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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Siembra la noche...



Siembra la noche vacíos tumultuosos
eternas tormentas de lágrimas
lúgubres sonrisas de embaucadores
paradigmas del deseo impreciso
arquitectura en las sombras
vacuas inocencias demoledoras
celebérrimos abandonos de peregrinos
breves distancias inacabables
cansancio apagado de los gritos
tumulto en el ensordecedor susurro
maldades inherentes en tahúres
galerías anónimas del porvenir
vasos llenos de desdichas
botellas vacías de equilibrio
paraísos angelicales en blanco y negro
desvaríos del corazón monocordes
beodos en las penumbras
fantasmas sobre los pasos
recuerdos infantiles maltrechos
reprimidos sentimientos
colores entumecidos de mercurio lunar
infiernos de umbrías estridentes
descansos del desasosiego
regresos al silencio del futuro indefinido
vidas disfrazadas de encanto...

Siembra la noche
sobre ausencia de guión.



(Inédito, 1996)





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Disparar a matar









El proyectil que dispara tu sangre
lleva mi nombre tatuado
en su piel de acero creciente,
dejando en su trayectoria
una estela inflamable
de polvo de diablo.

La luna, que suele engendrar
delirios de mercurio,
se balancea entre cortinas de algodón,
inflamadas a la lumbre
de la máscara de tu ansiedad.

Moriré quizás en la quemadura de mis cicatrices,
pero tú volverás al carnaval de tu soledad.

(Inédito, 2008)




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El malo de la película

El Monumental, una sala de cine que en la actualidad es un edificio de viviendas de la calle José Tallaví, esquina con Mendoza Tenorio, en la localidad de Málaga, emitía en aquella sesión matinal de domingo un western que me marcaría para toda la vida. Hasta la fecha contaba con apenas once años y balbuceaba a duras penas español, aunque lo entendía con mayor o menor fortuna. Mis apariciones por el cine se contaban escasas para la inclinación que ya tenía por el séptimo arte. Si bien era raro que me dejasen ir acompañado de los amigos del barrio sin algún adulto de por medio, era aún más raro que contase con un puñado de monedas para pagarme la entrada. Así que cuando reunía el dinero necesario a base de ahorrar pesetas por aquí y algún duro por allá que me estipendiaba mi abuela, corría que me las pelaba para ver qué película había en cartelera. Para colmo, las posibilidades de ir solo al cine se contaban por domingos en la sesión matinal, puesto que el resto de la semana la oferta resultaba incompatible con los horarios propios de un niño. Aquel domingo de primavera, en el que se asomaba el sol con atisbos de indumentaria estival, fue un domingo auténticamente festivo para mí: al fin podría ir al cine después de muchas semanas en ascuas o alimentándome del poco que se emitía por televisión y podía o me dejaban ver.

Ya por aquel entonces guardaba un pequeño resquemor (que ahora que lo pienso tenía más de cinéfilo que de infantil) con las películas del oeste, que suponían todo un hito y contaba con una extensísima saga de seguidores en todo el mundo (también las películas de Bruce Lee y de artes marciales en general). Me preguntaba por qué, en los encuentros entre malos y buenos en los westerns, el duelo final entre ambos se saldaba siempre con tanta premura, con una tensión arrastrada por toda la película para finalizar en apenas unos segundos. Sobre todo, el porqué los indios, infatigables sobrevivientes en la naturaleza salvaje, eran tipos tan endebles e 'idiotos' a la hora de enfrentarse ante la barbarie de la 'civilización' (esto último lo abordaré en otro momento). Aquel domingo primaveral tuve suerte en primera instancia porque al parecer la película en cuestión carecía de indios y vaqueros.

Penetré en aquel templo que conservaba un halo de coliseo. A pesar de cierta miasma a lugar escaso de ventilación, el no menos apolillado efluvio a humanidad, y un inconfundible retestinado perfume a tabaco incrustado en las butacas, podía oírse retumbar los ecos de cientos y cientos de explosiones, carcajadas, disparos, palomitas, besos..., aquel lugar tenía concentrado muchos mundos en apenas unos metros cuadrados. Mundos con los que soñábamos vivir todos los que nos procurábamos ya un asiento para ver la película de la sesión dominical: Once upon a time in the west, o lo que se dio a traducir (creo que de las pocas veces que se ha traducido un título de la lengua de los bárbaros al castellano y el acierto fue, para mí personalmente, inaudito, puesto que el título original no hace justicia con lo que nos cuenta el film y en castellano insinúa lo que es en sí misma la propia narración de la película): Hasta que llegó su hora.

Ya el inicio me dejó profundamente estupefacto. Ese opening hipnótico con el sonido de fondo de la veleta en la estación de tren, quebrando un silencio polvoriento donde Jack Elan trata de espantar una mosca pesada que no parece despegarse de la piel de su rostro grasiento y sudoroso; Woody Strode que aprovecha la percusión del goteo del agua para recabar un sorbo que le servirá para refrescar el gaznate; a lo lejos se apercibe el chucuchú del la presión del vapor del tren escapando al viento y alerta a los forajidos de su llegada. Uno deja escapar la mosca que zumbaba en el interior del cañón de su revoler, el segundo succiona el trago de agua que acogía gota a gota en su sombrero, y Al Mulock, el tercero en discordia, que con su rostro hace de cortinilla y da paso a la llegada del tren al girar el rostro y abrirse en el plano para que aparezca el armatoste de hierro sobre los raíles; un tren que resbalaba las ruedas metálicas sobre las vías de acero, succionando todo vestigio hipnótico y congregándoles en el andén. Aguardan en silencio que alguien baje del tren... No aparece nadie. Se dan media vuelta de regreso a Dios sabe dónde. En ese instante en que ya casi alcanzaban los equinos que esperaban en el otro extremo del andén y el tren retoma su camino, oyen al 'Harmónica' (como le bautizaría más adelante el extraordinario Jason Robards, uno de esos pocos actores que nunca decepcionaba hiciera lo que hiciera), que aparece tras el monstruo férreo cuando éste retoma la marcha hacia su destino. El intercambio de disparos, aparentemente en clara desventaja para 'Harmónica', tumba a todos tras un breve intercambio de palabras. Yo me retorcí sobre el asiento, incrédulo. No pude comprender qué estaba pasando. Sin embargo, 'Harmónica' se incorpora, la fortuna se alió con él y el último disparo de Woody Strode de manera afortunada no llegó a su destino... hasta el final de la película no comprendí ni un ápice del porqué de aquella secuencia, pero consiguió que me quedase prendado de la pantalla las casi tres horas de película.

Ni que decir tiene que ese misterioso "harmónica" me tuvo en vilo toda la película; "por qué", me preguntaba todo el tiempo, por qué persigue al forajido. Quizá ha sido el personaje más redondo que ha interpretado Charles Bronson a lo largo de toda su carrera, a pesar de ponerse en la piel de alguien pétreo, insustancial, que sólo mostraba rapidez y sangre al desenfundar la pistola. "Harmónica" llena la pantalla cada vez que aparece en plano, sumado al genio de Jason Robards, que no recuerdo haberle visto una interpretación fallida por pequeña que fuese, como en el metraje de Sergio Leone. Obviamente no podía dejar pasar la extraordinaria candidez de Claudia Cardinale: quizá hasta el día de hoy jamás el sudor en la piel femenina había resultado ser tan erótico como empapando a la bella esposa del malogrado McBain en el film, y aún menos que unos ojos fuesen tan luminosos como los que alumbraban de esperanza cada vez que entraba en plano.

Ahora bien, si hay algo que me ha acompañado en lo más profundo de mis escarnios y temores por causa de esa película es el rostro de Frank, el extraordinario malo malísimo que encarna un magnífico Henry Fonda que jamás en toda su carrera ha podido igualar la interpretación que nos regaló con aquel papel. Nunca antes, ni aún hoy, he visto un personaje que encarne tan sólo con su rostro la esencia más pura de la maldad. Apenas sí necesitó mover un músculo para pasar de una ligera sonrisa con atisbos de ternura a un gesto adusto y serio, agrio de perversidad, con ambición de fustigar la propia maldad para mostrar hasta dónde podía llegar para calibrar quién comandaba el reino del mal allá por donde pisaba con sus secuaces. Tan sólo oír su nombre bastó como excusa para liquidar a un pobre niño indefenso, que acababa de quedarse huérfano. "¿Qué hacemos con este, Frank?", sugiere uno de sus compinches. "Ya que has dicho mi nombre...", sentencia Henry Fonda. Acto seguido el disparo a cámara sugiere al espectador la estridencia más aplastante de la crueldad, fundiéndose con el quejido de las ruedas del tren sobre las vías, de manera que la estridencia que nos embarga en lo más recóndito de nuestro ser se funde con la de la máquina, rechinando contra las vías. Frank resultó ser el paradigma de la maldad, el rostro viviente de la guadaña, el lado más oscuro de la crueldad impreso en la piel del rostro de Fonda, el sombrío demonio enjutado en negro que se confundía con su propia sombra. Hoy día, en el cine, suele representarse al rostro del mal con patologías psicóticas y psicopáticas, estridencias malabaristas que fluctúan sobre la locura... Y no, Frank es un ser frío, calculador, con temple, capaz de helarle la sangre al primero que osase mirarle de soslayo, al que siquiera le susurrase de mala manera, al que le molestase de cualquier modo. Frank encarnó el modelo a seguir de lo que es y debiera ser siempre el malo de la película. Un tipo con carácter, capaz de dejarte frito con una mirada helada, de cuajarte la sangre y hacer que muerdas el polvo fulminado. Cualquier cosa que no se acerque a su planta, a su mirada de acero índigo, siempre será una puesta en escena fallida, porque Frank fue, es y será, sencillamente, el paradigma de la maldad.

Al final del film 'Harmónica' y Frank se enzarzarán en un duelo tan crepuscular como sepulcral. El gran Sergio Leone echa mano de todos los planos habidos y por haber que pueda uno utilizar para narrar una oda entre el mal y la justicia. Todos los espectadores comprenden entonces, al igual que Frank, el porqué de la persecución con esa harmónica del extraño y silencioso individuo que andaba buscándole. El realizador construye durante ocho minutos (sí, algo más de ocho minutos de odas al sol), amparado bajo la batuta de una banda sonora extraordinaria del maestro Ennio Morricone. Un auténtico videoclip con el que se apoya para resumir la razón de aquel desencuentro, donde podemos ver, incluso, las inclinaciones de un joven y desaliñado Frank recreándose y disfrutando con la maldad: extrae una harmónica de su bolsillo y se la coloca en la boca, entre los dientes, a quien tiene frente a él en ese duelo épico. "Toca un poco y alegra a tu hermano", le dice. Y aquél que lo sostiene a duras penas sobre sus hombros, y cuelga desde una campana enmarcada por un arco de piedra que otrora pudo haber sido la entrada hacia el infinito. Un infinito ausente de muros y de vida, tan sólo aquellos forajidos que acompañan a Frank, el sentenciado a muerte y su hermano. Por fin un duelo como Dios manda...

Aquel rostro me acompañó siempre. Creí que sería capaz de diferenciar a alguien malo de alguien bueno teniendo como ejemplo el rostro de Henry Fonda en aquella película. Miraba con atención los músculos del rostro de todo el mundo, en especial los orbiculares alrededor de los ojos. En esas anduve hasta las inmediaciones de mi domicilio, y comprobé que algo no iba bien. Apenas llegué a casa comprendí bien lo equivocado que estaba. Cuando salí del cine, después de casi tres horas incomunicado, corrí huyendo porque me temía lo peor. Eran casi las tres de la tarde y en casa había que sentarse a la mesa sobre las dos de la tarde a más tardar. Cuando entré por las puertas, recibí una soberana paliza, de esas que ahora un progenitor podría ir a la cárcel y por mucho menos. Al parecer me habían estado buscando por doquier y en el barrio nadie sabía nada de mí porque no había aparecido ni había estado ni jugando con nadie (obviamente). Era un crío como para perderme de aquella manera sin decir nada... Mientras recibía y aguantaba estoicamente la manta de palos que me estaba cayendo, pude ver en un instante, en los ojos de mi padre, aquella intensidad siniestra de fondo de la que sólo Frank fue capaz de dispensar en el film. Aquella iridiscencia feroz que brillaba en los ojos de mi padre me hizo temer incluso por mi vida. Cuando el nivel de ensañamiento alcanzaba cotas infernales, pude zafarme de aquella hebilla que me estaba destrozando la espalda y de otros elementos sin importancia (escoba, manos, etc...), y nadie en aquella casa corrió a socorrerme. Me vi indefenso como el crío que recibió el disparo de Frank ante el que nada pudo hacer, aunque yo sí logré zafarme y huir hacia Dios sabe dónde... quizá eso dé para otro episodio de esos que nadie se atreve a contar.

A veces creemos que el mal con el bien se combate. No puede haber mayor error que ese. El bien solo actúa como bien: construye, se solidariza, apoya, ayuda..., pero con el mal sólo se puede actuar con justicia. El bien sólo puede aleccionar para evitar cometer un mal, pero nunca para actuar contra el mal, porque acabaría cometiendo las mismas fallas y transformarse en el propio mal. Esa es una de las grandes verdades que me enseñó la película (esa y otras muchas a posteriori y del mismo género) el bien solo puede hacer el bien, y nunca procura la venganza, ni pagar con la misma moneda de la maldad, ni regocijarse por el mal ajeno infligido sobre el prójimo. Quizá por ello, al mirarme en el espejo, siempre observo en el fondo del iris el reflejo de saber quién no querría ser nunca. Siempre miro que los músculos orbiculares alrededor de mis ojos para comprobar que no acunan un atisbo de maldad, que no aparezca Frank por ningún recoveco. De ese modo siempre suelo dormir tranquilo y profundamente. Y nada pudo impedirme desde entonces continuar viendo cine de todas las formas y maneras posibles que a día de hoy la tecnología nos concede el beneplácito. Echo de menos someramente aquellas viejas salas de cine (Echegaray, Palacio del Cine, Royal, Cayri, Andalucía, Astoria...), su personalidad, su intrahistoria. Templos de escasa ventilación, con su apolillado efluvio a humanidad, el inconfundible retestinado perfume a tabaco incrustado en las butacas, los ecos de cientos y cientos de explosiones, carcajadas, disparos, palomitas, besos..., que retumbaban como fantasmas que respiraban suplicantes más metros de celuloide para morir como murieron. En esos lugares se concentraban mundos inimaginables, guardaban secretos de grandes y pequeños en apenas unos metros cuadrados, el mundo con el que soñábamos vivir todos los que nos procurábamos un asiento, un mundo que, a pesar de su reconversión en 'macro cines', con infinitas salas, agoniza lentamente. Aunque nada impedirá que viva por siempre jamás la mirada de Frank en lo más profundo de mi corazón y evite reflejarme en ese espejo índigo.








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El significado de las palabras

Siento un enorme pesar cada vez que me topo con noticias como la que leí hace ya algunas semanas y hoy vuelve a ser actualidad debido al atropello climático al que está siendo sometido el planeta en estos últimos tiempos. Leí, y ha vuelto a la memoria, como el mar que devuelve los vestigios de la tormenta que succionó de la tierra, una noticia sobrecogedora que ha sido silenciada (sospecho que a conciencia) por los grandes medios de comunicación; también por los más pequeños. Parece que nadie se ha percatado de que el bloque de hielo más antiguo del Ártico se ha resquebrajado. Nunca se había producido antes este fenómeno en la historia geológica del planeta. Y a mi juicio, llámenme iluso o incluso romántico si quieren, la tierra se está quejando y se siente herida, no sólo por todo lo que tiene de devastador el cambio climático por nuestro incesante e insistente maltrato (que es sobradamente evidente), sino porque el ser humano ha perdido el significado original de las palabras, del lenguaje, casi por completo. Quizá el susodicho cambio climático y todo un conglomerado de problemas que nos impiden coexistir como una raza civilizada, vienen derivados de una pérdida sistemática de la semántica original de las palabras, de su significado. No es lo mismo hablar que saber hablar.

Es cierto, el hombre siempre ha estado enemistado con su congénere, en todas las épocas y a todos los niveles, siempre. De un modo u otro, un sector de la civilización ha tratado de dominar a los restantes de cualquiera de las formas más básicas desde su lado más desarrollado o aspectos más elementales que aún hoy son vigentes: político-militar, religiosa o económicamente. En esencia, por falta de 'entendimiento'. Pero no se trata de eso, ya sabemos desde que Thomas Hobbes comenzara a abrirnos los ojos al concluir que "el hombre era un lobo para el hombre" a pesar de la organización social y los desarrollos económicos hasta la fecha de su contemporaneidad (hablamos que esto nos lo transmitió a mediados del siglo XVII), la historia de desencuentros entre la raza humana es más que evidente. El problema radica en que cuanto más nos alejamos de mesopotamia, más difusos son los significantes etimológicos de las palabras.

El ser humano, para poder comunicarse entre sí, desde el principio de los tiempos, necesitó de símbolos o de iconos para poder justificar aquello de lo que hablaba o intentaba expresarse. Necesitó un registro gráfico para comprender originariamente todo cuanto quería expresar. Aquello satisfizo una necesidad fundamental: la de comunicarse, la comunicación entre los pueblos. Indistintamente del tipo de género, cuando se hablaba de una cebra, iconográficamente, tanto interlocutor como receptor sabían perfectamente a qué se aludían. Eso permitió la comprensión entre personas, entre comunidades, y completó la necesidad de entender y hacerse entender. Cada palabra, cada gesto, cada forma, tenía un detonante para cada cual. Toda esa explosión que se moldeó durante cientos y cientos de años dio lugar a significantes sólidos y bien definidos para cada cosa, lugar, ser vivo, sentimientos, pensamientos..., nunca antes pudo ser calibrado de manera tan específica como con la palabra.

El "logos" (λóγος), se convirtió en el elemento indispensable para acercar al ser humano unos de otros, para 'comprender', para 'argumentar', para 'hablar'. El "logos" conquistó ese 'microcosmos que los humanos fabrican en los recovecos de su intimidad' (como diría don Emilio Lledó) y que hasta les acercaba o aproximaba en un mismo discurso que llega intrínsecamente a agruparles en sociedades que promulgaban el adiestramiento de la reflexión y la capacidad de comunicación como medio vehicular para entender y ser entendidos. El lenguaje, urdimbre tejida de palabras, se transformó pues en un sistema de señales que hizo característico la vida del ser humano sobre la tierra, la esencia de la convivencia, la capacidad de percibir y de sentir, potenciar y enriquecer su relación con las cosas y el medio natural en el que vive.

Por desgracia, esa esencia, el significado intrínseco y original de las palabras, del "logos", su origen, ha caído en desuso con el paso de los siglos. Epicuro sostenía que el lenguaje surgió de la relación natural entre los seres humanos. Y es posible que hasta esa relación natural haya caído en desuso debido al progresivo aislamiento del individuo, amparado al resguardo de la tecnología y el poder de los medios de comunicación para hacernos creer en la llamada y manida posverdad: la capacidad de debatir sobre si una mentira es debatible o no, y dejar en el aire la posibilidad de que una mentira pase por ser cierta si el grueso común de los mortales decide que así sea. Sin olvidar la desaforada avidez hacia el consumismo, donde se nos crean necesidades constantes sobre objetos o incluso alimentos, que en realidad ni necesitamos ni consumiremos (oferta: pague 1 y llévese 3). Debiera hacer referencia de nuevo aquí a Hobbes, porque afirmaba, además, que los seres humanos eran iguales entre sí y eso mismo les empujaba a competir entre ellos para satisfacer un deseo de conquista sobre el más débil. La guerra del "todos contra todos". Un conflicto comienza siempre en el instante mismo en el que la palabra, su significado original, se desvirtúa, se pervierte, se manifiesta contraria a su verdadera razón de ser, cuando la iconografia que tenemos de ella se ha deformado. La competencia y el mal entendimiento, raíces del conflicto.

En la filosofía clásica había un nexo común entre todas las diversas corrientes de reflexión. La muerte de la palabra significaba la muerte de la vida, porque la propia vida adquiría significado gracias a ella y matar el significado equivalía a dejar sin vida su significante. Si tuviésemos presente algunas de esas enseñanzas clásicas, es muy probable que el ser humano padeciese menos sufrimientos de los que sufre desde hace siglos. "La plenitud e incorruptibilidad de un ser implica no sólo estar libre de preocupaciones, sino de no causárselas a otro" (Máximas Capitales, I-), sentenció el anteriormente citado Epicuro. Y es que si volviésemos a recuperar el significado original de las palabras, la 'comprensión', la 'argumentación', el 'habla' original, la esencia del significado iconográfico latente de las cosas, sería mucho menos probable incurrir en la carrera salvaje del "sálvese quien pueda", significando eso incluso pasar por encima de nuestra propia fuente de vida. Por muy manoseada que esté cada palabra, por muy tergiversado que esté su significado por cualesquiera de los motivos que las ha mutilado de su iconografia original, sigue encerrando su semántica primigenia. Eso es precisamente lo que debiéramos recuperar, ese quizá sea el modo de poder comenzar a suturar las heridas, que queman ya como una cicatriz.

La relación del ser humano con el medio natural de su propia existencia en la Tierra, aunque casi no parezca que haya relación, depende directamente del retorno a sus orígenes. Vivimos en un sistema que desprecia la vida, huye de la importancia de comunicarse a través de los sentidos, todo se dispensa a través de una pantalla, todo aquello que parece verdad acaba siendo mentiras tergiversadas por una equivocada definición etimológica de las palabras. Este 'sin vivir' de una sociedad decadente en todos sus estratos (desde el mal llamado primer mundo hasta el tercero) ha producido un clímax de violencia y consumo desaforado que ha quebrado definitivamente los resortes más intrínsecos del ser humano.

Vivimos en exceso pendientes de nuestras emociones, de potenciar al individuo (yo primero, disfruta cuanto puedas y deja a un lado todo lo demás, tú eres lo más importante) y hemos olvidado, en definitiva, el significado original de las palabras, de cada palabra, con las que identificamos la iconografía de todo aquello que queremos comprender, de lo que comprende la vida en realidad, el significado que eso encierra para el desarrollo vital del ser humano. Se ha desvirtuado tanto todo lo que nos ha costado tantos siglos asimilar, que nadie sabría decir a ciencia cierta, con concreción, qué es la amistad, por ejemplo, y en qué consiste disponer de ella... o el amor, el orgullo, la simpatía, el olvido, el recuerdo... Nos han inculcado hasta la saciedad que debemos mirarnos en el ombligo y mostrarles al mundo cuán bello es lo nuestro y poco importa el del vecino. Poco importa la 'hermandad' de un solo pueblo que habita en el planeta tierra: el ser humano. Sólo importa lo que se ve, la afinidad de la piel, de raza, de idioma, de costumbres... Todo cuanto suponga objetos que nos hagan separar, en vez de unir.

Este planeta nuestro se queja desde lo más profundo cada vez con más insistencia y furia, porque el ser humano se halla cada vez más separado del ser humano. Que se haya quebrado el bloque más antiguo de hielo en el Ártico significa que algo en el complejo vitamínico de la comunicación se ha roto definitivamente, el medio vital del ser humano se nos muere. Y ya hemos visto que para la existencia aquél es la palabra, el origen de la comunicación, la veracidad de la etimología y su razón de ser. Si nos falta eso, se desmorona todo como un castillo de naipes. Preferimos la disputa y el enfrentamiento al 'entendimiento', la 'argumentación', el debate..., a hablar. "En una sociedad como la nuestra, "radicalmente" amenazada, donde el principio de la vida no se ha supeditado solamente al principio del conocimiento, sino al principio de la múltiple verdad, de la ignorancia fanatizadora, del cultivo masivo de la estupidez, de la crueldad y de la violencia, todas las supuestas teorías científicas, todos los filosofismos de los nuevos pitagóricos, todos los "adelantos" tecnológicos arrastran la mala conciencia de no servir absolutamente para nada, a pesar de sustentarse de la discutible liturgia de la utilidad." ("El epicureísmo", Emilio Lledó. Ed. Taurus, 2014.) El eje transversal más antiguo del ser humano sobre este maltrecho planeta tierra es la palabra, que anda resquebrajada en nuestro entendimiento como el bloque de hielo más antiguo del Ártico.






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NO

"Somos también aquello que no somos." Es una de las sentencias absolutorias que encontramos en la lectura de esta novela, escrita con cierto desgarro, en momentos con crudeza y en líneas generales con absoluta 'audacia y honestidad'; parafraseando un poco a Maria Zambrano, que son éstas las cualidades aparentemente contradictorias de un verdadero descubridor del pensamiento. En ese sentimiento de la contradicción penetra profundamente esta novela y pone en varias tesituras al lector, especialmente a quien esté poco famliarizado con tales disquisiciones. La contraposición de vivir como un foráneo la identidad de tus orígenes sociales y culturales. Sentirse un apátrida dentro del ámbito en el que uno 'es' como individuo y más aún donde uno 'fue'. Surge, pues, la duda al vivir en esa frontera apátrida: "Me estoy convirtiendo en un busto de las identidades periféricas".

A lo largo de nuestra vida sentimos la necesidad de identificarnos con etiquetas, qué somos o si pertenecemos a algo. Las referencias en este caso hacen suspirar al protagonista de la novela por su amigo marroquí a quien echa en falta y lo deja todo para conocerse a si mismo y sus orígenes ("Sin un buen amigo marroquí, me faltaba algo esencial."), cosa que él no encuentra valor para hacer, ni tan siquiera cree que tenga un atractivo primordial. "Ese otro que falseaba la realidad ahora se ha desvanecido. Su lugar lo ocupa un agujero, un abismo de angustia y la certeza de que tu vives en Marruecos y yo no."

El protagonista es profesor de literatura y admirador de Hanif Kureishi, Mohamed Arkoum o Philip Roth..., quien este último, a mi parecer, es con quien mejor conversa en ese espejo dicroico que funciona como filtro en el que deja pasar todo aquello que pertenece al campo 'transterrado' para plasmarlo en significativas estampas y bloquea lo que hubiera conllevado a hacer del relato una oda cuasi hedonista sin trascendencia alguna. Por lo que este relato lleno de contradicciones entre el protagonista y su amigo concatena una narración sobre la urdimbre que fluctúa entre la nostalgia y la negación. "Mi Marruecos es una ficción. Una construcción. Un lugar nebuloso. En todo caso, es un país que hay que descubrir y en eso ando." "Cuando un escritor nace en una familia, esta muere", decía Philip Roth. Matar a la familia. Matar las lealtades de grupo y hacerlo mediante la escritura: ese es mi anhelo."

Chet, ese seudónimo que adopta por su afinidad con el trompetista de jazz Chet Baker, se percata de que dejó de ser ese joven que se desenvolvía por la Universidad como una auténtica leyenda sexual, y que la madurez le atenaza, enfrentándole en un diálogo permanente, en varios tramos, con su pasado para poder visualizar el futuro con ciertas garantías, porque hasta pergeña ciertos temores de caer en un océano de probabilidades que desprecia. "Un aspirante a escritor cuarentón, perdido en sus propias contradicciones, buscando la forma más adecuada de relatar el fracaso migratorio, la identidad perdida de una gente que se convierte en traficantes, soldados de dios paranoicos y toda una vasta gama de esclavos de un origen que los ensoga." Continúa atrapado en la vorágine de una perenne esclavitud al sexo que parece ser una de las vías de escape al permanente transcurrir por tierra de nadie.

Chet anhela, por último, escribir un libro para comprensión de sus progenitores, un libro donde se narrasen todas sus desazones y que no fuese lo suficientemente hiriente para ellos. "Quiero hallar el tono, la voz y la mirada que me permita reproducir la estética de este mundo decadente, orgulloso de sí mismo, que me rodea y aunque sólo aspiro a transformar en literatura, ya que nada puedo hacer por cambiarlo en la realidad." Comprende que es misión imposible, que supondría un hito para él mismo, pero que tiraría por tierra todos los anhelos idealizados de sus progenitores sobre sus raíces y cultura. En definitiva, su conformismo le empuja a querer crear "...Un libro en el que se diga que si bien no me molesta ser europeo, tampoco doy saltos de alegría por ello. La constatación de que siempre voy buscando al otro perdido." Ese 'yo' que no ha de encontrar en ningún lugar, sino en uno mismo, en lo que es y lo que significa. "...somos nuestra memoria, pero no solamente. También somos aquello que podemos proyectar en el futuro."

Saïd El Kadaoui, en definitiva, nos retrata con una lucidez y una desgarradora voz narrativa (por la honestidad y la audacia con la que enfrenta este retrato, no podría haberse desarrollado de mejor modo que con cualidades aparentemente contrapuestas) todas las contradicciones de los hijos de inmigrantes que dieron los primeros pasos de vida bajo costumbres distintas a las que tuvieron que adaptarse a vivir "O se es miembro de una tribu, o se es ciudadano o se es inmigrante.". Una situación más que compleja debido al desencuentro entre culturas, navegando siempre entre dos mares opuestos que confluyen como un ser híbrido que no siente la propiedad de pertenecer a ningún mundo y vivir en una negación constante.


NO - CATEDRAL
https://www.agapea.com/Said-El-Kadaoui-Moussaoui/No-9788416673056-i.htm





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Cenizas del tiempo malgastado










Quemo la vida con la brasa
de un cigarrillo huérfano
y un ojo diamantino
me contempla insolente.

Una quemadura más, me pide,
acentúa mi ceguera infame
riéndose de mí.
Carcajadas de pirata tuerto
eclosionando en mi corazón
la pupación de su paciencia.
Y yo, que soy crédulo
y devoto de la existencia,
consumo mentiras por cada argucia,
empañadas de cenizas del tiempo malgastado
…siempre.

Pasan las horas
y no me resisto a zaherir
su sigilosa aquiescencia
quemando los minutos
a la espera de que cierren las heridas.

Otro cigarrillo empañará los minutos
de cenizas olvidadas
y más sonrisas provocadas
y más miradas de ciega infamia
y más cicatrices estériles
y más mentiras consumidas:
la madrugada o las horas
seguirán implorándome castigo
y seguiré creyendo que mis heridas
sólo son realidades fraudulentas
que ese ojo diamantino
acoge en su comprensiva mirada,
hasta que la paciencia del cenicero
reviente en mil esquirlas
y el roce etéreo de sus cenizas
me queme, como una herida
que ya no sangra.


(Inédito, 2001)




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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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