deciden quitarse la vida antes de quebrar la de los demás, pero no es el caso que nos ocupa.

'Belu' se aferraba a un puesto directivo al que aspiraba desde hacía tiempo y el bueno de mi amigo 'SONY' le negaba por su manifiesta incompetencia para el cargo. Era buena en sus labores de relaciones públicas para atraer inversores, para nada más. Y así se lo hizo saber. En vista que no pudo hacer nada para arañarle siquiera, fue a la busca y captura de su entorno más cercano para hacer daño. Su sobrino se iniciaba en esto de la escritura y, todo hay que decirlo, era bueno,... y también el que ocupó mi lugar en la editorial. Y sí, lo pueden adivinar ya: era ese hijo de un muy amigo del editor que era jurado en aquel certamen de relatos en el que participé. El cómo supo 'Belu' que estaba a punto de que me publicaran ese libro es y será todo un misterio para mí, aunque los mecanismos que ofrece la vida para que todo encaje siempre son y serán inescrutables.

Antes o después todo se sabe. Decidí salir de Salamanca y poner rumbo al litoral marbellí, donde me salió una oportunidad para regresar a Málaga y comenzar nueva vida en todos los sentidos: antes de partir, tiré al bidón de la basura todo cuanto escribí y cuantos archivos audiovisuales hice o participé acabaron desintegrados. A toro pasado me arrepiento, pero nunca nada de lo que sucede en la vida es casual, sino causal. Cometí el error de ceder de ese modo ante el chantaje emocional y me prometí, cuando supe ver las cosas con distancia y conciencia, que jamás me achantarían unas lágrimas ni la apariencia de una delicada flor que busca entorpecer la vida de otras personas. TODO tiene siempre en la vida consecuencias colaterales, para bien o para mal, como dije al principio. Llegué en primavera a Málaga, me llamó mi vecina 'Pretty Woman' para contarme lo sucedido y ponerme al loro de cuanto sucedió en esos meses y yo no supe hasta aquel instante. El tiempo pone en su debido momento las cosas en su sitio. Al igual que lo hizo con 'Belu', que por su propia ceguera no pudo ver que pisó un charco más profundo de la cuenta y embarrizó todo su atuendo delicado y frágil, se puso perdida de lodo hasta la coronilla, quedó desnuda frente a la realidad y perdió todo por cuanto luchó y por lo que aspiraba. Y, ¿por qué tuve que regresar a Málaga? Ese es otro capítulo que antes o después aparecerá por aquí... Lo cierto es que al reclamo del sol en primavera, las flores brotan de sus raíces y buscando el calor tibio de la luz abren sus pétalos para abrazar a la vida. 








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15 de Enero (II)









Cada vez que imagino el abismo de tu ausencia
me domina el tormentoso vértigo de la ansiedad
que amaina cuando ríes y cuando lloras,
cuando bailas y me guiñas un ojo;
cuando te enfadas o cuando te distraes...
Se diluye en la sangre del sol cuando sueñas despierta
y cuando despiertas del sueño;
en la brisa de tu respiración,
cuando te mueves o cuando descansas,
cuando te dispersas, cuando pareces ausente...
¡cuántos disfraces impregnan el pincel de tu sonrisa!

La última palabra es la premisa inicial
para un poema que reivindica tu presencia
y la primera de las mías para buscarte
en cada ínsula de memoria.

Este olvido de poema no es perfecto, lo sé;
porque acaso hay mayor perfección
que tu sonrisa reventando en mil acrílicos
impregnando de matices abigarrados tus lienzos,
que iluminan los recónditos escondrijos
de cada charco del camino que deja tras de sí
la tormenta vertiginosa de la ansiedad.
Sólo deseo que sigas pintando
el abismo imaginado de tu ausencia
con los matices cotidianos de tu sonrisa,
para que esas manchas siempre sean testigos mudos
en el lienzo de mi memoria
cuando quiera contemplarte y no te encuentre.



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El Profesor

Esta es una película que vi al poco de estrenarse, que volví a ver hace pocas fechas y he visto en varias ocasiones. Como todas las que traigo a ofrecer una crítica, merece la pena tener en la videoteca por muchas razones. Principalmente, porque es una película atípica que con un escaso presupuesto ofrece rendimientos inmejorables, con un extenso elenco de rostros conocidos y del que uno no puede reprochar absolutamente nada. Si acaso, me hubiera gustado que fuese algo más pausada y que le otorgara al espectador algo de tregua.

La mejor descripción que he podido leer respecto a esta película es la que hizo Antonio Trashorras para la revista Fotogramas: "Un largometraje que vuela como una mariposa en pantalla y pica como un aguijón en tu cerebro". El profesor es una historia que habla de la belleza, de la ausencia de ella, del dolor al mundo por la excesiva crueldad y maldad, cuyo escozor se ve reflejado en un universo de adultos nada comprensivos hacia la juventud (que parece olvidaron) y en la auto complacencia de quienes ven en ellos una vía de escape al dolor. Un mundo lleno de crueldad que ofrece un espejo de si mismos a los que en un futuro próximo serán los que harán a su vez de espejos para los que una vez fueron ellos: si ofreces crueldad, quien se acicala frente a ese espejo lo hará con crueldad...

Las expresiones de sobriedad que rezuma esta cinta puede en ocasiones incomodar. El guión amordaza a quienes tienen algo que rechistar debido a que en alguno de los giros (en cierta medida previsibles) abofetea emocionalmente para provocar silencio espiritual. Existe cierta simbiosis de amor-odio entre Adrien Brody (Henry Bathes) y Sami Gayle (Erica, jovencísima prostituta a la que acoge Bathes) cuyo destino desemboca en un descubrimiento mutuo del significado de la ternura. 

Tal vez los derroteros de intensidad son constantemente tan densos y exacerbados que se echa en falta algunos minutos de relax, como ya he dicho, algo de descanso para que las neuronas traten de asimilar todo lo que sucede. Todo es demasiado mucho o todo es muy demasiado. Aunque la cascada en forma de liberación en el que termina la cinta acabe en provocar más de una lágrima de comprensión (sí, de comprensión). Este largometraje te ofrecerá la oportunidad de poder descubrir la poesía, el respeto y la comprensión de una atacada. Recuerde: 'vuela como una mariposa ante sus ojos y pica como el aguijón de una avispa en su cerebro', inoculado el veneno es difícil librarse de él.








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Interestelar

FICHA TÉCNICA  -  TRAILER  -  WEB

Lo primero que tendría que decir de esta cinta, a pesar de arriesgarme a ser catalogado como loco sin fronteras, es que Interestelar ES una de las películas que han de habitar en la historia del cine como uno de los grandes films, con vocación de ser precursora de cómo ha de encontrarse la ciencia y la sensibilidad en el mismo camino, plasmados éstos de trazos cinematográficos narrados con suavidad y pericia (al margen de ciertos pequeños escollos en forma de laberintos del que afortunadamente sale airoso de manera sencilla, práctia y legible, pero que para un espectador poco elucubrador le resultará un extraño lío incomprensible). Christopher Nolan es ya un visionario, metafísico, capaz de encontrar sentimientos en una fórmula matemática, y trasladarlos al gran público de modo dinámico y fácil de entender.

La cinta está llena de paralelismos desde el inicio: campos de maíz, familia cultivando el terreno, la aventura espacial... el sentido de la vida en forma de ecuaciones cuánticas. Christopher Nolan se empeña en descifrar los sentimientos humanos basándose en las matemáticas y a fuer de ser sinceros casi lo consigue. Lo que nos hace humanos aguarda en las insondables profundidades del alma como si de la galaxia se tratase (¿quién puede comprenderla?), cuyas aventuras son capaces de traspasar agujeros de espacios temporales siendo el futuro el más radiante presente y éste un lejanísimo pasado.


A pesar de las tres horas de metraje, la cinta se antoja liviana, a veces con picos de tensión propios de Nolan y cuya narración prosística recuerdan bastante a otras obras memorables ya en su filmografía, como MementoOrigen o El caballero oscuro: tres títulos que aparentemente nada tienen que ver el uno con los otros pero que todas confluyen en el mismo punto: narradas en prosa sublime desde el corazón poético de un cineasta que se empeña en estropear grandes momentos con pomposidad y a veces enredándose en su propio hilo que afortunadamente recupera y desenmaraña para agrandar aun más la historia que tiene entre manos. No quisiera dejarme en el tintero que Interestelar dispone de una fotografía que invita a no dejar de mirar a la pantalla, que nos hacen recordar en cierta medida planos y secuencias de 2001, una odisea del espacio e incluso Contact.

No, no voy a olvidarme de Matthew McConaughey, ese muñeco de trapo en sus inicios a las órdenes de esos clichés de guaperas sin fronteras del hollywood más casposo, que afortunadamente abandonó para regalarnos personajes memorables llenos de matices dramáticos y que en esta pelícua despliega sin tapujos todo un arsenal de buen hacer, hasta el punto de atrapar al espectador en su hipnótica interpretación. Es, sin duda, el baluarte de la cinta.

Nolan ha construido una película vitalista, sensible y emotiva, pero también una película tensa, compleja y enorme. Conjugar fórmulas matemáticas para explicar el desarrollo emotivo del ser humano y la razón de su existencia en ocasiones entorpece, se enbrolla y se vuelve a sí mismo obtuso, aunque en todo momento sale airoso del envite con facilidad y con una asombrosa capacidad para hacernos entender la ecuación más compleja como si de una simple suma se tratase. Probablemente con los años será referencia ineludible para abordar nuevas perspectivas o formas de plantear la ciencia ficción... a fecha de hoy, en Hollywood le están negando el pan y la sal. Espero y deseo que deje de ser así pronto.







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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra. Son tantas cosas las que incluir, que poco a poco voy actualizando en la medida de lo posible: fotos, cine, poesía, literatura...

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